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| 4/2/2001 12:00:00 AM

Toda la película

El éxito de la producción de Hollywood, ‘Tráfico’, abre la polémica sobre el fracaso de la lucha antidrogas.

A pocas cuadras de la Casa Blanca, en la elegante calle 16 de Washington, el único que tenía puesto fijo en la sala de teatro privada del Motion Picture Association, era el presidente Andrés Pastrana. A su lado estaba el ex zar antidrogas Barry McCaffrey, y unos puestos más atrás el senador Joseph Biden, quien hace 15 años inventó la certificación y ahora es uno de los que más aboga por abolirla. Invitados a la proyección privada de la película Tráfico, la versión cinematográfica más realista que se ha hecho hasta el momento del narcotráfico, también estaban otros congresistas, y varios pesos pesados de la élite de Washingon.

Al finalizar la proyección, ni el general ni el presidente Pastrana ocultaban su sonrisa de satisfacción. McCaffrey, porque respiró tranquilo. Temía que su personaje no saliera bien librado en la película. Sin embargo la personificación de Michael Douglas en el papel del zar antidrogas que se esfuerza inútilmente por hacer bien las cosas dejó su ego intacto. Y Pastrana también quedó feliz porque, entre otras cosas, Michael Douglas dijo en la película la frase que el presidente habría de ‘robarse’ para repetirla una y otra vez durante su visita a Estados Unidos: “En la lucha contra las droga antes que juzgar a los otros, tenemos que juzgarnos a nosotros mismos”.

Tres días más tarde cuando se reunió con el presidente de Estados Unidos lo primero que hizo fue preguntarle si había visto la película. Bush contestó que no pero que había ordenado que se la exhibieran ese fin de semana en su finca de Camp David, pues todo el mundo estaba hablando de ella.

Pero aun sin haberla visto, el presidente de Estados Unidos ya parece estar convencido del argumento central de la película como lo reveló en su discurso del martes pasado. “Colombia no produciría drogas si nosotros no las usáramos”, dijo en la rueda de prensa.

Si bien esto le ha parecido siempre obvio a los colombianos es revolucionario que lo diga el mandatario de un país que históricamente ha tratado el problema de las drogas más como un problema de producción que de consumo.

¿Pero qué es lo que hizo Hollywood que puso a todo el mundo a hablar de la película y que ameritó, incluso, un editorial del New York Times el mismo día de la visita de Pastrana? Sencillamente volvió añicos los clichés con los que hasta el momento el ciudadano gringo promedio había entendido el problema de las drogas. Un hecho que podría traer el comienzo de un cambio en la política antinarcóticos justo cuando está por nombrarse el sucesor de McCaffrey. Y aunque para muchos, esto podría parecer exagerado, el hecho es que fue el propio New York Times el que en su editorial afirmó “que aunque es raro que una película de Hollywood afecte la política pública, ‘Tráfico’ podría ser el caso”.

Lo cierto es que cuando Hollywood pone un tema sobre el tapete, este acapara las conversaciones de los ciudadanos y salta a los primeros lugares de la agenda de los políticos de ese país. Ya sucedió con películas como Platoon que desidealizó la participación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam o Filadelfia que marcó un viraje en la percepción que tenían los norteamericanos del sida. Steven Soderbergh, el director de Tráfico, hizo una interpretación del problema de las drogas que no había hecho ninguno de sus colegas en Hollywood. Sacó la discusión del terreno moral.

Lo paradójico de todo esto es que la trama de la película no tiene nada que ver con Colombia. El narcotráfico es exclusivamente mexicano, lo cual de por sí es una novedad pues hasta hace poco en Hollywood ese papel estaba reservado para los colombianos. A pesar de este desfase geográfico, la cinta es una radiografía de la realidad colombiana.



El rollo completo

En Estados Unidos el juez Robert Wakefield (protagonizado por Michael Douglas) es nombrado por el presidente como el nuevo zar de las drogas en reemplazo del general inspirado en Barry McCaffrey. Recopilando información, el conservador e intransigente Wakefield se reúne en un coctail en Georgetown, Washington, con varios senadores para oír sus consejos sobre cómo conducir la política antinarcóticos. La opinión de los congresistas que aceptaron representarse a sí mismos en Tráfico (una de las muchas novedades cinematográficas de la cinta) es que pese a las sumas multimillonarias que el gobierno estadounidense invierte en la lucha antidrogas, el presupuesto de los narcotraficantes las supera con creces. Y que por eso, por cualquier lado que se le mire, la pelea contra los carteles es una pelea perdida. Las cifras hablan por sí mismas. Según cálculos oficiales, el narcotráfico mueve anualmente más de 500.000 millones de dólares y todo el presupuesto de Estados Unidos para combatir las drogas este año no supera los 20.000 millones de dólares.

Agobiado por los pedigüeños de Washington, Wakefield decide viajar al campo de batalla. En la frontera que divide a San Diego de Tijuana un agente federal le confiesa las frustraciones diarias que padece. Lo ilustra sobre las artimañas de los traficantes mexicanos para pasar la droga al otro lado, le muestra la cocaína incautada y le da una idea aproximada de cuánta droga burla los hocicos entrenados de sus perros drogadictos. Que tampoco dista mucho de la real. En Colombia, el año pasado, que rompió récords en incautación, se decomisaron 83 toneladas de cocaína. Las otras 800 ‘coronaron’.

Wakefield , confundido, regresa a su flamante casa en Ohio para descubrir que su hija Caroline, de 16 años, consume cocaína. Si no es porque se ve envuelta en un accidente, el nuevo zar antidrogas habría pasado por alto la creciente adicción de la adolescente. Es la mejor de su curso, es la presidenta del consejo estudiantil y es voluntaria de un instituto de ciegos en su tiempo libre. Caroline encarna el ideal norteamericano del éxito y es sin duda la antítesis de la caricatura del pandillero negro llevado por las drogas o del blanco arrastrado al abismo por sus propios fracasos. Y sin embargo el vacío y la ansiedad que le genera no satisfacer las expectativas que tiene el mundo de ella y de las cuales trata de huir con cada ‘pase’ explican quizá mejor las razones de los 6,5 millones de estadounidenses que consumieron coca el año pasado. Salido de sus casillas, Wakefield se sumerge en las barriadas de su ciudad y mientras maneja por entre los tugurios, vocifera contra los jíbaros negros que venden droga en cada esquina. “¿Qué pasaría si de un día para otro comienzan a llegar a su barrio cientos de negros preguntando: ¿vende droga?, ¿vende droga?”, le pregunta un amigo de Caroline que lo acompaña en su búsqueda desesperada. Y el mismo joven responde con el argumento que ha defendido desde hace años el Nobel de Economía Milton Friedman. “Pues que en un abrir y cerrar de ojos, sus hijos y los de su vecino estarían ofreciendo el polvo blanco en cada esquina”.

Aunque visiblemente trastornado por toda la situación, Wakefield llega a su primera rueda de prensa con un discurso lleno de lugares comunes. “La droga arruina el principal tesoro de este país, nuestros hijos; la lucha es ardua pero qué pasaría si no la diéramos, bla,bla,bla…”. Wakefield no puede seguir leyendo. La película llega a su clímax. El zar antidrogas, derrotado antes de dar su primera pelea, mira a los ojos a los periodistas (o a los estadounidenses) y les dice. “Si la lucha contra las drogas es una guerra, entonces el enemigo está en mi casa y yo no estoy dispuesto a combatirlo”. Wakefield abandona su puesto y decide invertir su tiempo en ayudar a su hija a salir del hueco. Exactamente lo que muchos expertos en la materia recomiendan desde años que se haga si se quiere enfrentar con seriedad el tema de las drogas. Según un estudio de la conservadora Corporación Rand de Estados Unidos es 23 veces más eficiente en términos de costos invertir en la rehabilitación de drogadictos que en la erradicación de la coca en su fuente de producción .

El drama familiar del zar antidrogas Wakefield con su hija drogadicta evoca el que vivió hace poco tiempo en Colombia la directora del Plante, María Inés Restrepo. Esta funcionaria, que lleva sobre sus hombros la responsabilidad de diseñar programas de desarrollo alternativo para los cocaleros, se enfrentó a la tragedia de descubrir que su propio hijo de19 años era una ‘mula’. El paralelo entre estos dos casos ilustra que el problema de las drogas supera la visión simplista de héroes y villanos.

La destrucción de las familias por la droga no es el único elemento dramático de la película. La corrupción de la policía es otro de los ejes de Tráfico. El policía mexicano Javier Rodríguez trabaja al otro lado de la frontera junto con su buen amigo y compañero Manolo Sánchez, bajo las órdenes del hombre más temido por los criminales en México, el general Salazar. Este personaje está calcado del ex zar antidrogas mexicano Jesús Gutiérrez, quien dos meses después de que McCaffrey destacara sus “impecables antecedentes” escandalizó al mundo cuando hace tres años se descubrió que estaba en la nómina de los carteles mexicanos. Lamentablemente el vínculo de jefes de la policía con los capos no ha sido un fenómeno exclusivo de México.

Los informantes, la traición entre los carteles, la sensación de inutilidad de la lucha que los policías no logran sentir como propia afloran en las escenas filmadas en México, en español y en ocre, como si sucedieran muy lejos, pero con todo el realismo que permite el cine hecho con una cámara de video.

En San Diego, los agentes encubiertos de la DEA Montel Gordon y Ray Castro trabajan tiempo extra para ayudar al gobierno estadounidense a armar el caso legal en contra del sanguinario cartel de Obregón, que podría ser el de Tijuana o el de Cali. El arresto del traficante de drogas Eduardo Ruiz paga dividendos cuando éste accede a testificar en contra del acaudalado capo Carlos Ayala, que simboliza perfectamente el perfil del nuevo narcotraficante. El es un hombre joven, educado en Estados Unidos, con más pinta de financista que de ‘traqueto’, que mueve los hilos de su negocio a través de Internet y que no provoca ninguna sospecha porque en vez de invertir en narcoburbujas invierte en la biblioteca del colegio de su hijo. Su esposa Helena (Catherine Zeta-Jones, con seis meses de embarazo) supera rápidamente su indignación frente al crimen de su marido cuando se da cuenta que tras su arresto viene la confiscación de sus bienes y volver a ser una don nadie. “¿Quién va a querer estar cerca de alguien que estuvo casada con el nuevo Pablo Escobar?”, le pregunta Helena a su seductor abogado. Nadie, parece ser su respuesta, pues pronto abandona su rol de la socia perfecta del club para coger las riendas de la red de traficantes de su marido.



El balance

Como coincidencia, esta película se estrena en la misma semana en que el gobierno de Bush certifica a Colombia en su lucha contra las drogas y en la misma cuando se revela que el ex presidente Bill Clinton indultó a 18 convictos por lavado de dólares y narcotráfico. Lo primero, como es obvio, fue bien recibido por los colombianos. Y lo segundo, como también es obvio, provocó gran indignación en este país. “Una bofetada a Colombia”, tituló el editorial de El Tiempo el pasado miércoles. Sin embargo, en Estados Unidos sólo el indulto del millonario Marc Rich, condenado por fraude, acaparó toda la atención de los periódicos. A los norteamericanos no les indignó que Clinton perdonara a unos delincuentes, esa es una facultad que le concede la Carta Magna, sino que hubiera ejercido ese privilegio para devolver favores a un contribuyente de su campaña política.

En Colombia, como siempre sucede con estas noticias, se levanta una ola de indignación nacional que borra de un plumazo las sutilezas de una situación compleja bajo el argumento simplista de la doble moral; la del policía honesto que se juega la vida persiguiendo traquetos en las calles de Nueva York y resiente la decisión de Clinton, tanto como su par colombiano que se la juega fumigando; y la del cínico de Bogotá o de Washington que aprovecha los indultos del presidente estadounidense para tratar de justificar su complicidad con el delito.

Sin embargo, más allá de la discusión de la doble moral, que pone a los colombianos a patinar sobre los mismos argumentos de siempre, los indultos de Clinton se pueden ver de una manera totalmente opuesta. Si Clinton pudo perdonar a unos narcotraficantes sin que por ello ofendiera a la opinión pública de su país, significa que estos ya no son percibidos como la encarnación del mal y que, por ende, el campo está abonado para hablar sobre cómo solucionar el problema de las drogas desde una perspectiva pragmática y no fundamentalista como se ha logrado hasta el momento.

El hecho de que el New York Times mencione en su editorial que comentarios recientes del presidente Bush y miembros de su gabinete hacen pensar que el nuevo mandatario está dispuesto a cambiar el énfasis de la política antinarcóticos hacia la reducción de la demanda; y que la prestigiosa revista Newsweek publique un informe sobre un cambio en la comprensión de la lucha contra la droga por el fracaso del enfoque militar; y que en la misma semana los intelectuales del mundo hayan propuesto a Bush y a Pastrana programar una nueva cumbre antidrogas que “reoriente la lucha hemisférica contra los narcóticos” son pruebas adicionales de que el ambiente se está calentando en Estados Unidos para un debate a fondo sobre el tema.

Algo similar comienza a suceder en Colombia. Incluso antes de que se haya estrenado Tráfico, ya varios editoriales han hablado de la necesidad de replantear el debate sobre las drogas. “Por defender el Plan Colombia no podemos perder la oportunidad de proponer que el mundo y Estados Unidos, en especial, asuman plenamente su responsabilidad como generadores del problema y se embarquen en estrategias que ayuden a reducir la demanda y a combatir a las mafias gringas”, afirmó en su columna el ex ministro Rudolph Hommes. Todos parecen coincidir en que a punta de Black Hawks tendremos mafia para rato y que la solución tiene que involucrar decididamente al consumidor. Y es allí donde Tráfico desempeña un papel importante. Si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, esta película puede tener un mayor impacto sobre la forma en que los norteamericanos ven el problema de las drogas, que las cientos de campañas oficiales para convencer a los jóvenes de que simplemente le digan “¡NO!”.
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