Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/11/10 00:00

Una lucha canina

Fanny Kertzmann marcó una época al f rente de la Dian, cuando les soltó los perros a la evasión de impuestos y al contrabando. Este es un fragmento de sus memorias, que Norma lanza esta semana.

“ninguno de los comerciantes legales podía vender electrodomésticos porque la competencia de los sanandresitos era feroz”

Durante la primera semana mantuve siempre una sensación de vacío en el estómago y no probaba bocado. Tenía los nervios de punta. Había un restaurante típico al frente del edificio del Ministerio de Hacienda y allá llegaba sola todos los días a leer proyectos de ley, mientras pasaba tragos de vodka con jugo de naranja. No lograba digerir nada distinto a sánduches de queso caliente o papas fritas.

El lunes empezó el desfile de lagartos por mi oficina, y muy rápidamente tuve que dejar en claro que no recibía a nadie sin cita previa. La primera visita inesperada fue la del senador de Bolívar Vicente Blel. Venía a echarme el cuento de las tiendas Made in Italy del famoso empresario italiano Giorgio Sale, a quien la Dian le había decomisado gran cantidad de mercancía, aparentemente de contrabando; Blel pretendía que yo liberara las prendas. Les pregunté a mis colegas y me dijeron "Huy, eso es horrible. Aquí no hacen sino presionar por eso y eso es contrabando, y punto". A Blel se le veía siempre muy juicioso haciéndoles la tarea a sus intereses.

Los funcionarios de la Dian habían preparado una instrucción según la cual yo delegaba toda la contratación en el Secretario General.

¿Y esto qué es? les dije de mal genio? Ah doctora, fue que me dijeron que usted quería delegar todo y sacarse ese problema de la contratación de encima. Para completar, me creían idiota. Conseguí entonces una excelente asistente que conocía la institución por dentro, Diana Chaparro. Diana me cubría la espalda y no dejaba que me hicieran un gol, ni de remedio. Le decían 'Chuqui, la muñeca diabólica', apodo muy merecido y con quien estoy inmensamente agradecida.

Los lagartos seguían llegando por montones. A Blel, le siguió Hilda de Jaramillo, la madre del político tolimense ahora miembro del Polo Guillermo Alfonso Jaramillo, que se apareció sin cita. Me advirtió que eran los propietarios de la agencia de publicidad escogida por la Dian y me regaló una pañoleta, todo en el lapso de 10 minutos. Apareció Piedad Zuccardi, quien se estrenaba como senadora, con un señor alto, la cara un poco picada, a quien reconocí por fotos. Venían a pedirme que por favor conservara en el puesto al administrador de la Dian en Cartagena, quien pertenecía a su grupo político. Me presentó a su acompañante como su asesor, Juan José García. Entonces le dije a Piedad:

"Cómo te parece que yo también digo que mi marido es mi asesor".

La visita más bienvenida fue la de Manuel Santiago Mejia, industrial y comerciante de Medellín, gran amigo mío y colaborador de la campaña de Andrés Pastrana. Ni Manuel Santiago ni ninguno de los comerciantes legales podían vender electrodomésticos en sus almacenes porque la competencia de Sanandresito y el contrabando era feroz y los precios tenían diferenciales de hasta 40 por ciento. Los electrónicos de contrabando, como todos los demás productos que entraban ilegalmente, se pagaban con dólares obtenidos en el mercado negro, dólares de lavado de activos, muy baratos. Eso quería decir que los contrabandistas estaban lavando dólares, un delito conexo con el narcotráfico.

Manuel Santiago traía una buena idea:? "Mire Fanny, como habla él, que me encanta, con su acento paisa, esos japonesitos y coreanos necesitan que el Ministro los llame a su oficina y les pegue un susto. Simplemente les advierte que los va a acusar de contrabando y lavado de activos, y verá cómo todos comienzan a comportarse bien".

La teoría tenía bases ciertas: los orientales obedecen ciegamente la autoridad y en Colombia nadie había ejercido ninguna sobre ellos.

La segunda semana, el despacho, como llaman a las direcciones de las oficinas públicas, estaba lleno de políticos pidiendo puestos. La primera cita fue para Íngrid Betancourt, en ese entonces senadora, que nunca se apareció; Jorge Eliécer Coral, de Putumayo; Efraín Cepeda, de Atlántico; Álvaro Ashton, costeño también; Jorge Navarro -hermano de Antonio, super buena persona e igualito a él, quien venía sólo a saludar, no pidió puestos-; Guillermo Botero, de Risaralda, quien me sorprendió por lo agresivo que se había vuelto. Habíamos sido amigos en la universidad, entonces un tipo muy querido a quien había conocido a través de los pereiranos, pero la política lo había transformado; Walter Lenis Porras; Rafael Amador; Jorge Gerlein; Lázaro Calderón; Jesús Puello, de Bolívar; William Montes, ídem; Pedro Jiménez, paisa; Gabriel Zapata, de Antioquia; Mauro Tapias; Bernardo Zambrano; Víctor Manuel Buitrago; Rubén Darío Henao; Armando Pomarico, quien llegó a reclamar toda la Dian de Santa Marta, diciendo con la desfachatez del caso que se moría de la pena de pedir puestos, pero su condición de ser un técnico de la política lo obligaba a hacerlo; Javier Álvarez; Juan Manuel López -encantador y decente y ¡no pedía puestos!; Alfonso Mattos; Augusto García, de Atlántico, quien reemplazaba a Fuad Char. Augusto era otro de los verdaderos caballeros del Congreso, estudioso y juicioso. Se apareció a saludar y no a pedir puestos. Ayudó mucho en todos los proyectos de ley que tramitamos.

Es injusto mencionar sólo estos nombres. A la hora de las votaciones, la verdad es que no influía el que tuvieran puestos en la DiaN, los políticos votaban en bloque con su movimiento o guiados por su parecer. Pero tengo que decir que casi todos pedían puestos. Ahora, sería más fácil enumerar los que NO: Santiago Castro -el congresista más serio, junto con Víctor Renán Barco, que tampoco pedía puestos y ayudaba en todas las reformas tributarias; Claudia Blum, Íngrid Betancourt, Juan Manuel López, Javier Ramírez y otros que se me escapan.

Dice la leyenda que en épocas de Ernesto Samper se le exigió a la Dian incrementar el recaudo en forma significativa, al mismo tiempo que se agudizaba la crisis del 8.000 y la urgente necesidad del entonces Presidente de lograr "gobernabilidad" a cualquier precio. Para conseguir apoyo parlamentario, el gobierno se inventó la figura diabólica de los supernumerarios en la Dian, que eran cargos a término fijo que se repartían entre los políticos. Arrancaron con 300 supernumerarios y en mi época, tres años después, ya iban en 2.000, repartidos por todo el país. Son funcionarios de libre nombramiento y remoción que se han vuelto indispensables para la administración, pero su nombramiento está contaminado de politiquería. Muchos de ellos ayudaban, aprendían, querían quedarse, pero al año tenían que irse para ser rotados por algún otro protegido de algún otro político. Esos eran los puestos a los que les ponían el ojo, porque en el Ministerio de Hacienda no había nada más para repartir, tal vez con excepción del Instituto Geográfico Agustín Codazzi, tal y como me lo comentó un asesor del ministro.

Había supernumerarios que venían de tiempo atrás, pero lo increíble es que por ningún lado existía un inventario político completo. De verdad que eso sólo se puede manejar por computador. Yo creía que tenía que existir y por algún lado lo estaban escondiendo, pero la incompetencia en algunas áreas -a pesar de que en general, y lo reitero, la mayoría de los funcionarios del nivel central y jefaturas regionales y locales eran buenos- hacía que nadie le hubiera seguido la pista al mapa político de la Dian.

Los supernumerarios a su vez cambiaban de padrino político cuando éstos perdían la curul, se reacomodaban sin que quedara registrado el nuevo respaldo del funcionario. Lo botaban, lo reenganchaban y así ad eternum. Después de unos meses saqué la mano. Estaba demasiado metida en la parte técnica para ponerme a politiquear y había perdido la paciencia con los parlamentarios. Además algunos de ellos a los que les tenía hasta simpatía habían terminado en la cárcel, empezando por el técnico de la política Armando Pomarico, que llegó a pedir y en realidad controlaba la Aduana de Santa Marta.

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