Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2009/05/16 00:00

Un Congreso para nunca olvidar

El cáncer de la para-política carcome al Legislativo. Hoy, uno de cada tres senadores no fue el elegido por el pueblo en las urnas y son ellos quienes le darán esta semana la aprobación final al referendo.

El cambio de congresistas ha llegado a tal extremo, que partidos como Colombia Viva, que tenían dos senadores, ya han cambiado a cuatro

Que un congresista tenga que renunciar a su curul en Colombia se ha vuelto tan común, que ya casi no es noticia. Esta semana, por ejemplo, van a llegar tres nuevos políticos a estrenar curul en el Senado y la semana anterior llegaron otros dos. Si se hace la cuenta, se completa una cifra asombrosa: el 30 por ciento de los que hoy fungen como senadores no fueron los elegidos por el pueblo.

Pero el hecho de que estos relevos se registren como una noticia más no quiere decir que no estén provocando un malestar profundo en la democracia. Sobre todo porque no se trata de un Congreso cualquiera que esté aprobando leyes de simple trámite, sino de uno que, como el actual, tiene en sus manos reformas como la del referendo para la reelección, que transforman radicalmente la estructura del Estado.

La fotografía de hace 10 días no podía ser más reveladora: en la imponente sala de la plenaria del Senado, a pesar de que se había convocado a un debate histórico, casi espantaban. Apenas acudieron 10 de los 100 senadores para darle el último debate al referendo que permitirá que un presidente de la República pueda gobernar tres períodos consecutivos. Y lo mismo ocurrió el miércoles pasado, cuando el gobierno no pudo consolidar una mayoría para sacar adelante el referendo y se terminó por levantar la sesión.

Una lectura detallada de los cinco cambios que se dieron en los últimos días muestra hasta qué punto ha avanzado el cáncer. El primero en renunciar fue el senador antioqueño Antonio Valencia, de Alas Equipo Colombia. Lo curioso es que Valencia, a su vez, había reemplazado a Álvaro Araújo, quien también renunció a su curul para que fuera la Fiscalía y no la Corte la que lo investigara. Y como si fuera poco, quien sigue en la lista del partido para asumir la curul es un ex gobernador que está detenido.

El segundo que colgó su investidura de senador fue el vallecaucano Juan Carlos Martínez, de Convergencia Ciudadana. En teoría lo debía reemplazar un ex gobernador de Santander, pero renunció a la lista por inhabilidad. En su defecto ingresará Juan Cárdenas, ex gobernador de Huila, quien obtuvo 11.000 votos. Y a ese paso podría pronto tocarle el turno al general retirado Rito Alejo del Río, hoy también investigado, quien está a pocos pasos en la fila de relevo.

Es decir, llegar al Senado de la República, que durante casi 200 años de historia republicana fue un privilegio y un honor, hoy se ha convertido en una suerte de juego de ensayo y error para tratar de depurar, a veces por lo bajo, las listas.

Los cordobeses Zulema Jattin, del partido de La U, y Julio Manzur, del Partido Conservador, encabezan la tanda de renuncias de esta semana. Con estos retiros, el departamento de Córdoba prácticamente se queda sin senadores, pues de seis que tenía, sólo queda Mario Salomón Náder. Y en cuanto a los reemplazos, todo indica que quien le sigue en la lista tampoco va a ocupar la curul de Zulema Jattin, pues se trata de Sergio Díaz Granados, a quien no le entusiasma la idea de dejar su cargo como director de Anato. Y Jesús Puello Chamie, ex congresista que fracasó en su intento de ganar la gobernación de Bolívar, ya ocupó la curul de Manzur. El siguiente en la lista de suplentes es Enrique Gómez Hurtado.

Pero, como se dice popularmente, la tapa de la olla es el caso del senador Habib Merheg. Más allá de los pormenores de su renuncia -que sorprendió por la razón que esgrimió y aún no acaba de convencer-, lo más escandaloso es que en su partido, Colombia Viva, se ha dado un carrusel de reemplazos que raya con lo vergonzoso. Antes de Merheg, que es el primero de la lista, ya había tenido que renunciar el segundo, Dieb Maloof, a éste lo reemplazó el cartagenero Vicente Blel, que también tuvo que irse, y le dio paso a Jorge Castro, y éste a su vez le cedió la curul a Jorge Enrique Gómez. Es decir, en un partido que ganó dos curules al Senado, ya han tenido que renunciar los cuatro primeros de la lista.

El riesgo de extinción de Colombia Viva muestra los extremos hasta los que se ha llegado en esto de los reemplazos. En otro partido, Convergencia Ciudadana, ya se han visto obligados a renunciar tres de sus cuatro primeros senadores en lo que a votación se refiere. Por no hablar del caso de Colombia Democrática, el partido de Mario Uribe, que como el de Merheg, prácticamente desaparece por sustracción de materia, pues más del 60 por ciento de sus votos han resultado contaminados.

No sólo son esos partidos de dudosa reputación los que se han visto en calzas prietas para el trueque de sus senadores. Cambio Radical, por ejemplo, ganó 15 curules en el Senado, pero en vista de que han tenido que retirarse seis senadores por investigaciones y dos más por otras causas, le ha tocado asumir curul incluso al que estaba en el puesto 27. A ese paso, y si se siguen dando las renuncias, hasta podría tener cabida el hoy presidente de la Corte Suprema, Augusto Ibáñez.

Si la reforma política que por estos días se debate en el Congreso estuviera interesada en sancionar de verdad a los culpables de dejar infiltrar a los paramilitares en el Congreso, esos votos se deberían anular. Así, un partido como el de Merheg sólo quedaría con 67.000 votos limpios, y no tendría sentido que siga conservando las dos curules mientras las listas de Enrique Peñalosa o Carlos Moreno de Caro, que sacaron el triple y el doble de votos, quedaron por fuera del congreso.

La contradicción en la que está incurriendo la democracia electoral colombiana es tal, que mientras Peñalosa nunca pudo llegar a pesar de que 150.000 personas votaron por su nombre para el Senado, hoy tienen asiento en ese magno recinto personas como Cristóbal Córdoba y Jacobo Gómez, que sacaron menos de 4.000 votos. Por no hablar del caso extremo que se dio esta semana, el de un caldense llamado Juan Pablo Sánchez, que con 792 votos se convertirá en representante a la Cámara por el Partido Liberal. Una votación que no alcanza ni siquiera para elegir a un edil de Bogotá.

Pero ningún voto va a ser anulado, porque la reforma política que está en curso sólo aprueba sanciones para elecciones futuras y no para las actuales. Es decir, en los registros para la historia quedará estampado que trascendentales reformas han sido aprobadas gracias a votos cruciales de congresistas que están allí porque los paramilitares, a punta de violencia y corrupción, les ayudaron a ser elegidos en sus regiones.

Es cierto que los congresistas están pagando cárcel por haberse aliado con criminales para ganar votos, pero ha sido una sanción individual y los partidos siguen usufructuando esos votos ilegales. Todos los intentos por sanear al Congreso como institución han fracasado. El fin primordial que ha inspirado al gobierno es mantener sus mayorías en el Congreso a como dé lugar. Y eso ha quedado claro desde la histórica frase del presidente Álvaro Uribe, cuando les pidió a los congresistas votar sus proyectos antes de que se los llevaran a la cárcel, pasando por el esfuerzo que hicieron para hundir la reforma de la 'silla vacía', hasta el pedido de inmunidad para los congresistas hecho esta semana por Luis Carlos Restrepo, ex alto comisionado de Paz del primer mandatario.

Hay períodos de la historia de una nación que merecen tener un nombre propio. En algunos casos por sus errores, como la Patria Boba, y otros por las expectativas creadas, como el Congreso Admirable. Lo que ha ocurrido en Colombia en los últimos tres años aún no tiene nombre -algunos como Rudolf Hommes se refieren a él como un Congreso sinvergüenza-. Pero con nombre o sin él, tendrá que ser recordado para evitar que el país vuelva a repetir esta funesta historia.

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