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| 3/24/2012 12:00:00 AM

“Tengo miedo a la muerte porque allá no puedo pintar”

El maestro Fernando Botero habló de sus hábitos de trabajo, del papel del artista en la sociedad, de sus momentos difíciles y de los libros que han escrito sobre él.

María Jimena Duzán: Para un artista que lo tiene todo, ¿cuál diría usted que es su mayor satisfacción en estos 80 años?

Fernando Botero:
Lo central en mi vida ha sido el trabajo y todo lo demás me parece secundario. Obviamente está la familia, a la cual estoy muy apegado, pero la verdad es que el trabajo para mí es la columna vertebral de mi vida.

M.J.D.: ¿Y usted sigue trabajando como lo hacía hace 30 años, cuando lo entrevisté en su estudio en París y me dijo que trabaja todos los días sin descanso?

F.B.:
Pues sí. A Dios gracias, a mis 80 años tengo la misma energía para el trabajo que cuando tenía 40. Yo diría que tengo incluso más energía que antes, tal vez porque uno percibe la proximidad de la muerte y siente la desesperación por sacarle más placer a esta vida y para mí la mejor forma de hacer eso es pintando. Por eso, a mis 80 años, estoy más acelerado que nunca.

M.J.D.: ¿Piensa en la muerte con frecuencia?

F.B.:
¡Pero todo los días!… La verdad es que a esta edad si uno no piensa en ella… Además, yo tengo una herencia complicada, que prefiero no mencionar para no sonar melodramático. (Su padre murió por una afección cardíaca a los 43 años y su madre a los 70).  

M.J.D.: O sea que sentir la muerte cerca lo tiene más vivo que nunca…

F.B.:
Dicen por ahí que los pintores no tienen tiempo de morir porque siempre están ocupados pintando. Nunca se jubilan y siempre mueren con el pincel en la mano. Lo único que hacen es trabajar, trabajar, trabajar.

M.J.D.: A propósito, tengo entendido que usted es un gran admirador del gobierno del expresidente Uribe. ¿Lo sigue siendo?    

F.B.:
Sé que ha habido una cantidad de críticas y de escándalos en su gobierno. Sin embargo, creo que Colombia era una cosa antes de Uribe y otra, después. Sin entrar en detalles, porque no vivo en Colombia, en la Colombia antes de Uribe prácticamente no se podía salir de la casa. Los colombianos vivían acorralados, en su pueblo, en su ciudad. Y de pronto volvimos a tener país. Eso me parece un logro muy importante. Desgraciadamente han surgido escándalos que han hecho una sombra sobre su gobierno, pero yo le reconozco que le debemos mucho.

M.J.D.: ¿Qué opina del presidente Santos?

F.B.:
Creo que está haciendo un buen gobierno, aunque, por lo que leo en los periódicos, veo que su luna de miel se está terminando y que ya le están empezando a caer encima. Él se ha preparado toda su vida para ser presidente y me parece admirable lo que está haciendo en el tema de la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras, aunque creo que va a ser muy difícil aplicarla.

M.J.D.: Sartre decía que el papel de los intelectuales es el de exponer las contradicciones de la sociedad. ¿Hay algo de eso cuando usted hizo las serie sobre La Violencia, la de los dictadores latinoamericanos, la de Pablo Escobar y sus matones y la de los carceleros americanos de la cárcel de Abu Ghraib?

F.B.:
Hay cosas que me impresionan mucho y que han hecho que yo las pinte. Eso me sucedió con La Violencia y por eso pinte esa serie de cuadros. Hice lo mismo con los dictadores de las juntas militares en los sesenta y luego con los carceleros de Abu Ghraib. Pero no creo que la obligación del pintor sea esa. La obligación del pintor es la de pintar bien y la de ceñirse a su dimensión pictórica. Cuando uno se mete a hacer denuncias o testimonios se toman riesgos muy altos porque, entre otras cosas, es un hecho que el arte no tiene ningún poder político.      

M.J.D.: ¿Y los cuadros de Picasso denunciando la matanza de Guernica? ¿Los de Goya denunciando los fusilamientos de españoles a manos de las tropas francesas? ¿Los de Delacroix?

F.B.:
Lo que tiene el arte es la capacidad de hacer recordar. Ese es su gran poder, como lo hace el cuadro de Guernica de Picasso, que hace recordar el bombardeo alemán sobre ese pueblo. Lo mismo se puede decir de los fusilamientos de Goya y de tantas obras que se han hecho. Si no existieran esos cuadros, nadie se acordaría de esos horrores. Cuando yo hice la serie de Abu Ghraib, mi aspiración era que se recordara esta infamia y se desnudara la posición hipócrita de los americanos que, por un lado, aparecían como defensores de la libertad y de los valores democráticos, pero en el fondo recurrían a la tortura y a la humillación. Eso me golpeó mucho y por eso hice esos cuadros. Pero estos testimonios o denuncias son desviaciones de un pintor que en el fondo no deberían suceder, porque la obligación del pintor es con la pintura y con nada más. ¿O es que usted conoce de algún libro o alguna novela que haya hecho caer a un gobierno o cambiar un sistema político? ¿Un poema?

M.J.D.: ¿Pues le parece poco 'El Capital' de Marx?

F.B.:
Sí, eso es cierto, pero también lo es que la primera forma de expresión del ser humano no fue la palabra, sino la pintura, como lo prueban las cuevas de Altamira, hechas en un momento donde no existía la escritura. Por mucho tiempo, la pintura fue el vehículo de expresión hasta que llegó la escritura, un medio mucho más concreto que produjo la literatura y la poesía. Por eso, la sensación que siente uno cuando ve un cuadro es muy distinta a la que se percibe cuando se lee un libro. Pero además le recuerdo: Picasso pintó su famoso cuadro de Guernica y Franco no solo no se cayó, sino que duró 30 años más en el poder. A eso me refiero cuando digo que el arte es inofensivo políticamente, pero tiene un arma terrible que es la capacidad de hacer recordar algo y eso le da un poder tremendo. Cuando las sociedades quieren olvidar cosas, ahí está el arte para impedir que eso suceda. Pero le repito, el pintor se debe a la pintura. En ese sentido uno solo debería pintar naturalezas muertas que es lo más puro desde el punto de vista pictórico, cosa que yo he hecho en mis momentos de pureza total.

M.J.D.: ¿Es usted un buen lector?

F.B.:
La verdad es que nunca he sido lector lector, sino pintor pintor. Sí leí mucho, sobre todo cuando estaba joven, antes de los 25 años, y leí a García Lorca, a Antonio Machado, a César Vallejo, las novelas americanas y, obviamente, a García Márquez y a Vargas Llosa. Pero la verdad es que yo invierto la mayor parte de mi tiempo en mi trabajo. Lo único que leo de manera religiosa son los periódicos.  

M.J.D.: Hablando de García Márquez, ustedes se conocieron en París. ¿Cómo es su relación con el Nobel?

F.B.:
Yo a García Márquez lo he visto muy poco en mi vida. Cuando yo vivía en París, él vivía en Barcelona y no coincidimos. Nunca he sido amigo de García Márquez, en realidad. Pero sí creo que él es escritor y político y que ha sabido mantener esas dos actividades. Yo solo soy artista.

M.J.D.: Usted ha sido un pintor que ha conocido en vida la gloria y la fama, pero también ha tenido momentos difíciles como cuando su hijo Fernando Botero Zea terminó vinculado al proceso 8000 y terminó en la cárcel.

F.B.:
Por cuenta de ese episodio, perdí la comunicación con mi hijo por varios años, porque me sentí muy mal de que él hubiera actuado de esa forma. Pienso que él pagó lo que hizo porque estuvo detenido, aunque su mayor castigo fue que tuvo que abandonar la política, la vocación de su vida. Haber tenido que hacer eso es como si a mí me hubieran prohibido pintar.  

M.J.D.: Usted ha dicho que no pinta gordas…

F.B.:
No son gordas. Son producto de mi obsesión por el volumen, que es distinto. Cuando hago unas naturalezas muertas también aplico mi pasión por el volumen, que considero es el origen de la sensualidad en el arte. Por eso digo que esas gordas que pinto no son gordas. Cuando digo que nunca en mi vida he pintado gordas, ¡nadie me cree! El volumen fue la semilla que produjo los cinco siglos de gran arte que tuvo la humanidad hasta que llegó el siglo XX y volvimos a la pintura plana, y comenzó la debacle… 

M.J.D.: ¿Se ha leído todos los libros que han hecho sobre usted?

F.B.:
Le voy a confesar algo: me leí el de mi hijo, porque si no, me mata. Pero los demás no me los he leído. ¿Y sabe por qué? Porque me da pudor. Tras de que no tengo mucho tiempo, no voy a utilizarlo leyendo cosas sobre mí. No soy así. No solamente me siento incómodo haciéndolo, sino que sé que nada de lo que escriban sobre mí va a cambiarme. Yo soy un autocrítico feroz. Si no lo fuera, no pintaría todos los días ni habría razón para pintar. Yo sé que tengo que solucionar algo que no he solucionado y no necesito que alguien me diga que algo está mal o bien. Tengo mi sistema de analizar mi trabajo y lo hago con un rigor terrible, sin hacerme regalos, y créame: eso es muy saludable. Pero claro, me da pena con los escritores.

M.J.D.: ¿Sigue coleccionando arte?

F.B.:
Desde que hice la donación de toda mi colección no volví a comprar más.  

M.J.D.: ¿Hay algún artista contemporáneo que le mueva la aguja?

F.B.:
Bueno, es que eso no es pintura… Hoy en día hay muchos artistas que se sienten artistas sin serlo. Creen que por pintar una botella eso ya es una obra de arte. Lo que pasa es que hay muy pocos pintores, y yo soy uno de los poquitos que hay.

M.J.D.: ¿Qué lo pone triste?

F.B.:
La muerte, porque allá no lo dejan a uno pintar. Eso me aterra porque llevo pintando desde los 15 años. A los 18, cuando me fui de mi casa, empecé a vivir de la pintura. Desde entonces he realizado una obra que es muy extensa: he hecho 3.000 o 4.000 cuadros, 3.000 dibujos, 300 o 400 esculturas y no creo que ningún artista vivo haya producido tanto como yo. Soy muy afortunado.
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