Sábado, 21 de enero de 2017

| 1994/03/14 00:00

TELEVISION, POLITICOS Y LEALTADES

En su libro 'Divino Niño', José Fernàndez Gómez evoca diferentes momentos de varias décadas de historia política colombiana. SEMANA reproduce un episodio sobre la televisión, y los gobiernos de Turbay y Betancur.

TELEVISION, POLITICOS Y LEALTADES

EN UN PROGRAMA SABATINO DE TELEVIsión, que duraba una hora, tenía yo una sección de aproximadamente 10 minutos, que se hizo bastante famosa por su pegadizo título de La pelea es peleando. Durante la muy reñida campaña electoral en que se enfrentaron Julio César Turbay y Belisario Betancur como candidatos a la presidencia de la República, el director del programa -que siempre escogía a quienes habían de ser mis entrevistados, y que era superfanático, grande y viejo amigo de B.B.- me hacía entrevistar preferentemente a figuras sobresalientes del belisarismo. Siempre disciplinado, yo obedecía, aunque sentía que la balanza andaba muy desequilibrada.
El programa no salía directo al aire, sino que se pregrababa los viernes. Ya en las últimas semanas de la campaña, fue mi entrevistada del viernes una señora bastante destacada en política y por supuesto partidaria de la candidatura de B.B. Entre otras lindezas (la señora actuó bien descomedida), dijo del candidato Turbay: "No solamente es incapaz de escribir sus discursos, sino que cuando se los escriben tampoco sabe leerlos". Y casi los 10 minutos se le fueron en flores por el estilo. Al terminar la grabación de la entrevista, mientras la señora, muy oronda, era felicitada y abrazada por su esposo, que estaba allí acompañándola, y por un par de veteranos seguidores suyos, yo le tiré de la manga a mi director, Alberto Acosta, y lo separé del grupo. Alberto, ¿tú vas a incluir esta entrevista en el programa de mañana? Te lo digo porque las cosas están muy igualadas, según las ensuestas, y si gana Turbay no te va a perdonar estas ofensas".
A mi jefe Acosta casi se le saltan de indignación los ojos de las órbitas: "Oye bien esto, Jojosé: ¡Yo meme juejuego lala vida porpor Belisario!". Era un poco tartamudo, y la excitación lo ponía a tartamudear más. Silencio mío y encoger de hombros, y adiós, hasta la vista. La vida siguió igual.
Semana y media después, al consultarle como de costumbre quién iba a ser el entrevistado del viernes, Alberto Acosta me dijo: "Este viernes viene Turbay. Ya está hablando. Llámalo, y confirma con èl la hora". Salí de mi asombro, telefoneé al candidato, y a través de una secretaria me citó para la mañana siguiente en su casa.
La casa era un hervidero de gente. Sólo en la amplia sala había más de un centenar de personas apretujadas, y un espeso grupo de ellas rodeaba a Turbay. Me vio él, por encima de las cabezas del grupo, y se abrió paso y se vino hacia mí. "Me disculpan unos minutos -dijo a la gente- porque tengo que hablar con don José Fernández". Me hizo pasar a una biblioteca (acerca de cuyos miles de volúmenes hacían chistes sus adversarios, afirmando que no se había leído ni uno) y él mismo corrió una puerta plegable que nos dejó aislados del electoral ruido.
"¿Le ofrezco alguna cosa? ¿Un brandy?"... "Si usted también lo toma, acepto con mucho gusto". Lo ordenó por un teléfono interno y yo inicié la conversación: "Como veo lo ocupadísimo que está usted, doctor Turbay, voy al grano. Traigo aquí un posible cuestionario...".
Pero él me interrumpió, con su personalísimo hablar superreposado: "Antes de que siga, debo decirle algo. Ni uno sólo de mis asesores en la campaña está de acuerdo con que yo salga en ese programa suyo. Porque ahí se me ha insultado gravemente". Me apresuré, un poco cortado, a afirmarle que yo estaba seguro de que Alberto Acosta, el director, jamás habría pensado en ofenderlo a él; sino que los entrevistados, con la fiebre partidista y hasta personalista de la campaña, etcétera.
Me interrumpió con un gesto. "Pero yo he decidido que sí voy a ir a la entrevista. Porque en primer lugar, esa tribuna de su programa es muy importante, y además porque yo confío en usted". Y repitió: "En usted".
Entres sorbos de brandy le fui leyendo mi cuestionario tentativo, sin que me objetara ni una sola de las preguntas, y más o menos a los 15 minutos nos despedimos hasta la grabación del viernes por la tarde en el estudio; y lo dejé envuelto en el oleaje de sus partidarios a domicilio.
Esta historia tiene un par de anécdotas adicionales simplemente pintorescas, y otra final mucho más seria. Los nombres de todos los personajes son los reales.
El día viernes estábamos ya sentados frente a frente el candidato Turbay y yo, dispuestos a comenzar la entrevista, cuando Turbay, con su inalterable aire de Buda impasible, exclamó de pronto: "¡Pedrito, Pedrito, olvidé mis gafas de televisión!". De la penumbra en que estaba sumido el estudio en torno a nuestros dos iluminadísimos sillones, surgió Pedrito. Era, háganme el favor, un personaje importante del mundo comercial en Colombia, cercanísimo amigo, admirador y sin duda gran colaborador en la campaña de Turbay. Me di cuenta entonces de que los cristales de las gafas que normalmente usaba Turbay y en aquellos momentos tenía puestas, por alguna razón no eran transparentes, sino más bien como nublados y no dejaban ver bien sus ojos. De sus palabras deduje que para aparecer en televisión usaba otras; y como su casa estaba a mucha distancia del estudio de televisión, por prisa que se diera Pedrito para ir y volver teníamos para casi una hora de espera bajo las luces y frente a las cámaras, mano sobre mano.
Era entonces director del Institunto Nacional de Televisión, en cuyos estudios nos hallábamos, un barranquillero amabilísimo llamado Germán Vargas, quien sin duda por la importancia del personaje o por pura curiosidad había resuelto presenciar la grabación de la entrevista. Estaba allí, y en aquel instante salió de la penumbra: "Presidente (curiosa cosa, que en Colombia al candidato presidencial se le dice Presidente), yo he observado que las gafas con que usted sale en televisión se parecen mucho a las mías. ¿Se las quiere probar?".
Turbay, parsimonioso siempre, se quitó las que tenía puestas y se colocó las de Vargas, a través de las cuales, oh maravilla, sí se le veían los ojos. "¿Usted qué piensa?", me preguntó a mí. "¡Estupendamente, Presidente!". "Ah, bueno. No veo nada con éstas, pero con las otras tampoco". Y comenzamos la entrevista.
Turbay triunfó en las elecciones, aunque apretadamente. (Cuatro años después repetiría B.B. candidatura, y esa vez sí habría de resultar ganador). Durante el perìodo presidencial de Turbay hubo reglamentariamente lo que en Colombia se llama licitación para tener espacios en los canales estatales de televisión, y que en realidad siempre fue un reparto dadivoso a empresas programadoras con más o menos protecciones o influencias políticas. A Alberto Acosta no lo dejaron en el asfalto, pero lo privaron de espacios periodísticos. Le asignaron, en un horario comercialmente excelente, un espacio para que transmitiera programas musicales. (Desde luego que La pelea es peleando se acabó). En vez de tener que pagar todo un cuerpo de redactores y técnicos, le bastaba con enviar a alguien al aeropuerto para que recogiera la lata en que de Estados Unidos llegaba el programa de los hermanos Osmond, entonces de gran éxito por allá arriba. Me contaron que en una ocasión en que se encontró con el presidente Turbay, Acosta le dijo: "A usted se le olvidó, Presidente, que yo soy periodista y me volvió empresario de mariachis". Me imagino la sonrisota de gran gurú del vencedor pero piadoso Turbay.
Y para cerrar -como dicen, o decimos, los presentadores de noticieros- viene el final de Alberto Acosta en la TV y en esta vida terrenal. Cuatro años después hubo otra reglamentaria licitación de espacios de televisión. El Ministro de Comunicaciones del presidente B.B., última y decisiva palabra en ese cuatrienal tejemaneje era un antiguo periodista, casi tan viejo amigo de Alberto Acosta como el nuevo Presidente. Pues bien, para estupefacción universal, esta vez Acosta, solicitante como era natural de espacios, con la puntuación de su veteranía y con la seguridad de su enorme lealtad a B.B., se quedó totalmente por fuera: literalmente en el asfalto. Nunca me preocupé por averiguar cuál pudo ser la causa, pero la estupefacción me dura todavía, y ha pasado tanto tiempo que cuando esto escribo (1992) un hijo de aquel ya fallecido Germán Vargas es ministro de Comunicaciones del presidente César Gaviria.
Algún tiempo después de aquella definitiva "licitación", se le descubrió a A.A una enfermedad incurable, que en pocos meses le causó la muerte. Lo llevaron a enterrar a Itaguí, cerca de la ciudad de Medellín, el pueblo donde había nacido. El señor presidente de la República, Belisario Betancur, viajó expresamente a Itaguí para pronunciar unas palabras de elogio de Alberto Acosta en el cementerio.
Y otra apostilla histórica. Uno de los primeros nombramientos dictados por el presidente B.B. al inaugurar su período presidencial fue para premiar a la señora a quien yo había entrevistado en La pelea es peleando y que agravió en ella duramente al candidato Turbay. La puso al frente de una entidad muníficamente dotada de cuantioso presupuesto. Rememoremos, hermanos, las transitorias o duraderas glorias de este mundo.

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