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| 10/4/2011 12:00:00 AM

Una jornada con Enrique Peñalosa

Considerado uno de los mejores urbanistas de la actualidad, este candidato ofrece su experiencia en la transformación de la ciudad.

 En las calles de Suba rodeado de personas vestidas de verde, Enrique Peñalosa es fácil de distinguir. Su cabeza cubierta de canas se ve por encima de las demás y su figura recta con pasos certeros atrae los ojos de todos los transeúntes. Es un día más de campaña.

De nuevo Peñalosa se lanza a la lucha por la alcaldía de Bogotá, cargo que desempeñó en 1998 y que dejó su huella en la ciudad y en la memoria de sus habitantes. Se le conoce como el impulsor del Transmilenio. En otros círculos, como el del escándalo de los bolardos, cada bogotano ve en su nombre las marcas que ha dejado y que, criticadas o elogiadas, son signos evidentes de su gestión.

Es una de las figuras más reconocidas entre los candidatos a la alcaldía y quien aprovecha cada vez que puede para sacar a relucir su experiencia. Cuando Peñalosa se dirige a la gente no habla de sus planes para una futura alcaldía, sino de su trabajo de hace una década. “Eso lo hice yo” es una frase que dice con orgullo cuando habla de escuelas, bibliotecas y calles construidas en su periodo como alcalde. Su lema de campaña es: “Peñalosa cumple, por eso confío en él”.

Y Peñalosa sabe de campañas. Este es su tercer intento de llegar a la alcaldía, incluido el que tuvo éxito. Se ha lanzado a la Cámara, al Senado e inclusive contempló la idea de la Presidencia en el 2006, aunque finalmente, no se lanzó, y en 2010, perdió en la consulta del Partido Verde, frente a Antanas Mockus. En una columna de la revista Semana, Daniel Coronell lo llamó “el hombre que perdía elecciones”. Estamos a casi un mes de saber si esta campaña se añadirá a la lista de fracasos o terminará en un segundo mandato como alcalde de Bogotá.

En sus comienzos fue liberal, pero a la alcaldía llegó bajo la bandera de su propio movimiento, sin embargo, mantuvo por años una cercana relación con el partido que lo inició en la política. Finalmente, en 2009 cambió en definitiva el rojo por el verde. Hoy se lanza a la alcaldía respaldado por una alianza considerada por muchos un matrimonio por conveniencia entre los verdes y el Partido de la U. Según la más reciente encuesta del diario El Espectador, Peñalosa se posesiona en segundo lugar, seis puntos debajo de Gustavo Petro, candidato que tiene gran aceptación popular en barrios de estratos bajos.

Peñalosa nació en Washington en 1954, pero se crió en Bogotá. Hizo su bachillerato en el Gimnasio Campestre. Y estudió economía e historia en la universidad de Duke e hizo una maestría en el Instituto Internacional de Administración en París. Está casado hace más de treinta años con Liliana Sánchez y tiene dos hijos, Renata y Martín.

Aunque parezca que puede existir una marcada distancia entre los habitantes de los barrios humildes y este candidato “estrato seis”, él está decidido a demostrar que esta no es más que una errónea percepción. Dedica sus fines de semana a recorrer a pie diferentes localidades de Bogotá y a hablar con los ciudadanos. Camina por las calles de Suba y se detiene en un pequeño local donde funciona una peluquería. Entra, seguido solamente del fotógrafo y una voluntaria de campaña que entrega publicidad en el local. El piso está cubierto de cabellos recién cortados, pero Enrique no los ve, posa para una foto y sonríe. Es una de las muchas que le toman diariamente.

Saluda cálidamente a cada ciudadano. A los hombres les da la mano y palmadas en la espalda, a las mujeres, un abrazo y un beso en la mejilla. No todos estos gestos son recibidos con entusiasmo. Cuando se encuentra con niños se arrodilla para poder verlos a los ojos, les da la mano con una sonrisa y medio en broma y medio en serio les recomienda que les digan a sus padres que voten por él. Es posible que muchos de estos niños ni siquiera sepan quién es. Si llega a la alcaldía, Peñalosa tiene planeado marcar la diferencia en proyectos para la niñez y la juventud, pues su programa de gobierno resalta la importancia de la educación, garantía de derechos infantiles y el apoyo a iniciativas culturales dirigidas a los jóvenes. En ese caso, probablemente estos niños recordarán en unos años al hombre alto que acompañado de una comitiva verde los saludó en la calle e interrumpió la tarde.

Desde el tercer piso de un edificio una mujer de baja estatura y cabello canoso grita el nombre del candidato y hace exageradas señas de apoyo. A su lado un hombre de unos cuarenta años menea la cabeza y apunta su pulgar hacia abajo significativamente. Él no será un voto más para la campaña verde. El entusiasmo del candidato y los voluntarios que lo acompañan no disminuye. Ellos están acostumbrados a estas jornadas. El día anterior habían estado en la localidad de Bosa donde caminaron seis horas hablando con los ciudadanos y repartiendo publicidad. La semana entrante se dirigirán a otra localidad.

Cuando empiezan a caminar no saben cuánto se van a demorar ni qué distancia recorrerán. A los voluntarios les avisan que vengan bien desayunados, pues no se sabe cuándo habrá tiempo para parar a almorzar. Lo que sí saben es que el candidato va sin afán, que se detiene en cuanto negocio esté abierto y habla con quien quiera darle algo de su tiempo e incluso con aquellos que no. Compra bolsas de basura a una mujer que las vende en la calle, recibe el celular que le pasa una transeúnte y pacientemente trata de conversar con la persona al otro lado de la línea quien, es fácil deducir, tiene más que una queja que comunicar al candidato.

En la vía los carros disminuyen la velocidad para ver lo que atrae todas las miradas del barrio. Dos mujeres se asoman desde la ventana de una buseta y gritan: “¡Enrique, tienes mi voto!”, mientras esta se aleja. Peñalosa se baja del andén, se atraviesa al tránsito y esquiva hábilmente algunos vehículos, entre ellos un alimentador de Transmilenio, para acercarse a la ventana de un taxi y darle la mano a su conductor. Peñalosa saluda a los conductores de bus con una emoción usualmente reservada para amigos cercanos. Otros automovilistas desesperados hacen sonar sus pitos y buscan la forma de adelantar los carros estáticos. Cuando Peñalosa trata de saludar a uno de ellos el hombre hace un gesto ofuscado y acelera, dejando al candidato con la mano extendida.

Su sonrisa nunca es tan amplia como cuando encuentra un ciclista. Los detiene y felicita por su modo de transporte y en sus gestos se nota que siente orgullo. “Necesitamos más hombres como usted”, le dice a un señor vestido en un traje marrón oscuro. Acto seguido se arrodilla y apunta una banda verde fluorescente con el lema de la campaña alrededor del tobillo del ciclista, para que ande más seguro y su pantalón no se enrede en la cadena de la bicicleta. Habla de las ciclorrutas y de la expansión del sistema que quiere hacer. Sonríe y es como si recordara y dijera sin palabras “eso lo hice yo”.

*Estudiante de la maestría en periodismo de SEMANA y la Universidad del Rosario.
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