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| 11/5/2011 12:00:00 AM

Un guerrillero radical

Alfonso Cano llegó a las Farc como un joven ideólogo universitario, se hizo viejo en el monte y murió luchando por los ideales de una guerrilla campesina y anacrónica. Perfil de un radical que tomó las armas y murió derrotado.

Más de 30 años tuvo que esperar Alfonso Cano para llegar a ser el máximo comandante de las Farc, pero ni su inteligencia, ni su olfato político y ni su sagacidad aprendida de los viejos guerrilleros le sirvieron para esquivar la misma suerte de varios de sus compañeros que terminaron su vida revolucionaria muertos por las fuerzas del Estado.

Guillermo León Sáenz Vargas, como se llamaba Alfonso Cano, había empezado su militancia revolucionaria poco tiempo después de entrar a estudiar Antropología en la Universidad Nacional en 1968, como militante de la Juventud Comunista (Juco). Nacido el 22 de julio de 1948, era el quinto de siete hermanos, todos de izquierda, que habían crecido en medio de libros y discusiones políticas animadas por sus padres, ambos académicos. De todos, fue el único que se involucró con la izquierda radical en la revoltosa década del setenta, de paros, cocteles molotov y pancartas del Che.

Pronto se destacó entre los jóvenes comunistas por su férrea disciplina de estudio y porque dedicaba casi todo su tiempo al trabajo político. A pesar de que participaba activamente de los debates universitarios, su verdadera habilidad era la organización. "Era capaz de aglutinar a la gente alrededor de la juventud comunista. Era muy comprometido", recuerda el exconcejal Carlos Romero, quien fue su jefe en la Juco.

Por esos años comenzó a trabajar directamente con las Farc. Por su talante intelectual y prusiano viajó con frecuencia al Huila y a la región del Sumapaz (Cundinamarca) a dictar conferencias sobre marxismo a frentes guerrilleros. Había dejado sus estudios y su vida transcurría entre la clandestinidad y el activismo político, tanto que fue detenido varias veces. Este bogotano de clase media alta, amante de la rumba, hincha de Millonarios y buen deportista, se convirtió en un hombre de confianza para los dirigentes de la época. Era una especie de comisario político de la red urbana de Bogotá y en 1978 se convirtió en jefe de finanzas del Estado Mayor Central.

Los organismos de seguridad le seguían la pista y en 1981 allanaron su apartamento, donde vivía con su esposa y su pequeño hijo. Terminó en La Modelo, donde se destacó por su estilo analítico y su disciplina. Pasaba el tiempo en una biblioteca que fundó, estudiando y preparando su defensa.

En 1983, Cano salió gracias a la amnistía del gobierno de Belisario Betancur.Duró poco tiempo en Bogotá antes de decidir, de una vez y para siempre, irse a las montañas como guerrillero. A diferencia de otros estudiantes citadinos, Cano no tuvo que hacer carrera en ningún frente ni someterse a combates con el Ejército. Llegó a Casa Verde, donde vivían los comandantes de las Farc, en La Uribe (Meta). Muchos atribuyeron su salto a general a su fuerte empatía con Jacobo Arenas, el gran ideólogo de las Farc.

Su llegada fue ideal. Para adelantar los diálogos de paz con el gobierno de Betancur, Arenas ideó un comité asesor de jóvenes con calibre intelectual para ayudarles a los líderes campesinos históricos de las Farc. Cano fue el más sobresaliente entre varios de quienes hoy están en el Secretariado, como Pablo Catatumbo e Iván Márquez.

A pesar de su cercanía con Arenas, Marulanda también solía escucharlo con respeto. Cano era ortodoxo, lo que era una virtud en el mundo de la insurgencia, y encarnaba la estoica moral del revolucionario. Había hecho votos de pobreza y de obediencia. Nunca tuvo privilegios más allá de los de sus combatientes, en su vida guerrillera solo se le conoció una compañera, y siempre acató las decisiones colectivas, así no estuviera convencido de ellas, como la incursión de las Farc en el negocio del narcotráfico.

Su habilidad como organizador fue crucial para que en la tregua pactada con Betancur las Farc multiplicaran sus frentes y nacieran las escuelas de formación de cuadros militares y políticos, que dotaron a la guerrilla de mandos medios. Durante los años siguientes, cuando las Farc llegaron a tener más de 60 frentes, el país empezó a conocer la dimensión de su capacidad terrorista. Dentro de la estrategia de combinación de formas de lucha, Arenas y Cano diseñaron la fundación de la Unión Patriótica, el brazo político del aparato militar de las Farc. Cano simpatizaba con la idea de un proyecto político amplio, pues era muy crítico del Partido Comunista, aliado de las Farc. No obstante, desconfiaba de la clase política del país y fue uno de los que contuvieron a Arenas en su idea de abandonar las armas y lanzarse como candidato presidencial. Cano le advirtió que podían matarlos, tal y como ocurrió con el exterminio de miles de sus dirigentes.

Cuando el comunismo colapsó en Europa en 1989, Cano comentó que había fracasado el modelo soviético y que en adelante las Farc deberían buscar, para darle sentido al gigantesco aparato de guerra que habían desarrollado, un modelo propio basado en un ideario criollo cuya figura paradigmática no podía ser otra que Simón Bolívar. Tras la muerte de Arenas, en agosto de 1990, Marulanda quedó como único líder histórico y Cano como segundo durante dos décadas.

Durante el gobierno de César Gaviria, las Farc exploraron la posibilidad de que esta guerrilla participara de la Asamblea Constituyente, pero a cambio pidieron la mitad de las curules sin desarmarse, algo que el gobierno consideró inadmisible. No hubo acuerdo y en cambio el gobierno decidió bombardear Casa Verde el 9 de diciembre, después de la elección de los constituyentes. Desde entonces, se convirtió en uno de los miembros más radicales del Secretariado. A pesar de esto, estuvo al frente de las negociaciones del gobierno con las guerrillas en Caracas y Tlaxcala, ocurridas entre 1991 y 1992.

Ese año, cuando el grupo decidió multiplicarse por el país, Cano también empezó a diseñar su propuesta de un movimiento bolivariano y un partido clandestino, pero con el fortalecimiento del ala militar de las Farc, decidió ubicarse en las cordilleras entre el Valle y el sur del Tolima, en el territorio del Comando Central Conjunto. A pesar de que Cano se cuidó siempre, al igual que Jacobo Arenas, de no aparecer en público empuñando el fusil ni al frente de una acción militar, buscó como combatiente emular su talla ideológica dentro de las Farc.

La idea de que Cano no era un hombre de armas no era cierta cuando se iniciaron los diálogos del Caguán durante el gobierno de Andrés Pastrana. Su bajo perfil en esa coyuntura se debió a que las Farc no estaban negociando en serio, y Cano fue a ampliar las bases políticas, a vincular líderes al movimiento bolivariano y a actualizarse.

Era un convencido de la lucha de clases. Para él, los ricos y las multinacionales debían financiar la guerra. Por eso se le atribuye la iniciativa de la llamada Ley 002, que no era más que la extorsión. Además, creía que por razones políticas la guerrilla debería secuestrar por dinero solo a personas poderosas y dedicarse al secuestro político. Fue así como empezó a prosperar la idea de hacer plagios masivos para presionar al gobierno a hacer un intercambio con los cientos de guerrilleros presos en las cárceles. Puso en práctica ese concepto después del Caguán, con el secuestro de los 12 diputados del Valle, acción que habría planeado junto a Pablo Catatumbo.

Si Tirofijo era un campesino zorro, pragmático, y no un marxista convencido, Cano era un hombre de doctrina, inflexible y dogmático, bien informado, pero con más respuestas que preguntas. Un hombre que no cambió sus ideas ni su discurso, cuya lectura de la realidad fue la misma. Lo que en el movimiento comunista todos le admiraron era exactamente lo que afuera se veía como un defecto: un hombre que no cambió, un ortodoxo. Un inamovible.

Tras la muerte de Tirofijo en 2008, Cano llegó a la cúpula de las Farc, como relevo de la generación de Marquetalia que había protagonizado el nacimiento del grupo guerrillero. En casi tres años trató de moldear a este dinosaurio para impulsar de nuevo sus ideas revolucionarias, por las que luchó desde joven y envejeció en la selva. Su caída marca el fin de una generación de guerrilleros urbanos, de universitarios que se fueron para el monte en busca de unos sueños idealistas pero terminaron fracasados y desencantados, en el mejor de los casos, o muertos, en el peor.
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