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| 2/12/2006 12:00:00 AM

Un brusco despertar

En 2005 quedó en evidencia que estar tan cerca de Bush y tan lejos de los vecinos no paga para Colombia. Ni tanto que queme el santo, ni tan poquito que no lo alumbre.

"Nosotros queremos un amor carnal con Estados Unidos. Nos interesa, porque podemos sacar algún beneficio". Esa frase fue pronunciada en 1990 por el entonces canciller argentino Guido Di Tella, de la primera administración de Carlos Menem, para describir el giro de la política exterior de su país frente a Washington. Durante esa década, no hubo un aliado más incondicional que Argentina. Envió tropas a la primera guerra del Golfo y votó sí a todas las resoluciones que proponían los gringos en el escenario internacional. Era el mejor amigo en el hemisferio, como lo describió alguna vez un funcionario estadounidense. Hoy utilizan ese calificativo cuando se habla del gobierno colombiano. Desde cuando asumió el poder, el presidente Álvaro Uribe impulsó un alineamiento al 400 por ciento con su similar, George Bush. Una política calcada casi milimétricamente de la que probó Menem en los 90. Pero como aprendió Argentina, esos amores carnales no están exentos de riesgos. En 2005 esta lección comenzó a ser asimilada por la administración Uribe. Varios presupuestos están siendo reevaluados. De repente era aventurado, e incluso ingenuo, pensar que por ser Colombia un socio leal en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, Estados Unidos accedería a firmar un tratado de libre comercio (TLC) hecho a la medida de Bogotá. Argentina se imaginó lo mismo en la grave crisis económica de 2001 y 2002, cuando acudió a la ayuda estadounidense. En ese momento, el secretario de Tesoro, Paul O'Neill, condicionó cualquier salvavidas a que el gobierno argentino realizara mayores esfuerzos fiscales. Fue un brusco despertar para Buenos Aires. Algo parecido le puede pasar a Colombia, no sólo con el TLC, sino con la cuantiosa asistencia que recibe de Washington. Como le dijo a SEMANA Carl Meach, asesor de América Latina del poderoso presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores, el senador Richard Lugar, "si el gobierno no explica bien su política de desmovilización y los resultados de la política antidrogas, podrían cambiar en su contra las opiniones en el Congreso de Estados Unidos, y eso dificultaría la continuación del Plan Colombia en 2006". En la política exterior nada es automático y mucho menos con Estados Unidos, cuyos intereses no son necesariamente los mismos que los colombianos. Esto quedó al descubierto a principios de este año, durante la crisis con Venezuela por la detención del guerrillero Rodrigo Granda. En momentos en los que Colombia buscaba bajarle la temperatura a la disputa, el embajador estadounidense, William Wood, salió a apoyar públicamente la postura colombiana. Desde la perspectiva gringa era una oportunidad magnífica para refregarle al gobierno de Hugo Chávez su permisividad con terroristas. Para Colombia fue una debacle, alargó la resolución del conflicto y el costo para el país fue mucho mayor. Aun hoy, Colombia continúa en el proceso de reparación de las relaciones con su vecino y segundo socio comercial, una práctica que el gobierno de Uribe se vio en la obligación de aplicar múltiples veces en 2005. Con Ecuador. Con Francia. Con la ONU. Estas experiencias parecen haber calado en la administración Uribe en los últimos meses. De pronto, una política exterior sustentada en dar disculpas a cada rato, de cazar peleas ajenas y de obediencia debida con Washington incluso en temas neurálgicos para Colombia, no era el único camino. La aceptación de una facilitación europea -encabezada por París- para el intercambio humanitario con las Farc, la posición conciliadora colombiana durante la cumbre de las Américas en Mar del Plata y las visitas de Hugo Chávez y Lula Da Silva la semana pasada parecen señalar un sutil giro en el manejo de sus relaciones externas. El gobierno está comprendiendo que en la política internacional nada es blanco y negro. Que ser incondicional con Washington no garantiza nada. Que es posible ser un aliado de Estados Unidos y, al mismo tiempo, un promotor de la integración latinoamericana. La historia colombiana -y la argentina- está llena de estas lecciones. Alguien por fin se tomó el tiempo de leerlas.
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