Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2010/11/04 00:00

Una espera inconclusa

Bernardo Beltrán se ganó el puesto en la cafetería del Palacio de Justicia por haber estudiado en el SENA. Pero ese trabajo significó su desaparición. Su madre, ‘doña María’, lo esperó 14 años hasta que falleció.

Bernardo Beltran Hernandez. Desaparecido del Palacio de Justicia Foto: Foto: Liliana Reyes

Cada Navidad la mamá de Bernardo Beltrán le compraba un regalo y se lo ponía en el árbol con la esperanza de que ese diciembre sí se lo entregaría. Fueron 15 años en los que doña María de Jesús esperó con paciencia que su hijo apareciera, que le dieran noticias de él.

En la familia Beltrán eran seis hermanos: Fernando, Fanny, Bernardo, Fabio, Sandra, y Diego. Bernardo, el tercero, era mesero de la cafetería del Palacio de Justicia y despareció después de que el M-19 se tomó la edificación.

Él había estudiado mesa, bar y restaurante en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) y soñaba con viajar trabajando en un crucero. Hizo las prácticas en el Hotel Hilton y cuando las terminó, el SENA lo vinculó a la cafetería del Palacio por ser buen estudiante. Entró en julio de 1985 y sólo alcanzó a trabajar tres meses y medio.

La mañana del miércoles 6 de noviembre de ese mismo año, Bernardo salió de su casa, ubicada en el barrio Fontibón, al occidente de la ciudad, rumbo a su trabajo. Su hermana Sandra lo vio salir, se alcanzó a despedir de él y fue por Diego, su hermano menor de apenas 4 años, para dejarlo en la casa de su tía.

Cuando se acabó la clase de 10:00 a. m., Sandra regresó a su barrio para hacer mercado. Estando en el supermercado, escuchó por radio que había una balacera en el Palacio de Justicia, que el M-19 se había tomado las instalaciones y que ya habían gritado “¡Viva Colombia!”. Ella salió despavorida para la casa, como pudo abrió la puerta y buscó el teléfono para llamar a su mamá.

En la textilera en la que trabajaba su mamá no la pasaron al teléfono porque en horas laborales los empleados no podían recibir llamadas. Aunque Sandra trató de explicarles la situación, lo único que logró fue que se comprometieran a darle la razón de que la hija la necesitaba urgentemente. Cuando doña María llegó a la casa y Sandra le contó lo que había sucedido, puso las noticias de inmediato y vio que la situación empeoraba a cada instante.

Durante la noche fueron llegando familiares a la casa de los Beltrán, ellos sabían que Bernardo trabajaba en el Palacio. Hacia las 10 de la noche sonó el teléfono, era un señor de apellido Meléndez. El hombre preguntó si Bernardo ya había llegado. Les aseguró que lo había visto salir de la mano de un policía, los consoló diciéndoles que no se preocuparan.




Aquel señor trabajaba en el Fondo Rotatorio de la Policía. Sandra recuerda que era abogado del Fondo, que iba a desayunar y a tomar medias nueves al Palacio y que por eso conocía a su hermano. Días antes de la toma, Meléndez le había pedido una hoja de vida a Bernardo porque le iba ayudar con un empleo, y de allí sacó el teléfono de la casa de los Beltrán.

Al recibir esa llamada, la familia quedó un poco más tranquila y siguiendo paso a paso lo que comunicaban los noticieros. Supieron que hubo un incendio y que Alfonso Reyes Echandía, presidente de la Corte Suprema de Justicia de la época, le había pedido por teléfono a un funcionario del Gobierno que los militares cesaran el fuego porque el Presidente de la República no había querido hablar con él.

Ese fue uno de los momentos más angustiantes de la toma porque los medios de comunicación transmitieron la voz de Reyes suplicando el cese al fuego en nombre de todos los rehenes que se encontraban dentro del Palacio, fue un llamado al diálogo que jamás obtuvo respuesta.

Los Beltrán escucharon con mucha angustia la noticia de Reyes y pensaron que si no habían respondido a la petición del presidente de la Corte, rehenes como Bernardo, que no ocupaban ningún puesto influyente, no tenían nada que hacer. Pasaron las horas, llegó la madrugada y Bernardo nunca apareció.

A las 5 de la mañana doña María salió con su esposo y sus hijos mayores para el centro de la ciudad a averiguar por Bernardo en el lugar de los hechos. Cuando llegaron no los dejaron acercarse. Pasaron varias horas, hasta que al mediodía vieron que empezaron a sacar cadáveres del edificio. Doña María le preguntó a un soldado por los empleados del Palacio y él le respondió que se dirigiera al Cantón Norte, que allá se habían llevado a una gente detenida. Fueron hasta allá, pero tampoco los dejaron entrar y el nombre de Bernardo no estaba en ninguna lista.

La familia se organizó por turnos para buscar a Bernardo, unos lo hacían en la mañana y otros en la tarde, para aprovechar cada minuto. Fueron a Medicina Legal todos los días durante un mes. A esas visitas acudían don Bernardo y sus hijos mayores porque doña María no se sentía capaz de hacerlo.

Los Beltrán nunca habían visto a los compañeros de trabajo de Bernardo. En la búsqueda, conocieron a Cecilia y a César, esposa y hermano de Carlos Rodríguez, el administrador de la cafetería. Junto a la familia Rodríguez encontraron a más familiares de desaparecidos y cuando se unieron a ellos empezaron a tratar de entender por qué faltaban los empleados de la cafetería. Sandra dice que en ese momento no pensaba en nada, sólo esperaba que su hermano apareciera en la casa sano y salvo.

A don Bernardo algunos conocidos le dijeron que había salido mucha gente, que de pronto por la balacera o por los estallidos había podido quedar mal de la cabeza y sin papeles ni plata. Él se dio a la tarea de buscar a su hijo por las calles de la ciudad, pero no encontró ningún rastro.

Cinco meses después de la tragedia, la familia Beltrán llegó al colectivo de abogados Alvear Restrepo. Allí conocieron al abogado Eduardo Umaña, y doña María se volvió muy cercana a él. Lo llamaba casi a diario para preguntarle por su muchacho, como ella le decía, y él le explicaba que debía tener paciencia mientras averiguaban la verdad de lo sucedido.

Para los Beltrán, la desaparición de Bernardo fue una especie de aprendizaje muy doloroso. Ellos no conocían casi nada del sistema legal del país y no dimensionaban las consecuencias políticas que tenía la comprobación de la desaparición forzada. Tuvieron que enfrentarse a un vacío legal ante su situación, no encontraban respaldo estatal para su condición de familiares de una persona desaparecida.

Ellos tenían una imagen muy superficial del M-19, no conocían el conflicto político que había entre ese movimiento y el Gobierno. Para ellos, nombres como Andrés Almarales eran completamente extraños.

Tiempo después los empezaron a buscar de diferentes ONG para colaborarles en el caso, pero ellos nunca quisieron vincularse porque no querían que los manipulara ningún interés político ni revolucionario. “Nosotros éramos ‘pelagatos’ de 11 familias religiosas y tradicionales que no tenían, ni querían tener, ningún vínculo político, ni de izquierda, ni de guerrilla, ni de nada”, afirma Sandra.

El abogado Umaña fue para esta familia, en especial para doña María, la única esperanza para hacer justicia por la desaparición de Bernardo. Ellos se involucraron de lleno en el proceso, golpearon muchas puertas y persiguieron todos los indicios que les daban. Para ellos cualquier pista, por absurda que sonara, era un ápice de ilusión para encontrarlo.

Hoy Sandra reconoce con lágrimas y con algo de frustración, que han pasado siete gobiernos y que ninguno les ha dado respuestas. Para ella, los Presidentes de la República han sido ajenos a la desaparición de 11 personas y el Estado Colombiano le ha dado la espalda al dolor de las víctimas, pues aunque se ha realizado todo tipo de investigaciones, la mayoría ha estado permeada por los intereses políticos de unos pocos.

Durante los años de incertidumbre, la familia Beltrán nunca se ha cansado de esperar a Bernardo. Doña María lloró año tras año a su hijo, ella sufría cuando se tomaba un plato de sopa porque no sabía si Bernardo había comido o no. Si llovía, pensaba en que de pronto tendría frío, y si era Navidad se la celebraba como si él estuviera ahí. Ella siempre le guardó un puesto en la mesa y siempre pensaba que en cualquier momento Bernardo iba a tocar el timbre de la casa.

Por su parte, Sandra intentó perdonar, siente que además de su hermano, ella perdió a su familia. Don Bernardo tuvo un duelo silencioso, Sandra no sabía muy bien qué pensaba ni qué sentía porque él prefería no hablar, tuvo que sobreponerse a la pérdida de su hijo y luego a la de su compañera de toda la vida. Hoy don Bernardo vive con Sandra y Diego, su hijo menor, y trata de llevar una vida tranquila a pesar del dolor.

Sandra y sus hermanos vieron cómo la vida de doña María de Jesús se desgastaba con cada día de angustia por no saber nada de su hijo. Con cada aniversario de la toma llegaba un nuevo quebranto de salud que se sumaba a la tristeza. Después de 14 años de esperar a Bernardo, doña María abandonó esta vida con el corazón deshecho porque su muchacho nunca apareció.

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