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| 4/28/1997 12:00:00 AM

UN "RAGAZZO" PARTICULAR

Así era Giacomo Turra, el joven italiano cuyo asesinato en Cartagena puso en entredicho a Colombia ante los ojos de la Unión Europea.

Era un tipo lunático, introvertido, "una persona especial". Así definen sus amigos a Giacomo Turra, el joven italiano cuyo caso tiene en crisis las relaciones diplomáticas entre Italia y Colombia y amenaza con deteriorar seriamente la imagen de Colombia ante la Unión Europea. Las confusas circunstancias de su muerte y las dilaciones para resolverla han generado una verdadera ola de indignación en Italia y sobre todo en Padua, la próspera ciudad industrial donde vivía Giacomo, quien nació en Belluno (norte de Italia) el 31 de agosto de 1971. Para Luca Casarini, el carismático líder del Centro Social Pedro, al cual pertenecía Turra, y su amigo y consejero, Giacomo se ha convertido en un símbolo por el cual cientos de jóvenes italianos están dispuestos a luchar.
Todos los que como él adhieren a los centros sociales -una especie de asociaciones políticas, en general de izquierda o medio anarquistas, donde se llevan a cabo actividades contra el racismo o a favor del Tercer Mundo, se toca música, se bebe y se fuma- están dispuestos a dar la batalla hasta las más extremas circunstancias para que la muerte de su compañero no quede en la impunidad. "Estamos más optimistas ahora con el nuevo testimonio porque pensamos que podemos ganar la batalla. Lo hacemos no sólo por Giacomo sino también por todos los jóvenes colombianos que mueren asesinados sin que se condene al culpable".
Para Casarini, que estuvo en Colombia en 1996 como enviado de la familia para investigar el caso y hablar con las autoridades, Turra sabía y conocía perfectamente a qué país estaba viajando y no era ni un ingenuo viajero ni un lanzado drogadicto con el mito de Colombia metido en la cabeza."Giacomo era un tipo introvertido, un poco extraño si se quiere, pero un tipo reflexivo que no iba a las discotecas pero adoraba la música y tocaba batería en su cuarto por horas. Escribía poesías, estudiaba muchísimo y era un gran admirador de los libros de García Márquez", cuenta Casarini.
Lo que más ha unido y reforzado la lucha de los centros sociales italianos, de quienes integran el llamado Comité de Justicia por Giacomo y de las personas que lo conocían, es que él no usaba ningún tipo de droga, por lo cual la versión de que estaba "pasado e incontrolado" no tiene para ellos ninguna credibilidad. Según Casarini,"en nuestro ambiente las drogas circulan, desde la yerba hasta cosas más delicadas, como la heroína, con todas sus dramáticas consecuencias. Lo que más me da rabia es que Giacomo no metía. Dentro de su extrañeza, su modo especial de ser, esa era una de sus peculiaridades. Es más, Giacomo solía decir: a mí esa vaina no me sirve porque el efecto que da yo lo tengo ya adentro, es mi fantasía".

Giacomo
Giacomo, un muchacho alto, buen mozo, con un perfil casi perfecto y con unos labios gruesos, era hijo de Sisto Turra, médico en jefe de la sección de ortopedia del hospital de la Universidad de Padua, y de Simonetta Turra, una maestra de escuela jubilada, amante de la pintura y las letras. La madre de Giacomo, quien influyó notoriamente en que él y su hermana menor Giuditta tuvieran vocación por las humanidades, mantuvo siempre una relación especial con él.
Inscrito en filosofía con programa de antropología en la Universidad de Padua, una de las más prestigiosas del país, había presentado con excelentes resultados los primeros exámenes y los padres, como premio, le regalaron el viaje a Colombia, país que le interesaba por tres motivos: las culturas precolombinas, la literatura y su deseo de hacer realidad el sueño de muchos de los jóvenes de los centros sociales de conocer América Latina, ese continente que fue capaz de dar a luz personajes tan fascinantes como el Che, el comandante Marcos y Rigoberta Menchú.
Giacomo vivía con su familia en un apartamento sencillo del centro de Padua, a pocos metros del Duomo, donde sus padres conservan intacto su dormitorio. Allí aún están los cientos de discos que coleccionaba, muchos de música de los años 60, de Bob Dylan, de rock, de Lou Reed, etc. Está su batería, una de sus grandes pasiones, un viejo gramófono, una bicicleta, los esquíes con todo lo necesario para la nieve, una colección de postales y cientos de libros de poesía, de Baudelaire, de Rilke, Pasolini, Montale, inclusive en otros idiomas como el alemán, y algo de literatura latinoamericana.
En las paredes están colgadas sus fotos desde niño, e inclusive una foto de su novia, una chica bellísima físicamente, con la que se había reconciliado antes del viaje y que ahora es consolada por la madre de Giacomo, con la cual mantiene una intensa relación. También están sobre una mesa las tantas postales que había mandado a su familia de todos los lugares a donde había viajado. A pesar de lo joven, Turra había estado en Africa, en las islas griegas y en varios países de Europa. No hay duda de que Giacomo Turra, por lo que dejó de sí mismo en su corta vida, era un soñador, una persona muy sensible que creía en una serie de valores, que iban desde el mito revolucionario del Che Guevara hasta la necesidad de paz y justicia social en el mundo.
El Centro Social Pedro, del que era miembro, le dedicó un mural a la entrada de su sede, en las afueras de Padua, en el que aparece Giacomo envuelto en una bandera de Colombia entre humos negros. A la entrada del centro hay un letrero que dice: "Giacomo nel cuore" (Giacomo en el corazón) y sus adherentes han repartido afiches y postales de Turra en los que se exige a Colombia que se haga justicia. Son las mismas postales que han enviado a la embajada de Colombia en Italia y al consulado de Milán. Y han prometido que si no hay una respuesta en pocos días sobre el caso viajarán en grupos de cinco a encadenarse frente al Palacio de Justicia de Bogotá como protesta, en compañía de un grupo de parlamentarios italianos que ha anunciado que están dispuestos a entrar en una huelga de hambre hasta que se aclare el caso. "No cederemos", asegura Casarini.
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