Lunes, 23 de enero de 2017

| 1998/09/14 00:00

SOLO EN COLOMBIA

El último libro de Andrés Oppenheimer trae un capítulo sobre Alvaro Leyva. SEMANA lo reproduce.

SOLO EN COLOMBIA

"Bogotá, Colombia, noviembre de 1990. No hay nada de extraño en que Gabriel García Márquez haya nacido en Colombia. En Colombia, la realidad es más surrealista que la ficción. Si no me creen, déjenme compartir con ustedes algunas de mis recientes experiencias en este país, donde he pasado varias semanas en los últimos meses tratando de entender los vericuetos de las guerras de los carteles de la droga, la violencia guerrillera, y la increíble estabilidad política con que ha sobrevivido esta democracia a pesar de la permanente agitación en que vive. El mes pasado, por ejemplo, estaba cenando con el director de un importante periódico bogotano en su casa en la elegante zona de El Norte, y el anfitrión me preguntó _supongo que por cortesía a un corresponsal extranjero de visita en su país_ si estaba interesado en entrevistar a Manuel Pérez, más conocido como 'el cura Pérez'. Se trataba del ex sacerdote católico y líder del Ejército de Liberación Nacional (ELN), que hoy en día es el dirigente guerrillero más buscado en este país. No me moría de ganas, le respondí. Hacía unas pocas semanas, un periodista alemán y cinco reporteros colombianos habían sido secuestrados por presuntos guerrilleros y entregados al cartel de Medellín cuando se dirigían a un lugar remoto en las montañas para entrevistar al cura Pérez. Los periodistas no han vuelto a ser vistos, vivos o muertos. De manera que cuando pregunté si había alguna forma menos arriesgada de entrevistar al líder guerrillero, el dueño de casa se ofreció a ponerme en contacto con Alvaro Leyva, un ex senador e influyente político del Partido Conservador, que a menudo actuaba como mediador entre el gobierno y la guerrilla colombiana. Con seguridad, se me informó, Leyva podía concertarme una conversación telefónica con el guerrillero más temido de Colombia. Alvaro Leyva estaba escribiendo frenéticamente en su escritorio cuando fui a visitarlo a su oficina al día siguiente. Las paredes de su despacho estaban cubiertas de fotografías enmarcadas de estrellas de cine y televisión, muchas de ellas autografiadas y dedicadas. Sobre el escritorio de Leyva había varios libros de aerobics de Jane Fonda, esparcidos desordenadamente. Notando mi sonrisa inquisitoria, Leyva me explicó que estaba estudiando los libros porque estaba a punto de editar una serie de libros de aerobics con la estrella de un novelón colombiano, que pronto sería la Jane Fonda colombiana. Uno tiene que ganarse la vida, sonrió.A la derecha de su escritorio, sobre una mesita, se encontraba una computadora donde, intermitentemente, Leyva estaba escribiendo el borrador de la nueva Constitución de Colombia, destinada a modernizar significativamente la carta magna de 1886, que será debatida en el Congreso a comienzos del año entrante. Al lado de la terminal, había dos teléfonos, que Leyva utiliza para sus contactos cotidianos con los frentes guerrilleros del ELN y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc). Un hombre hiperactivo, Leyva parecía estar haciendo tres cosas al mismo tiempo, a toda velocidad. En un instante, estaba frente a la pantalla de su computadora escribiendo una cláusula de la nueva Constitución. Inmediatamente, cambiaba de ventana en su pantalla y editaba un párrafo sobre ejercicios para bíceps recomendados por la Jane Fonda colombiana. Y mientras redactaba su proyecto de nueva Constitución colombiana y editaba las instrucciones para endurecer los bíceps, hacía llamadas telefónicas para combinar los próximos enlaces, también telefónicos, con los jefes guerrilleros. Esa noche, en medio de un total hermetismo y pidiéndome _por mi propio bien_ que tratara de mantener la mirada fija en el pavimento, Leyva me condujo a una casa en un barrio residencial de Bogotá. Su interior estaba más cargado de imágenes religiosas que una iglesia. En las paredes colgaban decenas de crucifijos y escenas de la Ultima Cena. En una de las habitaciones había un sofisticado equipo de radiocomunicaciones. Me costaba entender lo que estaba viendo. ¿Cómo podía evitar Leyva que los servicios de inteligencia colombianos, la CIA, o quien estuviera interesado pudieran escuchar sus conversaciones con el hombre más buscado del país?Fácilmente, me respondió Leyva, con una combinación de picardía y orgullo. Llevaba en la mano una hoja de papel con una serie de claves. En una columna, a la derecha, podían verse palabras en código, y en otra columna a la izquierda frecuencias de radio de onda corta. Los rebeldes, en las montañas, tenían en la mano una copia de las mismas claves. El truco era el siguiente: cada cinco minutos, Leyva indicaba a su interlocutor en las montañas cambiar la frecuencia, eligiendo cualquiera de las claves que ambos tenían en el papel. "¿Qué tal si pasamos a Gaviota?", preguntaba Leyva. Y los rebeldes, del otro lado, respondían: "OK, pasemos a Gaviota". Admirado, le pregunté a Leyva si podría identificarlo en mis escritos como el hombre que me había puesto en contacto radiofónico con el cura Pérez. Seguro, no hay problema, respondió. "Todo el mundo en Colombia sabe que hablo con ellos todos los días, desde diferentes lugares". Lo único que me pidió es que no dijera dónde estábamos, para evitar que la Policía allanara el lugar. Acto seguido, mientras yo celebraba para mis adentros la posibilidad de entrevistar al cura Pérez sin tener que ir a las montañas y exponerme a un secuestro, Leyva me ofreció un Martini con hielo y me puso delante del micrófono. Del otro lado, entre los sonidos algo recortados del radio, me saludaba el líder guerrillero.Lo que me dijo el cura Pérez en los minutos siguientes me resultó tan increíble como las circunstancias que habían rodeado la entrevista. Pérez me dijo que era "un profundo amante de la naturaleza" y un "ecologista comprometido", respondiendo a mi pregunta sobre incendios de miles de hectáreas de bosques de la empresa Cartón de Colombia, la principal fabricante de cartones del país, provocados por guerrilleros del ELN. Sí, era cierto que había ordenado incendiar los bosques de pinos, me dijo Pérez con seguridad militar. Pero lo había hecho precisamente por su vocación ecologista, para llamar la atención del mundo sobre la destrucción de esos bosques por Cartón de Colombia, aseguró.Me quedé meneando la cabeza, estupefacto. ¿Los guerrilleros estaban incendiando los bosques para defender la ecología? Cuando salí de aquella casa, no pude menos que pensar que aquel había sido un día asombroso. Un político conservador que estaba escribiendo la nueva Constitución de Colombia había interrumpido su labor de edición de un libro de aerobics de la nueva Jane Fonda colombiana para llevarme a una casa llena de crucifijos, donde un ex cura convertido en el hombre más buscado del país me había tratado de convencer por radio _mientras yo saboreaba un Martini_ que estaba quemando los árboles para salvar los bosques. Only in Colombia".

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