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| 6/27/2009 12:00:00 AM

TLC o reelección

En la primera reunión cumbre de Barack Obama y Álvaro Uribe hay mucho más en juego que una foto protocolaria.

Barack Obama y Álvaro Uribe, que se reúnen este lunes 29 de junio en la Casa Blanca, representan polos opuestos. La base política de Obama se encuentra en el ala más liberal del Partido Demócrata. El pilar de apoyo de Uribe reside en el estamento más conservador de la sociedad. Obama prefiere el consenso a la confrontación. Uribe es frentero y combativo: para el Presidente colombiano, ceder es señal de debilidad. Obama no es tan religioso como se presentó a los votantes; Uribe es mucho más fervoroso de lo que se imaginan sus cuantiosos seguidores.

Obama hizo sus pinitos en la política como trabajador social en Chicago y luego como profesor universitario. Uribe se formó como político en la provincia y está en su salsa en su finca del Ubérrimo. Obama se siente más a gusto dentro de la intelligentsia de Harvard y de Nueva York; lo critican por su aparente elitismo (fue objeto de las burlas de algunos comentaristas conservadores porque come hamburguesas con mostaza Dijón). Es el mismo estilo y la concepción de vida de algunas elites bogotanas que en más de una ocasión han sido ridiculizadas por el propio presidente. George W. Bush, en cambio, era como un alma gemela de Uribe: finquero y burlón también de las actitudes del establecimiento de Washington. Más importante aun: Bush veía el mundo desde el mismo prisma del bien y el mal que Uribe. Obama es de una tonalidad de grises.

Sin embargo, los intereses estratégicos de Colombia y Estados Unidos no cambiaron el 20 de enero de 2009 cuando asumió el mandatario demócrata. El gobierno colombiano considera fundamental el apoyo militar norteamericano en la lucha contra las Farc y el narcotráfico y aspira que se apruebe el TLC. La administración Obama no quiere abandonar a Colombia- los recursos del Plan Colombia están incluidos en el presupuesto de 2010- y reconoce éxitos de la seguridad democrática. Obama ordenó públicamente a su Representante Comercial reactivar la discusión del TLC.

La reunión con Uribe no es fortuita; es apenas el cuarto mandatario latinoamericano en tener un tête-à-tête con Obama este año (lo antecedieron Felipe Calderón, de México; Lula Da Silva, de Brasil, y Michelle Bachelet, de Chile). Fuentes del Congreso y del gobierno norteamericano destacan que son los líderes de los países clave para Estados Unidos en la región.

Esta preselección se corroboró en la cumbre de Trinidad y Tobago. Allí Obama, que había estado ocupado en otras cuestiones (salvar la economía gringa y, de paso, la mundial; definir el retiro de tropas e Irak y el envío de más hombres a Afganistán), escuchó mucho y midió el aceite de los otros 32 líderes del hemisferio. Fuentes colombianas confirman que hubo un incremento sustancial en la interlocución con el gobierno Obama después de la charla informal de los dos presidentes durante un almuerzo en Puerto España.

Frecuentemente se sobrevalora la importancia de la química personal entre presidentes. Al fin y al cabo, lo que determina las relaciones entre países son los intereses de cada uno. Pero que ayuda, ayuda. Las buenas migas entre Andrés Pastrana y Bill Clinton facilitaron la puesta en marcha del Plan Colombia. La identificación ideológica de Uribe y Bush en la guerra contra el terrorismo motivó al segundo al volverse el defensor a ultranza de su colega colombiano en todos los escenarios posibles. Por algo, Uribe fue uno de los tres jefes de gobierno condecorados por Bush en los últimos días de su mandato.

Tanto Pastrana como Uribe -antes de noviembre de 2006- contaron con el plus de que el Congreso norteamericano era controlado por los republicanos, un partido de línea dura contra el narcotráfico y que se identifica plenamente con la ideología conservadora de ambos.

Hoy, la situación es diametralmente opuesta. Los demócratas que mueven el tema de Colombia en el legislativo son anti-uribistas, dudan de las bondades de la seguridad democrática y les preocupa sobremanera el asesinato de sindicalistas y los falsos positivos; citan textualmente los informes de Human Rights Watch elaborados por José Miguel Vivanco, persona non grata en la Casa de Nariño.

Consideran, y así se lo hicieron saber a la administración Obama cuando se concretó la cita con Uribe, que los derechos humanos deben ser no el ítem uno, dos y tres de la agenda entre los dos países, sino el único.

Es tanto el ambiente negativo en el Capitolio, que para algunos sectores políticos de Washington no es una coincidencia que Uribe visite la capital durante la semana de receso del Congreso. A diferencia de otros viajes, el Presidente no se reunirá con congresistas norteamericanos.

Infortunadamente para el gobierno colombiano, son pocas las voces que abogan por el mantenimiento del statu quo. Tampoco ayuda que aún no ha asumido en propiedad el nuevo subsecretario de Estado para Asuntos Hemisféricos, el académico chileno-estadounidense Arturo Valenzuela, cuya audiencia de confirmación está programada para el 8 de julio. Esta ausencia de una voz de peso y autorizada en temas colombianos hace más difícil la interlocución y de paso vuelve de mayor significado el desenlace final del encuentro cara a cara de Uribe y Obama.

En sus declaraciones públicas, el Presidente estadounidense irradia realismo. La semana pasada, en la rueda de prensa después de la visita de Estado de Bachelet, no sólo destacó el liderazgo de su ilustre visitante, sino elogió a Lula como el dirigente ejemplar, un hombre "práctico que mantiene relaciones a través de todo el espectro político de América Latina".

Ese pragmatismo de Obama se nutre de una personalidad que prefiere escuchar antes de adoptar decisiones. Una condición que empata perfectamente con el entusiasmo de Uribe de hablar y hablar sobre la seguridad democrática y confianza inversionista. Nadie duda de que en la reunión también conversarán de la agenda de siempre -el Plan Colombia y TLC-, la nueva -biocombustibles y energía alternativa- y la problemática-derechos humanos- y la progresiva reducción de recursos para entregarlos en cambio a México (ya comenzó: 24 millones de dólares del presupuesto 2010 fueron trasladados del presupuesto antidroga a la iniciativa Mérida).

Todos esos asuntos bilaterales, sin embargo, según lo señalaron fuentes en Washington, están siendo afectados por lo que lo que los gringos llaman "el elefante en la habitación": la posible segunda reelección de Álvaro Uribe. Es un tema que se ventila en privado, pero rara vez en público. Sin embargo, semana a semana ha ido aumentando su relevancia.

Varios diarios, como el Washington Post, y columnistas como Anastasia O Grady del consejo editorial del Wall Street Journal, conocidos uribistas, han expresado su desacuerdo con la permanencia del Presidente en el poder más allá del 7 de agosto de 2010. Igualmente significativo, el 20 de mayo el senador Richard Lugar, el republicano más importante del Comité de Relaciones Exteriores, le preguntó a la secretaria de Estado, Hillary Clinton, si se mantendría la misma cantidad de ayuda y el apoyo al TLC si se prolongara el período presidencial de Uribe. Aunque Clinton reiteró la posición oficial de que Estados Unidos no opina sobre reformas internas, agregó que estos cambios deben cumplir con la Carta Democrática de la OEA, que incluye el respeto por el imperio de la ley y la separación de poderes. Dos meses antes, Clinton había limitado su respuesta a la primera frase de no intervención.

Tanto en el Legislativo como en el Ejecutivo norteamericano, hay un consenso de que una segunda reelección de Uribe haría mucho más difícil las relaciones con los demócratas en el Congreso y casi imposible la aprobación del TLC en el mediano plazo. En cambio, si Uribe anuncia que no buscará una nueva candidatura, según le dijo a SEMANA una fuente conocedora del intríngulis parlamentario y de la posición de asesores cercanos a Obama, apaciguaría los ánimos y hasta podría revivir el TLC. Otro asunto para la encrucijada del alma del Presidente.
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