Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/04/21 00:00

Un cura de armas tomar

Camilo Torres, el sacerdote guerrillero, se lanzó a la lucha en nombre de sus convicciones religiosas, y con su muerte se convirtió en el Che de los católicos.

La familia Torres está conformada por el médico Calixto Torres, su madre Isabel, su hermano Fernando y sus dos medio hermanos, Gerard y Edgar Westendorp

E l 15 de febrero de 1966, el sacerdote Camilo Torres Restrepo, quien hacía pocos meses había cambiado la sotana por el uniforme verde oliva de guerrillero, se alistaba, con otros miembros del naciente Ejército de Liberación Nacional (ELN) para entrar en combate. Mal alimentados y con escasas armas, permanecían atrincherados entre los matorrales al lado de un pequeño camino, a la espera del paso de un pelotón de soldados.

Pocas horas después del amanecer, una columna de la batería 120, adscrita al Batallón Bogotá, empezó a recorrer el camino en fila india. A la orden acordada, los guerrilleros abrieron el fuego, pero la sorpresa del ataque pronto se perdió. Los militares que quedaron afuera de la manigua empezaron a repeler la emboscada. En medio de la confusión, Camilo salió de su escondite para tomar el fusil de un militar que yacía muerto en el camino. De repente, un sargento que estaba herido en el suelo disparó su carabina M2. Dos tiros alcanzaron al sacerdote en el hombro y el abdomen, y lo dejaron mortalmente herido. Al ver lo ocurrido, tres compañeros hicieron lo posible por sacarlo del camino, pero también terminaron muertos.

Ese día, dos balas calibre 30 milímetros pusieron fin a la vida de Camilo Torres, pero marcaron el inicio de un mito que aún hoy, a pesar del tiempo y el olvido de muchos colombianos, sigue alimentando la guerra y la esperanza de unos ideales cristianos aún por realizar. El sacerdote bogotano se convirtió en el prototipo del cura guerrillero y en el pionero de la Teología de la Liberación en Latinoamérica, al demostrar que la fe y la revolución podían tener el mismo camino.

Jorge Camilo Torres Restrepo nació en el seno de una acomodada familia bogotana, el 3 de febrero de 1929. Su padre era el reconocido médico pediatra Calixto Torres Umaña, y su madre, Isabel Restrepo Gaviria, quien ya tenía dos hijos de su primer matrimonio con Carlos Westendorp. A los 2 años fue llevado por su familia a vivir, entre 1931 y 1934, en Bélgica y Barcelona. Al regresar a Bogotá, a los 8 años, entró a estudiar la primaria en el Colegio Alemán, pero como fue cerrado a raíz de la Segunda Guerra Mundial, hizo el bachillerato en el Liceo de Cervantes, donde se graduó en 1946. Allí escribía y publicaba El Puma, un periodiquito que criticaba a los profesores, en los que mostraba su rebeldía y cuyo lema decía: 'Diario semanal, aparece cada mes'.

Comenzó a estudiar derecho en 1947 en la Universidad Nacional de Colombia, pero después de un viaje a los Llanos encontró respuestas al vacío que sentía en su interior. Tras un profundo análisis, descubrió que quería entregarse a la vida religiosa. Fue aceptado en la comunidad de monjes dominicos en Chiquinquirá, pero como sabía que su familia no aceptaría su decisión, dejó una nota para sus padres al partir. Isabel encontró la carta y alcanzó a su hijo en la estación del tren. Lo encerró por varios días, pero al fin la voluntad de Camilo se impuso. Pero no sin hacerle una concesión a su madre, quien consideraba que la de los dominicos era la orden más atrasada del mundo. Por ello se matriculó en el Seminario Mayor de Bogotá, donde se ordenó en 1954, antes de tiempo, gracias a su excelente desempeño académico. Tanto fue su éxito, que fue enviado a Bélgica a estudiar sociología en la Universidad de Lovaina.

En Bélgica Restrepo entró en contacto con corrientes de la Democracia Cristiana y con sacerdotes obreros. Los fines de semana visitaba a los mineros, a la vez que trataba de acercarse desde la academia a los problemas de la desigualdad y la pobreza. De hecho, su tesis de grado de 1958 aborda desde la estadística la realidad socioeconómica de la capital colombiana. El texto sería publicado en 1987 bajo el título 'La proletarización de Bogotá'. Según las memorias de Isabel Restrepo, Camilo Torres vivió un año en un pequeño pueblo de Bélgica. Después estuvo en París, donde trabajó con el Abate Pierre recogiendo basuras con indumentaria de obrero.

Pero tal vez su mayor influencia revolucionaria, según admiten dos de sus biógrafos, Walter J. Broderick y Orlando Villanueva Martínez, fue su encuentro con grupos de cristianos que colaboraban clandestinamente en la lucha por la independencia de Argelia contra el poderío francés. Fue allí donde Camilo conoció a Guitemie Olivieri, quien sería su secretaria privada. Por primera vez vivió la emoción de sentirse involucrado en una guerra revolucionaria y descubrió que era posible forjar un matrimonio entre el cristianismo y las convicciones de la gente que tomaba las armas por la causa de la liberación. En este grupo empezó a desarrollar la idea de conformar un Frente Unido en el que los campesinos serían la vanguardia de la revolución.

A su regreso a Bogotá, en 1959, fue nombrado capellán auxiliar de la Universidad Nacional, en donde creó, junto a Orlando Fals Borda, la facultad de sociología. En la Ciudad Blanca, Camilo pronto se vio inmerso en un ambiente de efervescencia juvenil en el que estudiantes de las más diversas disciplinas adherían al régimen recién instalado en Cuba. Incluso algunos que habían viajado a estudiar a La Habana no demoraron en renunciar a las aulas para prepararse política y militarmente. Serían el germen del Ejército de Liberación Nacional, o ELN.

Como capellán y profesor de la Nacional, y después como activista político, Torres estaba profundamente convencido de que el cristianismo bien entendido suponía la creación de una sociedad justa e igualitaria. Y de que sin la revolución, es decir, un cambio radical de las estructuras de poder, la eucaristía carecía de sentido.

Ese principio lo llevó a transformar de manera creciente el establecimiento, que al ver a Torres Restrepo como una amenaza, le empezó a cerrar las puertas. Sus problemas comenzaron en 1962, cuando se enfrentó a la rectoría de la Universidad, que había expulsado injustamente a dos estudiantes. El arzobispo de Bogotá, Luis Concha Córdoba, recién nombrado cardenal, le pidió la renuncia y lo envió como cura (párroco) a la parroquia de La Veracruz. Torres se las ingenió para ingresar a la Esap, donde organizó cursos de capacitación de reforma agraria, acción comunal, viajó por el país y conoció la realidad del campesinado. Diseñó una granja experimental en Yopal para preparar técnicos. También entró a la junta directiva del Incora y mantuvo sus acciones sociales en los barrios del sur del Bogotá y en Cogua. Todo esto sin dejar de ser el lector infatigable que siempre fue.

Retirado de la Universidad Nacional fue nombrado decano del Instituto de Administración Social (IAS), dependencia de la Escuela Superior de Administración Pública (Esap). En realidad, Camilo pasó de un polvorín a otro quizá más explosivo, donde se debatían temas tan álgidos como la reforma agraria y los movimientos campesinos de lucha por la tierra. Como en todos sus proyectos, Camilo se entusiasmó con este nuevo trabajo, que le permitía generar propuestas para solucionar los problemas del campesinado. "Él pensaba que la revolución se podía hacer desde arriba, con la financiación del Estado, pero la realidad le demostraría que este camino no era posible", dice Orlando Villanueva Martínez, quien acaba de publicar el libro Camilo, pensamiento y proyecto político, que completa una serie de trabajos sobre la vida de este sacerdote.

Frente a esta dificultad, el sacerdote decidió "comenzar por la otra punta", es decir, desde abajo. Se dio a la tarea de organizar a la clase popular para tomar el poder mediante una organización que se llamaría el Frente Unido. En octubre de 1964 convocó a un grupo de intelectuales colombianos a elaborar un volumen de soluciones a los problemas del país, pero nadie apareció. Por eso asumió personalmente la tarea de redactarlas, lo que daría origen a la plataforma del Frente Unido. Allí plantea una reforma agraria y urbana, la nacionalización de los bancos, la energía y la seguridad social, en un marco de libertad de cultos y de opinión.

En su último año de vida -de febrero de 1965 hasta febrero de 1966-, Camilo participó en un doble juego: por un lado, dedicó su considerable energía a construir el Frente Unido, viajando a todos los rincones del país para dirigirse a miles de colombianos que colmaban las plazas públicas para escuchar sus planteamientos revolucionarios y antioligárquicos. Por el otro, se comprometió en secreto a apoyar la lucha armada, después de reunirse en la clandestinidad con Fabio Vásquez Castaño. Había tratado de contactar a las nacientes Farc, pero el 7 de enero de 1965, el ELN se inauguró al atacar el pueblo de Simacota (Santander). Allí divulgó su propuesta revolucionaria y Camilo se sintió atraído por la audacia del nuevo grupo y por su proclama política afín con sus ideas. "Con gente como esta se podría trabajar", dijo. Y el joven sacerdote no tuvo mayor dificultad en relacionarse con esos nuevos guerrilleros, pues algunos eran sus más cercanos amigos.

El 26 de junio, tras un largo cruce de cartas con el cardenal Luis Concha Córdoba, la Iglesia aceptó su reducción a estado laico, y el 27 de junio ofició su última misa en la iglesia de San Diego. En agosto, tras una intensa campaña nacional de agitación política y actividad intelectual, comenzó a publicar el semanario Frente Unido, en cuyo primer número insertó un Mensaje a los Cristianos: "Lo principal en el catolicismo es el amor al prójimo... Este amor, para que sea verdadero, tiene que buscar eficacia. Si la beneficencia, la limosna, las pocas escuelas gratuitas, los pocos planes de vivienda, lo que se ha llamado 'la caridad', no alcanza a dar de comer a la mayoría de los hambrientos, ni a vestir a la mayoría de los desnudos, ni a enseñar a la mayoría de los que no saben, tenemos que buscar medios eficaces para el bienestar de las mayorías... Es necesario quitarles el poder a las minorías privilegiadas para dárselo a las mayorías pobres... La revolución no solamente es permitida sino obligatoria para los cristianos que vean en ella la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos".

Camilo endureció su discurso y decidió irse el 18 de octubre de 1965 al monte. Temía que su vida corriera peligro en la ciudad, según recuerda su amigo monseñor Germán Guzmán, autor de la biografía El padre Camilo. Su ausencia deterioró rápidamente el Frente Unido. A comienzos de 1966, Camilo difundió desde las montañas de Colombia su 'Proclama al pueblo colombiano', en la que anunciaba su presencia en las filas guerrilleras y convocaba a los colombianos a empuñar las armas en una guerra total contra el poder establecido. Aparecieron fotos suyas con un fusil al hombro prestado para la ocasión. Pidió ser tratado como cualquier otro guerrillero y se propuso conseguir uno, el mismo que trató de tomar en la emboscada del 15 de febrero de 1956 en la zona rural de San Vicente de Chucurí, en Patio Cemento. Camilo Torres Restrepo, el cura guerrillero, cayó muerto en su primera acción militar.

El entonces comandante de la Brigada, coronel Álvaro Valencia Tovar, reconoció dos días después el cuerpo de su antiguo amigo. Y, como le reveló esta semana a María Isabel Rueda, por orden superior lo enterró en la selva, envuelto en plástico, cerca de una gran ceiba. Tres años después ordenó trasladarlo a Bucaramanga, en donde sus restos fueron los primeros en ocupar el panteón militar recién construido. Allí permanecieron hasta 2002, cuando le fueron devueltos a su hermano Fernando Torres. El gobierno y los militares pensaron que de conocerse su paradero, se habría convertido en un lugar de culto, de peregrinación y de agitación social, por lo que prácticamente el general Valencia guardó el secreto, también por petición de la familia.

Con su muerte, Camilo Torres se convirtió en el Che Guevara de los católicos, no sólo de Colombia, sino del mundo entero.

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