06 marzo 2010

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Tocosán

PORTADAPor qué la llegada a la Presidencia de Juan Manuel Santos no es tan fácil como parece.

Tocosán. Juan MANUEL

Juan MANUEL

Una tradición de la política colombiana es que cada vez que un candidato adquiere una ventaja importante sobre sus contendores se arma una gavilla para detenerlo. Eso pasó con Álvaro Uribe en su campaña para la reelección en 2006, lo que se denominó el "toconur" -todos contra Uribe-, y ahora le esta
ría sucediendo a Juan Manuel Santos en algo que podría llamarse el "tocosán".

No hay duda de que Santos tiene todas las características para despertar este tipo de reacción: tiene fama de arrogante, tiene enemigos muy poderosos, y les ha tomado, al menos por ahora, una ventaja a sus rivales. Santos tiene más dinero, más maquinaria, más medios de comunicación y más asesores gringos que los otros candidatos. Pero lo realmente significativo en este momento es que apareció de puntero en la primera gran encuesta después del hundimiento del referendo, hecha por Napoléon Franco para SEMANA, La FM y RCN: tiene un 23 por ciento de intención de voto y quien le sigue, Gustavo Petro, apenas llega a un 11 por ciento. Se fugó del pelotón y pretende ganar el primer premio de montaña en las elecciones al Congreso con una buena votación del partido de la U.

Este panorama le genera una expectativa de triunfo que nunca había tenido. Desde que comenzó su carrera política como ministro de César Gaviria siempre había sido el consentido del establecimiento. Pero a pesar de su permanente presencia en los medios de comunicación y de dos ministerios exitosos, el de Comercio Exterior y el de Hacienda, y de haber sido el arquitecto del primer triunfo electoral del partido de la U, nunca le había sonado la flauta. Durante mucho tiempo se dijo con sarcasmo que Santos no superaba el margen de error en las encuestas.

Todo eso cambió con el Ministerio de Defensa en el que la dimensión de su gestión, con golpes como el de 'Raúl Reyes' y la Operación Jaque, disparó su imagen y lo convirtió en un candidato viable. Hoy los reflectores están sobre él y a pesar de que se le tilda de poco carismático y elitista, su popularidad es mayor en los estratos 1, 2, y 3 que en los 4, 5 y 6 con los que se le asocia.

Esto lo ha logrado sin haber participado jamás en una elección. Si llega a la Presidencia sería el primero en alcanzar esa hazaña desde Misael Pastrana Borrero, quien obtuvo su discutida victoria sobre Rojas Pinilla cabalgando sobre la inderrotable coalición bipartidista del Frente Nacional.

Pero Santos no la va a tener tan fácil. Aunque encabeza las encuestas no cuenta en la actualidad con más del 23 por ciento del electorado lo cual significa que, como se ven las cosas hoy, es casi imposible que gane en la primera vuelta y que en la segunda podría ser derrotado frente a una posible coalición de adversarios. Porque como se ha dicho muchas veces, en la primera vuelta se vota por amor y en la segunda se vota por odio. Ese odio siempre está dirigido al ganador de la primera. Y eso es precisamente lo que sería el "tocosán".

Los potenciales integrantes de esa coalición son sin duda pesos pesados de la política, quienes podrían superar sus diferencias entre ellos, pues lo que más los une son sus diferencias con Santos. Al fin y al cabo, durante su carrera política el ex ministro ha pisado muchos callos y estos han dejado cicatrices. Con Rafael Pardo, por ejemplo, el problema se volvió personal cuando Santos lo acusó de haberse aliado con la guerrilla para conspirar contra el gobierno de Uribe, lo cual resultó falso. También rompió relaciones políticas con el ex presidente Pastrana, de quien fue ministro y aliado. El ex mandatario no ve con buenos ojos que Santos dé la impresión de sentirse mucho más solidario con la gestión de Uribe que con la suya. Tampoco le cayó en gracia el comentario de su ex ministro de que le había aceptado la cartera de Hacienda para "salvarle" el gobierno. Con Noemí Sanín la química ha sido muy mala de tiempo atrás, lo cual permite anticipar que la ex embajadora preferiría unirse casi a cualquiera antes que a Santos.

Y en el uribismo purasangre las cosas no están nada claras. Con Rodrigo Rivera, quien se volvió más uribista que José Obdulio Gaviria con la esperanza de la vicepresidencia si había referendo y de guiño si éste colapsaba, no hay mucho amor que se diga. Rivera, frustrado al ver que Santos se adueñó del uribismo de mostrar, el del Partido de la U, se está dejando coquetear con la candidatura del PIN, la oveja negra de esa corriente. Son tantas las suspicacias que genera este nuevo partido, que William Calderón, autor de la columna 'La Barca de Calderón' del periódico El Nuevo Siglo, contó que el chiste de moda es que la sigla PIN corresponde a "Paracos Insisten Nuevamente".

Comentarios de esa naturaleza muestran las prevenciones que quedan, justa o injustamente, del fantasma de la para-política. El origen real del PIN es Convergencia Ciudadana, un partido casi aniquilado por la para-política que decidió cambiar de nombre para zafarse del estigma. A éste se le sumaron los jefes políticos que no obtuvieron el aval del Partido de la U, por no pasar el examen de depuración que exigía Santos como jefe de esa colectividad. Esto significa que siguen siendo uribistas convencidos pero ahora antisantistas. El problema es que el bloque de "rechazados" tiene una fuerza electoral nada despreciable. Y es una tajada con la cual por ahora Santos no cuenta. Es poco probable que esta fuerza pueda vetarlo como heredero de Uribe si sigue punteando en las encuestas, pero lo que sí puede llegar a suceder es que cobren cara la adhesión, aplicándole una operación tortuga.

Paradójicamente, Andrés Felipe Arias, quien es el único que de verdad le disputa la legitimidad como heredero de Uribe, es a quien teóricamente le quedaría más difícil no aliarse con Santos en una segunda vuelta. Sin embargo, ni siquiera ese escenario está asegurado, pues si pierde en la consulta frente a Noemí Sanín sería tan grande la presión que su partido le haría por la unión conservadora, como la que haría el Presidente por mantener la lealtad con el partido de la U.

Y hablando del Presidente, Santos logró convertirse en el heredero de Álvaro Uribe sin ser su consentido. Ha conseguido este posicionamiento no sólo por sus ejecutorias en el Ministerio de Defensa, sino en gran parte gracias a la gigantesca campaña mediática en la que quedó identificado ante el país como el símbolo de la continuidad de la seguridad democrática. El concepto "Si no es Uribe, Santos", con el que fue bombardeado Internet acabó calando en el nivel nacional. Lo curioso es que es bien sabido que el corazón del Presidente está con Arias, pero el prestigio de Santos como ministro de la Operación Jaque y el desprestigio de Uribito como el ministro de Agro Ingreso Seguro generaron una nueva realidad política que está por fuera del control de Uribe. Lo que en el fondo le interesa al Presidente es que el uribismo tenga un candidato elegible que continúe su legado, y el liderazgo de Santos en las encuestas es por ahora una garantía. Lo paradójico es que el actual santismo del jefe de Estado y de la opinión pública no obedece tanto al afecto como al respeto que inspira el candidato.

Como es de esperarse los otros aspirantes uribistas tratarán de debilitar su legitimidad como el heredero del Presidente. Al fin y al cabo en muchos aspectos Santos es la antítesis de Uribe: tiene imagen de elitista, es bogotano, no se le ha medido nunca a una elección, y se ha hecho acreedor al rótulo de no tener carisma. Además, formó parte de los gobiernos de César Gaviria y Andrés Pastrana, que han sido blancos permanentes de la crítica feroz del actual mandatario. Como candidato y como eventual Presidente le resultaría difícil hacer un uso tan efectivo del espejo retrovisor como el que ha hecho Álvaro Uribe.

La estrategia de marketing electoral de la U también tiene riesgos. Su eje central es apelar a la necesidad de la continuidad. Con un Presidente tan popular como Uribe, esa idea es lógica y en teoría no necesita demasiado debate. No obstante, en política electoral los conceptos de continuismo y cambio con frecuencia se desdibujan. En Chile, la presidenta Michelle Bachelet terminó su gobierno con los más altos índices de popularidad de la historia contemporánea y, a pesar de eso, su partido perdió las elecciones. El prestigio individual de una figura no necesariamente garantiza una voluntad nacional de continuidad. En Colombia la opinión pública quiere a Uribe pero, paradójicamente, también quiere cambios de rumbo en temas como el manejo del desempleo, la pobreza, la infraestructura, la economía, la lucha contra la corrupción y la salud. Las últimas encuestas así lo demuestran.

Seguramente Juan Manuel Santos ha evaluado todas esas variables del complejo tablero de ajedrez en el que hoy se juega la recta final a la Presidencia. El candidato de la U puede tener varios moros en la costa, pero no es manco. Y si algo ha demostrado en su carrera política es que es ante todo un estratega y un hombre con suerte. El hecho de haber manejado con acierto tres ministerios clave, el de la plata, el de la seguridad y el de los negocios internacionales, le da una experiencia y un bagaje que pocos candidatos a la Presidencia han tenido. A esto hay que agregarle que sus relaciones con el Congreso son muy buenas lo cual es importante a la hora de asegurar mayorías para sacar adelante las iniciativas del gobierno. Más si se tiene en cuenta que es probable que la U y la coalición uribista obtengan las mayorías en las próximas elecciones parlamentarias.

Sin embargo, su estrategia electoral no se limita al Partido de la U. Santos buscará sacarles jugo a sus antecedentes liberales para que una tajada importante de los votos rojos se vaya con él en la segunda vuelta. Algo que Rafael Pardo como director del liberalismo va a tratar de impedir a capa y espada y que sin duda se va a convertir en un tema de honor político y personal. No sólo eso, Santos buscará también que lo acompañe un bloque importante del Partido Conservador que hoy día tiene talante uribista, el cual él encarna.

Como se ve, sus desafíos no son moderados. Pero si algo lo ha caracterizado es el exceso de seguridad en sí mismo. Le ha apostado al todo, muchas veces ha perdido, pero las últimas jugadas las ha ganado. La suerte ha estado recientemente de su lado. Y ningún ejemplo lo evidencia tanto como el hecho de que nada le convenía más que una campaña cortísima como la que se avecina. Él acaba de anunciar su candidatura y la elección presidencial tendrá lugar en poco más de dos meses. Si hubiera durado un año, como era lo tradicional, sus detractores hubieran tenido tiempo de sacarle todos los trapos al sol en temas tan graves como los falsos positivos. Eso seguramente va a suceder -y es quizá su gran talón de Aquiles-, pero en el imaginario de la gente pesan más en este momento sus victorias que sus fallas.

Hasta ahora, Santos es el puntero de la carrera presidencial sin Uribe que acaba de empezar. Sin embargo, la de 2010 será una campaña tan atípica como impredecible. No hay fila india, como en el pasado, ni un candidato imbatible, como fue Uribe en las últimas dos elecciones. Ni tiempo para cambiar de estrategia o enmendar errores. Existen cuatro o cinco nombres con posibilidad de ganar y el uribismo está atomizado.

En ese panorama, las diferencias son escasas y la definición de quiénes pasarán a una casi segura segunda vuelta dependerá de pocos votos. Una campaña de publicidad brillante, un buen o mal desempeño en los debates o un resbalón podrían hacer la diferencia. Ningún candidato -ni siquiera Santos, el puntero- puede dar nada por seguro.
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