Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/02/12 00:00

Sólo mentiras

Después de 10 años, la investigación por el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado sigue en ceros. Testigos falsos desviaron el proceso.

La investigación, por el asesinato de Álvaro Gómez se convirtió en uno de los fiascos más grandes de la Fiscalía.

El 2 de noviembre de 1995 cuatro hombres dispararon ráfagas de ametralladora que acabaron con la vida del ex candidato a la Presidencia, Álvaro Gómez Hurtado, cuando salía de dictar cátedra en la Universidad Sergio Arboleda, al norte de Bogotá. Los asesinos iban a pie. Cada uno cogió un rumbo diferente y desaparecieron del sitio del crimen sin dejar rastro. Su muerte conmocionó la vida política y periodística del país. Y durante 10 años se ha insistido en que el asesinato fue político. Pero sólo hay un condenado -el autor material- y, como siempre, sigue siendo un misterio quién estuvo detrás del magnicidio. Lo insólito en este proceso es el sinnúmero de testigos falsos que lograron enredar a la Fiscalía, que soportó testimonios incoherentes y escuchó hipótesis aterradoras. Ha sido tal la desinformación, que la misma viuda del dirigente conservador ha manifestado públicamente que no está interesada en conocer quién acabó con la vida de su esposo. Aun así, los familiares de Margarita de Gómez se resisten a creer que ningún gobierno haya tenido realmente la voluntad política para llegar hasta el fondo del caso. La razón es simple: los testigos que fueron escuchados por los fiscales lograron enredar a la justicia y desviaron la investigación. Con base en sus versiones, 14 personas terminaron vinculadas al crimen, entre ellas, altos oficiales del Ejército y dirigentes políticos. Durante seis años la investigación giró en torno a los testimonios en contra de cinco militares que terminaron en la cárcel, entre ellos el coronel Bernardo Ruiz, ex comandante de la desaparecida Brigada XX del Ejército, y cuatro suboficiales que trabajaban con él. El año pasado, la jueza penal especializada Lester González, los dejó libres. "Los testimonios que los involucraban nunca sirvieron como pruebas concluyentes para establecer su culpabilidad. Todos resultaron falsos testigos. Ha sido una de las investigaciones más vergonzosas que ha pasado por mis manos", le dijo a SEMANA. Y la jueza no exagera. Uno de los testigos estrella de la Fiscalía, que brilló en el año 2000, era una mujer que venía de engañar durante cinco años a los organismos de seguridad, a la DEA y a reconocidos periodistas. Su verdadero nombre es Mercedes Yolima Guáqueta, de 39 años, santandereana. En la Policía era conocida como 'Paloma', y en el Ejército, como 'Nikita'. Logró vivir a sus anchas como informante entre 1995 y 2000. Su importancia radicaba en que ofreció una y otra vez la cabeza de Miguel Rodríguez Orejuela, uno de los jefes de la mafia de Cali. Decía, además, que estaba en capacidad de entregar fotografías y documentos que demostrarían los verdaderos vínculos de la clase política y del gobierno de turno con el cartel de Cali. Así enredó al general Luis Eduardo Montenegro, subdirector de la Policía, quien preparó el golpe más importante contra el cartel, basado en información falsa. "Me metió los dedos en la boca", recordó el oficial, hoy retirado. Guáqueta se apareció luego en la Fiscalía y echó el mismo cuento. Por esos días también había contactado a los periodistas más informados sobre el proceso 8.000. Los citó en diferentes fechas y en distintas ciudades. Les prometió una entrevista con Rodríguez Orejuela. Viajaron por Colombia, pero nunca la lograron. Después convenció al general Rosso José Serrano, director de la Policía, de viajar hasta Coveñas en donde le entregaría la 'prueba reina' del 8.000. Con las mismas artimañas cayó también el director del CTI, Hernán Jiménez. Se volvió informante de la Dijin y de la DEA y mantuvo un grupo de agentes cinco horas, de noche, escondidos cerca de la pista del aeropuerto Ernesto Cortizzos, de Barranquilla, a donde llegaría en un avión privado uno de los jefes del cartel de Cali. Y, como si fuera poco, la Brigada XIII del Ejército la hospedó en una suite de Residencias Tequendama, bajo su protección. A todos los engañó. Al final, quienes lograron desmantelar sus fantasías concluyeron que podría tratarse de una intrincada red de traficantes de información. Guáqueta fue a parar a la cárcel por falsedad. Y volvió a sonar en el año 2000, cuando la Fiscalía la sacó de prisión y no sólo la convirtió en la principal testigo, sino que dejó la impresión al país que el magnicidio de Gómez Hurtado por fin estaba resuelto. En sus testimonios, Guáqueta decía que había participado en reuniones con militares en las cuales ellos habían planeado el crimen; que el general del Ejército Harold Bedoya, la había recogido un día a las 3 de la madrugada y la llevó a un sitio para mostrarle las armas que utilizarían los asesinos; que del batallón Cazadores, con sede en Bucaramanga, habían salido los sicarios, y que mientras era informante del Ejército había conservado unos disquetes que probarían todo lo que estaba diciendo. "El día que la tuve de frente la llevé casi a la fuerza hasta la unidad de inteligencia militar para que me indicara el computador en donde los militares habían guardado los planes para cometer el magnicidio. Todo era mentira. Me tocó exigirle respeto. Luego me entregó tres disquetes que, según ella, contenían todas las pruebas. Cuando los abrí, estaban vacíos", le dijo a SEMANA la jueza González, quien lleva 30 años en la rama judicial y es una de las más curtidas investigadoras que tiene el país. Hoy Guáqueta vive en Canadá. Al final la vincularon a una ONG y le consiguieron visa como perseguida política."Con historias tan fantásticas como ésta, fue que se desvió, no sé con qué propósito la muerte de mi hermano", le dijo a SEMANA el senador y el hermano del asesinado dirigente, Enrique Gómez Hurtado. Lo cierto es que el caso se convirtió en uno de los fiascos más grandes de la justicia. La jueza Lester González sólo pudo condenar a 40 años de prisión a una persona: Héctor Paúl Flórez. "Era un hombre pálido, de cejas y bigotes poblados. Tenía una 'R' marcada en su mano y cojeaba ligeramente. Yo lo vi cuando le disparó", sostuvo en el proceso un hombre humilde que cuidaba carros en las afueras de la Universidad Sergio Arboleda, de donde vio salir, por última vez, ese 2 de noviembre de 1995, a Álvaro Gómez Hurtado. Fue el único testigo que dijo la verdad.

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