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| 12/18/2013 12:00:00 AM

Una mañana en los bares de guarapo

En uno de los sectores considerados de mayor inseguridad por la Policía, detrás de la Central de Abastos, funcionan algunas guaraperías. Sus clientes son, en su mayoría, coteros y vendedores de Corabastos.

Después de la segunda totuma de guarapo, Susana luce más extrovertida. 

–Ya que estamos en confianza le digo que aquí nos tratamos es de hijueputazo pa’ arriba –dice. 

–A veces llega, por ejemplo, el Gorgojo, y me saluda: ¡Quiubo Gusana! 

–¡Gusana, su madre, malparido. Mejor diga qué va a tomar! le contesto. A ellos –señala con la boca a los tomadores de guarapo– les gusta que los trate así. 

–A otros sí los consiento. Les toco el hocico, las orejas… la pasamos rico. 

La guarapería está ubicada en el segundo piso de una casa a medio terminar, en un callejón de Patio Bonito, en el sur de Bogotá. Susana es la administradora y la encargada de procesar la bebida y de atender a los clientes. La mayoría de ellos son coteros y vendedores de la Central de Abastos, Corabastos. 

Susana es de rasgos indígenas. Fornida y sonriente. Dueña de un arsenal de groserías que puede disparar en ráfaga con la destreza de un camionero. 

Son las 10:37 de la mañana. A un lado del pasillo, en una pieza de tres por tres, con piso de cemento, charlan, se ríen y hacen chistes bobos, tres hombres y una mujer que madrugaron a tomar guarapo. 

–Sigan y se sientan. Si quieren saber de guarapo llegaron al lugar preciso –dice Susana. Luego nos hace entrar a la pieza y señala una banca de madera y una silla Rimax de color blanco. 

–Hable con este, que éste es un loco –dice señalando a un hombre trigueño, delgado, de mejillas tostadas por el sol. 

El loco se llama Duván. 

–¿Y su apellido? 

–Sin apellido porque aunque usted no lo crea yo soy de buena familia. Lo que pasa es que yo soy la oveja negra. Yo trabajo, me hago mis pesitos, pero tomo guarapo todos los días… ¿Sí o no Susana?

La mujer lo mira con incredulidad. 

–Pero quién sabe dónde porque aquí no viene todos los días. 

–Vea, yo me conozco todas las guaraperías de por aquí. Hay como doce.  Esta mañana estuve tomando aquí a la vueltica, pero ese guarapo estaba como avinagrado –dice Duván–. El hombre hace un gesto de asco y se limpia las babas con el dorso de la mano. 

–A mí donde más me gusta ir es donde Sandra. Pero por ver a la Sandrita, que está más linda. La mayoría de los que vamos allá, vamos es por la Sandrita. ¿Sí o no? –le pregunta a otro cliente. 

El hombre asiente con la cabeza. Y hace un gesto morboso con la boca. 

Sandra tendrá unos treinta años. Es bajita, blanca y de pelo castaño. Muy amable y de sonrisa amplia y fácil. Tiene los dientes grandes y, sobre todo, completos, algo no muy común en el medio en el que ella se mueve. 

Susana asegura que Sandra es generosa y buena gente. A Sandra la había conocido esa misma mañana. Estaba limpiando las mesas de la guapería que montó hace seis años con su esposo en un local estrecho del barrio Llano Grande, a una cuadra de Corabastos. 

Se había delineado de azul los ojos cafés y lucía aretes dorados. Los clientes babean por ella. Sandra, sin embargo, está lejos de ser el prototipo de mujer de pasarela. Y no le gusta que le tomen fotos. Los clientes cuentan que es capaz de echarse al hombro una canasta con botellas de guarapo, de devolver un puñetazo cuando le tocan las nalgas o de encuellar y sacar a empujones a algún borracho cansón. 

Sandra es de Ramiriquí, Boyacá –todas las guaraperías del barrio son de gente de Ramiriquí– y es propietaria, además, de una taberna ubicada cerca a la avenida Ciudad de Cali “muy bien montada”, donde trabaja con su esposo hasta la medianoche. Sus dos hermanas también viven de vender guarapo. 

–Aquí toca cerrar a las cinco de la tarde porque la policía molesta mucho. No les gusta la venta de guarapo. A las cinco sacamos a los borrachos y nos vamos a trabajar a la taberna.

Frente al negocio de Sandra, al otro lado de la calle sin pavimentar, se alinean unos quince bicitaxis. En los alrededores se ven indigentes, recicladores y hombres enruanados o con chaquetas de cuerina, dril o yin gastadas por el uso. Algunos llevan gorras de lana o sombreros de cuero, estilo vaquero, ajados y sucios. 

La guarapería abre a las diez de la mañana. Fue el primer sitio a donde llegamos. Pero a esa hora el movimiento es escaso, así que decidimos, con Álvaro Cardona, el fotógrafo, aceptar una invitación a conocer la fábrica de guarapo donde trabaja Susana.  De esa forma resultamos sentados en la pieza, tomando guarapo y escuchando a Duván. 

Duvan vive en Bosa Laureles, en la casa de una hermana. A ella poco le gusta que él se gaste en guarapo parte de los pocos pesos que se gana en Corabastos, pero se lo aguanta. Después de todo, es su hermano. 

–Yo pa’ que voy a decir mentiras, de que tengo casa o plata. ¡No tengo nada!
Duván cuenta que en una ocasión llevó a su hermana a conocer las guaraperías. Ocurrió el día en ella fue a mercar a Corabastos para un asado que estaba preparando con su familia. 

–Cómo estaba aquí cerquita le dije camine y conoce a mis amigos y dónde es que yo me la paso. Y la traje a la guarapería. Ese día había varios amigos bebiendo y se puso a preguntarme cosas. 

–¿Cuánto vale una totumada de esas?

–Esa es de 500, pero hay otras más grandes de mil. 

–¿Y todos meten la jeta en la misma totuma?

–Sí, pero la gente con la que yo ando es muy sana. Yo escojo a mis amigos –dice Duván. Y menciona a ‘Hueso limpio’, ‘El Japonés’ y ‘El Ministro’.

Duván dice que siempre anda con los mismos amigos. Son seis. Todos venden líchigo o son coteros en Corabastos, beben guarapo de domingo a domingo y van a la guarapería de Sandra por verle las nalgas a ella. 

–Yo tomo guarapo desde hace como siete años. Antes tomaba era cerveza. Me gastaba la plata en cerveza y en viejas–. 

Dice que ya no va, pero que antes frecuentaba “los chochales” (prostíbulos) de la avenida ciudad de Cali… “Yo no he vuelto por allá… ¿usted que cree que yo tengo plata para pagar los veinte mil pesos que cobran esas viejas por un polvo… nooooooooooo”.

Duván cuenta que comenzó a tomar guarapo porque un amigo, “el Ramírez si no estoy mal”, lo invitó un día a jugar un chico de rana y tomar “un guarapito rico”. 

–Llegamos y la dueña nos ofreció: ¿qué van a tomar, guarapo o fina? Yo no sabía qué era fina. 

–Mi amigo pidió fina. Y resulta que fina es guarapo, pero revuelto con cerveza. 

– ¡Vea… usted no me la cree, pero desde ese día yo vivo pegado a la totuma. Yo no sé si será que eso tiene juagadura de calzones o de tangas o qué, pero yo no lo he podido dejar!

Susana, que escucha en silencio desde la puerta, salta para defender la higiene de su guarapo. 

–No hable mierda Duván, que qué dirán los periodistas… Si ya les mostré a ellos cómo es que se prepara… y hasta lo probaron y les quedó gustando…  

En efecto. Poco después de llegar, Susana, muy solícita, nos explicó el proceso. Pero antes apartó dos abejas muertas que flotaban sobre la superficie burbujeante de color panela, metió una totuma en el líquido y nos la alargó con una sonrisa.  

–Pruébelo que está dulcecito. 

– ¿Cuánto tiene de fermentado…? –le  pregunté con la autoridad que me otorga el haber atizado el fogón donde mi abuela Tomasa preparaba guarapo de caña en la vereda del Cauca donde nací. 

–Poquitico… por ahí un día. Si quieren les doy de ese otro que está más ‘juerte’…  ese tiene como tres días. 

Sobre el guarapo del otro bidón también navegaban algunas abejas. Las burbujas estallaban en toda la superficie.  

–No señora, gracias. Con este no más. 

También ofreció darnos a probar de un bidón más pequeño (los grandes son como de 50 galones), en el que había un palo de escoba, al parecer para revolver.

–Ese sí está juertísimo –dice–. No recuerda cuántos días tiene de fermento. Y añade, como para que alejemos la tentación de probar el brebaje. 

–A los que no están acostumbrados les da diarrea. 

Susana explica que a medida que el bidón de plástico se desocupa, ella le agrega agua hervida, miel de caña –que guarda en un recipiente plástico– y una taza de cuncho que, según explica, es una especie de sedimento que deja cada fermentada. 

Buena parte de este guarapo se vende en el negocio de Sandra. Susana lo envasa, con un embudo y un cedazo (para evitar impurezas), en botellas de cerveza de 750 centímetros cúbicos. 

Cada media hora, aproximadamente, ‘El Mono’, un empleado de la guarapería, viene a llevarse una canasta con 16 botellas del líquido. Pero entre viaje y viaje, ‘El Mono, se toma media totumada de guarapo. Con el ajetreo, ‘El Mono’ está sudoroso. Una gota se le acumula en la punta de la nariz, se alarga y finalmente se desprende y cae dentro de la totuma. 

 La mujer que toma guarapo en compañía de los tres hombres se llama Mery Toncel. Vive en el barrio Britalia y trabaja en Abastos. Aclara que ella no es guarapera, sino ‘chinchinera’, es decir, tomadora de ‘chin chin’, al que describe como un aguardiente barato. 

A Mery Toncel le gustó mi dentadura. Dice que la tengo blanca y parejita. Es explicable: ya se tomado más de diez sorbos del guarapo más fermentado. El apunte de Mery –de intrascendencia absoluta para esta crónica– hizo derivar la conversación del grupo hacia asuntos bucales. O más bien, hacia vacíos dentales. 

Duván contó la historia de cómo perdió un incisivo inferior. 

–Estaba borracho, bien guarapiao, y en vez de morder la carne, mordí fue el tenedor… ¡jueputa! Pero no se me cayó. Quedó apenas flojito. Y un día me puse a tomar guarapo y ya bien borracho yo mismo me lo arranque. 

La totuma de guarapo seguía rodando de boca en boca. 

Isauro Montañez Buitrago, un vendedor callejero de helados, ya sesentón, fue el segundo en confesarse. 

–Vea, yo  sí perdí varias muelas por no cepillarme –dice. Y enseña su dentadura con ayuda del índice derecho. Hace un gancho con él y se estira la comisura del labio para que podamos ver hasta los molares. 

–Mi vecino, un hombre de gorra y suéter de lana, me dice en voz baja. 

–¿Sabe cómo perdí yo este diente? De una patada. Yo vivo en el Danubio Azul… ¿usted conoce el Danubio Azul?... Sí, allá en sur. Un día llegué borracho y me cascaron por quitarme dos mil pesos que era lo que llevaba. 

En el otro extremo de la sala (a unos dos metros), Duvan le da un sorbo a la totuma y luego la pone sobre un anillo de Pvc, cortado de un tubo de unas cuatro pulgadas de diámetro, que Susana acomodó encima de un butaco de madera. 

–Los otros tres dientes me los tumbó mi mujer –dice mi vecino–. Ella trabaja en Abastos… vende números de lotería. Esa mujer es santandereana… 

–¿Quién sabe por qué sería…? –dice Mery. 

–Brava la mía que me metió un varillazo y me jodió el brazo –interviene Duván–. Pero vea, le voy a decir la verdad: lo que pasa es que yo era muy guache con ella. Yo me gastaba la platica en billar, trago, viejas… yo la trataba muy mal y se cansó y se fue con otro. Después de eso fue que me puse a tomar guarapo. 

El rostro siempre sonriente de Sandra se asoma en la puerta. 

–¿De qué están hablando…?

–Vea, ya llegó este arremuesco –dice Duvan–. 

–Arremuesco pero está que se muere por mí –replica Sandra en voz alta–. Si hasta me quiere hacer un chino. 

–Lo que quiero es otra cosa… –Duván suelta una carcajada–. 

–Señor periodista, ¿sí se da cuenta de que esos guaraperos son más morbosos? Uno tiene que estar listo a meterles un puño porque si uno se descuida le tocan las nalgas –dice Sandra y desaparece. 

Desde el lugar donde estoy sentado se alcanza a ver, en el pasillo, la puerta del baño, que igual sirve para hombres y mujeres. Hay un letrero escrito con marcador azul: “Fabor mantener el baño linpio”. 

En un rincón de la pieza, en la pantalla de la rockola aparece, intermitente, otro letrero: Insert coin. Susana explica que la máquina funciona con monedas de 200 pesos. Le dan derecho a elegir dos canciones. 

La mayor parte de la música que suena en este sitio es mexicana, de despecho y guasca. Totuma en mano, le echo 200 pesos, examino la lista que aparece en la pantalla y elijo el número 00591: El guaquero. La letra habla de Muzo (Boyacá). 

“Aquí se apuesta a los gallos con mucha alegría… 

aquí se apuesta el dinero con mucho valor…”. 

Con la segunda opción marco la canción de Efraín González, el legendario bandido de mediados del siglo pasado.  La canción cuenta que el día en que lo mataron “Llevaba un escapulario dizque un curita le dio”. 

En la lista de canciones, que cambia al pulsar un botón, aparecen títulos como La rejijueputa vida, La mujer y la gasolina y El marranito. 

Mery, que siempre habla de “usted”, de pronto empieza a tutear a Duván, y le hace caer en cuenta de que él interrumpe a todos cuando están hablando: 

–¿Bueno Duván, hablas tu o hablo yo? 

–No pues, hable tu merced –responde Duvan y suelta la carcajada–. 

Es la una de la tarde. Regresamos a la guarapería de Sandra. Una ranchera suena a todo volumen. Las cinco mesas están llenas. Con excepción de un hombre que duerme la rasca aferrado a una media de ron, los demás toman guarapo. Los clientes nos miran con agresividad, a pesar de que Sandra nos trata como si fuéramos de la familia. 

Minutos antes, uno de esos clientes, un hombre de ruana de color café, gorro de lana hasta las orejas y barba oscura y espesa inspeccionó el taxi en el que habíamos llegado al barrio y dictaminó con asco frente a la cara del conductor: ¡Rayas…! (policías de civil). Luego se metió de nuevo a la guarapería. 

El mismo hombre se me para enfrente poco después de que entramos al local. Demasiado cerca. Tiene las manos debajo de la ruana. Me mira rayado y fijo. Desafiante. Hiede a guarapo, como si no hubiera parado de tomar en ocho días. 

De pronto saca las manos de la ruana y las extiende hacia mí, igual que los delincuentes dóciles para que la policía les ponga las esposas. Pero la mirada de este sigue siendo agresiva. No cabe duda, aquí ninguno cree que somos periodistas.

–¿Y entonces qué va hacer? –dice acercándome la cara. 

Levanto las manos en señal de que no quiero problemas. El hombre me mira fijo unos segundos, pero luego se va a sentar y masculla un madrazo.

En la rockola en forma de guitarra truena la voz de Jimmy Gutiérrez y su grupo, Los caciques del despecho, con el éxito del momento: Pa’ las que sea. 

“Critican… porque yo soy mujeriego y bebedorrrr.
Andariago, parrandero, al son que toquen lo muevooo.
Soy pa’ las que sea, parcero, 
no me ando con maricaaadas, 
vayan de una sabieeendo… ”

Algunos clientes corean las frases más pegajosas de la canción: “Trago, parranda y mujeres…”, “soy bien chueco y pal’ gatillo soy un man sin agüero…”, “Ni al mismo putas le corro…”, “Pa’ chupar guaro soy buen gallo, pa’ putiar soy un perrazo… ”, “Chupemos guaro al piso, parcero…”. 

En este sitio no hay mucho qué hacer. La música a todo volumen y la hostilidad de los clientes, ya borrachos, que sienten vulnerado su territorio por un par de intrusos, dificultan cualquier entrevista. Nos despedimos de beso de Sandra y regresamos donde Susana. Allá nos dejan tomar de la misma totuma y nos tratan a los hijueputazos, pero con cariño. 

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