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| 11/30/2014 12:00:00 AM

Se reanuda el proceso de paz ¿sólido o debilitado?

Tras la suspensión por el secuestro del general, Gobierno y FARC vuelven a la Mesa. ¿Quién ganó y quién perdió? Análisis de Semana.com

El proceso de paz vive una enorme paradoja. Tras la entrega por parte de las FARC del oficial Rubén Darío Alzate, se podría afirmar que este alcanzó la madurez suficiente para que la firma de un acuerdo sea ya irreversible. Sin embargo, también se podría decir que se quebró la confianza entre las partes y que al crear el antecedente de suspenderlo, en los días porvenir otro secuestro, o una acción similar más grave, lo mandaría de nuevo a cuidados intensivos.

De hecho, al interior de cada una de las partes se experimentan también grandes contradicciones. En la orilla del Gobierno nacional hay satisfacción ya que aún escuchan el eco del aplauso de una opinión pública que interpreta que por primera vez se le vio duro y con la autoridad suficiente para frenar en seco a la guerrilla.
También se valora que haya logrado, de manera pacífica y acordada, la liberación de cinco secuestrados, condición inflexible que puso para reanudar las conversaciones en La Habana. Los familiares de varias personas muertas en cautiverio durante anteriores gobiernos destacaron en las últimas horas que si así se hubiera actuado en el pasado – atender las súplicas de los secuestrados y sus familiares para salvar sus vidas y obtener el regreso a sus hogares–, la situación de ellos sería distinta.

La dificultad pasa por los negociadores de paz del Gobierno que seguramente tendrán un agrio recibimiento de sus contrarios en la Mesa. “El Presidente, con su suspensión, tumbó el tablero donde jugábamos la partida, destruyó la confianza. Las cosas no se podrán reanudar así no más, habrá que hacer diversas consideraciones”, advirtió el número uno de esa guerrilla, Timoleón Jiménez, ‘Timochenko’.

Porque así no les guste a muchos, las FARC tienen razón. Había un pacto para blindar la Mesa de lo que ocurriera en Colombia, por grave que fuera, y el Gobierno lo rompió. Santos podrá alegar en su defensa que no tenía otro camino. Porque si de violaciones se trata, la primera vino de parte de la insurgencia, que había prometido no volver a secuestrar y en este caso lo hizo no sólo contra militares, sino contra civiles indefensos. La guerrilla ha respondido con una buena dosis de ironía bien sustentada: ¿Qué clase de guerra es esta en la que un adversario le prohíbe al otro tocarle sus soldados y sus generales?

Como sea, las FARC soltaron su bien más preciado: un General de la República. Por primera vez en medio siglo de confrontación tenían atrapado en la selva a uno de sus más altos enemigos. Y lo soltaron sin un rasguño, en apenas dos semanas y enviando a un miembro del Secretariado, Pastor Alape, para que la operación se cumpliera sin contratiempos.

¿Por qué actuaron así? Iván Márquez, jefe del equipo negociador en La Habana, dice que es un gesto de paz que representa la seriedad de su organización en la búsqueda de un acuerdo. “Un proceso de paz que ha llegado al nivel donde se encuentra y que se apresta a discutir los temas más decisivos de la paz, no puede estar sometido a ningún tipo de actitudes precipitadas e irreflexivas que aplacen el advenimiento de nuestra reconciliación”, dijo en un comunicado.

Por su parte, el presidente Juan Manuel Santos también se mostró optimista por lo sucedido. En un comunicado de la Casa de Nariño dice: “Es evidente que esa decisión contribuye a recuperar el clima propicio para continuar los diálogos, demuestra la madurez del proceso y nos permite unir nuestra voz a las de millones de colombianos que expresan su solidaridad con los liberados”.
Ateniéndose a este cruce de mensajes es evidente que el reencuentro de los negociadores será duro, pero que entre las partes hay una clara voluntad de seguir.

En este escenario también brilla el consenso para que el proceso siga. No hubo en estos 15 días ni una sola voz que pidiera acabar las conversaciones para volver exclusivamente a la confrontación. Ni siquiera en los máximos opositores, como son los miembros del Centro Democrático. Con Álvaro Uribe a la cabeza, fueron constantes en pedir su revisión, en poner condiciones, en no dar su brazo a torcer para reclamarle a la guerrilla, pero nunca en ponerle fin. Es más, siempre se mostraron respetuosos del general Alzate, de su situación y de sus anhelos por volver a verlo libre pronto. En este lapso, también el analista y columnista de SEMANA León Valencia se reunió con el procurador Alejandro Ordóñez, quien le manifestó: “La firma del acuerdo con las FARC es ahora irreversible”.

En conclusión, de la sabiduría de los integrantes de los equipos negociadores que se encontrarán en las próximas horas, depende pasar esta página y lograr pronto un acuerdo que ponga fin a las incertidumbres que genera la guerra y que deja un país exhausto. Si es así, el proceso habrá salido fortalecido.
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