Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2003/08/11 00:00

Un corazón demasiado grande

Jaime Garzón murió hace cuatro años. La editora general de SEMANA, María Teresa Ronderos, quien prepara un libro de perfiles, cuenta su historia.

. Foto: Carlos Duque

El jueves 12 de agosto de 1999 al mediodía, Jaime Garzón salía del restaurante Liberty, vecino de su casa y charlaba con unos amigos, cuando, sin saber de dónde, salió un fotógrafo y le disparó su flash y al instante desapareció. Jaime se puso pálido, entre asustado y ofuscado. "Me van a matar", dijo. Ninguno de sus acompañantes sabía lo que había detrás de esa frase.

Jaime sí. Por esos días se mofaba a menudo de la muerte, como tentándola. Les decía a sus audiencias, que las tenía a donde quiera que llegara, que ya había comprado calzoncillos y medias nuevas para no pasar la vergüenza de ser un muerto sucio, que ya había encargado a las autoridades que le entregaran su cadena de oro a su mamá, que ya se había mandado a hacer el manicure y ahora sí estaba listo para morirse. Y se carcajeaba con todos.

Ese jueves ya no reía con tanta facilidad. Había ido a la cárcel La Modelo para responder a una advertencia que había tenido de que Carlos Castaño lo quería matar. Consiguió que un preso con celular contactara al paramilitar. Según les contó Garzón a varios amigos luego, Castaño lo insultó. Le dijo que estaba colaborando con las Farc al ayudar a las familias de los secuestrados. Garzón explicó y logró al final, que Castaño accediera a recibirlo en unos días. Quería explicarle sus razones. Pero el jefe de las autodefensas también le dijo que se guardara bien. Como si supiera que lo que iba a pasar ya no se podía atajar.

Esa noche ya no se escuchó reír más a Garzón. Se dejó derrumbar a la entrada del edificio donde vivía en La Macarena, al centro de Bogotá, y nadie lo podía levantar de su pena. No quiso salir a una cena que tenían con la Tuti, Gloria Hernández, su mujer por 16 años. Se empiyamó y se fue a la cama. "Lo sentí derrotado, cansado de seguir con una lucha estéril. Por primera vez lo oí decir 'este país no tiene arreglo".

Al día siguiente tenía que levantarse muy de madrugada, pues iba a su trabajo en Radio Net. Cada mañana, antes de salir, tenía la costumbre de ir al cuarto de Susana, la hija de Tuti y como una hija para él, y quitarle las cobijas de un jalón. Ella odiaba la rutina, porque la sobresaltaba y le daba frío. Esa madrugada del 13 de agosto hace cuatro años Jaime no la levantó. Se fue en silencio.

Ese día tenía que volar a Medellín a encontrarse con Antonio Navarro para ir a la cárcel de Itagüí, a su primera reunión formal, en su calidad de mediadores que buscaban descongelar los diálogos, hasta entonces fallidos, entre el ELN y el gobierno de Andrés Pastrana. Como Jaime tenía que ir a cumplir con su trabajo a la cabina de radio no podía salir con Navarro en el primer vuelo, sino que le avisó que había conseguido que una avioneta lo llevara más tarde. Navarro salió esa mañana hacia El Dorado confiado en que pronto se encontraría con su amigo.

Jaime salió en su camioneta. Poco después de girar a la izquierda en la avenida 26, tomando la avenida 42, dos sicarios en moto se le acercaron por el lado izquierdo.

La búsqueda

Le faltaba poco para cumplir los 39 años. Había nacido en la Clínica Marly de Bogotá, al igual que sus tres hermanos. El era el tercero después de Jorge y Alfredo. A él lo bautizaron Jaime Hernando. Nombre de chofer y apellido de mozo de restaurante, decía en broma. Dos años después nació su hermana Marisol.

Crecieron en una casa enorme de arquitectura de estilo inglés en la carrera 12 No. 24-71 (dirección que cita su hermana Marisol como una lección de escuela) del barrio San Diego, al centro de Bogotá. "Una de las cosas que siempre le impresionó a Jaime fue visitar a nuestra antigua casa y encontrar un parqueadero", dice su hermano Alfredo, el reconocido caricaturista.

Marisol sostiene que Jaime, un hiperactivo extremo, se crió de milagro. Y llama por teléfono a una tía para que le refresque algunas anécdotas que lo prueban. A su tía Soledad -en cuya casa de Coveñas, pasaron ocho años consecutivos las vacaciones- Jaime se le murió varias veces. Como cuando tenía 6 años y lo llevó a pasear a una finca cerca del aeropuerto El Dorado, y precisamente porque le advirtieron que no se metiera en una zanja maloliente porque era profunda, él se fue para allá y se hundió hasta el cuello en barro podrido. Lo alcanzaron a sacar, y era tal la hediondez que despedía que lo tuvieron que envolver en papel periódico para subirlo al carro. En otra ocasión, en un paseo escolar a los Llanos se tiró desde un puente altísimo porque lo retaron a que si lo hacía le regalaban una cámara de fotos, y él no lo pensó dos veces y se lanzó. Se reventó la nariz y no se mató porque el río esta crecido. Y otra vez tuvo el peor accidente. Sin saber a qué horas se cayó y terminó debajo del bus del colegio. Quedó privado y en el hospital le dijeron a doña Daisy, su mamá, que si no despertaba en 72 horas podía morir. Se le averió un oído pero se salvó.

Cuando iba a Honda, la tierra de su familia materna, le gustaba sentarse sobre el puente Agudelo en una banca a leer el periódico; botar hoja por hoja al río y después quitarse la ropa y, desde la altura del puente, arrojarse al río en calzoncillos. Cada cuento demuestra que desde niño Jaime Garzón tenía la curiosidad y la audacia más desarrolladas que el instinto de conservación.

También desde muy chico tenía marcado el sentido del servicio, si se quiere, al extremo de tener vocación de mártir. "Era una especie de ángel gordito totalmente puro y estudiando para santo; se acostaba temprano y madrugaba", recuerda Alfredo. Era una familia muy piadosa. Alfredo y Jaime fueron acólitos, y el primero se metió a jesuita por tres años. Marisol, la menor, fue monja durante ocho años. Si bien Jaime estudió primero en colegios laicos, el Sócrates para Varones y el cooperativo de Cedritos para Hijos de Educadores, luego fue al Seminario Menor, donde monseñor Héctor Gutiérrez Pabón, el hoy arzobispo de Chiquinquirá, "trató de domesticar esa alma rebelde", al decir de su hermano.

Apenas salió Gutiérrez del seminario, "el alma rebelde" fue a dar a la calle. Y ahí empezaron las canas de doña Daisy. Entró luego a la Normal para Varones de las Hermanas de la Paz, y seis meses antes de que se graduara, "una monja que no sobrevivió a la inteligencia descomunal de Jaime" lo echó. Encontrar colegio a semejantes alturas no era fácil. Pero en la Normal de La Salle lo recibieron y allá salió bachiller. Pero no salió sin hacerse sentir. No hubiera sido Jaime Garzón. Fue escogido como el mejor normalista del Distrito Especial de Bogotá, y la misma monja que lo había expulsado tuvo que darle la distinción.

Esa vocación religiosa no parece haber sido beata. El abuelo materno de los Garzón Forero, que era de Ubaté, era un liberal radical, crítico agudo y de humor ácido, que heredó doña Daisy (hoy de 79 años y muy enferma). Ella, que había sido enfermera antes de casarse, leía el periódico temprano y les marcaba a los hijos lo importante para que no lo olvidaran. "Fuimos criados para servir a los demás", dice Marisol, quien explica además que eran amplios y generosos por su origen tolimense, de donde era su abuela materna.

La veta humorística también viene de familia. Al papá de Jaime, don Félix, de profesión tabulador, le decían 'Resorte' por ser gran bailarín e imitador de cantantes como Alberto Beltrán. Murió cuando Jaime tenía apenas 7 años. La mamá sabía sacarle parecidos a todo el mundo, y a ella -dice Alfredo- le heredaron la inteligencia y el humor.

Desde que estaba en el colegio, Jaime imitaba la voz del hermano rector para darle órdenes a la muchacha de que le diera un buen desayuno y la del sonido del pito del Volkswagen del cura y cuando salían a abrir se escondía. Era burletas y exasperaba a la gente y aprendía demasiado rápido.

Para algunos amigos de Jaime, de los años posteriores, la marca religiosa fue excesivamente dura; la madre demasiado exigente; y Jaime desmesuradamente sensible. Por eso sufrió en su infancia y adolescencia porque quisieron doblegar su espíritu indómito en lugar de incentivarlo. Alfredo asegura, por el contrario, que crecieron en un matriarcado cariñoso y feliz, liderado por la mamá, con siete tías y siete primas.

Recién graduado del colegio se metió a la Universidad Pedagógica a estudiar física. No duró mucho, pero su paso por allí lo conectó con algunos maestros que ya militaban en el Ejército de Liberación Nacional. Ellos lo llevaron a la Universidad Nacional a escuchar las clases de economía política del profesor Beethoven Herrera. A los 18 años se cambió a la Nacional a estudiar derecho y pronto se metió a militar con los elenos. No fue guerrillero de fusil y si fue al monte alguna vez fue para conocer. Sólo asistía a los grupos de estudio y análisis; hacía activismo universitario, quizás alguna pintada. "Ya se le veía la agudeza a Jaime", dice el profesor Herrera, doctorado en economía, catalogado año tras año como el mejor maestro en la Nacional y en el Externado. "Al estudiar conmigo yo le enseñé a que canalizara esa habilidad de imitador, de burlón, para revisar la historia, para hacer crítica política".

El ELN, liderado por Fabio Vásquez Castaño, había entrado en una paranoia tal que, como lo documenta en extenso Joe Broderick en El guerrillero invisible, comenzó a perseguir con más saña a sus militantes que a sus enemigos. Vásquez se fue a Cuba y estalló el llamado Replanteamiento de muchos de sus miembros. Eso duró poco y el grupo guerrillero se volvió a cerrar. Ahí muchos, entre los más inteligentes, resolvieron salirse de la actividad guerrillera. En ese proceso nuevo de debatir sobre cómo transformar la sociedad de otro modo, se creó un grupo de pensamiento llamado jocosamente 'El Rotundo Vagabundo'. En esa tertulia de amigos que se ha reunido por años estaban, entre otros, el 'Maestro' Herrera, el 'Tigre' Alonso Ojeda, el 'Periodista', Hernando Corral y Jaime Garzón. "Conocí a Jaime ahí, era un pelado mamagallista", dice Corral. "Eramos como sus padres y madres", dice Herrera. Allí Jaime no se burlaba, ni imitaba a nadie. Y se aguantó regaños fuertes que cuestionaron su excesivo idealismo. "No podía pretender que podía hacer un proceso de paz tan solo; podía reventarse haciéndolo", dice uno de sus amigos de 'El Rotundo'.

Nadie lo pudo convencer

El 13 de agosto Beethoven Herrera -como la mayoría del país- se enteró por radio de que habían atentado contra Jaime las 5:45 de la mañana. Llamó a la Tuti, a los amigos del 'Rotundo' y les avisó. Salió a recoger a la mujer de Jaime y se fueron juntos al lugar de la tragedia. Allí lo vio de lejos, tirado en el piso cubierto con una sábana. No quiso acercarse. Tampoco quiso ir al Capitolio al entierro de estadista que le hicieron. Allá había mucha gente que no comprendió de lo que él se burlaba, nunca entendió su mensaje, y sin embargo allá estaba llorándolo, pensó.

Cuando escuchó el teléfono, Tuti pensó que era Jaime, que solía llamarla en el trayecto al noticiero. Pero no. Era Beethoven. "Ese momento lo recuerdo como si la vida misma se hubiera suspendido en un vacío", dice hoy Tuti.

Al hoy senador Rafael Pardo, que había conocido en una reunión del 'Rotundo', y su esposa Claudia de Francisco no se les olvida el día porque también es la fecha del cumpleaños de su hija Laura. "Apenas supe me fui donde la Tutifruti", dice Claudia, la tristeza, el dolor, fue un gran amigo por más de 10 años".

Su hermana Marisol se enteró porque se lo contó una amiga, cuando se estaba arreglando. No hallaba qué hacer. Se acabó de vestir. Dejó un mensaje grabado en el contestador: "Mataron a mi hermano Jaime, por favor llamarme al celular.". Se fue donde su mamá y la abrazó al darle la noticia. Se fue donde Tuti y de ahí llamó a la hermana Margarita, como de la familia, para que se fuera a acompañar a la mamá.

Antonio Navarro no se acuerda si le llegó la mala noticia cuando ya había llegado al aeropuerto, ni siquiera, si tuvo que devolverse de Medellín a donde Jaime ya no llegaría. Nada. Le quedó todo en blanco. Son tantos los amigos que ha enterrado que se le confunden las historias. "Había pensado que uno se va insensibilizando frente a la muerte, pero no, dice, cada vez que hay un amigo muerto es igual al primero, el mismo dolor".

Pensó que debían hacerle un entierro del tamaño de su importancia y sugirió a la familia que lo velaran en el Capitolio. Solo en la Plaza de Bolívar cabría tanta gente, creyó. Tenía mucho arrepentimiento porque Jaime, de quien se había hecho amigo hacía poco, pero con mucha intensidad, le había contado que necesitaba hablarle urgente. El le había dicho que no tenía tiempo, que hablarían cuando fueran a Itagüí. Quizás si le hubiera hablado lo habría convencido de que se fuera.

Fue lo que trataron de hacer muchos de sus amigos que se enteraron de la gravedad de las amenazas. Pero Garzón no quiso hacer caso. Sí hizo planes para irse del país quizás a Inglaterra. "No creyó realmente que alguien se atreviera a matarlo", dice un amigo, "que su alto perfil lo protegía". Otro asegura que estaba demasiado convencido de que " él no había hecho nada malo y por tanto no le pasaría nada". Tuti asegura que llegó a creer que "sus enemigos iban a entender y le iban a perdonar la vida". Y otro amigo entrañable señala que fue por su formación cristiana que caminó, como los antiguos cristianos entraban en el circo de los leones, con el pecho en alto y la dignidad intacta de hombre bueno, directo al cadalso.

Intuir que se está en riesgo no es lo mismo que saberlo a ciencia cierta. Sentirlo no es lo mismo que conocerlo racionalmente. Y así como Jaime Garzón presintió el peligro, también acudió a lo que siempre le dio resultado en la vida; a su enorme poder de seducción. Ese carisma lo había llevado a donde quería, lo había sacado de la tragedia varias veces.

Fue el que le sirvió para desactivar una amenaza directa y peligrosa que le hizo el jefe del frente 51 de las Farc por las críticas que les había hecho en Radionet. Se fue a buscarlo hasta que lo encontró y lo enfrentó. El hombre quedó desarmado y desistió de sus propósitos. Fue el poder de persuasión que intentó con Castaño el día antes de que lo mataran. Y quizás funcionó, pero no desactivó la mecha que ya habían prendido contra él.

La persistencia

No se estuvo quieto Garzón en derecho. Por el camino se fue al Sena de Barranquilla a estudiar mecánica de aviación. De ahí aprendió a volar en la Escuela de Guaymaral para Pilotos, en las afueras de Bogotá. Tuvo varias experiencias como capitán de avión, aunque nadie sabe cuáles vuelos imaginó y cuáles hizo de verdad. Cuenta, sí, un amigo que su carrera de piloto terminó una vez que, volando de Bogotá a Medellín en una avioneta, pidió permiso para aterrizar de emergencia en Mariquita. Desde la torre de control le preguntaron qué pasaba y él respondió: "Tengo que orinar". Le negaron el permiso, y le prohibieron volver a volar.

Algo parecido le pasó con su carrera de abogado (que la sacó finalmente en grado póstumo). Se puso a burlarse del rector, que según cuentan sus compañeros, era bastante pretencioso y cuando le faltaban pocas materias para terminar, lo llamó como a un perro "ks, ks,". Eso le valió la expulsión. En su homenaje, Jaime le puso Leopoldo, su nombre, a su enorme perro negro que lo acompañó hasta la muerte. Años más tarde intentó sacar una maestría en ciencia política en la Javeriana, pero no terminó tampoco.

A pesar de estas historias -que revelan cierta veta autodestructiva- Garzón casi siempre puso el humor al servicio de su búsqueda política. Fue con un pergamino, quemado con cigarrillo y escrito en imitación de lenguaje español antiguo que logró que Claudia de Francisco lo recibiera en la sede de la campaña de Andrés Pastrana a la Alcaldía de Bogotá que ella gerenciaba. "Vengo de conocer a la izquierda, ahora quiero trabajar con los goditos", dice Claudia que le dijo Jaime.

Se vinculó ad honorem a la campaña y de perifoneador se convirtió en un mes en jefe de giras. Encantó a todo el mundo con sus imitaciones y sus chistes. Ganó Andrés y nombró a Jaime Alcalde de la localidad de Sumapaz, la zona guerrillera de Bogotá. Y según todos los recuentos fue un gran alcalde. Se fue, despacho por despacho, a conseguir lápices y cuadernos para los niños, casa para la maestra, recursos para los servicios públicos y visitó todos los medios de comunicación para que se familiarizaran con los problemas de esa localidad. Fue alcalde desde julio 20 del 1988 hasta marzo de 1989. Fue destituido por no haber abierto a tiempo una urna triclave en unas elecciones. Demandó la decisión y ganó el pleito poco antes de morir. No alcanzó a recibir su dinero.

No aplicó su seducción sólo para la política. También fue un seductor puro: con las mujeres. Su primera novia fue una maestra suya. Le llevaba diez años. Gloria, la Tuti también era cuatro años mayor que él. La conoció cuando era un estudiante de 22 años en 1983. "A los pocos días hicimos un pacto tácito de complicidad que se fue renovando a lo largo de toda la relación", recuerda ella. Le ayudó a financiarse los estudios y lo apoyó siempre. Fue, sin duda, un gran amor. (Hoy vive en Europa, casada con un noruego, quien curiosamente Jaime le presentó). Pero Jaime vivía fascinado con el género femenino y tuvo muchos amores, algunos correspondidos y otros no. Unos famosos, como los que tuvo con las actrices Margarita Rosa de Francisco y Flora Martínez, y otros discretos. Era caprichoso y se dolía con facilidad. Siempre volvió donde Tuti, era su 'polo a tierra'.

Tres acercamientos y mucho carisma lo llevaron al siguiente capítulo que lo llevó a la fama: la televisión. Cuando se posesionó de alcalde, Hernando Corral lo grabó y de paso, varias imitaciones suyas a los políticos. Ahí descubrió su potencial. Claudia de Francisco lo había presentado a un casting para un comercial del Banco de Colombia que nunca se hizo, porque la agencia dijo que no había visto "un señor con tantos dientes tan feos". Eso lo desafió. Y, cuando era alcalde de Sumapaz, con frecuencia iba a visitar a Olga González al diario La Prensa. Allá conoció al periodista Eduardo Arias, quien se maravilló con su capacidad de imitar y lo recomendó para un programa de humor que querían hacer en Cinevisión. Eso fue Zoociedad y su personaje Emerson de Francisco (en honor a Claudia). Estuvo al aire desde octubre de 1990 hasta agosto de 1993.

Fue un programa más sofisticado e inteligente que popular. Le abrió a Garzón las puertas de la sociedad por lo alto. Allí se hizo famoso en los círculos de poder: la farándula, los periodistas, los políticos. Su siguiente programa cómico fue Quack. Lo acercó más a la gente y su nombre creció. Con sus personajes Dioselina y Héctor Elí empezó a criticar de abajo para arriba y eso hizo que más personas se identificaran con él. Si Zoociedad fue puro humor, Quack fue pura crítica política. Y llegó a meterse en la entraña de la gente con su último personaje Heriberto de la Calle, el embolador. Era un humor más sencillo si se quiere, pero el que lo lanzó al estrellato e hizo su muerte tan profundamente ofensiva para la gente.

En una entrevista en televisión confesó que "tenía una práctica conceptual de la vida que es decir la verdad" . Pero esa verdad no sólo la dijo con humor, sino también en serio. Antes de empezar su carrera televisiva, y paralelo a ella, Jaime Garzón trabajó con el PNR primero ayudando en los recorridos a empujar el programa. Luego se fue a trabajar con Manuel José Cepeda a empujar la Constitución. Con sus ideas y su coordinación se hizo el exitoso programa La tutela factor humano, que contaba la historia de las primeras tutelas exitosas. Además colaboró en el diseño de cuñas que divulgaban los derechos contemplados en la Constitución y decía, según recuerda Manuel José Cepeda que "él era el patinador con acceso a cualquier sitio que se requiera del Estado para empujar la causa de la nueva Constitución". De ese trabajo pasó a asesorar al presidente César Gaviria en algunos de sus discursos. Incluso el que pronunció cuando se posesionó como Secretario General de la OEA, lo escribió en parte Garzón.

Pero nunca dejó de defender la Carta del 91, ni los derechos. Incluso su personaje de Godofredo Cínico Caspa -construido con el libretista de Quack, Antonio Morales- era una manera de representar al abogado insensible a los derechos de los más vulnerables, pegado a la norma para defender sus intereses, desconectado de la gente.

La extraordinaria capacidad de Jaime Garzón para criticar donde dolía, para exponer, como dijo un amigo, con toda la crudeza, "la vacuidad del poder, el bluff de los artistas, la insensatez humana", combinada con su enorme carisma, hicieron de él la leyenda que crece cada aniversario de su muerte.

¿Qué quería Garzón?

Político, revolucionario, rebelde, cómico, cortesano del poder, al fin, ¿qué buscaba Garzón? No hay consenso. Para algunos se acercó demasiado al poder, cometió el error de creer que porque entretenía a los poderosos los podía cambiar y eso lo mató. Quizás quienes lo conocieron más sostienen que quiso usar el humor, con todo su poder, como herramienta de conciliación. Y desde ahí estaba, poco a poco, construyendo un proyecto político. "Nos decía en Zoociedad que quería ser presidente de la República y a nosotros nos daba risa, o creíamos -erróneamente pienso hoy- que era pura ansia de figurar", dice Eduardo Arias. En realidad, sólo después, cuando lo observó en una de sus famosas comidas al lado de Myles Frechette, el fiscal de turno, los ministros, se dio cuenta de que Garzón quería crear el espacio para que se pudieran decir las cosas de frente pero con civilidad, sin matarse.

Unir, conciliar, acercar criterios, dice Cepeda que era el arte de Garzón en su trabajo de defensa de la Constitución que levantaba tantas pasiones encontradas. Y Navarro cuenta que con él se idearon la carta pública al ELN y al gobierno para descongelar el proceso de paz, que dio lugar a la comisión facilitadora. También contó que Jaime estaba pensando la posibilidad de lanzarse ala Cámara de Representantes en 2002.

¿Previeron todo esto quienes lo mataron, en un maquiavélico intento por frenar a un poderosísimo aliado de la paz? No es probable. La triste realidad es que lo mataron por mucho menos, porque en Colombia se mata fácil, sin saber el valor de una vida. Según la Fiscalía que acusó a Castaño como autor intelectual y a Bochas y Toño como autores materiales, se trató de un encargo que le hizo el jefe de las autodefensas a los sicarios porque consideraba que Garzón, quien había intervenido en varios secuestros para ayudar a las familias a rescatar a sus seres queridos, estaba lucrándose con ello y, de paso ayudando a las Farc en su propósito.

La Fiscalía gastó muchos recursos y tiempo en dilucidar si, en efecto, Garzón había ganado dinero con su gestiones. No encontró nada. En el expediente no hay un sólo indicio que demuestre tamaña barbaridad. Aunque tenía mil defectos -impaciente, conflictivo, infiel, y, hasta pantallero- el alma de Jaime Garzón estaba hecha de otra cosa.

El juicio lleva un año, pero según uno de los grupos de abogados que representan la parte civil del caso, la Comisión Colombiana de Juristas, no se completaron todas las líneas de investigación que pueden conducir a la participación de agentes del Estado en el crimen, y la testigo fundamental contra los sicarios es muy débil, pues dice haberlos visto y reconocido desde un cuarto piso y a la distancia en la mala luz de la madrugada. "Esto va para la impunidad", dijeron.

El corazón

A Garzón lo mató el corazón, en realidad. Una generosidad sin límites que lo llevó a buscar de todas las formas la liberación de los secuestrados de la vía al Llano, y de muchos otros, al punto de enfrentarse con las autoridades y ganarse regaños de sus amigos. Todos le advirtieron que ese era un asunto peligroso, que había mucha corrupción, pero él se metió.

Así como se metió por todos lados para convencer a la guerrilla que a un amigo al que habían declarado objetivo militar, era en realidad un demócrata. Así como regalaba lo que le llegara por su trabajo con exuberancia y sin control: pasajes e invitación con todo a Navarro y a su familia a las Islas del Rosario o pasajes y hotel para los asistentes de Zoociedad cuando se ganaron el India Catalina.

Y generoso de todo corazón con su disposición a pedir excusas cada vez que metió la pata con los amigos: con las Marías a las que les gritaba desde el primer piso su perdón o con Daniel Coronel que le explicó en todos los tonos que no quiso ofenderlo cuando dijo en broma que él escribía las columnas de su mujer.

No le cabían en la cabeza por eso, ni las mentiras verdaderas (el decía muchas mentiras de mentira, de fantasía) ni la violencia. En una conferencia en la Universidad del Valle que dictó hacia finales del gobierno de Samper -y que por cierto hizo reír a todo el mundo a carcajadas- contó que cuando tuvo que llevar la Constitución al pueblo wayúu y les leyó el artículo 11, de que nadie podrá ser sometido a pena cruel, trato inhumano o desaparición forzada, el traductor dijo en wayúu: "Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie ni hacerle mal en su persona aunque piense y diga diferente".

El país no puede olvidar que Garzón vivió para defender esa máxima de vida. Honrarlo es comenzar a hacerla realidad, empezando por hacer justicia con quienes no la cumplen.

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