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| 2/12/2006 12:00:00 AM

Tiembla Guaviare

Los recientes secuestros masivos por parte de las Farc son sólo la punta del 'iceberg' de lo que sucede en el departamento donde se ejecuta el Plan Patriota.

El día de las velitas en la noche, el coliseo de San José de Guaviare estaba a reventar desde las 9, por cuenta de una gran fiesta que iría hasta el amanecer. El Festival de Colonias tuvo clásico ciclístico, comparsas, desfile de carrozas, festival gastronómico y dos alboradas. Con las festividades se abría oficialmente la temporada navideña y la 'subienda turística' era motivo suficiente para mantener la seguridad al máximo en la capital del Guaviare. A esa misma hora, un contingente del Escuadrón Móvil de Carabineros se preparaba para una novedad de última hora. El Ejército requería su apoyo, pues en la zona selvática conocida como El Trincho, muy cerca del municipio de Puerto Rico, Meta, se acababa de reportar el hostigamiento de un grupo paramilitar. Así es Guaviare. Mientras se ha ganado tranquilidad en los cascos urbanos de San José, Miraflores, Calamar y El Retorno, el miedo y el silencio se imponen en la periferia rural, donde los grupos ilegales todavía tienen el poder de amenazar, hostigar y acallar. Las consecuencias de esta situación se vieron en las últimas dos semanas. Muy cerca de El Retorno, el pasado 29 de noviembre, las Farc se llevaron a 22 personas (entre comerciantes y campesinos). Sólo liberaron a 14. Ocho días después, en El Boquerón, a 35 kilómetros de San José, se llevaron a dos ingenieros y a un carnicero. Y la semana pasada fueron asesinadas tres personas en la vereda La Primavera, muy cerca de Calamar. "Lo peor que usted se imagine en la degradación del conflicto armado, existe aquí. Antes los guerrilleros entregaban los cadáveres, ahora los entierran en fosas comunes. Antes, con los secuestrados, mandaban pruebas de supervivencia con cierta frecuencia, ahora no dicen ni mú", dice el padre Jaime Alonso Vásquez, director regional de la Pastoral Social del Guaviare, una de las pocas personas que ha recorrido las veredas que hoy están amenazadas. Las historias Cuentan que José Telmo Hernández, presidente de la junta de acción comunal de la vereda Brisas del Itilla, en Calamar, fue visto por última vez en la mañana del 30 de octubre, cuando salió al mediodía a recoger la cosecha de yuca y maíz y jamás regresó. Don José Telmo entró a engrosar la lista de 440 personas del Guaviare que la Comisión Nacional de Búsqueda de Desaparecidos tiene en sus manos. Pastoral Social cree que el triste inventario que existe desde 1997 puede ser mayor, ya que muchas familias víctimas de la desaparición forzada prefieren guardar silencio. Creen que los casos de desaparecidos en el departamento pueden superar los mil. La Policía, en cambio, asegura que es posible que sean menos. "Hemos encontrado que hay muchos 'desaparecidos con maleta' que finalmente terminan con los bandidos de las autodefensas o de las Farc", dice el coronel Ángelo Franco Sanabria, comandante de la Policía Departamental del Guaviare, y quien confirmó que los tres secuestrados de El Retorno están reportados como desaparecidos, ya que ningún grupo se ha pronunciado sobre el caso. Ellos no están desaparecidos. Por lo menos eso dice el padre Vásquez, quien intercedió ante las Farc para que los liberen. "Ellos (los guerrilleros) me dijeron que exigen el retiro de la Fuerza Pública para poder hablar con la comisión de la diócesis y dejar libres a los que tienen por allá metidos, y que en caso de que haya más combates, no responderán por la vida de los secuestrados", añadió el clérigo, quien teme que empiecen a aparecer nuevas fosas. Esas fosas están ubicadas en las zonas más recónditas de la región. Aunque no hay cifras oficiales, la fiscalía regional de San José ha identificado varias, en el último semestre de este año, en veredas lejanas de Miraflores y Calamar. Por cada fosa común que la gente denuncie se ofrece hasta un millón de pesos, y hoy se adelanta una base de datos de los cuerpos encontrados para establecer su identidad por medio del ADN de sus familiares. Sin embargo, la gente colabora poco. "Es difícil obtener información porque todavía no hay tanta confianza en las instituciones, en la Policía, en los militares. Sobre todo en el campo, la gente aún tiene la cultura que le dejaron las Farc", explica Jairo Lozano, defensor del Pueblo en San José. ¿Qué está pasando? Antes de 2002, cuando las conversaciones entre el gobierno de Andrés Pastrana y las Farc se rompieron, las Farc dominaban a sus anchas Miraflores y Calamar, donde los extensos cultivos de hoja de coca les dejaban jugosos dividendos a los insurgentes. Los paramilitares también hicieron de las suyas, y en la tierra de las heliconias, guacamayas, loros y armadillos gigantes, amedrentaron a todos los pobladores con terribles amenazas que hicieron efectivas con esporádicos asesinatos jamás registrados por los medios de comunicación. La Fuerza Pública logró asentarse a finales de 2003. Con la llegada de la Fuerza de Tarea Conjunta 'Omega', encargada de una fase del Plan Patriota, la estrategia militar más ambiciosa contra la guerrilla en el sur del país, llegó la tranquilidad para muchos habitantes. "No hay lugar en el Guaviare que esté vedado para nosotros", dice el coronel Jorge Páez, un recio militar, jefe de la Brigada Móvil No. 7, que lleva peleando la vasta zona desde hace dos años y medio. Con ese trabajo, la cara al Guaviare le cambió, pero sólo por un lado. De la presencia constante de frentes como el primero y el séptimo de las Farc (que hoy alcanzan a reunir unos 1.000 insurgentes), se pasó a su repliegue casi permanente en la selva oriental del departamento. Mientras tanto, el Bloque Guaviare de las AUC y las Autodefensas Campesinas del Casanare bordean gran parte de la frontera con Meta. "Dentro del pueblo usted no ve a los muchachos con uniforme, pero las milicias, los guardias de la guerrilla y los 'enviados' todavía merodean por ahí, cobran impuestos, extorsionan. Por eso fue que se llevaron a los de El Retorno, por no pagar", dice convencido un vendedor del parque central de San José. Calamar, la muestra Por casi 16 años, el doloroso estigma de 'Calafarc' hizo mella en su población. Para llegar allí desde San José del Guaviare, se toma 20 minutos en avioneta o dos horas y media por carretera. El calor es fácil de soportar, a pesar de los 36 ó 40 grados que marca el termómetro. Las calles sin pavimentar están rodeadas de casas de madera, de donde sale gente amable lista a ofrecer a los visitantes un jugo de borojó o de arazá, dos de las frutas exóticas que se dan por estas tierras. Sus habitantes viven de la agricultura y la ganadería, actividades que escogieron después de muchos años de haber raspado coca. La gente habla con desparpajo a la hora de contar lo que pasa, reclaman a gritos alcantarillado, salud, educación, y esperan con profunda ansiedad que les llegue la interconexión de luz a mediados de diciembre. "Uno sabe que por allá en el monte se dan, pero aquí adentro todo es suave, aunque de lejitos aparecen y matan por allá afuera. Por eso es mejor mandarse cedular en Villavo o en San José, para que cuando uno muestre el documento, no vayan a decir que uno es guerrillo", dice una mujer canosa y desdentada que se niega mostrar la cédula, no se sabe si por ocultar su edad o porque la sacó en Calamar. En los últimos días, algunos pobladores han denunciado excesos militares al controlar el ingreso de alimentos a las zonas. Por tal razón, una Misión de Verificación al Plan Patriota integrada por ONG de derechos humanos visitó la zona entre el primero y el 5 de diciembre. "El poder civil ha disminuido ante el incremento de la presencia e incidencia militar en esta región. Gran parte de las iniciativas políticas y sociales pasa por el control del mando militar de la Brigada Móvil No. 7 que opera allí. La gestión de la Alcaldía es fuertemente cuestionada debido a la falta de iniciativas de carácter social y a posibles casos de corrupción que comprometen el escaso presupuesto municipal". Al conocer este informe, el alcalde del municipio, Aldemar Gavilán, se sorprendió y manifestó estar confundido por "semejantes conclusiones. Yo no sé cuál es el fin de estas agrupaciones.¿Corrupción? ¡Por favor!, cada peso de los 160 millones que tuve para este año los reporté con creces", dice el mandatario. Calamar es una muestra de lo que hoy sucede en el departamento. El enemigo merodea en la selva, en el monte, en los municipios, muy bien escondido. Dicen que diciembre menguará el miedo que muchos tienen hoy. Sólo resta esperar cómo despierta 2006, cuando inicie la campaña electoral. Por ahora, el Guaviare tiembla.
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