Jueves, 19 de enero de 2017

| 2004/04/25 00:00

Te hablo desde la prisión

En su nuevo libro, 'Penas y cadenas', el escritor Alfredo Molano abre con seis testimonios las puertas al descarnado y salvaje mundo de las cárceles del país.

Dos años y medio tardó Alfredo Molano para entrevistar y recoger los testimonios de los presos de cárceles como La Modelo, La Picota, El Barne y Picaleña, no solo por las dificultades de seguridad, sino por la falta de colaboración de las autoridades de justicia del país. 'Penas y cadenas' es su libro número 14

A pesar de ser un tema frecuente en los medios de comunicación, las cárceles del país siguen siendo, en su gran mayoría, un mundo oculto, de historias secretas en el que una persona entra condenado por una pena y sale con muchas otras más que deben ser cargadas el resto de sus vidas.

Por lo menos así se puede afirmar al leer Penas y cadenas, el más reciente libro del sociólogo y escritor Alfredo Molano en el que seis personajes de la vida real, que están en la cárcel, confiesan con sinceridad desde crímenes espeluznantes hasta picarescas aventuras que han debido hacer para sobrevivir en un mundo en el que el poder y las reglas son ejercidos por los más fuertes. A continuación, algunos apartes de historias desde la prisión.

El preso

En El Barne la cosa era diferente. Es una penitenciaría brava. Cuando yo supe que iba para allá, escuchaba a la gente decir que íbamos a una cárcel de castigo, una cárcel donde sólo se sentía miedo y frío. Al Barne se entra por un portón grande por donde también día y noche entra la niebla. Después hay un pasillo largo y oscuro. Ahí nos detuvieron dos horas mientras llegó el jefe de guardia y parándose en una tarima gritó: "Ustedes han llegado al Barne, aquí las cosas no son como en su casa, aquí ustedes tienen que probar que son hombrecitos y si no lo son aquí se les enseñará". Y diciendo y haciendo.

Me llamaron de primero y por mi nombre: Pedro Almaraz al patio número siete. Yo sabía, porque un compañero me había dicho, que era el patio de las pirañas, de los chirretes, donde lo cosen a uno a puñaladas para quitarle los calzoncillos. Yo me dije, aquí hay que hacerse respetar de entrada, y fui diciéndole al teniente: "Pues, señor, yo ahí no entro". "¿Que no entra?", preguntó entre asombrado y ofendido. "Entra porque cabe", gritó. Sin saberlo, yo había desafiado ni más ni menos que al teniente Rosas, el terror del Barne, un crápula que tenía varios gansos a sus costillas. Pero tenía también amigos políticos, entre ellos a un tal Rojas, representante a la Cámara, que era quien sostenía la autoridad con que Rosas manejaba la cárcel. "¿Entra?", me preguntó con el mismo tono de desafío con que le contesté: "¡No! No entro". Entonces trató de echarme mano al cuello; no sólo me le resistí, sino que al quitármelo de encima lo empujé y cayó al suelo. Se levantó apuntándome con el revólver. Mi única defensa era la gente. Le grité: "Máteme, máteme, hijueputa, aquí delante de todos". Para ese momento yo ya estaba rodeado de guardias. Me maniataron como a una res, me esposaron y me dieron pata por donde me cupo. Las botas de los guardianes son un arma contundente, como dirían los abogados. Es como si les dieran martillos de dotación. Duré restableciéndome en el calabozo 18 días.

Salí para el séptimo. Cuando pasé la puerta, ya tenía precio todo lo que llevaba: mis Ribuc los habían vendido por 60.000 pesos de la época; mi chamarra -una Jarley- la habían rematado por 50.000; los bluyines por 30.000, y así. El primero que se me acercó me dijo: "Pinta, usted me debe un millón de pesos, bájese de lo que lleva para pagarme". "¿Pagarle qué?, gran hijueputa", le fui contestando. Sacó un chuzo, una patecabra como para matar toros bravos. Un muchacho, al que yo había conocido en una de mis andanzas, me tiró una toalla, y frentié la rata. lo humillé no matándolo. La gente se dio cuenta y mi fama voló, como el Pielroja, de boca en boca. Pensé que no sólo había salvado mi vida y mi pinta, sino que desde esa vez nadie volvería a desafiarme.

Me engañaba, mi corona sólo fue por un día, porque al otro ya tenía un nuevo problema encima. Yo había llegado bien aperado, embambado. Había resuelto andar con las joyas -que valían varios melones-, para poder pagar los servicios que necesitara, incluido el de permitirle a uno la vida. Llevaba además una cobija térmica y mi ropa que era casi toda nueva, porque Yesenia se portaba conmigo como sabe hacerlo una mujer enamorada. Una mañana, tan pronto corrieron los cerrojos, porfié dejando mis cosas en la celda porque yo confiaba en que ya me respetaban. Al regresar encontré sólo lo que no valía. Me la habían desocupado.

Sin cobija, sin chompa, sin yines, sin tenis. Me dejaron, pues, pelado. Sentí que la ira volvía a ganarme la partida y salí a buscar a las chandas que me habían robado. Al bajar al patio, me encontré con mis ribuc en un negro, mi chamarra en otro y mis joyas en otro. Alguien me dijo: "Cuidado, que el de las bambas es Socha y es quien aquí manda. Si no tiene con qué enfrentarlo, mejor pase de agache y quédese callado". La verdad era que yo no sabía cómo enfrentar a un hombre con el poder del tal Socha, que hasta tenía llaves de nuestras celdas porque la misma guardia se las entregaba.

Como no reviré, una noche me llegaron tres manes. Me ordenaron: "Empaque todo porque se tiene que ir de aquí; esta celda ya la hemos asignado". Estaban armados. Yo comencé a empacar las pocas cosas que tenía, sin protestar porque no veía salida, hasta que uno de mis visitantes me dijo: "Se equivoca, amigo, empaque sus cosas en nuestra bolsa". Tuve que tragarme otra vez la gana de revirar. "Cuando acabe -agregaron- busque en el pasillo un hueco libre y ponga ahí su colchón. Y agradezca que se lo dejamos porque al jefe usted le ha caído bien".

Dormí varios días en el pasillo, o carretera que también llaman. Éramos unos 30 hombres en unos 10 metros por cuatro. Difícil respirar. Yo no dormía esperando un ataque de cualquier compañero. La mayoría de las violaciones, y las que no lo son, se dan ahí en esa masa de hombres desesperados y arrinconados. De noche éramos casi una sola persona. Uno tiene que acostumbrarse a todo, porque el todo nunca se acostumbra a uno. A mí las noches se me iban delirando con miles de fugas mientras otros se comían, se peleaban, se drogaban o dormían. Viví la realidad más desnuda que puede un ser humano vivir, su realidad animal.

Haciéndose el loco

El frenocomio es la casa misma de la muerte. Queda en un lugar apartado del resto de la cárcel. Se entra por una puerta estrecha que permite bloquearse a cualquier momento. Una persona gorda tiene que pasar de lado. Allí, por fuera, hay dos guardias. El primer espacio, una sala de recibo que alguna vez pintaron de blanco, ahora está untada de sangres secas, rayones de suela de zapato, escarapeladuras que muestran el ladrillo pelado y una capa de moho entre azul y gris. Se pasa por un pasillo largo al que da una oficina adonde de vez en cuando va un secretario a poner al día los ingresos de internos, traslados y defunciones; un consultorio de la sicóloga, que atiende protegida por un vidrio de seguridad, frente al cual hay una silla con correas para inmovilizar al cliente si es necesario; un consultorio médico con una camilla sin sábana, pero también con correas, y un guindadero de suero; por último, una sala que llaman de espera, sin muebles. Después se abre una puerta y luego una reja de barrotes de hierro que da sobre un patio cerrado por tres filas de celdas grandes que forman una C. En las celdas puede haber 10, 15, 20 locos. En el centro del patio hay un sifón. Las celdas no tienen luz de día, salvo la que entra por una hendija del techo. El aire pesa y huele.

La sicóloga me recibió en su oficina. Me miró y me preguntó quién era yo, si sabía por qué razón estaba allí, si tenía familia y a cuánto tiempo estaba condenado. No hablé. Insistió. No hablé. Tocó un timbre y llegaron dos jayanes, me alzaron por debajo de los brazos. Me dijeron: "No se haga encamisar". No me hice encamisar. Me llevaron a una de las celdas. El silencio era aterrador. Parecía que esa gente había perdido hasta la respiración. La mayoría de ellos estaban sentados y recostados contra la pared. El olor a mierda era insoportable. La barriga comenzó a revolverse. Nadie miraba a nadie, todos tenían la mirada como ida. Alguno hamaqueaba la cabeza como un péndulo. El olor a mierda me acorraló y eché la ceba en un rincón. Un loco me miró y se rio casi agradecido. Yo me senté desfallecido y sudoroso. El silencio daba miedo. Otro de mis compañeros gateó hasta donde estaba mi vómito, lo olió y fue comiéndoselo como si fuera un perro. Yo cerré los ojos y grité. El loquito saltó y brincó a su sitio. Yo acabé de vomitar lo que traía, pero no me quité del sitio para que nadie volviera a hacer la operación.

Desde ese momento dije: "No, prefiero la guerra", y me propuse volver a la cana. El frío no me dejó dormir. Los compañeros dormían unos contra otros, pero yo no me atreví a acercarme. Uno que otro tenía un cartón, una cobija rota, un periódico... El día fue llegando. De pronto entraron los de seguridad y alzaron a uno. Yo miré asustado porque el hombre había estado toda la noche como los demás. Le pusieron, sin que se negara, una camisa de fuerza que había sido blanca, pero que ahora estaba tan manchada como todas las paredes. Se llevaron al hombre. A la media hora se oyeron sus gritos y los gritos de los guardias de seguridad ordenándole calma. Nunca supe qué le habían hecho, ni con qué, ni quién. Pero esa era la rutina.

Todas las mañanas se llevaban a uno y lo traían a rastras. Cuando amanecía, temblaba del miedo de ser yo el escogido. Rezaba para que los guardias no me miraran. Pero un día me miraron. Me levantaron, me forraron en la camisa de fuerza y me llevaron alzado donde la doctora, pero no a la oficina, sino al consultorio. Yo le dije: "Doctora, yo no estoy loco". Dijo: "Eso dicen todos", y fue inyectándome. Se me fueron las luces, y cuando me volvieron ya estaba en la celda. Calculé que habían pasado tres días. Pero podían haber pasado más.

Yo comencé a desear que me tocara el turno de enfermería y descubrí que para hacerlo más seguido tenía que comenzar a gritar y a hacer bulla hasta que los guardias llegaran por mí. No podía ser ni antes ni después de las 10, porque era a esa hora que llegaba la sicóloga. Pero la droga me hacía dormir, me hacía también perder toda mi fuerza, inclusive la de la cabeza. Lo descubrí el día que vi a uno de nosotros sentarse al pie del sifón del patio. Parecía pescando. Pero en realidad estaba cazando ratas. Mandaba la mano cuando la veía y no la agarraba. Hasta que otro llegó a botar ahí sus excrementos. Entonces salió no una ni dos, sino muchas. El hombre botó la mano y cogió una. Supe que yo ya estaba loco cuando lo vi que la despellejaba y se la comía sin que a mí se me diera nada.

Tenía ratos de lucidez, y en una de esas Dios me alumbró la salida. Hacía días que había venido un cura a confesar a uno. La doctora lo había mandado porque, seguro, lo vio muy débil. Murió un tiempo después. Ese día conocí a la médica, ella sólo venía a firmar las partidas de defunción porque todas decían lo mismo. Cuando me llevaron donde la sicóloga, alcancé a pedirle un cura. Y cuando me desperté, estaba el cura junto a mí. Le dije: "Padre, yo voy a morirme, quiero confesarme, yo soy guerrillero y he matado mucha gente". Me dio la absolución y al otro día oí que me llamaban por mi nombre. Grité: "¡Presente!". Me sacaron y me llevaron donde el director. Me dijo: "Usted, así esté loco, va a la cárcel de máxima seguridad. Usted no es un loco, sino un narcobandolero". Y a la cárcel de máxima seguridad de Valledupar vine a parar. El que estaba loco era el director: yo lo que soy es un ex funcionario de inteligencia del Estado colombiano condenado a 30 años de prisión.

Paola

Yo me la pillé desde que entró. Venía hecha un andrajo. Arañada, amoratada, a medio vestir, andaba paso a paso porque era un solo dolor. Como siempre, los internos mirábamos al personal nuevo, la carne fresca que entra a la cárcel a alimentar soledades y rencores. A pesar de su estado, se le veían unos ojos negros picantes, una piel sana y morena y una boca húmeda, jugosa. Tan pronto sonó la reja al cerrarse -un golpe frío que nadie olvida- ella cayó en mis brazos. Yo la esperaba desde que comencé a soñarla sin conocerla. Hay caminos que se presienten y, cuando se conjuntan, casi no sorprenden. Ella me miró con la seguridad con que se prende un crío a la falda de la mamá, y así me hizo sentir durante cinco años. Me contó lo que le había pasado y comenzó, como siempre se hace, a decir que una no sabe por qué está allí, que todo parece un sueño. En la jaula, me dijo, la habían violado todos los que se habían metido con ella. Uno por uno. Mientras unos la inmovilizaban otros se la comían por detrás y por delante. Al principio luchó con toda su fuerza, porque una puede ser puta, como me dijo, pero no de mal gusto, y los que abusaron de ella eran todos gamines.

La curé, le lavé la cara, la peiné, le presté una sudadera limpia y la llevé a mi celda a que se repusiera boca abajo. Yo sabía lo que ella había vivido porque también a mí me pasó, quizás con más suerte, pero no con menos dolor. El hecho fue el mismo. Yo venía, como ella, remitida de los calabozos del CTI, calabozos fétidos donde en un 3x4 meten a tres o cuatro personas, detenidos que se roban la respiración uno a otros. En la jaula -que es un cajón hecho de barrotes de hierro donde meten a los remitidos antes de asignarles celda- me rodearon los hombres y ya me tenían desnuda y lista como un pollo antes de meter al horno, cuando oí un grito: "¡Quietos, hijueputas!". Y no alcancé a salir de donde estaba cuando el cacique me estaba rescatando y besando. Me pillé que él era el mando ahí. No sé cómo se les reconoce, pero su autoridad se impone.

No me violó. Me acarició, me consoló y yo me le entregué más por miedo que por ganas. Si no hubiera sido porque el Niño del 20 me socorrió, me hubieran hecho lo mismito que a Paola. Evité que me violaran, pero en pago caí en manos del cacique. Él se enamoró de mí y no aceptó que nos dieran celda aparte, sino que me llevó a vivir con él desde el primer día... Él me dio seguridad y -digamos- me acolchonó el porrazo al entrar, como mujer que una se siente a una cárcel llena de hombres. Yo comencé a pedir desde mi ingreso ser trasladada al Buen Pastor, donde nosotras debemos estar. A uno lo sexan si el órgano le cuelga o lo lleva encaletado, y ese no es fundamento. Uno es hombre o mujer según su naturaleza de adentro y no de afuera, que es la que se ve y se toca.

El Guardia

Hay un estado de indefensión total de nosotros los guardianes respecto a los internos, o sea quienes debíamos imponer el orden, establecer una autoridad, somos superados por quienes debieran ser los vigilados. A nosotros nos asesinan 30 y 40 guardias al año. No mueren porque sí, mueren porque algún torcido hicieron. El guardián está entre la espada y la pared. En muchas oportunidades el guardián le dicen: ¿Quiere esto o quiere aquello? Le ponen aquí la plata y aquí la Ingram, o sea, una metra. ¿Quiere plomo o quiere plata? Un día unos internos se iban de fuga, llamaron a unos compañeros de guardia y les dijeron: Agua pasó por aquí, y ellos tuvieron que responder: Cate que no lo vi. Pero están vivos y siguen trabajando. Nada pudieron probarles. Es que eso de probar si uno sabía o no, como les pasa a los presidentes, es muy difícil. La guardia no tiene defensa frente al reo.

Ahora están ensayando un nuevo cambio, el que los gringos trajeron con el Plan Colombia. Hasta ahora la cosa no va bien: se han suicidado siete internos. Una falla. Ha habido varias huelgas de hambre, levantamientos, motines. Eso puede terminar en una tragedia.

A los presos de Valledupar, Acacías, Cómbita pueden humillarlos tusándolos, pero no los dominan cortándoles el pelo. Y la humillación no les quita fuerza, les da más porque más los une contra la autoridad. ¿Que ya no corre el billete en las cárceles como si los billetes fueran el dinero? Están equivocados. Hoy día se usa el billete como cualquier cosa, desde lentejas hasta pedazos de tela, el todo es que estén respaldados por la palabra y por los caciques. Es como afuera. ¿Acaso es que un papel vale? No, lo que vale es lo que representa ese papel y quien lo respalde. Las vueltas, quiebres, movidas que se hacen en las canas hoy se respaldan no con la palabra sino con el billete.

Se engañan los gringos. Que hay más cámaras mirando todo lo que hacen es cierto, y ¿qué le importa a un guardia mirar que en tal sitio matan a un fulano, si nada puede hacer? Porque es que, como lo saben los presos, los guardias no viven en la cárcel; salen a la calle, y en las calles no hay rejas que los protejan. ¿Qué sacan con prohibir la visita conyugal? ¿Acaso las relaciones sexuales no se dan en los hombres o con los mismos problemas o peores que entre sexos distintos? Si se trata de castigar por ese lado, se equivocan, la gente es capaz no sólo de evacuar su semen con otro, sino inclusive de llegar a enamorarse de otro. Los jóvenes que llegan pollos a las cárceles y los violan terminan enamorándose de sus violadores. Todos lo saben.

Esas cárceles se prestan para la tortura, y no sólo la tortura con sangre, sino la tortura seca, la que usan los gringos manejando el silencio, la luz, el ruido, la indiferencia, el aislamiento. Una tortura que no deja marcas, una tortura que nunca puede ser probada, garantizada, totalmente impune.

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