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| 6/27/1988 12:00:00 AM

TODA LA VIDA

SEMANA presenta los más interesantes y curiosos detalles del juicio a Carlos Lehder, tras el cual pasará el resto de sus días en la cárcel.

Unos años antes de perder su libertad, Carlos Lehder Rivas se dedicaba al oficio que más le fastidió en su vida: era celador. De acuerdo con versiones que surgieron durante el juicio, Lehder cuidaba en la selva laboratorios de cocaína para el Cartel y en sus ratos de ocio imaginaba nuevas y más seguras rutas para el mercado internacional del producto. Luego practicaba un poco de motocrós en el monte para olvidar su condición de celador más rico del mundo.
Lehder, quien debió cambiar su moto por una bicicleta estática en una celda especial de la Corte del circuito de Jacksonville en Estados Unidos, escuchó impávido la semana pasada el veredicto del jurado que lo encontró culpable de conducir una empresa criminal de transporte masivo de drogas hacia ese país.
Fueron siete meses y medio de un juicio lento, desprovisto de la espectacularidad con que fue anunciado por los medios de comunicación y durante el cual rindieron testimonio 115 testigos de la fiscalía cronológicamente enfilados para proyectar al jurado, como si fuera una película, la vida de Lehder en el negocio del narcotráfico. Pilotos, vendedores de aviones, distribuidores de droga grandes y pequeños, comparecieron ante la Corte para entregar su guión.
Hasta Walter Cronkite, el más prestigioso y conocido anchorman de la televisión americana, ofreció testimonio sobre su visita a la isla de Lehder en las Bahamas como invitado especial.
Cada uno de estos declarantes aportó en promedio más de 10 años de cárcel a la sentencia de 150 años que enfrenta Lehder. Con sus declaraciones algunos de ellos, ya sentenciados por narcotráfico, encontraron en el juicio una alternativa para lograr la disminución de sus penas e incluso la libertad.
Luego de producirse el veredicto, los abogados iniciaron una discusión con el juez y el fiscal acerca del destino de los bienes de Lehder en Cayo Norman.
"Esa es una victoria real y simbólica", dijo a la prensa el fiscal Robert Merkle, conocido por su temperamento con el apodo de "perro rabioso". Fue una victoria real, en el sentido de que Estados Unidos ha sentenciado al más destacado narcotraficante colombiano y probablemente el más responsable que cualquier otro del crecimiento del negocio de la coca desde finales de los años 70. Simbólico, explicó Merkle, porque se le ha enviado un mensaje a Colombia y Estados Unidos para decirles que la Justicia de ese país sí funciona.
Los abogados de Lehder, Edward R. Shoat y José Quiñón, visiblemente disgustados declararon en los pasillos de la Corte que al jurado se le había presentado a Lehder como un monstruo enemigo de Estados Unidos. "Estamos dispuestos a apelar, dijo Shoat, Lehder tiene muy buenos ánimos. El se siente fuerte, muy fuerte acerca de su situación legal".
Los dos jóvenes abogados no dejaron de insistirle al juez Howell Melton, durante todo el proceso, que las pruebas que el fiscal presentaba contra su cliente no tenian ninguna relación con los 11 cargos originales. Pero el juez permitió que éstas fueran utilizadas para probar la continuidad de la empresa criminal.
Las audiencias del juicio se iniciaban comúnmente a las 10 de la mañana, se suspendían a la hora del almuerzo y continuaba a partir de las 2 hasta las 4 ó 5 de la tarde.
Tan pronto tomaba su puesto, Lehder pasaba lista con su mirada a los asistentes al amplio recinto de las audiencias. En una de las bancas de iglesia del recinto una joven periodista colombiana respondía a la lista con una generosa sonrisa. Era Vicky Sánchez del diario La Prensa de Nueva York, quien se instaló en Jacksonville y escribió la otra historia del juicio, la que, según el diario, no escribieron los periódicos americanos.
Para Manuel de Dios, director de este periódico, el de mayor circulación en español en Estados Unidos, el proceso fue una "farsa judicial" que se caracterizó por un "exceso de evidencias circunstanciales y un extraordinario despliegue de sapos que hicieron un arreglo con el gobierno para obtener su libertad". En sus páginas, el diario sostuvo que el fiscal aleccionaba a los testigos en los recesos del mediodía para que sus declaraciones casaran con las anteriores y las posteriores. El directivo dijo a SEMANA que gracias al plan de delatadores que testificaron contra Lehder, 29 narcotraficantes quedarán en libertad.
Si el juicio en general fue tedioso, los documentos que quedan pueden servir para escribir una fascinante enciclopedia del narcotráfico.
El fiscal y sus asistentes se dedicaron a perseguir hasta la más minima información que se relacionara con el caso: viajaron a Colombia, entrevistaron agentes de la DEA, aportaron extractos bancarios, grabaciones, fotografías y videos.
Cuando los indicios se agotaban al final del proceso, Merkle se presentó en la sala con varias bolsas llenas de cocaína para darle una idea al jurado de lo que representan 3.3 toneladas del polvo, cantidad que segun los cargos fue introducida por Lehder a Estados Unidos.
El fiscal aprovechó que se celebraba en La Florida la campaña de "Diga no a las drogas". En casi todos los lugares públicos se exhibe una cinta roja y un aviso con el slogan de la campaña.
Lehder no se quedó atrás, y en esta misma semana se presentó en la sala de audiencias con un cartel en el que se leía: "Diga no al racismo".
La biografía judicial de Lehder preparada por el fiscal se inicia en 1974 cuando el colombiano tenía 24 años y era prisionero en la cárcel federal de Danburry (Connecticut).
Allí pagaba una condena de dos años por tráfico de marihuana. Sus compañeros de prisión eran hippies idealistas con muy pocas posibilidades de rehabilitación. Uno de ellos, George Jung, compañero de celda se convertiría más tarde en su mejor socio y años después en su peor enemigo, testigo clave de la fiscalía.
Lehder y Jung pasaban su tiempo libre en la biblioteca de la cárcel consultando mapas y tramando rutas para introducir droga a los Estados Unidos. En 1976 conocieron a Barry Kane, un piloto que les dio la gran idea de convertir a las Bahamas en la plataforma de lanzamiento de su deseada invasión. "Lehder quedó fascinado con la idea", dijo Jung en el juicio. Al salir de la cárcel le dio dimensiones a su sueño y resolvió confiar la tarea de distribución interna a su ex compañero de celda.
Una corta pesadilla de dos meses interrumpió los planes en octubre de 1976. Lehder fue detenido en Colombia por contrabando de automóviles. Una vez liberado, viajó a Panamá. Y este mismo año, despachó un de los primeros cargamentos de cocaína que Jung recibió de manos de una mula en el ascensor del Fointainbleu Hotel en Miami Beach.
La mercancía vendida por Jung en California produjo una ganancia de 1.7 millones de dólares. En el otoño de 1977, Lehder se trasladó con su esposa a Miami. Vivía en el edificio Ocean Pavilion y desde allí dirigía sus negocios. La coca era distribuída por Jung en bolsas de compras.
De acuerdo con Jung, la ambición de Lehder era tal que ese año utilizó a su madre para llevar dos maletas llenas de coca a Los Angeles.
En Miami perfeccionó los detalles de la isla de su fantasía que sería Cayo Norman, situada a 40 millas de las Bahamas. En la isla levantó un gigantesco centro de operaciones. Construyó una pista de aterrizaje, compró un hotel, importó armas y guardaespaldas alemanes con perros doberman. El objetivo de este plan era según el abogado de Lehder, construír un gran centro vacacional.
Sus "hijos" como llamaba a los kilos de coca, aterrizaban en toda clase de aviones en la isla y seguían hacia las costas americanas. Algunos de ellos, tal vez los más puros, se quedaban en el paraíso caribeño para el consumo del "rey del narcotráfico" como se autodenominaba Lehder según Jung.
Lehder se convirtió, de acuerdo con el fiscal en un consumidor habitual de las droga lo que le provocó una intensa paranoia por la DEA. Veía agentes por todos lados, pero no estaba del todo equivocado.
La DEA había enviado a algunos de sus agentes a espiar desde cabañas cercanas las operaciones de la isla. Pese a que Lehder pagaba más de 200 mil dólares mensuales al gobierno de las Bahamas por que éste se hiciera el de la vista gorda, el 14 de septiembre de 1979 la policía de ese país arrestó a casi todos los habitantes del centro de operaciones menos a Lehder y sus guardaespaldas que "pudieron" huír.
Lehder se refugió en Colombia y allí elaboró las pruebas que, junto con sus multimillonarios extractos bancarios de instituciones crediticias de las Bahamas, fueron las que finalmente impresionaron más al jurado. Habló abiertamente de la droga como el Talón de Aquiles del imperialismo norteamericano; dijo que fumaba marihuana e insinuó que estaba vinculado al negocio del transporte de drogas. Incluso se atrevió a sugerirle a la DEA en 1982 que le entregaría su isla por 5 millones de dólares al gobierno de los Estados Unidos, si lo dejaban tranquilo. "Queda claro -dijo Merkle en el juicio- que él era un hombre amargado, motivado por el odio por los Estados Unidos; él sintió que le estaba haciendo al mundo y a Colombia un favor, sacando los dólares de Estados Unidos".
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