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| 12/6/2008 12:00:00 AM

Últimas horas en cautiverio

Los momentos de incertidumbre y miedo que vivieron Íngrid Betancourt y el cabo Pérez minutos antes de abordar el helicóptero que, sin saberlo, los llevaría a la libertad. Fragmento del libro sobre la Operación Jaque que se lanza esta semana.

Hacia las 6 de la mañana, se abrió la puerta de la bodega donde habían pasado la noche los secuestrados. La mayoría ya estaban despiertos. El sargento Flórez y el cabo Arteaga recogieron la olla en la que guardaban los orines de la noche y salieron a vaciarla fuera de la casa. Había un pequeño baño, por primera vez después de años utilizando huecos en la selva, y varios hicieron fila para usarlo. En un fogón de leña se preparó un desayuno de arepa y chocolate, que todos comieron distraídos, con la mente puesta en los sucesos que ocurrirían ese día.

Llegó César, que hasta ese momento no había visto a los plagiados. A ellos siempre los habían manejado Enrique Gafas, Ciro, el Negro Asprilla, Veneno, pero tenían poco contacto con el cabecilla del frente. A muchos les pareció que estaba enfermo, muy delgado, bastante desmejorado desde la última vez que lo vieron. César llevó a Íngrid aparte, y habló con ella por un largo rato. Entre tanto, los demás secuestrados aprovecharon para terminar de escribir sus cartas o salieron al aire libre y disfrutaron del sol, que casi no recibían en la selva. Keith Stansell, Marc Gonsalves y el teniente Rodríguez se acostaron en el piso a broncearse, mientras otros pasaban el rato fumando o tomando tinto. Los rodeaban unos cincuenta guerrilleros, que ese día vestían sus mejores pintas, con uniforme camuflado y su mejor armamento.

—¿Qué va a pasar? —le preguntó el cabo Pérez a Enrique Gafas.

—No sé nada. Sólo sé que viene una comisión, y hay que esperar. De pronto liberan a alguno, pero yo no sé nada.

Cuando Íngrid regresó de su charla con César, el cabo Pérez, su inseparable enfermero y amigo de los últimos días, le preguntó qué le había dicho:

—No, que no sabe nada. Que viene una comisión. Voy a hablar con Asprilla, que el tipo está como con ganas de decir algo.

Íngrid fue a hacer sus averiguaciones y regresó a contarle a Pérez lo que le había sacado:

—Asprilla dice que va a venir un helicóptero y que nos van a recoger. Parece que nos van a trasladar a otro frente.

—¿Y usted sí cree, doctora?

—No, no sé. Ellos tampoco saben. Asprilla también me dijo que puede que dejen salir a unos, pero eso lo dicen ellos para que uno se monte en el helicóptero y llevarlo para otro lado. ¡Eso es pura paja de ellos!

César se fue. Cruzó el río en un bote con otros guerrilleros, y se dirigió hacia dos casas que había al otro lado, una de ellas con una antena, como habilitada para comunicaciones. Entonces reunieron a los secuestrados en el salón donde estaban las mesas de billar, y les dijeron que trajeran sus morrales para una requisa. Les quitaron unos cortaúñas que les habían dado hacía una semana, los enlatados, las agujas y cualquier otro elemento punzante. Cuando se fueron, Pérez le dijo a Íngrid en tono confidencial:

—Doctora, si nosotros nos vamos a ir en un helicóptero sería bueno secuestrarlo, porque para qué nos vamos a montar allí sólo para que nos lleven para otro lado y seguir en esto toda la vida.

Íngrid, que se había dado cuenta de que en la requisa no habían encontrado ni las tijeras ni el cortaúñas que tenía escondidos entre la ropa, los sacó y se los entregó discretamente al cabo Pérez. No le dijo nada, pero en sus ojos brillaba una intención: "Si ve que puede hacer algo, hágalo".

El cabo se guardó los dos objetos cortantes dentro de su pantalón de sudadera, sin volver a mencionar la idea de tomarse la aeronave. Ya vería él cómo se presentaban las cosas.

—De pronto la liberan a usted —le dijo a Íngrid.

—¿Será, William? —le respondió Íngrid, que por primera vez concedía esa posibilidad.

—¿Por qué no? —insistió Pérez—. La guerrilla está muy golpeada militarmente y ellos tienen que buscar espacios políticos.

—Y si yo me voy, ¿qué le dejo? —comenzó a pensar Íngrid—. Le dejo unos lápices, unos esferos…

—No, yo no quiero nada, doctora. Déjeme solamente la Biblia, no quiero más. Sólo déjeme la Biblia.

Íngrid se la entregó y el cabo la guardó en su bolso. Entonces se dio cuenta de que ella sí creía que podían liberarla. Si no fuera así, no se habría desprendido de su tesoro más preciado.

Los guerrilleros volvieron para insistirles a los rehenes en que se pusieran unas camisetas blancas que les habían traído, con un letrero que decía "Sí al acuerdo humanitario". Como la vez pasada, los secuestrados se negaron a usarlas:

—Miren, esa camiseta me la pongo si nos liberan. Me les pongo hasta diez. Pero si es para hacerles el show, no me coloco eso —dijo el teniente Malagón.

Al igual que él, los demás compañeros se negaron a hacerles el juego a sus captores, que tuvieron que devolverse con las prendas en la mano.

A las 11 de la mañana sirvieron el almuerzo: arroz con lentejas y atún. Después de comer, se quedaron hablando un rato hasta que el sonido de unos helicópteros los alarmó. En la selva, siempre que escuchaban uno, era un momento de pánico, pues los guerrilleros los obligaban a ocultarse o a moverse hacia otro lugar. Esta vez fue diferente. Los mismos integrantes de las farc estaban esperando su llegada, lo que no representaba una buena señal para los cautivos.

—¡Apúrense! Cojan sus cosas y nos vamos. Hay que cruzar el río —les ordenaron.

El sol brillaba en todo su esplendor y el calor del mediodía se dejaba sentir. Secuestradores y rehenes miraron hacia el cielo, deslumbrados por los rayos solares, y vieron dos helicópteros. Uno de ellos bajó más que el otro e hizo dos o tres vueltas de reconocimiento.

—¡Vamos, vamos! —los afanaban.

Una guerrillera empujó a Íngrid, que iba algo rezagada. Finalmente, los subieron a varias lanchas y cruzaron el cauce del río Inírida. Tan pronto se apearon en la otra orilla, observaron, maravillados, cómo una aeronave blanca y naranja, de una organización desconocida, tocaba tierra a unos pocos metros de ellos. Era la una y quince de la tarde.
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