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| 8/14/2000 12:00:00 AM

Un balde de agua tibia

El nuevo gabinete no descrestó pero aguanta.

El nuevo gabinete del presidente Andrés Pastrana no estuvo a la altura de las expectativas. Tenía que ser así. El gabinete ideal es como el hombre o la mujer ideal: no existen. A todo el mundo le gustaría tener una mujer bonita, inteligente, simpática y millonaria. Pero de eso tan bueno no hay. Y a la gran mayoría de los hombres les toca conformarse con una o máximo dos de esas virtudes. Lo mismo pasa con los gabinetes. Se busca unidad nacional, renovación, experiencia, representatividad política, equilibrio regional, capacidad ejecutiva y ahora toca agregar la cuota feminista. De eso tampoco hay.

Por lo anterior un gabinete normal desilusiona. Y eso fue lo que sucedió la semana pasada. Si hay quienes tienen porqué estar felices serían solamente las mujeres, las cuales estrenaron su cuota del 30 por ciento. Pero ni ellas. La senadora Viviane Morales considera que les pusieron conejo contabilizando como ministerios algunos institutos descentralizados. Y si hay quienes tienen derecho a estar frustrados serían los antioqueños, a quienes por primera vez en la historia reciente les pusieron conejo. Y eso después de que Fabio Valencia fuera el gran elector de Andrés Pastrana.

Otro lunar es la ausencia de un tecnócrata en materia económica. La tradición colombiana es que, ya sea en Hacienda o Planeación, siempre debe haber un economista nerd. Claudia de Francisco definitivamente no es eso. Y Juan Manuel Santos, a pesar de ser un todero y tener muchos diplomas, tampoco. El de Claudia de Francisco como directora de Planeación ha sido uno de los nombramientos más criticados. Pero cuando estaba en Comunicaciones demostró ser competente y con criterio.

El hecho político del nuevo gabinete fue sin duda el nombramiento de Santos en Hacienda. Es mucho su aporte en materia política e inspira confianza, tanto al sector privado como a la comunidad internacional. Augusto Ramírez, en la cartera de Desarrollo, quedó en un cargo inferior a su prestigio. Su aceptación, más que una jugada de poder es un acto de generosidad con una especie de sobrino, dada la cercanía que tuvo con el padre del actual Presidente. En todo caso, teniendo en cuenta que muchos querían un gabinete con más peso en la cola, Ramírez Ocampo, sin duda alguna, aporta este elemento. Su caso llama la atención porque han generado más expectativas sus posibles aportes en materia de paz que en su cartera.

El nombramiento de Angelino Garzón en Trabajo también tiene trascendencia por su trayectoria sindical. Sin embargo el diagnóstico sobre su gestión quedó hecho por adelantado por Rudolf Hommes en su columna publicada en El Tiempo, en la cual queda claro que “si actúa como buen Ministro va a salir de pelea con los sindicalistas y si actúa como sindicalista va a ser otro mal ministro de Trabajo”.

Francisco —Quico— Lloreda ha sido bien recibido en Educación. Aunque no es un experto combina la renovación de su edad con la tradición de su dinastía con la cuota del Valle del Cauca.

Sara Ordóñez en Salud y María del Rosario Sintes en Comunicaciones evidencian que hoy en día pesa más el criterio de la experiencia administrativa que el del conocimiento del tema. Ellas no han tenido nexos de alguna clase con el área que les corresponderá manejar y las dos son ejecutivas sobresalientes.

Y, por último, el nombramiento de Consuelo Araujonoguera en Cultura no ha sido bien recibido en círculos intelectuales, que lo critican alegando que no es más que una cuota costeña. Sin embargo, en esa materia, la experiencia es que mientras no haya recursos la gente que hace muchas cosas es más útil que la gente que sabe muchas cosas. Y La Cacica está en esta primera categoría.



¿Meritos o padrinos?

Hay múltiples interpretaciones sobre cuál es la representatividad política de los nuevos ministros. Se ha dicho que en su mayoría son gaviristas, que representan a las casas reinantes del país, que buscaban cooptar a los medios de comunicación y cosas por el estilo.

Estas especulaciones, curiosamente, tienen tanto de mito como de realidad. En el mundo contemporáneo los presidentes ya no nombran ministros sólo para satisfacer corrientes políticas sino para satisfacer a la opinión pública que, de por sí, nunca queda satisfecha. Los padrinazgos políticos hoy por hoy son más que todo coincidencias. En otras palabras, puede que haya cuatro o cinco ex ministros de Gaviria en el gabinete pero no fueron nombrados por ser gaviristas. Juan Manuel Santos llegó por su buena relación con el Congreso, Humberto de la Calle en su momento fue nombrado Ministro del Interior por cuenta de la Gran Alianza por el Cambio, María del Rosario Sintes por su condición de mujer competente, Luis Fernando Ramírez en Defensa por haber sido la anterior fórmula presidencial de Pastrana.

Lo mismo se podría decir de las otras teorías de identificación política. Hoy los presidentes nombran a quien les viene en gana y los ministros representan sus méritos y no los de sus padrinos.



Los intocables

Pero más importante que muchos de los que llegaron son los que se quedaron. Hay unos que fueron ratificados porque apenas acaban de llegar a sus despachos. Es el caso de Humberto de la Calle, que debió abandonar la embajada en Londres para capotear el vendaval desatado en el Congreso por cuenta del anuncio de Pastrana de convocar un referendo para revocarle el período a los actuales parlamentarios.

Lo mismo sucede con el ministro de Minas y Energía, Carlos Caballero, quien tiene mucho prestigio y ha mostrado bastante tino para sortear las situaciones difíciles. Además parece tener buena espalda porque hasta anuncios de nuevos pozos de petróleo ha habido en su corta gestión. Quienes lo conocen dicen que hará una de las mejores llaves con Juan Manuel Santos.

Luis Fernando Ramírez reúne tres características que lo han convertido en intocable: es amigo del Presidente, está recién posesionado y se ha ganado en poco tiempo la confianza de las Fuerzas Armadas, algo que no era nada fácil después de la salida de Rodrigo Lloreda, quizás el ministro más querido por las instituciones castrenses. El gobierno tiene claro que las buenas relaciones de Ramírez con la cúpula de las Fuerzas Militares serán fundamentales para garantizar la buena marcha del proceso de paz ahora que se avecina la toma de decisiones en temas críticos, como el secuestro y el cese de hostilidades.

Está claro que el ministro de Relaciones Exteriores, Guillermo Fernández de Soto, era otro de los intocables. El Canciller ha jugado un valioso papel en el éxito de la política exterior del gobierno. Su gestión para que Estados Unidos aprobara el Plan Colombia fue calificada por voceros del Congreso de ese país como “fundamental”. La idea del gobierno es que Fernández de Soto repita la tarea pero esta vez en Europa, donde el reto parece mayor.

La ratificación de Martha Lucía Ramírez en Comercio Exterior tampoco produjo sorpresas. Cuando Pastrana empezó a evaluar la gestión de todos sus ministros encontró que una de las carteras con mejores resultados fue precisamente la de Ramírez. En efecto, en medio de la actual crisis económica el sector de las exportaciones es uno de los pocos que ha mostrado un crecimiento sostenido.

Los palos entre los ratificados corrieron por cuenta de Gustavo Canal en Transporte y Rodrigo Villalba en Agricultura. De acuerdo con un vocero de la Casa de Nariño, en momentos en que está muy próxima la fecha para adjudicar obras muy importantes, como el túnel de La Línea, la labor de una persona que conoce muy bien su letra menuda es vital para el gobierno. El caso de Villalba también llama la atención. Si hay un sector que se encuentre deprimido en el país, ni siquiera por cuenta de la actual administración, es el agrícola. No obstante la aspiración del gobierno es la de triplicar cuanto antes los cultivos de algodón, maíz y arroz, entre otros.

De cualquier manera los cambios en el gabinete, si bien es cierto que no descrestaron a nadie es un hecho que servirán para oxigenar a una administración que se encontraba bastante enredada. No se trata de un gabinete de unidad nacional, como equivocadamente lo anunció el propio gobierno, pero tampoco se puede desconocer que le permite recuperar un cierto grado de gobernabilidad al Ejecutivo. Y dado que no puede contar con el grueso del Partido Liberal, ese sólo hecho es de por sí una ganancia.
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