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| 4/3/2005 12:00:00 AM

Un legado discutible

El Papa fue una luz de esperanza para todos los que ansiaban la libertad, pero sus políticas sumieron a la Iglesia en una crisis de credibilidad.

La iglesia católica está en grandes aprietos. Frente a la muerte del Papa la Iglesia debe vivir y seguir adelante, de modo que, a la luz de la inminente selección de un nuevo Pontífice, se requiere de un análisis desapasionado desde su interior que le permita salir de la situación en la que se encuentra.

Son muchos los que se maravillaron de la capacidad y resistencia de Karol Wojtyla. Se le trató con una reverencia que jamás se le daría a un presidente norteamericano, ni a un canciller alemán que estuviesen en condiciones similares. Otros se sintieron incómodos con un hombre que percibieron como obstinado y aferrado a su cargo y que, en lugar de aceptar el sendero cristiano que lo llevara hacia su propia eternidad, utilizó cuanto medio hubiera a disposición para mantenerlo en el seno del poder de un sistema apabullantemente antidemocrático. E inclusive, para muchos católicos, este Papa fue el símbolo de una Iglesia fraudulenta que se ha osificado y que se ha vuelto senil tras una resplandeciente fachada.

El ambiente festivo que prevaleció durante el Segundo Concilio Vaticano (1962 a 1965), o Vaticano II, ha desaparecido. La perspectiva renovadora, el entendimiento ecuménico y la apertura general al mundo que lo caracterizaron lucen ahora postergadas y el futuro, sombrío. Muchos se han resignado o inclusive se han alejado como producto de su frustración con esta jerarquía absorta en sí misma. Como resultado, son muchas las personas que se ven confrontadas con una serie de opciones imposibles: "Juega al juego o salte de la Iglesia". Uno de los escasos destellos de esperanza lo dio la posición del Papa contra la guerra en Irak y la guerra en general. El papel que desempeñó el Papa polaco coadyuvando a la caída del imperio soviético también es subrayado con toda razón. Sin embargo, ambas cosas han sido fuertemente exageradas por los propagandistas papales.

Desde mi punto de vista, Karol Wojtyla no es el más grande Papa del siglo XX, pero sí el más contradictorio. Es un Papa dotado de grandes potencialidades, ¡pero que ha tomado muchas decisiones muy equivocadas! Se puede resumir su reinado y traducirlo a un denominador común haciendo la siguiente acotación: Su 'política exterior' exige de parte de todo el resto del mundo conversión, reforma y diálogo. Sin embargo, esas exigencias se ven contradichas por su 'política interior', que está orientada a la restauración de la situación preconciliar, la obstrucción de las reformas, la negación del diálogo en el interior de la Iglesia y el dominio absoluto de Roma. Esta inconsistencia es evidente en numerosas áreas. Aunque reconozco expresamente las facetas positivas de este pontificado, las cuales, dicho sea de paso, han recibido abundante encomio oficial, quisiera señalar las nueve contradicciones más flagrantes:

DERECHOS HUMANOS: hacia afuera de la Iglesia, Juan Pablo II apoyó los derechos humanos mientras que hacia adentro se los negó a los obispos, los teólogos y -especialmente- a las mujeres.

El Vaticano, que antaño fue una resuelta enemiga del concepto de los derechos humanos, en nuestros días está demasiado interesada en ellos. Pero son demasiadas las normas canónicas restrictivas propias del absolutismo medieval de la Iglesia que primero tendrían que cambiar, como el concepto de separación de poderes, que es algo totalmente desconocido en la Iglesia. El concepto del debido proceso es inexistente en la Iglesia. Cuando ocurren disputas, es una sola e idéntica agencia vaticana la que opera como legislador, acusador y juez.

Consecuencias: un episcopado servil y con condiciones legales intolerables. Ningún cura, teólogo o seglar que entre en disputa legal con las altas cortes eclesiásticas tiene prácticamente posibilidad alguna de ver prosperar su causa.

EL PAPEL DE LA MUJER: el gran promotor del culto a la Virgen María predicó un noble concepto de feminidad; pero al mismo tiempo les prohibió a las mujeres ejercer el control de la natalidad y les cerró las puertas de la ordenación.

Consecuencias: se produjo una brecha entre la obediencia externa y la autonomía interna de la conciencia. Esto conduce a la existencia de obispos que se inclinan hacia Roma, como en el caso de la disputa que se presentó frente al tema de la consejería sobre el aborto (en 1999 el Papa les ordenó a los obispos el cierre de los centros de consejería que tenían la facultad de emitir a favor de las mujeres certificaciones que luego podían ser utilizadas para obtener un aborto legal). El resultado es un éxodo creciente de mujeres que hasta entonces habían permanecido fieles a la Iglesia.

MORAL SEXUAL: mientras el Papa predicaba en contra del aumento de la miseria masificada y del sufrimiento en el mundo, era parcialmente responsable de dichos flagelos por su actitud contraria al control natal. En consecuencia, el Papa, más que ningún otro estadista, puede ser declarado parcialmente responsable por el descontrolado crecimiento de la población en algunos países y por la proliferación del sida en África.

Consecuencias: inclusive en países tradicionalmente católicos como Irlanda, España y Portugal, el Papa y la moralidad sexual rigorista de la Iglesia Católica Romana son rechazados abierta o tácitamente.

CELIBATO SACERDOTAL: al insistir en la propagación de la imagen tradicional del sacerdote varón y célibe, Karol Wojtyla es el principal responsable de la catastrófica escasez de curas, del desplome del bienestar espiritual en muchos países y de los numerosos escándalos por pederastia que la Iglesia ya no logra encubrir.

Consecuencias: las filas de los sacerdotes se han visto disminuidas y hay carencia de sangre nueva en la Iglesia Católica. Pronto veremos que casi los dos tercios de las parroquias, tanto en los países de habla alemana como en los demás, quedarán sin sacerdote ordenado ni contarán con celebraciones regulares de la Eucaristía.

MOVIMIENTO ECUMÉNICO: al Papa le gustaba ser visto como el vocero del movimiento ecuménico. No obstante, al mismo tiempo influenció de manera negativa las relaciones del Vaticano con las Iglesias Ortodoxas y Reformadas, al rehusarles el reconocimiento de sus oficios eclesiásticos y sus servicios de comunión.

Consecuencias: el entendimiento ecuménico quedó bloqueado después del Concilio y las relaciones con las Iglesias Ortodoxas y Protestantes se han visto perjudicadas de manera aterradora. El actual papado, al igual que sus predecesores de los siglos XI y XVI, resultó el mayor obstáculo para la unidad entre las Iglesias Cristianas en libertad y diversidad.

POLÍTICA DE PERSONAL: en su calidad de obispo sufragante y, más tarde como arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla participó en el Concilio Vaticano II. Sin embargo, ya como Papa, despreció el carácter colegiado del manejo que fue acordado en el Concilio y, en lugar de él, apuntaló el triunfo de su papado a costa de los obispos.

Con sus 'políticas internas', traicionó al Concilio numerosas veces. En lugar de utilizar conceptos como 'Puesta al día, Diálogo y colegialidad, ecuménico', lo que es válido actualmente tanto en doctrina como en práctica es: 'Restauración, prédica, obediencia y re-romanización'. Los criterios para el nombramiento de un obispo no son el espíritu evangélico ni su apertura mental frente a las tareas pastorales, sino más bien su absoluta lealtad a la línea del partido vigente en Roma. Antes de su nombramiento se comprueba su conformidad fundamental mediante un catálogo de preguntas, y dicha conformidad se sella con un voto personal e ilimitado de obediencia al Papa que es equivalente a un juramento al 'Führer'.

Consecuencias: un episcopado extensamente mediocre, ultraconservador y servil que constituye, posiblemente, la carga más seria impuesta por este pontificado excesivamente prolongado. Las masas entusiastas de católicos que se presentan en las manifestaciones papales mejor escenificadas no deben engañar: son millones los que se han ido de la Iglesia bajo este pontificado o que se han retirado de la vida religiosa en signo de oposición.

CLERICALISMO: El Papa polaco es percibido como un representante profundamente religioso de la Europa cristiana; pero sus apariciones triunfales y sus políticas reaccionarias promueven involuntariamente la hostilidad contra la Iglesia, e inclusive una aversión contra el cristianismo.

Consecuencias: la política clericalista de Roma no hace más que fortalecer la posición de los dogmáticos anticlericales y de los ateos fundamentalistas. También fomenta la sospecha, entre los creyentes, de que la religión podría estar siendo utilizada para fines políticos.

SANGRE NUEVA EN LA IGLESIA: en su calidad de comunicador carismático y de estrella de los medios, el Papa fue especialmente efectivo entre los jóvenes, inclusiva a medida que se hacía más viejo. Sin embargo, canalizaba esa atracción que ejercía apoyándose ampliamente en los 'nuevos movimientos' de corte conservador, como el Opus Dei. Todo ello es sintomático del enfoque del Papa en lo que tiene que ver con el tratamiento del público seglar y de su incapacidad para dialogar con sus críticos.

Los grandes eventos regionales e internacionales patrocinados por los nuevos movimientos seglares (Focolares, Comunión y Liberación, San Egidio, Regnum Cristi) y supervisados por la jerarquía eclesiástica atraen centenares de miles de jóvenes, muchos de los cuales son de muy buena voluntad pero demasiado poco analíticos. En concordancia con su ideal de una Iglesia uniformizada y obediente, el Papa proyectaba el futuro de la Iglesia basándose casi exclusivamente en estos movimientos seglares fáciles de controlar y conservadores. Este enfoque incluye el distanciamiento del Vaticano en relación con la Orden Jesuita, que está orientada hacia las decisiones del Concilio. Preferidos por los papas anteriores, los jesuitas, debido a sus calidades intelectuales, su teología crítica y sus opciones teológicas liberales, son percibidos actualmente como inconsistentes con la política de restauración papal.

En cambio Karol Wojtyla -inclusive durante su desempeño como arzobispo de Cracovia- depositó toda su confianza en el movimiento Opus Dei, de gran poder financiero e influencia; pero a la vez antidemocrático y secreto, vinculado en el pasado con regímenes fascistas y especialmente activo en la actualidad en los mundos de las finanzas, la política y el periodismo. Al otorgarle un estatus especial en la legalidad católica al Opus Dei, el Papa inclusive puso a dicha organización por encima de la supervisión de los obispos.

Consecuencias: los jóvenes de los grupos organizados en las iglesias y las congregaciones (con la excepción de los monaguillos), y especialmente los 'católicos promedio' que no están organizados, generalmente se mantienen alejados de los grandes encuentros de juventudes.

PECADOS DEL PASADO: a pesar de que en 2000 Juan Pablo II se forzó a hacer una confesión pública de las transgresiones históricas de la Iglesia, prácticamente no derivó ninguna consecuencia práctica de ella.

La confesión, barroca y pomposa, de las transgresiones de la Iglesia, escenificada con los cardenales en la Catedral de San Pedro, fue vaga, general y ambigua. El Papa nunca comentó nada acerca de los tratos de la Iglesia con la mafia, y de hecho contribuyó más a encubrir que a destapar los escándalos y comportamientos criminales. El Vaticano también se ha mostrado extremadamente lento para juzgar los escándalos de pederastia en los que se ha visto comprometido el clero católico.

Consecuencias: la renuente confesión papal ha quedado sin consecuencias al no producir ni reversiones ni acciones: sólo palabras.

Para la Iglesia Católica este pontificado, a pesar de sus aspectos positivos, ha resultado ser -en su conjunto- una gran frustración y, en última instancia, un desastre. Como producto de sus contradicciones, este Papa ha polarizado profundamente a la Iglesia, la ha distanciado de incontables personas y la ha sumido en una inmensa crisis, que luego de un cuarto de siglo está revelando actualmente deficiencias fatales en términos de desarrollo, así como una tremenda necesidad de reforma.

Contrariamente a todas las intenciones demostradas en el Concilio Vaticano II, el sistema medieval romano, un aparato de poder con rasgos totalitarios, fue restaurado a través de hábiles y despiadadas políticas personales y académicas. Los obispos fueron llamados al orden; los pastores, agobiados por las cargas desmedidas; los teólogos, amordazados; los seglares, despojados de sus derechos; las mujeres, discriminadas; las peticiones de los sínodos nacionales y de los feligreses, ignoradas junto con los escándalos sexuales. También se prohibieron discusiones, se impusieron prácticas litúrgicas, se prohibieron los sermones por teólogos seglares, se incitó a la denuncia contra los opositores, se les retuvo la Santa Comunión a muchos: ¡sería difícil culpar al mundo por todo esto!

El resultado es que la Iglesia Católica perdió completamente la inmensa credibilidad de que gozó bajo el papado de Juan XXIII y luego del Segundo Concilio Vaticano.

Si el siguiente Papa continúa con las políticas del presente pontificado no haría más que reforzar la ingente sobrecarga de problemas y convertiría la actual crisis estructural de la Iglesia Católica en una situación sin esperanza. En cambio, un nuevo Papa debe decidirse a favor de un cambio de rumbo e inspirar a la Iglesia para que emprenda nuevos senderos en el espíritu de Juan XXIII y manteniendo el impulso vivificante de reforma que trajo consigo el Segundo Concilio Vaticano.

* Hans Küng es uno de los principales teólogos católicos de la actualidad. Küng ha sostenido una lucha de décadas contra las autoridades de la Iglesia. Como resultado de sus investigaciones críticas sobre el papado, el Vaticano le retiró el permiso para enseñar en 1979. Sin embargo, Küng a sus 75 años aún es sacerdote y hasta que se pensionó en 1995 enseñó teología ecuménica en la Universidad de Tubinga.
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