Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2015/11/14 15:00

Terrorismo en Francia: ¿Por qué París?

Las masacres del viernes le apuntaron a la cuna de la Ilustración, del secularismo y de las ideas progresistas de la humanidad. Los atentados fueron obra de Isis.

El golpe del viernes no fue contra los grandes símbolos del poder, sino contra los parisinos. Foto: AFP

Francia se despertó con la confirmación de sus peores sospechas. Los atentados coordinados de ayer en la noche fueron obra de Isis, el grupo terrorista que desde más de un año controla amplias zonas de Siria e Irak.
 
Como era de esperarse, el grupo describía las acciones que dejaron más de 150 muertos como una retaliación por los bombardeos franceses en Siria, que comenzaron el 28 de septiembre por orden del presidente, François Hollande.
 
Sin embargo, más allá de su carácter bélico, los hechos de ayer tienen un rasgo que no hay que pasar por alto. En la parte del panfleto dedicada a los objetivos de los ataques, se decía que habían sido escogidos “minuciosamente”.
 
Es decir que, como en los cuatro atentados del 11 de septiembre en diferentes puntos de Estados Unidos, los objetivos, la fecha y las metodologías habían sido escogidos a conciencia para así magnificar el efecto del terror.
 
Pero a diferencia de 2001, con excepción del Stade de France, los sitios atacados en la capital gala no fueron atracciones turísticas, ni símbolos de la ciudad, ni instalaciones militares, ni centros de poder.
 
Fueron por el contrario lugares más o menos conocidos por los habitantes de la ciudad, que los frecuentan para tomarse una copa o cenar fuera de casa, dos de sus tradiciones vespertinas.
 
De cualquier modo, no se trata de sitios con la celebridad de la torre Eiffel, del Museo del Louvre y de las decenas de monumentos públicos y museos que abundan en la ciudad.
 
Lo que no significa sin embargo que su fuerza simbólica sea menor. Cuando se miran, los sitios atacados anoche comparten una reveladora característica.
 
Un teatro, la terraza de un café, las graderías de un estadio, un restaurante de comida exótica o un bar juvenil son todos sitios de goce.
 
Es decir, de una aspiración humana que Isis no ha ahorrado esfuerzos en aborrecer. Pues en su lógica retorcida, querer alcanzar una felicidad diferente de la que ellos dictan es la peor aspiración que un ser humano puede tener.
 
En ese sentido, sus videos martirizando a los infieles o a los “desviados” son ya uno de los aportes del siglo XXI a las grandes infamias de la historia.
 
Y si en el mundo hay una ciudad en la que prácticamente cada calle ofrezca una fuente goce estético esa es la capital francesa. Así lo pueden atestiguar los 60 millones de personas que la visitan anualmente y que van tras las huellas de artistas e intelectuales que la escogieron para vivir, muchos buscando la libertad que no tenían en sus países.
 
De hecho, desde la época de Voltaire y del Iluminismo de Denis Diderot, París ha sido la referencia mundial de a libertad de pensamiento. También, de la protección contra los abusos de los poderes políticos y religiosos.
 
Por eso, nada que pueda desafiar con más vigor los ideales medievales de Isis que una ciudad que es la cuna del feminismo, del cine, de la libertad de expresión, de la alta cocina, de la liberación sexual, de la bohemia, de los movimientos artísticos más radicales de la historia, de la alta costura y de la intelectualidad modernas.
 
Isis sabe que su peor enemigo no son las bombas que Rusia, Estados Unidos y la propia Francia le lanzan desde el cielo. Son por el contrario los principios de la Revolución francesa, comenzando por la igualdad entre sus ciudadanos.
 
Pues un aporte mayúsculo de la sociedad gala es haber elevado a ley suprema que ninguna persona está por encima de las otras. Y es que nada más diferente del dogma esclavista de los extremistas islámicos que un sencillo pero revolucionario documento firmado justamente en París el 26 de agosto de 1789: la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
 
Por eso, el golpe del viernes no fue contra los grandes símbolos del poder, sino contra los parisinos, esa gente que no se deja dictar credos y que defenestra a los tiranos.
 
Tras el dolorosísimo luto de estos días, a los habitantes de la capital francesa les espera un desafío mayúsculo, pues tendrán que decidir hasta qué punto renuncian a su libertad para tener más seguridad.
 
Una cuestión que compromete la esencia misma de la ciudad.

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