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| 3/7/2004 12:00:00 AM

Sueños de libertad

SEMANA cuenta la historia del hombre que más tiempo lleva encerrado en una cárcel en el país y cómo después de 35 años está cerca de recobrar su libertad

El intenso calor de las 2 de la tarde hace que algunos de los reclusos que están en los patios de la penitenciaría de máxima seguridad de Palmira parezcan leones tirados al sol sobre una planicie de asfalto. La humedad es insoportable a esa hora del día y para resistirla la mayoría tiene el torso desnudo. Un hombre vestido con pantalón gris, una camisa de manga corta con rayas azules y unos mocasines negros aparece por uno de los extremos del patio. Se llama Julio Blandón y es el colombiano que más tiempo lleva confinado en una cárcel: 35 años.

En medio de los saludos de sus compañeros de reclusión Blandón atraviesa el lugar hasta el pequeño taller de ebanistería situado en un rincón del patio para la tercera edad. Se sienta, saca algunas herramientas y comienza a tallar un trozo de madera que espera transformar en un caballo. Tiene los ojos verdes y dice que son del color de las praderas de Caracolí, Antioquia, donde nació en 1949. La mirada se pierde en la madera y con ilusión afirma: "Llevo 35 años metido en la cárcel y espero salir en diciembre". A pesar de llevar más de la mitad de su vida encerrado no parece un hombre triste. Más de tres décadas tras las rejas le dan la autoridad para afirmar que "uno no se muere en la cárcel, pero sí se marchita".

Como muchos campesinos Blandón dejó la escuela y empezó a trabajar junto a su padre, "no aguanté que los maestros me pegaran porque yo era zurdo y tenía que aprender a escribir con la otra mano". Por años se dedicó a arar la tierra de su familia, pero cuando cumplió los 17 años cometió un error que le cambió la vida para siempre. Sin entrar en detalles se limita a decir que llegó a la cárcel porque en compañía de dos amigos asesinó a un hombre por robarle su ganado. Es todo lo que habla de su vida antes de ingresar a la cárcel. El resto de sus recuerdos vienen de lo que ha vivido entre rejas y paredes de concreto.

Aunque en la reseña del Inpec consta que fue condenado a 20 años de cárcel por concierto para delinquir y homicidio culposo en 1971, él asegura que cayó preso en 1966. También dice que la primera prisión donde estuvo fue en Puerto Nare, Antioquia. Luego fue trasladado a la cárcel de Puerto Berrío y después a La Ladera en Medellín, una prisión que en su época era la más temida por los reclusos. En ese lugar, afirma, perdió lo poco que le quedaba de campesino. "Yo era un muchachito tímido que apenas iba a cumplir la mayoría de edad, en la cárcel me volví un delincuente y en la cárcel dejé de serlo", recuerda.

En La Ladera los reclusos sólo conseguían celda propia cuando alguno de los guardias los vendía para satisfacer el apetito sexual de otros internos. Como en esa época, comienzos de los años 70, los detenidos no tenían derecho a la visita conyugal, el abuso sexual era una práctica generalizada y una de las formas en que los reclusos nuevos conseguían protección y evitaban la muerte. "La otra opción era pelear por el honor y casi siempre el que llevaba del bulto era uno", afirma, mientras enseña las cicatrices que le dejaron las puñaladas que recibió por 'defender su honor'.

Después de meses de luchar por no dejarse 'vender' Blandón logró una celda en La Ladera y empezó a entender cómo era la dinámica de la cárcel. "Lo más duro fue no tener noticias del exterior, yo me di cuenta que el hombre había llegado a la luna como dos años después hasta que lo vi en una revista, porque cuando los compañeros contaban que el hombre andaba en la luna yo creía que se estaban burlando".

En 1973 fue trasladado a la isla prisión de Gorgona. Hizo el viaje dentro de la bodega de carga, junto a otros 95 reclusos . "Vomité tantas veces que perdí el conocimiento Por eso para mí, si el infierno existe es viajar a Gorgona en la bodega de un barco". Cuando llegó a la isla ya llevaba siete años preso y había recorrido varios penales.

"Lo primero que perdí en Gorgona fue mi nombre, me lo cambiaron durante los cinco años que estuve allí por el número 36. Allá nadie conservaba el nombre", afirma. De la isla tiene recuerdos y sentimientos encontrados, porque fue el lugar en donde soportó torturas, pero también el sitio en el que encontró a su esposa.

Sobre las torturas, aunque reconoce que eso ha cambiado desde esa época, no ha podido olvidar que fue víctima de una que era conocida como el 'botellón'. Se trataba de un angosto cuarto de castigo donde encerraban al preso y éste quedaba aprisionado de pie entre la puerta y la pared del fondo sin espacio para moverse. Esos castigos podían durar hasta una semana y los reclusos se desmayaban ahí adentro por el calor y la incomodidad. Cuenta Blandón que lo más difícil en Gorgona era el código de disciplina con que se manejaba a los internos. Estaba prohibido que dos reclusos caminaran juntos, hablar con los compañeros, recostarse en las paredes o entrar al baño sin pedir permiso. Según él, casi todo estaba prohibido. "La experiencia en la isla era muy dura porque al comienzo no se permitían visitas, pero eso fue cambiando. Incluso hubo un director que nos llevó mujeres de la vida fácil porque había reclusos que llevaban 10 y 15 años sin usar una mujer. Esa vez se vieron filas con más de 60 presos esperando turno".

Gracias a su habilidad con la madera Blandón tuvo una ventaja con la que no contaban los demás reclusos en Gorgona: "Como yo era ebanista tuve la posibilidad de salir y arreglar las cabañas de madera donde se hospedaban algunos investigadores de la naturaleza". Este privilegio le permitió conocer a una joven antioqueña que visitaba un tío preso en la isla y a quien Blandón enamoró cuando salía para arreglar las cabañas. Desde entonces ella ha sido su gran apoyo y es la madre de sus tres hijos: Yesid, Johana y Duvan. "Mi familia me da moral para resistir la cárcel y muchos deseos de recuperar pronto mi libertad, afirma. La ilusión que tengo es poder montar mi propio taller, seguir trabajando la madera y conseguir una casa para mi familia".

En 1992, cuando el sueño de alcanzar la libertad parecía ser una realidad, Blandón fue condenado a 12 años de prisión por haber asesinado a dos internos en la cárcel de El Barne, en Tunja. "Hay veces en la cárcel en que uno piensa: por qué no me dejé matar, ahora ya no estaría sufriendo. En la cárcel uno mata por defender la vida. Pero en la cárcel estoy por orgullo e ignorancia, por eso le quité la vida a una persona, pero cuando me di cuenta, cambié". Aunque él niega su responsabilidad en las muertes de El Barne, lo cierto del caso es que en este año cumple con el tiempo total al que fue condenado por ese caso, algo que no es usual en el país.

Según los mismos guardianes de la cárcel de Palmira, en donde lleva confinado los últimos siete años, Blandón debería estar libre hace varios años porque por el caso de los asesinatos de El Barne no ha recibido los beneficios de la ley que contempla rebajas en la pena por estudio y trabajo. "Para salir sólo me ha faltado arrodillarme y llorar, yo ya pagué mi deuda con la sociedad y creo que me van a quedar debiendo. Estoy en manos de la juez segunda de ejecución de penas de Palmira, quien debe definir cuándo salgo".

Mientras espera con paciencia ese momento Blandón afirma que vivirá el mejor momento de su vida el día en que salga libre. Aunque sueña con ese día en que se abran para él la rejas de la cárcel no oculta su inquietud por salir a un mundo que no conoce.
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