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| 10/27/2003 12:00:00 AM

Un alcalde histórico

Quién es realmente y cómo gobernará Lucho Garzón, el primer dirigente de izquierda de la historia en ganar la Alcaldía Mayor de Bogotá.

Antes de salir de la oficina, Lucho Garzón miró a los ojos de sus asesores y les preguntó con ironía: "¿Ustedes de verdad piensan que voy a hacer eso?". No hubo tiempo para respuestas porque cuando uno de ellos levantó la mano para pedir la palabra y darle más argumentos él ya se había marchado presuroso.

Fue en la tarde del miércoles 22 de octubre. El cielo en Bogotá estaba despejado, el calor picaba y en el cuartel de la campaña luchista la temperatura había roto todos los registros por un hecho que, aunque trivial, refleja en profundidad la manera en que toma decisiones el nuevo Alcalde Mayor de la capital del país. Angel Becassino, su asesor de imagen, había llegado con una idea para aplicarla en el decisivo debate del jueves organizado por El Tiempo, Citytv y SEMANA: vestir a Lucho con traje de paño, camisa y corbata. Así, según él, el candidato del Polo Democrático Independiente (PDI) daría un golpe visual que sorprendería a los televidentes y haría que se inclinara aún más la balanza en contra de su adversario Juan Lozano.

Como ha sido siempre en su vida pública, Lucho escuchó con atención los argumentos de cada uno de sus asesores. Tomó nota, los miró, les hizo la pregunta y se fue. "No hay nada que hacer. Allá llegará con ese buzo anticuado", pronosticó uno de ellos. Y acertó. "Así es Lucho. A él le gusta escuchar a la gente pero a la hora de tomar una decisión es él quien dicta la última palabra", dijo una persona que lo conoce desde hace varios años. "Le gusta componer en equipo. Pero está claro que uno puede ayudarle en la letra pero él siempre termina poniendo la música".

Estos rasgos de su personalidad están atados al camino construido desde el 15 de febrero de 1951 cuando nació. Eloísa Garzón, su madre, empleada doméstica de profesión, vivía en una casa de inquilinato donde Lucho creció. Las carencias económicas acosaban y lo único que les sobraba a los vecinos para repartir era el afecto. Además nunca faltaba un radio a todo volumen en el que sonaran alegres canciones de moda. Entre el polvo, el olor de las curtiembres, el hacinamiento y las notas musicales creció. Entró al colegio Camilo Torres, donde brilló académicamente y reafirmó su concepción de trabajo en grupo.

Esta fue la semilla para creer en los procesos colectivos y organizados. Así, cuando trabajó en Ecopetrol, con un empleo fijo como mensajero y se hizo sindicalista, insistía en la unidad porque cualquier conquista dependería de esta fortaleza. Estas convicciones lo llevaron a cohesionar una fuerza popular en Barrancabermeja, donde dirigió nueve paros por la vida entre 1984 y 1990. Llegó a ser vicepresidente de la Unión Sindical Obrera (USO) y luego, en 1996, se convirtió en el primer presidente de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) elegido por sus afiliados. Estas convicciones también lo llevaron a que el Partido Comunista Colombiano (PCC) lo nombrara miembro de su comité central en el XVI congreso.

Entre viejas consignas Lucho empezó a marcar diferencias con dos cualidades que en su momento eran calificadas por la izquierda más tradicional como ausencia de disciplina partidista: el sentido del humor y su gusto por la rumba. Así empezó a convencer a sus compañeros de militancia de que a la vida y a la política no hay que tomarlas con tanta solemnidad y que la irreverencia no es un privilegio burgués. "A mí me enseñó que había que romper con los pesados muros que nos aislaban del resto de la sociedad", recuerda un compañero sindical. De esta manera fue metiendo al sindicalismo al Mandato por la Paz, lo llevó a ser protagonista en las reuniones que buscaban una negociación con el ELN, jalonó a los trabajadores a los debates nacionales y les enseñó que el progreso se construye caminado unidos con los empresarios. "Gracias a él evolucionamos porque nos llevó a pensar más en el país y menos en las consignas que nacían de nuestro estómago", añade un importante dirigente sindical al explicar que Lucho los puso a conversar con los empresarios, les dijo que había que confiar en todos los interlocutores y, sobre todo, les abrió el diccionario en la palabra concertación, cuyo significado, les decía, es la clave para ayudar a resolver los problemas del país. La capacidad de concertación le permitió romper el canibalismo fratricida de la izquierda colombiana para unirla en un movimiento que se convirtió en partido: del Frente Amplio Social al Polo Democrático Independiente (PDI), un hecho sin precedentes en la historia política del país. Un partido que condena la violencia armada como medio para tomarse el poder y que cree que a éste debe accederse exclusivamente a través de las urnas.

Además de los congresistas que militan en el PDI, como Antonio Navarro y Samuel Moreno, hay otras personas que le hablan al oído, como Enrique Borda, su íntimo amigo; Pedro Rodríguez, proveniente del Partido Visionario de Mockus; Daniel García Peña, ex consejero de paz; el industrial José Fernando Isaza y los ex congresistas Juan Manuel Ospina y Rafael Orduz. A todos los escucha pero siempre es él quien toma la última decisión para asumir las consecuencias. Para bien o para mal.

Aunque quienes lo conocen de cerca dicen que no es sectario aceptan que es terco. "A veces se le va la mano", dice uno de sus amigos. "Lo malo de él es que en esa dinámica sus amistades son cambiantes y se deja influenciar en los afectos. Por eso hay gente con la que tuvo una estrecha amistad a quien ahora no tiene en cuenta, dice alguien que lo conoció, aunque lo defiende: En materia de afectos creo que él entregó todo a sus dos grandes amigos, Bernardo Jaramillo Ossa y Leonardo Posada". Ambos dirigentes de izquierda y asesinados por escuadrones de extrema derecha en los tiempos de la guerra sucia contra la Unión Patriótica. "Amigos amigos, lo que se dice amigos del corazón, ellos. Pero se los llevó la violencia", dice un conocido suyo.

Ahora que tiene la responsabilidad de ser un alcalde de izquierda en un país en guerra será aún más amplio a la hora de escoger el equipo con el que va a gobernar, cree uno de sus asesores. "No importa que sean de izquierda, lozanistas, conservadores o peñalosistas. El sabe que tiene que hacer una buena gestión porque todos los sueños políticos de su vida se medirán ahora que tiene las riendas del poder", dice un colaborador.

Padre de dos hijos, Ricardo, 20 años, estudiante de filosofía, y Eduardo Andrés, 23, estudiante de ciencias políticas, y compañero sentimental de Marcela Hernández, Lucho es chapado a la antigua y aún vive con su mamá. A ella la escucha siempre, en especial en momentos de crisis. Cuando la tensión es demasiada se va a un sauna o a una piscina pues le encanta nadar tanto como bailar. "Es un excelente bailarín", dice un mesero de Son Salomé, que junto con Café Libro son los principales rumbeaderos donde solía amanecer. Va a estos sitios porque allí suena la salsa que tanto le encanta. Ese es el nuevo alcalde de Bogotá, liviano, innovador, alegre, conciliador y con una larga trayectoria en las lides sindicales altamente ideologizadas. Habrá que ver si estas características le ayudarán a hacer un gobierno que, como los de la última década, han defendido tan bien el interés colectivo de los bogotanos.
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