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| 12/18/2013 12:00:00 AM

Una carretera de combate

La guerra entre paramilitares y guerrilleros del ELN por el dominio del sur de Bolívar se libraba en las zonas rurales cuando el cronista visitó esta región. En medio del conflicto, una mujer arriesga la vida para buscar a su esposo.

*Publicado originalmente en: El Tiempo -2000 – Años de fuego (Editorial Planeta) 

En el platón de la camioneta que viaja envuelta en una nube de polvo hacia Vallecito, en el sur de Bolívar, se zangolotea Myriam Pérez con su hijo de dos años asegurado contra el regazo.

Anda en busca de su esposo, Holver Ortega, de quien no tiene noticias desde hace tres días, cuando salió de San Pablo hacia el corregimiento de Aguas Lindas, a dejar pasajeros en un camioncito 350 de color amarillo.

Myriam Pérez sabe que la carretera es peligrosa. Hasta hace tres días, las noticias que llegaban de los corregimientos de Vallecito, Aguas Lindas y Patio Bonito daban cuenta de carreteras minadas y de combates entre paramilitares y guerrilleros del Eln.

El viaje hasta Aguas Lindas demora unas tres horas y Holver le había anunciado que regresaría ese mismo día. Myriam esperó 72 horas, le preguntó a los campesinos que venían del lado de la serranía y ninguno le dio razón.

Entonces salió a la última estación de gasolina del pueblo, con su hijo de la mano, y se trepó a una camioneta que salía con periodistas para Vallecito, con la esperanza de que en el camino conseguiría transporte hacia Aguas Lindas.

Myriam Pérez trata de proteger el rostro terroso de su hijo con una toalla de manos. El niño ha viajado dormido casi todo el tiempo.

La camioneta, una Toyota con vidrios oscuros, está a punto de entrar a Cañabraval, un caserío a donde bajan los raspachines de los cultivos de coca a tomar cerveza. Hasta Cañabraval se transita con cierta tranquilidad, de ahí en adelante el territorio está en disputa a pesar de que los paras han acentuado su dominio en los últimos meses.

Desde Canabraval, la carretera ondula entre las primeras arrugas de la serranía de San Lucas. En este caserío, Myriam Pérez se descuelga de la camioneta y comienza a averiguar por su marido.
¬
–Usted no vio pasar por aquí un camioncito..... –de tanto preguntar, alguien le cuenta que un carro que trató de llegar a Aguas Lindas activó una mina de las que instalan los guerrilleros en la carretera para cazar paramilitares.

Las noticias son fragmentarias. Le cuentan que no hay heridos y que la explosión le estalló una llanta al camión y le voló el guardafangos.
Campo minado El terreno se hace más agreste. La mitad de la carretera que la dominan los Power Ranger, como le dicen aquí a los paramilitares. La otra parte, hasta la serranía, la controla la compañía Mariscal Sucre, del Eln.

Los paracos aparecen de improviso al coronar un repecho en el sector conocido como cuatro vientos. Interrogan sobre su destino a los cuatro civiles: la esposa y un amigo del conductor, el ayudante de la Toyota y a Myriam Pérez.

La mujer se acerca a uno de los paracos: 
–Oiga... usted no vio pasar un camioncito....

Por aquí no ha pasado ningún camión de esos, le responde un paramilitar al que los demás llaman con acierto carae’perro. Carae perro dice que ya corrieron a los guerrilleros de los cerros vecinos. Cuando nosotros llegamos la tierra tiembla, remata el hombre de los rasgos caninos.

A lo largo de casi un kilómetro, a lado y lado de la vía, se ven pequeños campamentos de paramilitares. Son hombres mayores de 25 ó 30 años, bien armados, que examinan las caras de los viajeros.

Más adelante aparece el primer letrero de Campo minado, escrito sobre un trozo de madera, en medio del barranco.
– ¿Qué hacemos?
La carretera se ve apacible, inofensiva, bordeada de árboles y en completo silencio.
– ¡Sigamos!... Ya estamos aquí...
–Pero vámonos despacio...

A unos diez minutos de allí, en una hondonada, están los primeros guerrilleros. Son tres muchachos entre los 18 y 23 años aproximadamente. No tienen radio. Solo su fusil y unos cuantos proveedores. Los demás permanecen emboscados.

Esa misma tarde, al caer la noche, mientras enterraba minas en la carretera, un guerrillero llamado Vicente, contó que la camioneta de los periodistas corrió serio peligro.

Les tuvimos puesta la ametralladora desde el cerro con ganas de darles, pero nos acordamos que teníamos una guerrilla abajo y decidimos esperar a ver si chocaban, dice Vicente.

Los guerrilleros son más cautelosos desde el último primero de enero, cuando miembros del Eln le dispararon a una camioneta de vidrios polarizados, hiriendo a seis civiles en la vía Monterrey - Simití.

Vicente cuenta que, en la carretera, instalan minas en la noche para evitar la entrada de los paramilitares, y desminan en la mañana. Según el guerrillero, en la última semana los elenos mataron a seis paracos durante los enfrentamientos por el control de estos cerros. 
Los tres guerrilleros de la hondonada dice que no hay inconvenientes para seguir. 
–Oiga... ustedes no saben nada de un camioncito... –la mujer pregunta desde el platón de la camioneta. Los guerrilleros tampoco saben nada.

Myriam no consiguió ningún carro que desviara hacia Aguas Lindas y tuvo que llegar a Vallecito, con la esperanza de conseguir noticias en este caserío.

Vallecito son dos hileras de casas de madera con techo de zinc regadas a lo largo de la carretera, que se convierte en calle principal, y luego sigue hacia el corregimiento El Diamante. Pero solo alcanza a llegar a una quebrada de aguas rápidas y cristalinas. A partir de allí es una trocha.

Las diez familias que quedan en Vallecito están temerosas por la arremetida de los paramilitares. Estos no dejan pasar alimentos desde hace una semana y hace cuatro días impidieron con mucha amabilidad que el médico de una misión humanitaria llegara hasta este corregimiento.

La mayoría de los habitantes, al igual que los de El Diamante, huyeron en los últimos meses. Los que quedan permanecen con los corotos listos para salir corriendo. Dicen que los paracos han anunciado que de Vallecito no van a dejar ni los huevos de las gallinas. Los consideran guerrilleros.

Myriam Pérez baja de la camioneta y comienza a preguntar: 

–Ustedes no saben nada de un camioncito... –Luego busca alojamiento. Más tarde se entera de que su marido está bien. Unos dicen que el Eln lo tiene retenido por haberse metido en el campo minado y otros dicen que está en poder de los paracos.

La mujer duerme esa noche en Vallecito y al día siguiente, antes del mediodía, se trepa a una camioneta que llegó con insumos para procesar coca –estos sí pueden pasar los retenes– y sale de regreso, con su hijo aferrado de la mano.

Alguien de la camioneta de los insumos dijo haber visto a su esposo, sano y salvo, camino a San Pablo. 

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