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| 9/3/2011 12:00:00 AM

Un gran hombre

Periodista, político e intelectual, Alberto Zalamea será recordado como uno de los protagonistas de la historia reciente del país.

Alberto Zalamea siempre fue un guerrero. Dueño de una cultura excepcional, era al mismo tiempo capaz de disfrutar los momentos más sencillos. Pero en marzo pasado sufrió una caída y tuvo que someterse a una complicada operación de cadera que lo obligó a guardar reposo. Desde ese instante su vida se fue apagando, en un proceso que concluyó con su deceso, el viernes en la mañana, en su casa de Bogotá.

Polifacético, este intelectual de alto vuelo fue periodista, empresario, diplomático y participó en la Constituyente de 1991. "Era un hombre muy culto y al mismo tiempo un excelente gerente", dice Nora Trujillo, quien trabajó con él cuando fue embajador de Colombia en Venezuela. En efecto, Zalamea se desenvolvía en todos los ámbitos. Podía pasar fácilmente de una conversación sobre cine y libros a un concienzudo debate político. "Su sentido de justicia enriquecía las discusiones en temas tan variados como las artes, la política y la historia. Fue un hombre adelantado a su época y sorprendentemente agudo", recuerda Álvaro Castaño Castillo, uno de sus amigos más cercanos.

No solo cultivó ese carácter en sus incontables lecturas y experiencias, pues lo traía en sus genes. Nació el 24 de agosto de 1929 en Barcelona, donde su padre, Jorge Zalamea Borda, un destacado escritor, ocupaba un importante cargo diplomático, uno de los tantos que desempeñó en el Viejo Continente. Pasó su infancia en lujosos hoteles, acostumbrado a tratar a grandes dirigentes sociales y políticos. Inquieto, desde esa época ya se notaba que el periodismo iba a ser una de sus grandes pasiones. Durante el gobierno de Mariano Ospina Pérez su familia, muy comprometida con los ideales liberales, se exilió en México mientras Alberto, de apenas 18 años, decidió probar suerte en París. Las conexiones heredadas de su progenitor le facilitaron publicar sus primeros artículos en suplementos literarios. "Como no nos mandaban plata nos tocaba sobrevivir escribiendo sobre el acontecer cultural de París", cuenta Plinio Mendoza, compañero de Zalamea en esos años.

Zalamea conoció en una fiesta en Saint-Germain-des-Prés a la joven estudiante argentina Marta Traba, con quien se casó al poco tiempo. De ese romance nacieron Gustavo, uno de los grandes pintores del arte contemporáneo colombiano, fallecido hace unas semanas, y Fernando, un brillante matemático. A su regreso al país se vinculó a los medios más importantes. Reportero, corresponsal, columnista, se convirtió en el jefe de redacción más joven de El Tiempo y desde 1959 dirigió SEMANA en su primera etapa. Poco después fundó La Nueva Prensa, una revista alternativa y crítica del Frente Nacional. En 1971, tras divorciarse de Traba, contrajo matrimonio con la artista Cecilia Fajardo, con quien tuvo una hija, Patricia.

Al igual que otras figuras influyentes de la sociedad colombiana que se mueven tanto en el periodismo como en la política, Zalamea fue concejal de Bogotá, representante a la Cámara, ministro ante la Organización Mundial de la Agricultura y la Alimentación (FAO) y embajador en Costa de Marfil, Venezuela e Italia. Esa experiencia le sirvió para perfilar su pensamiento crítico y mordaz, y llegó a la cúspide de su carrera política en 1991, cuando fue elegido como uno de los 74 miembros de la Asamblea Nacional Constituyente. Durante los cinco largos meses que duraron las sesiones fue intransigente, afilado e indomable, al punto de ganarse el apodo de 'Doctor No' por oponerse con vehemencia a proyectos fantasiosos, 'micos' o ideas que no compartía. Al final sentenció: "Estamos organizando en forma atropellada el futuro desorden del país", y supo, muy lúcido, que por más constituciones que se hicieran, poco iba a cambiar mientras la sociedad no se transformara. El 4 de julio de 1991 se rehusó a participar del show mediático de la firma de la Carta magna, pues el texto definitivo no estaba listo. Fue el único que no rubricó lo que calificó como un "papel de utilería" y "un acto más de nuestra telenovela diaria".

En 1992 Zalamea volvió a su gran primer amor cuando asumió el cargo de coordinador general de Cromos. En su búsqueda por estar a la vanguardia creó un periódico digital, y en la última etapa de su vida se preocupó por transmitir su conocimiento a las nuevas generaciones como decano de Comunicación Social de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Su familia y amigos lo recuerdan como un hombre cariñoso, cálido y de buen humor. "Era un sibarita. Tenía un paladar exquisito y no le importaba gastarse una hora en carro para ir al mejor restaurante", señala Juana Uribe, una de sus sobrinas. Tenía una voz poderosa y un magnetismo para hacer amigos en todas partes. Intelectual, pero práctico; político íntegro; gran pluma; amante de lo bello. En últimas, un hombre del Renacimiento, de esos que no nacen todos los días.
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