Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2002/10/28 00:00

"Sólo queremos vivir en paz"

SEMANA habló en Buenos Aires con la viuda y el hijo de Pablo Escobar.

La familia de Pablo Escobar ha vivido en Argentina desde hace siete años. Su viuda, María Victoria Henao Vallejo, estuvo un año y medio presa, acusada de lavado de dólares y la semana pasada un fiscal pidió que la declararan inocente de ese delito. Hasta el momento nunca habían hablado con ningún medio de comunicación sobre lo que han sido sus vidas después de la muerte de Pablo Escobar en 1993. SEMANA entrevistó a María Victoria Henao y a su hijo mayor, Juan Pablo, quien hoy tiene 25 años.

SEMANA: ¿Por qué las autoridades argentinas la acusaron de lavado de dólares y la dejaron más de un año en la cárcel?

Maria Victoria: Nosotros estamos muy agradecidos con Argentina. Cuando llegamos acá ningún país nos quería recibir. Es un lugar maravilloso. Los problemas jurídicos y mi detención han sido muy dolorosos pero no responsabilizamos de esto a las autoridades argentinas, sino a una persona que tan pronto descubrió quiénes éramos, trató de extorsionarnos.

SEMANA: ¿En qué forma?

M.V.: Era un contador que pensó que al ser nosotros la familia de Pablo Escobar podía volverse millonario amenazándonos con armarnos un escándalo por lavado de dólares.

SEMANA: ¿Y ustedes que hicieron?

M.V.: Si le hubiéramos pagado lo que pedía no hubiéramos ido a la cárcel. Pero así no se puede vivir, pues donde uno ceda al chantaje una vez tiene que ceder el resto de la vida. Inicialmente nos encarcelaron a Juan Pablo y a mí. A él lo dejaron en libertad después de un mes y medio, a mí me tomó más de un año y medio.

SEMANA: ¿Cuál es su situación jurídica ahora?

M.V.: Está aún por definirse. Fui acusada de lavado de dólares por haber comprado dos carros y por haber comprado una casa por 200.000 dólares y haberla vendido por 420.000 dólares. El juez consideró que estas transacciones configuran el delito de lavado de dólares.

SEMANA: ¿Cuál es el sustento jurídico de la acusación?

M.V.: En el fondo, el único sustento de todo esto es el apellido de mi marido. Cuando uno es la viuda de Pablo Escobar no le permiten muchas cosas que si le permiten al resto de la sociedad. Le voy a dar otro ejemplo más inverosímil. Fuimos acusados aquí en Argentina de concierto para delinquir porque instauramos un proceso para tratar de recuperar algunas de nuestras propiedades en Colombia que fueron confiscadas por el gobierno. ¿Cómo se explica usted que ejercer un derecho de reclamo en Colombia pueda ser considerado un delito por un juez argentino? Ni siquiera en Colombia a nadie le ha parecido un delito que hubiéramos hecho un reclamo por las vías jurídicas.

SEMANA: Suena un poco desafiante que ustedes pretendan que el Estado colombiano les devuelva propiedades de Pablo Escobar.

M.V.: Las cosas no son tan sencillas. En primer lugar, las propiedades no están a nombre de Pablo Escobar. Y en segundo lugar, usted seguramente considera que mi marido era el mayor narcotraficante del mundo. Todos los colombianos lo creen así y yo lo entiendo. Pero independientemente de lo que la gente crea, él nunca fue condenado por narcotráfico en Colombia. Esa es la realidad jurídica. La reputación de una persona no puede tener más peso que su realidad jurídica. A Pablo lo mataron antes de ser condenado. Aclaro que no pretendo exculparlo.

SEMANA: ¿Qué propiedades son?

M.V.: Son el edificio Mónaco y otras propiedades en Medellín que él quiso dejarnos a nosotros y nos las traspasó en vida.

SEMANA: Pero usted entiende que es muy difícil que la opinión pública acepte eso. Su marido era uno de los hombres más ricos del mundo.

M.V.: Si nuestro reclamo es aceptable para la opinión pública, eso no se lo puedo responder. Lo único que estoy haciendo es ejercer un derecho como ciudadana. Cómo será de injusto el caso contra nosotros que el premio Nobel de Paz argentino, Adolfo Pérez Esquivel, intercedió ante el juez para que se nos juzgara por los hechos y no por ser la familia de Pablo Escobar. Aunque usted no lo crea, la fortuna de mi marido es más mito que realidad.

SEMANA: ¿No la tienen?

Juan Pablo: No nos vamos a hacer las víctimas y decirle que no tenemos con qué comer. Pero si usted mira cómo vivimos, no tenemos mayores lujos. Tenemos un apartamento alquilado de 2.000 dólares al mes en un barrio de clase media. La niña estudia bachillerato y yo estudio mi segunda carrera de arquitectura en la universidad. Vivimos como una familia normal.

SEMANA: ¿Y qué se hizo la fortuna de su marido?

M.V.: Mi marido no acumulaba dinero. Siempre me decía que no tenía porqué guardarlo porque podía producir la suma que quisiera en cualquier momento. Además de esto tampoco estaba en condiciones de ahorrar, pues durante casi 10 años estuvo en guerra contra el Estado colombiano y contra Estados Unidos. Imagínese el tren de gastos que esto requería. El siempre me decía que si un particular le declaraba la guerra al Estado el costo era tres veces más alto de lo que le costaba al gobierno.

SEMANA: ¿Cómo es su vida en Argentina?

M.V.: Me he dedicado a tratarme sicológica y siquiátricamente. He vivido 150 años en los últimos 10. Piensen que me casé con Pablo cuando yo tenía 15. Eramos vecinos de barrio y fuimos novios desde mis 13 años. Mi primer hijo lo tuve a los 16. Quedé viuda a los 33. Cuando murió yo no tenía ninguna referencia en la vida diferente a ser la esposa de Pablo Escobar.

SEMANA: ¿Y a qué se ha dedicado en la Argentina?

M.V.: A estudiar y a conocerme a mí misma. Realicé cursos de diseño de interiores, marketing, relaciones humanas, inglés y coach ontológico, que consiste en modificar la actitud de las personas a través del lenguaje. He adquirido tanto control sobre mi vida que logré bajar 37 kilos en ocho meses.

SEMANA: ¿Piensan quedarse a vivir en Argentina?

J.P.: Por ahora sí. Como dijo mi mamá antes, este es un gran país y estamos muy agradecidos con él. Aunque nos quedemos acá, nos gustaría en el futuro que no nos cierren las puertas de todos los países como nos sucedió después de la muerte de mi padre. Piense usted que nos tocó irnos a Mozambique.

SEMANA: ¿Cómo fue eso?

J.P.: Acuérdese que a mi padre lo mataron cuando estaba hablando por teléfono conmigo, después de que nos devolvieron en pleno vuelo de un avión de Lufthansa en el cual nos íbamos a Francfort. El gobierno alemán obligó al avión a devolverse y terminamos en Residencias Tequendama. En ese momento mi papá nos llamó y la interceptación de esa conversación fue la que llevó a ubicarlo. No sé si ustedes se acuerdan que él y yo estábamos contestando por escrito una entrevista para la revista SEMANA cuando entró la Policía y lo mató. Después de eso nos tocó quedarnos varios meses en Residencias Tequendama, prácticamente sin salir, hasta que un país nos recibiera.

SEMANA: ¿Y Mozambique fue el único en ese momento?

J.P.: Sí. Todos los países del mundo nos habían negado la entrada. Un día representantes del gobierno de Mozambique llegaron a buscarnos a Residencias Tequendama y nos insinuaron que si invertíamos allá nos podríamos radicar. Como no teníamos alternativa aceptamos inmediatamente. Salimos por tierra a Ecuador, de ahí volamos a Mozambique, haciendo escala en Lima, Buenos Aires, Ciudad del Cabo y Johannesburgo.

SEMANA: ¿Y qué pasó allá?

M.V.: Duramos sólo cinco días. Cuando les pedí que me llevaran a la universidad en donde estudiaría mi hijo nos llevaron a un garaje. Nos dimos cuenta de que así no podíamos vivir y decidimos jugárnosla toda. Al regreso hicimos una escala en Buenos Aires y decidimos que si nos dejaba pasar inmigración nos quedaríamos.

SEMANA: ¿Cómo han tomado sus hijos lo que les ha tocado pasar en los últimos años?

M.V.: Mi hija Manuela ha tenido problemas serios por cuenta de la vida que llevamos. Es difícil decirle a una niña, que adoraba a su papá, que tiene que cambiar de nombre y ocultarlo. Que tiene que decirle a sus compañeritos de colegio que su papá era un cafetero que murió en un accidente de tránsito. Cuando me detuvieron, acusada de lavado de dólares, la niña fue expulsada del colegio. Imagínese usted eso con una criatura de 14 años. Afortunadamente encontramos un colegio de monjas a quienes les dijimos de entrada quiénes éramos y cuál era nuestra situación.

SEMANA: ¿Cómo fue el cambio de nombres?

J.P.: Es parte del esfuerzo que hacemos para tratar de llevar una vida normal. Mi mamá se llamaba María Victoria Henao y ahora es María Isabel Santos Caballero. Mi hermana Manuela ahora se llama Juana. Y yo me llamaba Juan Pablo y ahora soy Juan Sebastián Marroquín.

Pero no se trata sólo de un cambio de nombre ante terceras personas. Es también frente a nosotros mismos. En la casa ya nunca utilizamos los nombres que teníamos en Colombia.

SEMANA: María Victoria, ¿qué tan difícil es ser la viuda de Pablo Escobar?

M.V.: Es muy difícil. Pero a mí no me preocupa por mí, sino por mis hijos. Nuestra vida es la equivalente a la de una familia judía en la Alemania de Hitler. Yo leo mucho y le leo a mis hijos el diario de Ana Frank. En fin, ese ha sido nuestro destino.

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