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| 6/24/2006 12:00:00 AM

Un escritor llamado Alberto Lleras

Alberto Lleras Camargo era un gran escritor que fue dos veces Presidente de la República. Se le consideró también como el mejor locutor del país, y tal vez lo fuera por su voz diáfana y su dicción perfecta, pero de las muchas y grandes palabras que se le oyeron en su vida pública, fueron muy pocas las que no escribió antes de decirlas. Su día estelar fue el 10 de julio de 1944 cuando un grupo de militares sedicioso se apoderó en Pasto del presidente de la República, Alfonso López Pumarejo, en un momento en que el perio­dismo radial estaba en pañales. Alberto Lleras, ministro de Gobierno, se llevó para el Palacio de la Carrera los micrófonos de la Radio Nacional, y mantuvo al país durante el día entero en un ambiente de sosiego y confianza hasta que la rebelión fue derrotada. Pues bien: todo lo que se oyó por la Radio Nacional en aquel día memorable lo había ido leyendo Lleras ante el micrófono a medida que lo escribía, para estar seguro de que no habría noticias que rectificar, ni promesas vanas de qué arrepentirse. El prestigio de su voz y la credibilidad de su palabra fueron héroes de la jornada.

Ese locutor imperturbable consagró en Colombia un estilo político que no tuvo antecesores ni herederos. Era consciente de su poder natural. A los 16 años lo habían nombrado lector en el refectorio del colegio del Rosario, en Bogotá, por la misma razón de su voz, fuerte y bien entrenada en recitales de poesía. Sus actos públicos se amenizaban con discursos elegantes que más bien parecían lecciones de educación cívica. Así se entiende que no se destacara como orador legislativo en un Congreso Nacional cuyas gracias retóricas contaban más que la inteligencia. No intervenía en los debates porque no se admitían discursos escritos, pero cuidaba hasta la última coma la redacción de sus leyes, y son piezas ejemplares. Había nacido a tiempo para eso. De haber sido ahora, con la inclemencia de la televisión y los congresos turbios de hogaño, tal vez se habría quedado escribiendo otra clase de obras maestras en su casa.

(...) Los libros claves de una vida son los que se leen en la primera juventud. Lleras les fue fiel y siguió releyéndolos mientras tuvo aliento. Los conoció en la biblioteca de su tío paterno, Santiago Lleras, pastor nemoroso de un millar de libros bien escogidos y empastados en piel. No ha sido muy explícito sobre qué y cuánto leyó de verdad, pero en la biblioteca del tío abundaba la literatura clásica y la española del siglo XIX. Aprendió además a leer en francés y en inglés con la ayuda de su 5 en latín y sus diccionarios ilustrados. Cuando se inició en el periodismo profesional había contraído la fiebre universal de los escritores y poetas malditos de Francia: Bau­delaire, Huysmans, Villiers de L'Isle-Adam. Sin embargo, lo más seguro es que sus lecturas fueran de queso gruyere. Es decir: apeti­tosas pero llenas de agujeros, como las de la inmensa mayoría de los escritores sin formación académica, autodidactas voraces que leen 10 no sólo por el placer sino por descubrir cómo están escritos los libros ajenos para escribir los suyos. Con razón: no se ha inventado otra manera de aprender a escribir.

Las calificaciones del joven Lleras en el colegio del Rosario son relevadoras. En los dos años sacó 5 en latín y retórica, lo rajaron en metafísica y pasó raspando con un 3 en gramática. Este chasco final es típico de los escritores sublevados desde niños contra las camisas de fuerza que quieren ponerles sus maestros. La verdad es que el Alberto Lleras del bachillerato era olvidadizo de lo que no quería saber, y casi clarividente para lo que le gustaba. De don José Manuel Marroquín, autor de una ridícula ortografía en versos rimados que se enseñaba de memoria y a la fuerza en las escuelas, decía que era un viejo retrógrado y un gramático duro y despótico. De modo que la mala nota en metafísica debió de ser una ocurrencia salomónica de monseñor Rafael María Carrasquilla, su rector y maestro, para de­volverle a Alberto Lleras su libre albedrío. Monseñor le dijo: "Lo paso en el examen de metafísica si me da la definición de tiempo de Santo Tomás". Alberto Lleras, por fortuna, no la sabía, y la califica­ción de 2 le cerró las puertas del colegio y le abrió de par en par las de la vida.

Es decir: no fue bachiller porque no era urgente ni irreparable para lo que él quería. Pues los escritores predispuestos de natura tienen la intuición de su arte, como el oído primario de los niños músicos, y prefieren abandonar la academia para volver quizá cuando tengan más tiempo que perder. Alberto Lleras lo pensó, pero a una edad en que ya "el oficio de periodista me había cogido entre sus voraces ruedas". En efecto, había hecho sus primeras armas en La República de Alfonso Villegas Restrepo, a los 17 años, y había pasado después a El Espectador, donde ingresó a la cofradía de los grandes del gremio. Más tarde, cuando lo aceptaron en la facultad de derecho sin ser bachiller, prefirió matricularse en la redacción de El Tiempo.

Sus recuerdos de esa época dejan la impresión de que todo en él fue prematuro. Son tantos y tan diversos que cuesta trabajo encon­trarles lugar en el orden del tiempo. Militó en Los Nuevos, una generación de poetas y escritores brillantes que se impuso con voz fuerte en la cultura nacional. Se entregó con tal entusiasmo a la bohemia dura de aquellos años, que por poco no lo arrastró a la perdición. Eran, sin duda, escapatorias juveniles a la estrechez colo­nial en que vivía. "Como a todos mis contemporáneos -escribió en sus memorias- me resultaba estrecha la ciudad, el ambiente, la modorra provinciana de la que era, sin embargo, la capital del país". Desesperado, se fue a Buenos Aires sin más recursos que una carta de recomendación que le dio Laureano Gómez, y allí fue redactor de La Nación. A su regreso se casó para siempre y tuvo tres hijas y un hijo con Berta Puga, una de las últimas mujeres bravas que se fugaron de los Evangelios. Esta época crucial no se lee en sus memorias corno referencias abstractas ni alardes analíticos, sino corno evocaciones magistrales de un periodista avizor que nunca supo cuándo aprendió a escribir.

(...) No basta ser escritor sino parecerlo. Alberto Lleras era la imagen típica de un escritor de su tiempo encarnado en su propia caricatura: las espaldas triangulares, la palidez conventual, los huesos, las manos chamuscadas de fumador empedernido. Por ser periodista con todos sus vicios, no escribía con la caligrafía romántica de los letrados de entonces, sino en una Remington portátil de andar por ahí, y mejor que mejor con el susto de última hora O como dicen los periodistas: con la angustia del cierre. Los escritores fabricados por simple vo­luntarismo propio o ajeno, que son muchos y no siempre frustrados, hacen su oficio con un rigor de cajeros de banco. Los escritores naturales son devotos del azar. Escriben primero dentro de la cabeza y después ponen lo pensado en el papel cuando ya no hay más remedio. Si se logra la esquiva simetría entre los dos extremos, se genera el estado de gracia que los bisabuelos llamaban la inspiración.

Alberto Lleras era de esos. De los que esperan hasta la última hora, entre pretextos inventados y obstáculos inciertos, para demorar hasta el pánico el duelo con la máquina de escribir. En el diario El Liberal, del cual era director en 1938, estiraba la tertulia hasta la madrugada. Pues las noches no eran para improvisaciones. La candidatura de López Pumarejo para su segunda presidencia sufría una oposición encarnizada de la prensa conservadora, y parte de la liberal, y Alberto Lleras las contrarrestaba día a día desde su periódico. La radio no tenía ni mucho menos la fuerza de opinión que tiene hoy, y no se había inventado la televisión. Un teclazo mal pensado en la máquina de escribir podía causar un desastre histórico. Alberto Lleras lo sabía mejor que nadie, y esperaba con el alma en un hilo, mesándose el bigote y con el cuerpo retorcido en la poltrona como un sarmiento de alta tensión, hasta que saltara la chispa milagrosa que le salvara la vida. Entonces se daba una palmada en la rodilla y decía: Bueno, hay que trabajar. Veinte minutos después estaba escrito el editorial, justo a tiempo para el cierre tan temido. Así son los escritores: nunca están trabajando tanto como cuando parecen dormidos en la playa.

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*Apartes del prólogo al libro Memorias, editado por el Banco de la República y El Ancora editores
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