Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1991/05/06 00:00

SOY UN CONDENADO A MUERTE

Oscar López Martínez, el paciente infectado de sida en una transfusión de sangre, cuenta en lo que se ha convertido su vida.

SOY UN CONDENADO A MUERTE

EN MAYO DE 1988 COMENCE a tener problemas con mi corazón. Un mes después sufrí un primer infarto que se repitió sólo dos días más tarde. Tras el primer ataque fui llevado a la Clínica León XIII, en donde me ordenaron una intervención quirúrgica. Tuve miedo pero me advirtieron que de no operarme debería renunciar los derechos quirúrgicos del Seguros aun a la cobertura de la entidad. No hubo más remedio y me sometí.

El 9 de agosto siguiente se me realizó una arteriografía cardíaca que confirmó una enfermedad coronaria arterioesclerótica, es decir, que tenía obstruidos varios pasos de la sangre hacia el corazón. El 15 de septiembre fui internado en la Clínica Cardiovascular para la cirugía, pues se trataba de una intervención muy delicada, que podía realizarse sólo allí. Al día siguiente se me practicó la operación. Para lograr un mejor paso de la sangre al corazón, se me tendieron cinco puentes en la coronaria.

Durante la intervención presenté una sangría que los médicos explicaron como efecto de haber tomado aspirina hasta horas antes de entrar al quirófano. Debido a eso se decidió que me debían trasfundir plaquetas, para reponer elementos sanguíneos. Luego tuve problemas menores de tipo respiratorio. Después de la operación me dieron dos noticias, una buena y otra mala. La buena, muy alentadora, otra la de que todo había salido bien para lo complicado del caso.

Pero el 23 de septiembre, víspera de mi posible salida de la clínica, empezó a surgir la noticia mala. La fiebre subió hasta 40 y 41 grados, sentí escalofríos y el cuello se me comenzó a inflamar. Los médicos no dudaron de que había infección, incluso una neumonía. Los médicos y bacteriólogos iban y venían tomándome muestras y comenzaron a darme antibióticos.

Tres días después tuve diarrea y vino el martirio. Empezaron a controlarme el cuadro hemático y creo que me sacaron sangre unas 15 veces, me sacaron líquido de la columna vertebral, me punzaron un pulmón y hasta un riñón. Fueron 48 horas de horror. En medio de mi desesperación me dijeron que las defensas de mi cuerpo se habían bajado y por los antecedentes transfusionales me hicieron, sin decírmelo, la prueba HIV o VIH para detectar un posible virus de inmunodeficiencia adquirida, el causante del sida. Mi familia me observaba a unos 10 metros de distancia, y quien se me acercaba lo hacía con gorro, tapabocas, blusa y guantes, cosa que no sucedía antes.

El pánico me invadió y me sentí como bicho raro. El nerviosismo era general y yo sabía que algo no marchaba bien. Los médicos sí sabían ya que tenía el virus del sida, pero la pregunta era ¿de dónde había salido eso? De lo único que estaban seguros era de que antes de la cirugía mis laboratorios resultaron normales. Acudieron a examinar las plaquetas que me habían transfundido y presentaron el virus. Como siempre, no se me dijo nada. Sin embargo, decidieron que había que esperar unas ocho semanas para asegurar la presencia del virus. Creían que podía haber otra cosa, muy a su pesar, como una infección bacteriana.

Me dieron droga en grandes cantidades, especialmente antibióticos y medicamentos para eliminar hongos. A principios de octubre tuve una insuficiencia renal por culpa de uno de los antiobióticos, pero al suspenderse el suministro la falla renal desapareció, lo mismo que la fiebre, y el cuadro hemático resultó normal. Se decidió entonces darme de alta y así se hizo el 11 de octubre de 1988. Me llamó eso sí la atención que se me hubiera pedido abstenerme de tener relaciones sexuales hasta nueva orden y no donar sangre, y se me realizaron nuevos laboratorios de sangre.

Me fui para mi casa y después de dos semanas en que todo funcionó más o menos bien, comenzaron de nuevo las inflamaciones de ganglios en el cuello y las fiebres frecuentes. A mediados de noviembre no aguanté más y exigí un control más severo sobre lo que me pasaba. Decidieron entonces darme la mala noticia. Sentí un golpe fatal, grité, tuve ganas de golpear a los médicos y decidí decirle a mi familia que al parecer tenía una leucemia.

Tuve muchos días de depresión e incluso pensé en suicidarme. ¿Cómo podía pasarme esto a mí? Contaba en ese momento 40 años de edad, una esposa, una hermosa hija y muchos planes por delante para mejorar la modesta situación económica familiar. Me encerré en mí mismo y tomé mucho. En ocasiones demasiado. Tras muchos días decidí contar la verdad a mi familia. La zozobra fue total. Sin embargo, fui tranquilizado por los médicos, quienes sostienen que soy portador positivo pasivo. Pero yo sé que en tres o cinco años puede manifestarse la etapa terminal de la enfermedad y será el fin.

En enero de 1989 me reintegré a mi trabajo en una ferretería. pero a los seis meses fui despedido sin causal clara. Incluso no quisieron pagarme los siete meses de incapacidad que se me adeudaban por mis infartos y mi cirugía. Demandé ante un juzgado laboral que falló que la responsabilidad cabía sólo al Seguro Social, a donde me dirigí.

Pero hoy, dos años después, nada que me paga. Cuando mi familia comenzó a presionar y yo a exigir responsabilidades por lo que me habían hecho, entonces se me ofreció por el ISS una pensión. Bajo esa salida yo no quise demandar al Seguro. Luego conseguí trabajo en la ferretería de un amigo, pero un buen día me llamó a su oficina y me contó que había recibido una llamada del ISS que le pedía tener precauciones con el restante personal porque yo sufría de sida. Me pidió el favor de que para evitarle problemas renunciara y así lo hice. Supe entonces que así había sucedido en el anterior empleo y que la mejor precaución que tomaron mis patronos fue la de salirse de mí.

De allí en adelante ha sido todo un calvario. Puse todas mis esperanzas en la pensión que nunca llegó. Al no estar afiliado al ISS se me suspendieron los servicios asistenciales. En diciembre pasado se me negó en primera instancia la pensión y a mediados de marzo pasado se tomó similar dccisión en segunda instancia. Me he defendido a ratos vendiendo papelería y tornillos, en trabajos independientes que me consigue la familia, pero nada alcanza. Precisamente el 22 dc marzo pasado, cuando fui citado para recibir la noticia de que la pensión no había funcionado, me extrañó que me estuvieran esperando varios médicos y que se haya decidido por Medicina Laboral ISS darme tratamiento en cardiología y oftalmología por seis meses. La sorpresa se me diluye cuando el doctor Carlos Jaramillo, jefe de laboratorios del ISS, me mostró el artículo publicado por la revista SEMANA sobre la

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.