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| 6/22/1987 12:00:00 AM

UN PASO ADELANTE, DOS ATRAS

La salida de Carlos Bula de la Secretaría de Gobierno del Distrito es más una derrota del alcalde Julio César Sánchez que del propio Bula

Cuando el alcalde Julio César Sánchez llamó a la Secretaría de Gobierno de Bogotá a Carlos Bula, el antiguo y feroz concejal del MOIR, el beligerante militante de Firmes, un estremecimiento de horror sacudió al oficialismo y a cientos sectores de la prensa liberal. El lobo entre las ovejas, el diablo haciendo hostias, el caballo de Troya de la subversión en el seno mismo del gobierno de Barco. Se trataba, sin embargo, de un experimento político finamente calculado por el alcalde, que debía permitirle matar varios pájaros de un tiro: hacer la apertura democrática hacia la izquierda independiente --ganando de mano a la coalición heterodoxa formada en el Concejo capi talino por galanistas, samperistas, comunistas y conservadores, con exclusión del oficialismo duranista, o turbayista--; y empezar a forjar su propia fuerza política--el sanchismo-- en la franja desorganizada de los sin partido. Y Bula, que regresaba de la izquierda rabiosa reciclado en la social-democracia por el camino del limbo diplomático en Bruselas, parecía el hombre indicado para la operación. Cada cual le convenia al otro, y probablemente los dos a Bogotá.
Pero el experimento duró solo cinco meses. La semana pasada, Sánchez pidió abruptamente la renuncia de Bula, y Bula la entregó acompañada de una carta tan larga como sus antiguos manifiestos del MOIR. Los dos se acusaban mutuamente de haber roto sus tácitos acuerdos. Según el alcalde, Bula estaba utilizando la Secretaria de Gobierno para crear su propia fuerza política. Según el secretario, Sánchez había cedido a las presiones del clientelismo y de la derecha liberal. Otras versiones circulaban también: según unos, Bula figuraba en una "lista negra" del general Samudio, ministro de Defensa. Según otros, el alcalde había entregado en bandeja la cabeza de su colaborador a los urbanizadores piratas del distrito.
Los argumentos del alcalde parecían dar tardíamente la razón a quienes lo habían puesto en guardia contra los lobos en el redil. Y Julio César Sánchez confirma a SEMANA que, sin condenar la "perfectamente respetable y legítima" ambición de Carlos Bula de hacer política, lo que no podía permitirle es que la hiciera desde la Secretaria de Gobierno porque eso "le enredaba las cabuyas" al propio alcalde. Así como no cedió a presiones al nombrar a Bula--dice Sánchez--tampoco lo hizo al pedirle que renunciara. Y no hubo tampoco, como asegura Bula, "ruptura de pactos", puesto que nunca hubo pactos, ni había con quién hacerlos: Bula había sido nombrado, no en representación de ninguna fuerza concreta, sino "intuitu personae".
Pero también es cierto que, aunque el alcalde tuviera toda la razón en prescindir de Bula, no la tiene menos este cuando afirma que el episodio muestra que en Colombia "las aperturas no se consolidan, sino que lamentablemente se cancelan". El ex secretario lleva la comparación hasta el extremo del Palacio de Justicia bajo Betancur. Pero sin llegar tan lejos, la razón de los fracasos de las aperturas democráticas es la misma: que se hacen sin asumir que vayan a tener consecuencias políticas. En este caso, la de que al alcalde se le enredaran las cabuyas. Bula puede no haber sido --como reitera--un "caballo de Troya" de la subversión en la administración distrital; pero es obvio que llegó ahí para hacer política: para enredar cabuyas.
De ahí que, en fin de cuentas, con su salida hayan quedado muy contentos precisamente aquellos que no querían enredos: Durán Dussán, por ejemplo, o los urbanizadores piratas a quienes incomodaba seriamente la actividad de Bula, no como político sino como secretario de Gobierno. Lo remplaza en su cargo William Cruz que no es un duranista sino un hombre del alcalde, lo cual basta para demostrar, según este, que no hubo presiones sino decisiones autónomas. Pero dentro de esa autonomía sin transacciones quienes salen ganando, pese a todo son los que Bula señala: el clientelismo y la derecha, puesto que queda desmantelada la llamada "alianza programática" que existía tanto en la administración distrital como en el Concejo, y que solo se mantenía mientras el alcalde, especie de rueda suelta "barco-llerista", como se define él mismo, contara con fuerza propia suficiente. Y aunque Sánchez sostiene sin duda con razón, que él no es un simple "jefe de personal del clientelismo", eso hay que matizarlo con el reconocimiento de que tampoco es un poder independiente. Y ha sido victima--aunque el pato lo haya pagado en apariencia Carlos Bula--del fortalecimiento del clientelismo en el ámbito nacional del cual el distrital es un reflejo.
Ese fortalecimiento viene de la necesidad que tienen los liberales de presentarse unidos a las elecciones de alcaldes, sopena de perderlas, especialmente en Bogotá. Y para unirse necesitan el cemento de las cuotas burocráticas, olvidando los experimentos democráticos y las alianzas programáticas. La necesidad electoral, pues, ha obligado al alcalde a olvidar la frase del candidato Barco que tomó como lema de su "Compromiso de acción por Bogotá": "Aquí en Bogotá, como en todo el país, la administración central y la de los servicios públicos no serán repartidas por cuotas politicas o de grupos". Pero no es culpa del alcalde. Es que también el Presidente, que es su jefe, tiene tendencia a olvidarla.
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