Martes, 24 de enero de 2017

| 1994/02/28 00:00

TIERRA DE FUEGO

La misma guerrilla que nació hace décadas con la idea de defender a los pobres, masacró a 35 en el Urabá antioqueño.

TIERRA DE FUEGO

EN LAS CALLES DE APARTAdó, el miedo se deja sentir mucho más que el calor. La temperatura, que a las 12 del mediodía alcanza los 43 grados centígrados, no logra evaporar el terror de los 70.000 habitantes de la capital del eje bananero, un terror que arropa también a decenas de miles de habitantes de Urabá.
Cuando se pensaba que esta rica región había batido todas las marcas en materia de violencia política, un grupo de guerrilleros del V Frente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) asesinó el domingo 23 de enero a 35 indefensos habitantes del barrio La Chinita, de Apartadó. Esta es una de las más grandes áreas de invasión del país, ocupada por más de 5.400 familias, muchas de ellas ex militantes del Ejército Popular de Liberación (EPL) y hoy simpatizantes de Esperanza, Paz y Libertad, el movimiento político legal creado tras la desmovilización de ese grupo guerrillero.
Después de la matanza, en noviembre de 1988, contra 42 personas en Segovia (Antioquia), no había sucedido en Colombia un acto de barbarie similar. Una vez se habló de tragedia anunciada, pues el 15 de noviembre los habitantes de La Chinita habían abandonado a media noche sus casas y habían pedido refugio en la diócesis ante el temor de una masacre. Y una vez más la escena de las viudas, los huérfanos y los ataúdes en el entierro colectivo tocó las endurecidas fibras de los colombianos.
El Gobierno desplazó a la zona a tres ministros del gabinete, a comandantes de las Fuerzas Armadas, a altos funcionarios de institutos descentralizados, a gerentes de empresas del Estado, a políticos y congresistas. La matanza dejó en entredicho. al menos por unas horas, el proceso de reinserción de los esperanzados (como se conoce a los ex EPL) y planteó serias dudas sohre la posibilidad de que algún día se logre un acuerdo con las FARC y el ELN.

UNA GUERRA CON HISTORIA
¿Cómo se puede explicar que la misma guerrilla que surgió hace tres décadas en la zona con la idea de defender a los más pobres, a los trabajadores bananeros. de los atropellos de sus patronos, termine asesinando a 35 humildes personas?
Para conocer la respuesta es necesario reconstruir la historia de banano y sangre que convirtió a Urabá en tierra de fuego, una historia que se inició con el nacimiento mismo del eje bananero a comienzos de la década del 50, tiempo después de que la United Fruit Company -la tristemente célebre empresa estadounidense- abandonó el Magdalena y se fue a cultivar banano al Urabá bajo el nombre de Frutera de Sevilla. La llamada fiebre del oro verde atrajo al Urabá a cientos de colonos que huían de la violencia del interior del país. Fue tal la migración que llegaron pueblos enteros del Quindío, del norte del Valle y Antioquia. Allí se toparon con negros chocoanos que, a cambio de un techo y un plato de comida ofrecían su mano de obra a un costo bastante bajo. Durante la década del 50 se tumbó monte y se descubrió una naturaleza generosa, y en los años 60 se pasó de la siembra a la cosecha y de la cosecha a la exportación: más de 100 millones de cajas de banano se enviaron a finales de esa década.
Pero la prosperidad económica trajo consigo dos lastres: la desigualdad social, cada día más marcada y la ausencia total del Estado. Las relaciones obreropatronales eran poco menos que esclavistas. "La gente vivía en asentamientos infrahumanos, pero a los grandes propietarios no les importaba, porque ellos mandaban desde Medellín", recordó a SEMANA uno de los trabajadores de las fincas bananeras

SINDICATOS Y GUERRILLA
La desigualdad social en Urabá fomentó la aparición de los primeros sindicatos. Al poco tiempo de crearse Sintagro, Sintrabanano y el Sindicato de Braceros, la guerrilla dio paso a una estrategia que ya venía dando sus frutos en otros lugares: con un paciente trabajo político y la vinculación de hombres claves en las directivas sindicales, se apropiaron de los gremios representativos de los trabajadores. Con los sindicatos nacieron también los paros, y con ellos la confrontación y la militarización de una zona donde el Estado aparecía por primera vez pero sólo para reprimir.
El EPL -nacido años antes como reflejo en la guerrilla criolla de los pleitos internacionales entre los prosoviéticos y los maoístas- dejó las montañas de Córdova y empezó a dictar cátedra marxista en los campamentos bananeros. Ante los buenos resultados del EPL, las FARC decidieron hacer lo propio y entrar a competir, con su V Frente, por el dominio territorial.
Muy pronto los dos grupos guerrilleros reemplazaron el discurso marxista con la persuasión de las armas y se enfrascaron en una competencia sin tregua por el control de los sindicatos y las fincas. Poco a poco además de las condiciones de injusticia social se comenzó a hablar de capataces asesinados y hacendados víctimas de la extorsión todo ello sin que el Estado se diera por enterado -sólo se creó una oficina del Trabajo a fines de los 80- razón por la cual la guerrilla se hizo cargo muy a su manera, de intermediar las relaciones en el área. El remedio que ofrecieron los guerrilleros resultó, claro, peor que la enfermedad. Su violencia igualó a la zona por lo bajo: los dueños de las fincas debieron abandonar la región ante el secuestro y el boleteo la producción de banano se mermó, la mano de obra escaseó y llegó la época de las vacas flacas.
En el interior de la dirigencia de las FARC en Urabá surgieron las primeras divergencias ideológicas y de manejo militar. "Un sector, al que yo lideraba, estaba en contra de los métodos que las FARC utilizaban, como las ejecuciones contra quienes disentían y la forma como se llevaban a cabo las extorsiones y presiones contra la población", recuerda el senador Bernardo Gutiérrez, ex guerrillero del EPL y, años antes, de las FARC.
Para acallar a los disidentes, las FARC habían comenzado hacia 1975 las primeras operaciones que llamaban "de limpieza" contra los pobladores que simpatizaban con el EPL. Este, a su vez respondía. Y para completar sectores del Ejército, instigados por algunos propietarios desesperados por el estrangulamiento de la zona por la guerrilla, conformaron los primeros comandos paramilitares. "El Ejercito cometía una matanza y acusaba a las FARC de cometerla, o mataba a miembros de las FARC y decía que era el EPL. O las FARC asesinaban a campesinos y decían que era el Ejército. En toda esta guerra sucia cayó mucha población inocente", asegura Gutiérrez.
En diciembre de 1978, tras un intenso debate político interno de la organización, Gutiérrez y otros dirigentes abandonaron las FARC y éstas arremetieron contra ellos. El comando central del V Frente invitó a una reunión a los disidentes 'para arreglar las cosas" y el único de éstos que asistió a la cita fue asesinado de un tiro que le dispararon por debajo de la mesa de diálogo. La guerra ya no tuvo retorno.
A comienzos de la administración de Virgilio Barco, el Gobierno decidió por fin meterle el hombro a Urabá. El Plan Nacional de Rehabilitación (PNR) llegó a la zona, pero ya era tarde. Para entonces se había consolidado un nuevo factor de violencia: los grupos paramilitares, que contaban con las generosas chequeras de los narcotraficantes, quienes habían decidido comprar tierras en la zona -entre otras cosas, Urabá es un buen punto de embarque de droga y de desembarco de armas-.
No obstante, una luz apareció al final del túnel cuando el EPL llegó a un acuerdo de desmovilización a principios del gobierno de César Gaviria. El proceso fue posible no sólo por la voluntad de los guerrilleros de dejar las armas, sino por la forma como desarrollaron, con la mediación de la Iglesia, acuerdos paralelos con los paramilitares para evitar que, desmovilizados, los guerrilleros fueran carne de cañón.

LAS RAZONES DEL ODIO
Con la aparición de Esperanza, Paz y Libertad, el panorama político de Urabá, hasta entonces dominado por el Partido Comunista y la Unión Patriótica -con el apoyo de las FARC-, cambió por completo. El discurso pacificador se abrió camino a medida que avanzaba la tarea rehabilitadora del Estado y las FARC caían en el desprestigio por cuenta de sus excesos. Esto colocó a los esperanzados a las puertas de ún importante triunfo en las diferentes elecciones de este año, y a los comunistas al borde de una grave derrota. Como indicio del avance electoral del EPL está el hecho de que en el barrio La Chinita, lugar de la masacre y zona de influencia de los Esperanzados, quedaron inscritas para votar cerca de 5.000 cédulas.
Pero las retaliaciones de las FARC también se explican por el hecho de que muchos de los reinsertados del EPL se hubieran vinculado, para proteger sus vidas, a organismos de seguridad como el DAS, lo que las FARC vieron como prueba de la más alta traición. Si a ello se le suma la eventual alianza política de los esperanzados con el Partido Liberal, el panorama sería oscuro. Dicha alianza podría reunir el 70 por ciento de la votación de la zona y barrer al comunismo.
Lo más paradójico es que, con la masacre cometida -una de las ocho atribuidas a las FARC en esta región del país- este grupo guerrillero arrastró en su desprestigio a la Unión Patriótica y al Partido Comunista. Conscientes del daño que esto le causa a su imagen. las FARC han tratado de culpar a otros: en Francia divulgaron un comunicado en el que culparon al Ejército colombiano de la masacres mientras en Antioquia le enviaron un mensaje al gobernador, Juan Gómez Martínez, en el que acusaron a los paramilitares.
En estas circunstancias el desafío para el Estado consiste en ejecutar en su integridad el llamado Plan Urabá. que cuenta con un presupuesto de 32.000 millones de pesos y que es gerenciado por José Noé Ríos. El programa incluye el fortalecimiento de la justicia, y la construcción de obras de infraestructura social, vías y energía. Pero ante todo, y teniendo en cuenta que los resultados de la rehabilitación no se verán de la noche a la mañana, lo primero que el Estado tendrá que tratar de garantizar es la vida de la gente.

'A LAS MUJERES NO LAS MATEN'
YO LLEGUE AL BAILE COMO A las 12 de la noche. Al primero que vi fue a Gonzalo, que desde Pueblo Nuevo no lo veía. El hombre estaba contento y me abrazó con fuerza apenas me vio. Como a la 1:30 de la madrugada un tipo llegó gritando del lado de las bananeras: "Mompa, mompa, se metió la guerrilla". A mi lo primero que se me ocurrió fue salir corriendo. Llegué a la puerta de la casa de doña Rufina y prendí la moto. Yo alcancé a ver como a unos 10 tipos vestidos de verde y con la cara pintada que venían forrados con balas y muchos de ellos tenían M-16 en las manos. Cuando había prendido la moto para arrancar yo estoy seguro de que vi a 'Aurelio', perteneciente al V Frente de las FARC, que gritaba: "Echenle bala, échenle bala a esos hijueputas 'esperanzados'. A las mujeres no. A las mujeres no". Pero qué va. Cuando volví a las 6 de la mañana con la Policía, me encontré que habían matado a una señora. Cuando con otro compañero le avisamos a la Policía, el oficial de turno no nos creyó. Nos dijo: "Qué matanza ni qué matanza. Ustedes lo que están es borrachos". Borrachos sí, pero del susto.

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