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| 6/24/2017 2:47:00 PM

El destino de dos hermanos que abordaron el mismo avión que se cayó

Un accidente de una aeronave de Aerosucre ocurrido en diciembre del año pasado, esconde una desgarradora historia familiar.

Por: Daniela Parra Sierra*

Para Diego era un martes común y corriente. En la empresa donde trabaja le informaron que había un vuelo programado para Puerto Carreño en horas de la tarde. En la vida de Diego estos sucesos son normales, le informan a qué hora sale el vuelo que le corresponde y él solo debe cumplir las órdenes.

En la mañana adelantó unas diligencias personales. Volvió a su casa, cambió su ropa por su uniforme de trabajo y se dirigió hacia el Aeropuerto Internacional El Dorado. Al llegar le informaron que la salida estaba retrasada, debido a que esperaban una carga. Diego salió a almorzar junto a Mauro y Pedrito, compañeros de vuelo. Regresaron y cada quien se dispuso a realizar su trabajo.

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Al llegar al aeropuerto Germán Olano de Puerto Carreño, se dirigieron hacía la sala de espera, pequeña por cierto, a refrescarse y a tomar algo para calmar el calor. Llegaron aproximadamente a las 2:30 p.m., hora en la cual el sol se vuelve más intenso y penetra las fibras de la piel provocando una sensación de desvanecimiento, además de una picazón que recorre el cuerpo desde la cabeza a los pies.

El único que se quedó en la pista de aterrizaje junto al avión fue Pipe, el despachador, quien supervisaba el desembarque de la carga traída de Bogotá y el embarque de la carga que transportarían de regreso a la capital. Bajo el sol, que no tenía clemencia de nadie, el despachador coordinaba el tránsito de la carga, mientras sus compañeros de vuelo se refrescaban con el aire acondicionado de la pequeña sala de espera. Mientras no haya problemas técnicos en el avión, el trabajo de Diego está cumplido.

Ninguno salió del aeropuerto, solo se dedicaron a conversar acerca de sus vidas. Aproximadamente a las 4:30 p.m. el trabajo del despachador y del montacargas estaba cumplido.

Estaban listos para despegar, solo faltaba la orden de la torre de control de Bogotá para que les programaran el aterrizaje en pista de El Dorado, pero la respuesta fue que aún no estaba programado por lo que debían esperar nuevas órdenes desde Bogotá. Mientras el sol se escondía en las llanuras de Puerto Carreño figurando un atardecer que se tornaba rosado, la tripulación esperaba a que la orden fuera dada y aproximadamente a las 5:15 p.m. estaba todo listo para el despegue de la aeronave de la compañía de carga Aerosucre S.A, tipo Boieng 727 con matrícula HK-4544.

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El avión estaba en pista listo para realizar su protocolo de despegue, dio la vuelta para salir por el lado occidental del aeropuerto justo por el Batallón A.S.P.C No 28 “Bochica” de Puerto Carreño. Tomó pista, la aeronave comenzó su vuelo, avanzó, pero al llegar a la malla del aeropuerto no alcanzó la altura necesaria y tropezó, llevándose de paso la garita del Ejército y dejando afectado el tren de aterrizaje. A pesar del golpe, el avión no detuvo su vuelo, se elevó lo más que pudo. Tres minutos más tarde el avión colisionó a diez millas del casco urbano de Puerto Carreño, la capital del departamento del Vichada.

Un milagro entre el fuego

Diego Armando Vargas Bravo es técnico de vuelo, trabaja en la empresa de carga Aerosucre junto a su hermano Felipe Vargas Bravo, una pasión heredada de su padre que siempre les despertó el interés por la aviación. Diego lleva dos años vinculado a la empresa, y el pasado enero comenzó sus estudios para ascender como ingeniero de vuelo, un deseo que continúa en espera. Es el mayor de tres hermanos, está casado y tiene dos hijos, vive en Bogotá cerca de la casa de sus padres.

Desde el sillón en el cual se encuentra sentado revive cada segundo que recuerda de aquel 20 de diciembre, en el que solo cumplía con su labor y lo que menos se imaginaba era cómo iba a terminar el día. Esperaba montarse al avión con rumbo a Bogotá, llegar como todos los días a su casa a descansar y compartir con su familia, sin embargo ese martes los planes cambiaron, desde ese momento su rutina no volvió a ser la misma.

Con su tono de voz bajo, pero seguro de lo que dice, Diego afirma: “Desafortunadamente para mí estuve consciente casi todo el tiempo, si perdí la conciencia fue por lapsos de segundos, me acuerdo de todo lo que sucedió”.

Comienza recordando cuando se montaron a la aeronave que los regresaría a Bogotá. Diego se dirigía a su lugar dentro de la cabina, solía ubicarse al lado del ingeniero de vuelo para que le explicara algunas cosas que le servirían al momento de comenzar sus estudios para esta labor, pero esta vez, al dirigirse a su lugar se percató que uno de sus compañeros había ocupado su asiento y sin decir más se sentó por fuera de la cabina, porque adentro solo hay asiento para cinco personas y la tripulación era de seis. Se sentó en el puesto de afuera, la distancia entre sus compañeros y él era mínima, separados únicamente por la división de la cabina. Lo único que quería Diego era llegar a su casa. Se abrochó el cinturón de seguridad, se puso sus audífonos y el vuelo despegó.

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A los pocos segundos del despegue sintió un impacto e inmediatamente Diego se levantó de su asiento para dirigirse a la cabina; “¡Tenemos una emergencia!” dijo el piloto, mientras Diego volvía a su asiento a esperar en que resultaría la operación: “Yo ahí no podía hacer nada”, aclara Diego. Se sentó y comenzó a rezar para encomendarse a todos los santos de los que es devoto. Entonces, sucedió algo particular, el cinturón de seguridad de Diego que abrochaba sin ningún problema al momento del despegue, no funcionó.  Los siguientes dos minutos de Diego transcurrieron entre sus oraciones, su lucha con el cinturón de seguridad y la angustia que se manifestaba en él con un constante temblor en las manos, porque ya era lógico que “íbamos a dar contra el mundo”, recuerda. El piloto realizó todo el protocolo de emergencia, pues desde el momento del impacto con la malla aeroportuaria, había elevado la aeronave para que llegara lo más lejos posible y así no causar daños dentro del casco urbano de la población; la idea del piloto era devolverse a la pista para allí solucionar el problema. En un aproximado de diez millas desde el aeropuerto, el avión comenzó a perder fuerza, el piloto dio la vuelta hacia el aeropuerto y en ese momento comenzó a descargar el combustible y la carga para aligerar el avión pero esto no fue suficiente, y segundos después cayó.

“En ese momento perdí la visión, todo se tornó oscuro y solo veía chispitas, sentí los golpes y muchos ruidos fuertes que aturdieron mis oídos, todos los recuerdos pasaron por mi mente y sólo le pedía a Dios: si he de morirme llévame a tu paraíso. Escuche un ‘¡Boooom!’ y todo se detuvo, solo veía que llovía tierra por todas partes, en ese momento no sabía si estaba vivo o muerto”.

Diego quedó atrapado dentro del avión, miró a su alrededor y todo estaba en llamas “al estilo de una película, veía desastre por todo lado y el fuego cerca de mí”. Permaneció acostado en un pequeño hueco dentro del avión y desde allí pudo observar a lo lejos que el atardecer se tornaba más oscuro y ese sol que los agobió de calor al llegar ahora desaparecía, mientras en medio de su shock seguía sin comprender lo que sucedía.

Entendió que ese espacio por donde veía la llegada del anochecer era la salida para su salvación y recobrando el sentido y la conciencia pensó en sus compañeros, recordó que en el avión la distancia que los dividía era poca, gritó a cada uno por su nombre esperando una respuesta, tenía claro que solo existían dos posibilidades: “Están heridos o muertos, no hay más”.

En ese momento, el mismo trauma que se apoderó de Diego impedía que sintiera dolor físico aun viéndose los brazos llenos de cortadas. “Es como si hubiese metido los brazos en un alambre de púas” dice Diego, mientras se observa los brazos y señala las cicatrices que le recuerdan ese día.

Él no sentía nada, solo pensaba en sus compañeros y en su hermano Pipe. No había sangre a su alrededor, lo que ayudó a que se mantuviera en calma, su ropa estaba intacta pues no perdió sangre al momento del impacto, sentía un leve dolor en el pecho pero pensó que a él nada le había ocurrido, por eso tomó la determinación de pararse y ayudar a sus compañeros que se encontraban atrapados en la cabina del avión y fue justo ahí cuando se dio cuenta que su pierna derecha se movía de un lado al otro mientras su pierna izquierda estaba aferrada entre las latas de la aeronave. Intentó moverse y al hacerlo sintió como si tuviera algo atravesado en el pecho, desconociendo que eran sus costillas rotas y por esta razón le alteraba la respiración, el dolor era demasiado fuerte.

Los niveles de dopamina ya estaban bajando, por tanto todos los golpes que tenía Diego se manifestaban en fuertes dolores en el cuerpo, a su vez comenzó a sentir el calor de las llamas que lo rodeaban y que cada vez se le acercaban más, tan cerca que podía escuchar las flamas y sentir que las llamas lo abrazaban. Había un árbol muy cerca de donde el avión cayó, prácticamente al lado. Diego escuchaba como el pasto se achicharraba, el árbol ardía, y el ruido de metal al retorcerse, el humo que desprendían las llamas comenzaba a asfixiarlo, Sino buscaba una manera de salir terminaría ahogado o quemado.

Cada minuto para Diego era eterno, tenía la esperanza de que alguien lo sacara de allí pero nadie llegaba a ayudarlo y el oxígeno se le estaba acabando, fue entonces cuando él se encomendó: “Señor ya me diste la oportunidad de sobrevivir al impacto, ahora dame fuerzas para no morir entre el fuego”. Comenzó a moverse, pero el dolor en el pecho se hacía más agudo, tomó el lado izquierdo de su pantalón y lo haló lo más fuerte que pudo hasta que liberó su pierna izquierda, con sus brazos se arrastró boca abajo, a su alrededor yacían toda clase de artefactos corto punzantes que provenían de los fragmentos del avión “fácilmente podrían haberme decapitado”, recuerda. Sacó fuerzas de donde no tenía y se arrastró de tal manera que pudiera alejarse lo suficiente del fuego, pero cada vez la distancia se hacía más larga y no encontraba la salida del avión.

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“Que me encuentren vivo y no quemado”, pensaba Diego arrastrándose hasta el árbol que se encontraba cerca, se percató que al caer el avión este amortiguó la caída, Diego se encontraba encima del árbol que estaba en llamas, escuchaba como el fuego se consumía todo a su paso. Sus brazos estaban cansados, ya que soportaban todo el peso de su cuerpo, llegó a pensar en rendirse en no seguir más y recordó a su familia. “Tengo que salir de acá”, era lo que se repetía. Recargó energías y se arrastró por las ramas del árbol hasta que llegó a un borde, acomodó su pierna derecha que estaba rota, mientras sentía que por todo su cuerpo le recorrían corrientazos a causa del  dolor; respiró profundo, tomó impulso y se lanzó.

A causa de la caída Diego perdió por segundos la consciencia, al regresar en sí se vio en el piso “ahora si podía alejarme del fuego, comencé a arrastrarme con la fuerza de mis brazos pero fue en ese momento que sentí el verdadero dolor”. Se arrastró por el pasto y debido a los cortes de los brazos, incómodo, sentía como si pasara a través de espinas que hacían arder sus heridas. Intentó arrastrarse boca arriba, pero el dolor en el pecho no lo dejó, tomó la determinación de arrastrarse impulsado con su pierna izquierda, que fue la que liberó entre las latas del avión, y aunque ayudado con los codos, de nuevo el cansancio se apoderó de él.           

Sintió un alivio cuando escuchó desde lejos voces, esas que lo salvarían. Desde el momento de la caída del avión hasta que llegaron las personas transcurrieron los minutos más largos para Diego. Comenzó a gritar para pedir ayuda. Las personas que llegaron se presentaron como miembros del Ejército Nacional aunque vestían de civil, sacaron una camilla y ubicaron a Diego ahí, de manera improvisada le quitaron el cinturón de su traje y tomaron un palo que se encontraba cerca para inmovilizarle la pierna, lo montaron en una camioneta y se dirigieron hacía el hospital San Juan de Dios de Puerto Carreño.

Donde el cielo se unió con la tierra

Puerto Carreño es la capital de departamento del Vichada, un pueblo ubicado en el extremo oriente de Colombia, comenzaba la temporada de verano por lo cual los días eran bastante soleados para esa fecha. En un día de flujo aéreo normal en Puerto Carreño, se recibían máximo tres vuelos, pero ese día llegó en horas de la mañana un vuelo de carga de la empresa Aerosucre y un vuelo de apoyo del Ejército Nacional y en horas de la tarde un vuelo comercial de la empresa Satena y otro vuelo de carga de Aerosucre. El aeropuerto está ubicado casi en el centro de la población por lo que cada vez que llega o sale un avión, este se escucha casi en todo el pueblo.

A pocos minutos de terminar la jornada laboral se escuchó un estruendo desde lejos, luego sonó la sirena de la base de bomberos, pasó el carro de la Policía Nacional a toda velocidad. Cualquiera podría imaginarse que se trataba de un simple incendio. Pero no, se confirmó que a las 5:23 pm cayó el último vuelo del día, el de Aerosucre.

Hay dos sentidos para que los aviones salgan de Puerto Carreño: por el lado oriental que toma rumbo hacia el centro del pueblo y se desvía por el occidente y por el occidental del aeropuerto, como en el caso del último vuelo del día.

Yesid Triana Díaz es un habitante de Puerto Carreño, su familia tiene una pequeña finca a las afueras y por allí pasa el río Bita. Ese día, en compañía de un tío y otros familiares, salieron a pescar, se les hizo un poco tarde para regresar, sin embargo cuando iban llegando a la finca quedaron sorprendidos con la escena que presenciaban, el vuelo de Aerosucre alcanzaba una altura demasiado baja y en cuestión de segundos colapsó. Ellos vieron tan cerca el avión que comenzaron a correr, aunque el lugar donde cayó estaba bastante retirado de donde ellos se encontraban.

Los familiares de Yesid se dirigieron al lugar del impacto mientras que él fue a la carretera principal para orientar a todo aquel que llegara “el lugar es muy adentro de la carretera y es fácil perderse”, dice. Puerto Carreño nunca antes había presenciado una emergencia de este tipo por lo cual ningún organismo estaba preparado, ni siquiera el hospital poseía los implementos para atender una emergencia de tales proporciones.

Toda la población estaba consternada por el suceso. El camino para llegar al sitio del accidente, desde la carretera principal, era una trocha que dificultaba su tránsito por la cantidad de arena y a los costados un pasto demasiado alto para cruzar, el camino para entrar era el mismo para salir, debían pasar exactamente por la misma trocha. Al enterarse de lo sucedido la población, curiosa, se acercaba al lugar dificultando las labores de rescate, muchos vehículos trataban de entrar mientras la camioneta que llevaba a Diego trataba de salir con el afán de que él no muriera.

Lograron salir de allí y de inmediato lo  trasladaron al hospital. En el lugar de los hechos seguían las autoridades buscando a los demás tripulantes, al parecer había otro sobreviviente: Felipe Vargas Bravo. Los demás fallecieron y había un desaparecido.

El lugar ya estaba oscuro, la noche había caído y el panorama alrededor era fuego y una mezcla entre el humo y el olor a pescado, que era de lo que estaba compuesta la carga.

Diego llegó al hospital donde de inmediato el médico de turno comenzó a revisarlo. Todos a su alrededor corrían desesperados. Todo era surreal para Diego.  

Más tarde llegaría al hospital Felipe Vargas con signos vitales pero con demasiadas heridas, lo comenzaron a atender. En ese momento le dijeron a Diego que su hermano había llegado con vida pero que sus demás compañeros fallecieron. A Felipe lo estaban estabilizando pero el esfuerzo del médico no fue suficiente, murió a causa de un paro respiratorio, al igual que su hermano, a él también se le habían roto las costillas y una de ellas le alcanzó a perforar un pulmón, todo se complicó y falleció.

“No hay nada mejor que vivir en el cielo”: Felipe Vargas

Andrés Felipe Vargas Bravo era el despachador de la empresa Aerosucre y llevaba vinculado quince meses, llegó a trabajar allá gracias a su hermano. Era el hijo del medio, tenía 28 años y después de pasar por todas las carreras que alguna vez le interesaron se decidió por la aviación, aunque su verdadera pasión eran los autos, pertenecía al grupo Stance Capital.

“Era una persona extremadamente jocosa, a todo le sacaba risa, a todo le sacaba la parte buena, así fuera malo le veía la parte positiva, era un personaje, su forma de hablar, sus chistes, se daba querer muchísimo y jamás nos llegamos a imaginar la cantidad de amigos que tenía Felipe”, así lo describe su madre, Teresa Bravo a quien se le corta la voz cada vez que habla de él.

Yuli era la novia de Felipe con la que pretendía casarse, aunque en ese momento ella no lo sabía. Toda la familia había planeado pasar la víspera de navidad en Medellín y para Felipe esa era la excusa perfecta para proponerle matrimonio. Al enterarse del cometido de Felipe, su familia comenzó a buscar el anillo, aún no se sabe si lo tenía entre sus cosas el día del vuelo.

Desde su teléfono celular (que quedó intacto luego del accidente) Diego llamó a su padre para contarle todo lo que había ocurrido y le reconfirmó la muerte de Felipe. Ya estaban alistando todo para devolverlo a Bogotá en un avión ambulancia del Ejército. Llegó casi a la una de la mañana y de inmediato lo trasladaron a la Clínica Colombia. Desde la hora del accidente hasta que llegó a Bogotá, Diego no había consumido ningún alimento, ni líquido, ni tampoco había descansado por miedo a que no despertara.

El 23 de diciembre todos asistieron al entierro de Felipe, todos menos su hermano quien se encontraba en estado delicado en el hospital. Ese mismo día Felipe cumpliría 29 años, el día de su cumpleaños fue el mismo día en que todos le darían su último adiós.

Diego llegó con graves heridas desde Puerto Carreño; el fémur de la pierna derecha se le partió, tuvo una fractura en el tobillo izquierdo y una infección que lo llevó a perder el tendón de Aquiles, tres costillas rotas, lesión en la rodilla derecha, múltiples heridas y cortadas en todo su cuerpo, además del trauma psicológico que aún persiste. Estuvo en el hospital por un mes. Siete veces lo operaron.

Mientras muchos se preparaban para las fiestas navideñas, la familia Vargas Bravo atravesaba el peor de sus duelos, perdieron a un hijo y el otro seguía de cirugía en cirugía. La noche buena la pasaron en el cuarto del hospital donde estaba Diego.

Después de tres meses del accidente, Diego ha recobrado poco a poco la movilidad de su cuerpo a través de terapias, como lo explica la fisioterapeuta Luisa Triana quien ha llevado su caso: “Comenzamos con pequeños movimientos que al ejecutarse le generaban fatiga, se le realizaba frecuentes cambios de postura, porque se encontraba postrado en cama, seguimos con fortalecimiento muscular que fue progresivo y comenzó el proceso para mantener la postura de pie; primero con caminador, avanzamos con la muletas y luego bajamos escaleras. Ahora realiza ciertas actividades pero con dificultad y dolor, pero antes debía depender todo el tiempo de una personas a su lado, todavía falta reforzar la confianza en sí mismo que ha perdido a causa del mismo trauma”.

Diego sigue en terapias físicas y psicológicas y cumple una incapacidad por tres meses. El 20 de febrero de este año salió el informe preliminar especial de la Aeronáutica Civil en el que se dictamina que el accidente se derivó de una pérdida de control en vuelo. Sin embargo, aún investigan las causas del accidente.

Jaime Cantillo (piloto), Mauricio Guzmán (copiloto), Pedro Duarte (ingeniero de vuelo), Felipe Vargas (despachador) y Nelson Rojas (montacarga) fueron las victimas de aquel martes que no les permitió que sus familias los volvieran a ver con vida. Y para honrar sus memorias Diego Guzmán (el hermano del copiloto fallecido y que también es miembro de Aerosucre) volvió al lugar del accidente para plantar árboles.

En la mente de Diego ronda una pregunta sin respuesta “¿Por qué fui yo el que sobrevivió? Tal vez nunca lo sepa, pero si ha cambiado mi percepción de la vida, ahora disfruto más a mi familia y dejo de lado las cosas materiales”. Juan Diego, de ocho años (hijo de Diego) pregunta: “¿Dónde está tío Pipe? Quiero jugar con él” y la respuesta que siempre recibe es que él está con Dios en un lugar mejor.

*Estudiante. Departamento de Comunicación y Cine, Universidad Jorge Tadeo Lozano.

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