Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/05/31 00:00

Tiro de gracia

Tras más de 150 años de gobernar al país, los partidos Liberal y Conservador quedaron al borde de la extinción. Sería el final de uno de los bipartidismos más antiguos del mundo.

Después del inmenso poder que impusieron Mariano Ospina Pérez y Laureano Gómez , el Partido Conservador empezó a diluirse, especialmente desde el Frente Nacional. Noemí Sanín fue la primera candidata oficial que tuvo desde Rodrigo Lloreda en 1990

Desde las primeras décadas de existencia republicana, los partidos Liberal y Conservador mantuvieron los hilos del poder en Colombia. Pero después de siglo y medio, el domingo pasado los dos partidos tradicionales recibieron el más duro golpe en su historia. Ni el más pesimista de los analistas políticos ni los enemigos más acérrimos del bipartidismo se hubieran atrevido a vaticinarlo. El domingo, los conservadores y liberales ocuparon el cuarto y quinto lugar en las elecciones, y juntos apenas lograron superar el millón y medio de votos.

Parece haber quedado claro que el gobierno de Álvaro Uribe, con su decisión de consolidar un partido continuista de sus políticas, terminó por marcar un quiebre en la historia política del país.

El Partido de la U se consolidó no solo con el liderazgo, carisma y ejercicio del poder del presidente Uribe, sino también a costa del fraccionamiento del Partido Liberal y de la captura del Partido Conservador. Según David Roll, director del grupo de investigación de partidos políticos de la Universidad Nacional, el Partido Liberal se convirtió en mayoría en el país desde 1936, pero en 2002, con el ascenso de Uribe, el bipartidismo sufrió un golpe de muerte y el Partido Liberal quedó debilitado porque muchos dirigentes decidieron marginarse.

De hecho, si se miran los resultados, el Partido Liberal quedó dividido en tres, con el poderoso ascenso del Partido de la U y la sorpresa que dio Cambio Radical. De igual manera los electores que se sienten y autodefinen como liberales, pero a la vez son uribistas, encontraron en Juan Manuel Santos y Germán Vargas una alternativa acorde con sus ideas. Además, Pardo terminó siendo un candidato sólido y brillante, pero frío.

A su vez, el Partido Conservador llegó debilitado a la contienda electoral. Por una parte, la confrontación fratricida por la candidatura entre Noemí Sanín y Andrés Felipe Arias creó una división que nunca se pudo transar, en gran medida porque ‘Uribito’ nunca cumplió sus promesas de unidad y trabajo al lado de la ganadora, y porque la misma Noemí, quien durante años renegó de su partido, terminó escogiéndolo como pista de aterrizaje de sus aspiraciones presidenciales. Si este arribo no hubiera ocurrido y sin el escándalo de Agro Ingreso Seguro, Arias hubiera sido el candidato natural y oficial de los ‘godos’.

Por otro lado, el haber disfrutado durante ocho años del gobierno de Uribe hizo que muchos líderes conservadores se sintieran más cómodos como parte de la casi imbatible maquinaria uribista, que buscando en las urnas la identidad y el poder que empezaron a perder desde que se alternaron en el gobierno con los liberales durante el Frente Nacional.

Claro que con la catástrofe del pasado domingo tampoco se puede afirmar a rajatabla que los partidos tradicionales están liquidados. Mientras que no han podido encontrar una figura que encarne la renovación nacional, los dos todavía mantienen en las regiones y en especial en el Congreso, una importante cuota de poder.

De hecho, los rojos consiguieron llevar al Congreso a 40 parlamentarios en las elecciones pasadas, mientras que los azules lo hicieron con 70. Al sumar los dos partidos tradicionales, mantienen el 36 por ciento del Senado y el 42 por ciento de la Cámara.

Uno de los hechos que sorprendió de las elecciones del domingo es que por primera vez en la historia del país la izquierda, encarnada por Gustavo Petro y el Polo Democrático, casi dobló en votación a la que obtuvieron en conjunto Noemí Sanín y Rafael Pardo.

Pero como dijo a esta revista Pedro Medellín, “los resultados del domingo dejaron en claro el final del bipartidismo y la llegada de una democracia multipartidista”. La llegada del Partido Verde como la segunda fuerza política del país, el sorprendente tercer lugar de Germán Vargas y el repunte de Gustavo Petro permiten afirmar que más allá de uribismo absoluto, hay otro país que demanda cambios, la inclusión de nuevos temas en la agenda de gobierno y un nuevo lenguaje político. La gran pregunta es si estas nuevas agrupaciones lograrán armarse como verdaderos partidos políticos basados más en ideas y posiciones políticas definidas, con vocación de permanecer en el tiempo, o si terminarán por ser movimientos personalistas y coyunturales.

Lo que si parece ser un hecho es que para los partidos tradicionales volver al poder va a ser una tarea casi imposible. Durante más de siglo y medio los liberales y conservadores lograron, sin importar las guerras civiles, el radicalismo liberal, la Regeneración, la Hegemonía Conservadora, la República Liberal y la Violencia, mantenerse en el poder. Incluso las disidencias políticas, como Jorge Eliécer Gaitán, Alfonso López, Luis Carlos Galán o la de Álvaro Gómez, terminaban por renovar a los partidos, pues todos regresaban como hijos pródigos. Pero la convivencia del Frente Nacional, que terminó por borrar las diferencias ideológicas, y la llegada de un líder como Uribe fueron un golpe mortal.

Ahora, ocho años de Uribe y otros cuatro u ocho años de Juan Manuel Santos o de Antanas Mockus, que les darán mayor poder a sus partidos, hacen muy difícil que los partidos tradicionales puedan renacer como las fuerzas definitivas del poder en Colombia.

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