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| 6/11/2011 12:00:00 AM

Suroeste salvaje

Tomas de pueblos, policías asesinados, retenes ilegales, dejan en evidencia que el suroccidente colombiano es el nuevo campo de batalla de los grupos irregulares. ¿Por qué?

El estallido de un carro bomba fue el reloj despertador para los habitantes de Caloto, un pequeño municipio en el norte de Cauca. Eran las 7:40 de la mañana del viernes 20 de mayo cuando un grupo de guerrilleros del sexto frente de las Farc detonó el artefacto y, acto seguido, comenzó un ataque indiscriminado en esa población. Las balas dejaron de zumbar a las 4:10 de la tarde. El saldo: una mujer muerta por el infarto que le produjo el atentado, tres heridos y 37.000 almas aterrorizadas.

Dos días después, otra acción, esta vez en el municipio de Medio Atrato, Chocó. Allí miembros del frente 34 de las Farc mataron a tres civiles, un policía y retuvieron durante un par de días a 200 campesinos de la zona como escudo humano para repeler la reacción del Ejército. El país supo del incidente porque desde el alcalde hasta el gobernador catalogaron el hecho como un secuestro masivo.

Esa misma semana, en Nariño, el frente 29 atacó tres estaciones de Policía en los municipios de Barbacoas, Maguí Payán y Roberto Payán, mientras en el Valle se multiplicaban hostigamientos aislados en zonas rurales de Tuluá, Buga, Sevilla, San Pedro, Pradera y Florida.

Esta es solo una fotografía del fenómeno de orden público que desde hace un par de meses asuela los cuatro departamentos del suroccidente colombiano (Nariño, Cauca, Valle, Chocó) y que ahora recobra singular protagonismo por cuenta de un coctel explosivo en el que se mezclan la guerrilla, las llamadas bandas criminales (bacrim) y una guerra a muerte entre dos facciones narcotraficantes que no solo sembró terror en el campo, sino que urbanizó la violencia.

La situación es tan compleja que varios mandatarios locales gobiernan desde el exilio por amenazas, y un precandidato a la Alcaldía de El Bordo, Cauca, ya fue asesinado, al parecer por orden de las Farc. En el Chocó, al menos cinco mandatarios alternan su gestión desde la capital, Quibdó, por culpa de las amenazas de la guerrilla. En Cauca, otros gobiernan fuertemente escoltados. En el Valle, el alcalde de Sevilla renunció porque temía una retaliación mafiosa y el de Obando está escondido porque la semana anterior fue amenazado junto con otros políticos y empresarios locales. En Nariño, un concejal sesiona por Internet porque debió abandonar su pueblo por culpa de las bacrim. ¿Qué está pasando?

El suroccidente se convirtió en la 'joya de la Corona' de todo tipo de organizaciones armadas y criminales. Para nadie es un secreto que el litoral pacífico es considerado un santuario cocalero que les permite desarrollar a su antojo la actividad del narcotráfico. Esa alerta se advirtió desde la llegada del Plan Colombia al sur del país, que llevó a la migración de los cultivos de coca y la violencia armada hacia esta región.

Gracias a sus selvas, sus ríos y al acceso directo al mar, el suroccidente hace posible manejar todas las fases del negocio de la cocaína, desde el cultivo, el procesamiento y la comercialización hasta la exportación hacia Centroamérica y luego a Estados Unidos. Eso explica que en esta región se hayan concentrado grupos como Los Rastrojos o Las Águilas Negras, que heredaron el control territorial de los frentes paramilitares de las AUC; las Farc -con sus frentes 6, 8, 29, 30, 34, 47, 48, 57 y 60- y sectores del ELN considerados extintos que se revitalizaron en el Chocó. "El narcotráfico es el punto de ensamble de todas las organizaciones criminales", dijo el general Óscar Naranjo durante una presentación de su plan de choque contra la inseguridad en Cali. Hoy la guerrilla maneja laboratorios en las selvas, mientras las bacrim se dedican a la comercialización. Esta "es una de las causas de la urbanización del conflicto y de que se disparara el consumo interno de drogas ilícitas", explicó una fuente de inteligencia policial.

Todo ello dio origen a una alianza entre las Farc y Los Rastrojos, la banda del asesinado capo Wílber Varela, heredada por los hermanos Javier Antonio y Luis Enrique Calle Serna, más conocidos como Los Comba. Ese componente mafioso le puso otro ingrediente al problema en la región, ya que actualmente se libra una guerra a muerte por el control territorial entre Los Rastrojos y la banda paisa Los Urabeños, liderada por alias 'Valenciano'. Al menos en el caso del alcalde de Obando, exiliado por amenazas, se sabe que recibió un panfleto supuestamente de Los Urabeños. La Defensoría del Pueblo del Valle ya había advertido sobre la llegada de esa agrupación a la zona.

Un factor que enfrentan las autoridades en este nuevo escenario es que en el caso de Cauca, por ejemplo, la guerrilla juega de local y eso le permite dar golpes contundentes y de manera continua contra la fuerza pública, especialmente en los municipios del norte del departamento, donde se forma un corredor estratégico que une al centro del país con el litoral pacífico. Consultado sobre el tema, el ministro de Defensa, Rodrigo Rivera, no dudó en vaticinar que "el repliegue del fin de las Farc tendrá como escenario Cauca", como dijo a SEMANA.

Básicamente sus palabras obedecen a un legado histórico, ya que Cauca es un territorio con gran prevalencia indígena y ha sido cuna de diversos brotes revolucionarios como el M-19, Quintín Lame, la coordinadora guerrillera Simón Bolívar y el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), todos ellos motivados por el eterno lío de la tenencia de tierra. Además, hace unos años, dentro de las organizaciones indígenas del Cauca, que suman más de 220.000 integrantes, hubo una disidencia conocida como los Nietos del Quintín Lame.

Por esa causa, los indígenas hoy están en medio de un fuego cruzado que les ha costado sangre y señalamientos de ambos bandos en conflicto. Por un lado, luchan por que la guerrilla no reclute a sus niños ni invada sus resguardos y, por el otro, exigen respeto a los militares y que no los involucren en la guerra. Ya suman 232 indígenas muertos. Esa es la razón para que organizaciones internacionales de derechos humanos pongan una enorme lupa sobre la manera como se lleva a cabo la lucha contrainsurgente en la región.

Los militares tienen su propia visión. Para el general Jairo Herazo, jefe del Comando Conjunto Pacífico (CCP) -un aparato militar integrado por una división, siete brigadas y 36 batallones, todos en el suroccidente-, el problema de fondo es que la guerrilla se mimetizó en la población civil; además, "mutaron su forma de ataque: hoy cuentan con armas de largo alcance, como la punto 50, y tatucos con radio de tres kilómetros que les permite atacar y esconderse sin llegar a un choque frontal", dice.

Solo en 2010, en el Cauca, las Farc ejecutaron 564 acciones, 32 por ciento de las cuales ocurrieron en el norte, justamente alrededor del corredor estratégico. Es tal la actividad de la guerrilla en esa zona que para los colombianos ya es cosa corriente oír hablar de hostigamientos en Jambaló, Caloto, Caldono, Corinto y Toribío. A este último le dicen 'Toribistán', en alusión a que es el municipio más incursionado por la guerrilla (600 casos en 27 años). "Vivir allí es como habitar en Oriente Medio", dijo un oficial de la Policía.

Por todo lo anterior se ha vuelto frecuente ver al presidente Santos y la cúpula militar visitando la región y haciendo consejos de seguridad. Una paradoja de la situación es que, si bien la escalada guerrillera y criminal sugiere que se bajó la guardia, las cifras de resultados operacionales durante los primeros diez meses del mandato Santos superan con creces las de la era Uribe en igual periodo. Sin embargo, crece la percepción de que se trata de una región del país cada vez más fuera de control, en la que las Farc y otros grupos campean por sus fueros. Este 'suroeste salvaje' concentra, por lo visto, las nuevas características que ha adquirido el conflicto armado, y el gobierno enfrenta allí todo un desafío para adaptar a ellas su estrategia de seguridad.
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