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| 4/11/2015 10:00:00 PM

Una cumbre histórica

La reunión de Panamá, con el esperado encuentro entre Obama y Castro, sirvió de escenario para el fin de la guerra fría en el continente.

Ninguna de las noticias que se produjeron en la Cumbre de las Américas recibió más atención que la consolidación de la reapertura de relaciones entre Estados Unidos y Cuba. Ni los foros paralelos en los que participaron cientos de representantes de la sociedad civil, ni el encuentro de 700 pesos pesados del mundo empresarial, ni la declaración firmada por 24 expresidentes iberoamericanos en favor de la liberación de los presos políticos en Venezuela. Ni siquiera la discusión técnica de los documentos que habían preparado las cancillerías sobre ‘Prosperidad con equidad: el desafío de cooperación en las Américas’.

La tensión permanente en las relaciones estadounidenses-cubanas –formalmente rotas en 1962 y restablecidas el pasado 7 de diciembre- se había convertido en una herida abierta en el corazón del hemisferio. Uno de los últimos rezagos de la guerra fría. Un conflicto histórico cuya remoción estaba en cabeza de todo el mundo pero que se había vuelto un inamovible por la presión que ejercían algunos sectores del Partido Republicano en Estados Unidos. Aunque la normalización de vínculos ya estaba en marcha, el hecho de que los presidentes Barack Obama y Raúl Castro se hayan encontrado en Panamá bastó para que los medios internacionales calificaran el evento como histórico.

En más de 50 años solo se habían producido encuentros accidentales entre los mandatarios de los dos países. El último, entre Barack Obama y Raúl Castro en los funerales de Nelson Mandela. Pero de ahí a que ambos compartieran un mismo espacio y una misma mesa, en un contexto de redefinición de la diplomacia entre los dos Estados, había un largo trecho: Cuba, después de Panamá, quedó reincorporada a la comunidad de las Américas.

Los contactos entre los dos países se habían intensificado desde el momento en que los presidentes, al mismo tiempo y en la misma transmisión de televisión, le informaron al mundo que reabrirían las relaciones. En la última cumbre, celebrada en Cartagena, la mayoría de los países asistentes habían estado a punto de sabotear la reunión para protestar por la ausencia de Cuba. Para evitar una reedición de ese impasse en Panamá, su presidente, Juan Carlos Varela, le extendió invitación a Raúl Castro, hecho que aceleró los acercamientos entre Washington y La Habana. Un encuentro entre Obama y Castro, con relaciones todavía rotas, habría sido muy incómodo para el mandatario estadounidense.

Delegaciones de las dos cancillerías se han reunido en Washington y en La Habana para negociar temas bilaterales espinosos como la inclusión de Cuba en la lista elaborada por Estados Unidos de países que colaboran con el terrorismo; las violaciones a los derechos humanos en la isla; la reapertura de embajadas y el futuro de los vínculos comerciales. Muchos de estos asuntos siguen pendientes y tomarán tiempo en definirse. Algunos –como la eliminación de la ley que establece el embargo de Estados Unidos contra Cuba- necesitan aprobación del Congreso, lo cual no será fácil en la actual coyuntura, con mayorías en manos de la oposición. Y en otros, los gobiernos de Obama y de Castro, por más voluntad política que tienen para avanzar, seguirán encontrando la férrea oposición de los sectores radicales de ambos países. De todas maneras, los avances son importantes y el espaldarazo que significó la Cumbre de Panamá permitirá avanzar. Al cierre de esta edición se anunció que el sábado habría una reunión formal entre los dos presidentes. Nadie piensa, después de la cumbre, que el proceso tenga reversa.

La nueva realidad entre Estados Unidos y Cuba opacó el conflicto que se había crecido, en vísperas de la cumbre, entre Washington y Caracas. Se había pronosticado un intenso pulso entre los dos países, después de que el presidente Barack Obama había decretado sanciones contra funcionarios del gobierno de Nicolás Maduro. Según la ley estadounidense, para que el presidente pueda actuar por decreto –lo que allá llaman una executive order- se necesita que el presidente le certifique al Congreso que hay una amenaza para la seguridad nacional. En este caso, una amenaza ejercida por Venezuela. Las drásticas decisiones fueron defendidas con esas palabras el pasado 11 de marzo por parte de la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki.

Pero el uso de un lenguaje formal pero provocador para dar cumplimiento a un requisito administrativo estuvo a punto de desatar una tormenta política. Asumir que la Venezuela de Nicolás Maduro -un país en crisis por la caída de la economía del petróleo y por la incompetencia de su gobierno- significa una amenaza para la seguridad de la primera potencia mundial, es un exabrupto. Desde el punto de vista político, Obama se puso a la altura de Maduro, quien se la pasa denunciando, sin credibilidad alguna, que Washington prepara una invasión a Venezuela y un golpe para derrocar su gobierno.

Maduro le sacó provecho a la situación. Hizo aprobar en su Asamblea Nacional facultades extraordinarias para hacerle frente a la injerencia. Y logró que los dos organismos más nuevos del continente, la Celac y Unasur, rechazaran las medidas del gobierno Obama y las presentaron como sanciones contra Venezuela. También puso en marcha una campaña para reunir millones de firmas contra la orden ejecutiva, con la intención de llevarlas a Panamá. Estos hechos, sumados a la convergencia de expresidentes iberoamericanos que promovían un debate sobre las arbitrariedades del gobierno Maduro contra la oposición, llegaron a hacer pensar que el tema de Venezuela podría tomarse la agenda y los medios en ciudad de Panamá.

Los observadores consideran que los dos países hicieron esfuerzos para ‘desvenezolanizar’ la cumbre. El propio gobierno de Barack Obama puso en marcha una estrategia de control del daño. El segundo diplomático de mayor rango del Departamento de Estado, Tom Shannon –que fue subsecretario de Estado para el continente y conoce la región como la palma de su mano-, viajó a Caracas y se encontró con el presidente Maduro. A la salida, el mandatario venezolano utilizó un tono conciliatorio: afirmó que Venezuela está preparada para “una nueva era” de relaciones con Washington”, y agregó: “No somos antiestadounidenses, sino antiimperialistas”. Maduro decidió no meter en su equipaje para la cumbre las firmas que había recogido (10 millones en Venezuela y 3 en Cuba) contra las medidas de la Casa Blanca.

Y el propio Obama, llegando a Panamá, en una entrevista echó para atrás las expresiones contenidas en su orden ejecutiva. “No creemos que Venezuela sea una amenaza para Estados Unidos y Estados Unidos no es una amenaza para el gobierno de Venezuela”, dijo. Solo agregó que existen preocupaciones sobre la situación venezolana, pero en un tono tolerable para su gobierno. El anfitrión –Panamá– y otros aliados –con Brasil a la cabeza- intervinieron para buscar un desescalamiento de la tensión entre Washington y Caracas para evitar que eclipsara el resto de la reunión.

Obama y Maduro, cada uno a su manera, buscaron sacarle provecho al escenario. El venezolano salió a las calles, visitó el popular barrio de El Chorrito, se tomó fotos y selfis que buscaban dejar la sensación de que su país no está en crisis sino en una situación de normalidad.

Obama paró en Jamaica, antes de llegar a Panamá, para reunirse con el grupo de Estados del Caribe, muy influyente por su número de votos en la OEA. La de Panamá fue la tercera Cumbre de las Américas atendida por el mandatario estadounidense. Y fue la última, pues dentro de tres años su sucesor ya ocupará la Casa Blanca. En consecuencia, Obama intentó consolidar el legado de un mandatario que cambió la visión de su país sobre América Latina. No es un guerrero obsesivo de la lucha contra las drogas, intentó eludir al Congreso para beneficiar a los migrantes hispanos, y reabrió relaciones con Cuba. Una actitud muy diferente a la de antecesores suyos que trataron al subcontinente como un ‘patio trasero’.

Como siempre ocurre en estos eventos, hubo interpretaciones muy variadas sobre lo que ocurrió. En un lado, algunos opinaron que no pasó mayor cosa en lo que se refiere a la agenda formal, pero que la consolidación de la reapertura de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, y la convivencia de día y medio entre Obama y Castro marcó un histórico “fin del fin” de la guerra fría. En la otra esquina, sectores conservadores cercanos a las oposiciones a los gobiernos que en su mayoría hoy son de izquierda piensan que las manifestaciones y actos que se llevaron a cabo por fuera del Centro de Convenciones Atlapa demostraron que hay profundas divisiones en el continente, y que está creciendo en desbordada la intolerancia hacia el autoritarismo de Nicolás Maduro en Venezuela.

Más allá de quién tiene la razón, lo cierto es que no hubo decisiones contra Venezuela, y sí hubo anuncios favorables a Cuba: su reinserción a la comunidad, el probable fin del bloqueo y su inminente retiro de la lista de países que patrocinan el terrorismo. Lo cual demuestra que si en 1994, cuando se llevó a cabo la primera cumbre, la región quería construir mecanismos de acción conjunta para intervenir en favor de la democracia y de los derechos humanos, hoy en día el grupo de mandatarios latinoamericanos prefiere el pragmatismo y la no intervención. El péndulo está en el otro lado.
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