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| 11/10/2002 12:00:00 AM

SuperLondoño

El Ministro del Interior es una estrella en ascenso. Todo indica que no será fugaz.

Sin duda alguna la jugada más audaz del presidente Uribe cuando llegó al gobierno fue el nombramiento de Fernando Londoño Hoyos, pues éste no sólo cargaba con la cruz de Invercolsa sino que representaba una bofetada al liberalismo oficial. Como abogado de Fernando Botero en el proceso 8.000 Londoño había tratado, ni más ni menos, de tumbar a Ernesto Samper y de meter a la cárcel a Horacio Serpa. Cuando Uribe ganó las elecciones estos dos personajes controlaban el Congreso de la República y nombrar a su peor enemigo como interlocutor no parecía nada menos que una insensatez política.

Si algo ha quedado claro en estos 100 días es que esa percepción resultó equivocada. Londoño se ha convertido en el ministro más poderoso del régimen y en la figura más representativa de la administración Uribe. El Presidente, que según algunas versiones tenía reservas sobre su Ministro del Interior después del escándalo de Invercolsa, está ahora feliz con su superministro, el cual se ha convertido en su llave en el manejo de los múltiples frentes que ha tenido que atender. Como Ministro del Interior y encargado de Justicia es, teóricamente, responsable del manejo del Congreso y del sistema penitenciario. Pero la órbita de acción de Londoño va mucho más lejos y la verdad es que está en todo: lidera la reforma política, interviene en la reforma del Estado, en el orden público, en materias económicas, y realmente son escasos los escenarios en los que su opinión no pesa. Su papel en la actualidad es una combinación entre primer ministro y vocero del gobierno.

Lo paradójico es que todo esto lo ha logrado en un período muy breve y a pesar de ser un hombre arrogante, despectivo y poco simpático. En el Congreso nadie lo quiere, muchos lo respetan y todos le temen. Desprecian su oratoria pomposa y exhibicionista pero reconocen su intelecto y su manejo de los temas. Con excepción de Horacio Serpa, puede ser el Ministro del Interior con más ascendencia sobre el Congreso, y ese ascendiente es más admirable si se tiene en cuenta que es el primer ministro en la historia contemporánea que no ofrece un solo puesto ni prebendas de ninguna clase.

Ante la opinión pública Londoño es enormemente popular. Su don de mando, la seguridad que refleja y su tono de regaño proyectado diariamente en la televisión satisfacen a un país ansioso de autoridad y lo han convertido en una estrella política. En la encuesta de líderes de opinión realizada por Invamer-Gallup para la revista Credencial, Londoño ya figura de segundo como alternativa presidencial después de Peñalosa y muy por encima de nombres tan conocidos como los de Horacio Serpa, Juan Manuel Santos y Luis Eduardo Garzón. Teniendo en cuenta su talento, sus grandes aspiraciones y enorme vanidad es de anticipar que dentro de tres años se la jugará toda por alcanzar la meta que su padre no logró: la Presidencia de la República.

Queda por verse si la estrella de Londoño es fugaz o permanente. Tiene que solucionar todavía el problema de Invercolsa, que está dormido pero no muerto. Con el fallo laboral en su contra, emitido hace tres meses, es casi imposible que salga bien del proceso civil que está en curso pero, sin embargo, al ritmo de la justicia colombiana alcanzaría a ser presidente y hasta a ser reelegido antes de que se profiera un fallo de casación por parte de la Corte Suprema de Justicia. En Ecopetrol habrá definiciones a comienzos del año entrante sobre la transacción propuesta por el Ministro y a estas alturas es difícil anticipar el resultado por las implicaciones políticas y jurídicas del caso. En el Congreso sus detractores están cargados de tigre tratando de hacer ese debate, sólo están esperando la luz verde en la agenda del presidente del Senado para soltar la jauría.

Independientemente del resultado del debate lo cierto es que Londoño ha mostrado que tiene madera para batirse en la palestra pública. Su llegada oficial a la política puede haber sido tardía pero también espectacular y de lo que puede estar seguro el país es de que su permanencia no será corta.
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