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| 4/2/2017 8:11:00 AM

La horrible noche no cesa en Mocoa

Sin agua potable, sin luz, y casi sin alimentos, así fue la primera noche de habitantes y damnificados después de la tragedia. Por Rodrigo Urrego, enviado especial de Semana.com a Putumayo.

A las 7:00 de la noche, Mocoa parecía un pueblo fantasma. Los sábados al atardecer, en la capital del Putumayo, la música popular y el vallenato retumban en bares y discotecas del centro. Pero este primero de abril dominaba un crudo silencio. La gente caminaba por entre las calles oscuras, unos buscando comida, otros esperando la hora de dormir. En una esquina decenas de personas se apretujan para cargar sus teléfonos celulares en la planta eléctrica del local de Drogas La Rebaja. La noche, la horrible noche que comenzó el viernes aún no termina, y su final no se advierte cercano.

En imágenes: así quedó Mocoa luego de la avalancha

Para cientos de familias de 17 barrios, la última noche del mes de marzo, parecía ser una más. Hasta que un leve ronroneo se fue colando por las ventanas y se fue convirtiendo en un crujido de la tierra. Un sonido terrible, como del apocalipsis. Cuando muchos quisieron asomarse a la calle para saber lo que sucedía ya tenían el agua en las rodillas. Otros ni siquiera se dieron cuenta pues la furia de una avalancha, provocada por el desbordamiento de tres ríos (el Mocoa, Mulato y Sancoyaco), arrasó con todo lo que encontró en su camino: hombres, mujeres, niños, animales. “La casa la partió por la mitad, salí por encima del techo”, dice Eduardo, uno de los sobrevivientes de la mayor tragedia, por causa natural, en la historia del Putumayo.

La primera noche después de la avalancha, Mocoa es una zona devastada. En las viviendas la luz de las velas trata de hacer la noche más corta. No hay agua potable, sólo agua lluvia almacenada en baldes, que ahora sirve para todo. Los alimentos escasean, pues el lodo se llevó los que habían en la plaza de mercado. Los almacenes tienen las puertas cerradas, por el temor a los saqueos, y las dos bombas de gasolina que aún tienen combustible, registran una desesperante fila de vehículos y motocicletas.

“Ya lloramos todo el día, Dios nos ha regalado la vida”

Desolación, caos, desespero y tristeza, pueden ser las cuatro palabras que describan el ambiente que se respira en la capital de Putumayo.

Eliécer, pequeño de estatura, era uno de los que caminaba frente a la despensa ‘El Paisa’, uno de los pocos sitios abiertos en la noche del sábado. Las botas de caucho y el barro en el pantalón delataban que había estado en la zona de la tragedia todo el día. No es damnificado, ni perdió familiares en el lugar, pero se asomó para ayudar a sus paisanos. “No tengo palabras, no sé cómo describir lo que está viviendo Mocoa. Esto no es real”, dice antes de seguir su camino. El domingo volverá temprano al barrio San Miguel, donde cree que lo siguen necesitando. Por esa misma calle, abajo del Comando de la Policía, principal punto de encuentro de rescatistas y autoridades, varios camiones cargados de enseres y electrodomésticos buscaban la salida de la ciudad, a pesar de la oscuridad.

Varios habitantes empacaron sus pertenencias y se fueron hacia municipios vecinos como Villagarzón, a 45 minutos de Mocoa, donde tampoco hay luz, y donde el río arrastró a por lo menos 30 personas. Al menos esa es la cifra de cuerpos que se han encontrado en zona rural de ese municipio, donde aterrizan todas las ayudas que llegan de Bogotá.

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El Instituto Tecnológico de Putumayo se convirtió en el principal albergue de los sobrevivientes. Familias enteras, madres gestantes, abuelos, pasan la noche como pueden en salones de clase y en el coliseo. Acostados en colchonetas, muy juntos los unos de los otros, y dando prioridad a los niños, quienes, a pesar de la tragedia,  duermen sin tormento. Los damnificados refugiados allí ya pasan de mil.  

Los adultos prefieren no cerrar los ojos. Sentados en los pupitres, y también a la luz de las velas, pasan las horas con la mirada perdida. Lo perdieron todo, y temen la noche sea muy larga. “Anoche nos acostamos y amanecimos en la calle”, dice Ferney, un anciano campesino que prefiere no acordarse para no llorar. “Ya lloramos todo el día, Dios nos ha regalado la vida”, dice a amanera de consuelo.

“Por lo menos está despejado”

Casi todos quienes están en este albergue eran habitantes del barrio San Miguel. Esta noche piensan en los vecinos que fueron arrastrados por el lodo y la piedras. Jaime, con rasgos indígenas, recuerda que vio a una señora levantando los brazos y pidiendo ayuda, y resignado dice que quiso ayudarla, pero no había como. “Si la intento salvar hubiera muerto”.  

Antes de la media noche, los vecinos del barrio Luis Carlos Galán llegaron al albergue con chicharrón y tajadas de plátano para los damnificados. 

“Por lo menos está despejado”, dice Ferney mientras sube la mirada al cielo estrellado. La noche anterior no se veía una sola estrella y el agua que caía como si se tratara de un diluvio. “Llovió lo que no está en los escritos” recuerda. Y eso que en Mocoa la lluvia es constante. Caen 400 milímetros de agua en un mes, pero en la noche del viernes cayeron 130, en unas pocas horas. Ninguno de los damnificados del albergue encuentra palabras para describir aquello, que solo atinan a calificar de “impresionante”.

En video: El heroico trabajo de los organismos de socorro en Mocoa

Cada vez que un funcionario del gobierno aparece por el coliseo, claman ayuda. Han quedado en la calle. Algunos no saben cómo van a volver a comprar una casa, con qué dinero. Pero el denominador común es la fe. A esta hora se escuchan las alabanzas que le hacen a sus santos como acción de gracias por tenerlos con vida.

La noche se hace larga, y el cansancio pasa factura. A la media noche los damnificados refugiados en el Coliseo ya no hablan, guardan silencio, pero no todos tienen los ojos cerrados. Es difícil cerrarlos. La última vez que lo hicieron, lo perdieron todo. Por eso se alarga la vigilia. La horrible noche en Mocoa aún no cesa.

* Si usted quiere auxiliar con dinero a los afectados de esta tragedia, puede consignar a través de esta cuenta de ahorros habilitada por la Presidencia de la República: Banco Davivienda, N° 021666888.

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