Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/07/30 00:00

Una postal de Nueva York: la ciudad se recupera de su duelo

Las Torres Gemelas eran un símbolo de prestigio económico. Los inmigrantes que trabajaban en este lugar mandaban postales a sus familiares en los diferentes países como prueba de que estaban triunfando en América

Una postal de Nueva York: la ciudad se recupera de su duelo

Las Torres Gemelas eran un símbolo de prestigio económico. Los inmigrantes que trabajaban en este lugar mandaban postales a sus familiares en los diferentes países como prueba de que estaban triunfando en América. Igualmente, los profesionales de las torres daban con orgullo la dirección de donde trabajaban.

Esta semana se cumplió un mes desde que terroristas del medio-oriente estrellaron dos aviones contra estas torres. El lugar se ha convertido en "el cementerio mas grande de Estados Unidos," dijo el alcalde de la ciudad de Nueva York, Rudy Giulliani. Con la tragedia desaparecieron mas de 5.000 personas. Dentro de ellos, nueve colombianos murieron y 19 desaparecieron, según el consulado de Colombia en Nueva York.

Pero si algo ha quedado claro dentro de los ciudadanos neoyorquinos es que hay que seguir adelante. "Cuando este país está lastimado, nosotros nos unimos. Muchos querían dañar nuestro país y nosotros no nos dejamos," dijo Mara Burns, una ama de casa, de 52 años.

Cada día que pasa, la unidad, el compañerismo y el patriotismo de los neoyorquinos están sacando a la Gran Manzana de su duelo. Desde el primer momento del desastre han sido innumerables las muestras de solidaridad que se han visto por toda la ciudad, especialmente en las iglesias, centros de voluntarios y vigilias.

El 5 de octubre, el presidente mexicano Vicente Fox viajo a Estados Unidos y expresó sus condolencias al presidente Bush y al alcalde Giulliani. Esa tarde Fox se reunió con casi 200 compatriotas en la iglesia de St. Bernardo en la Calle 14 donde lideró un minuto de silencio frente a las fotos de algunos mexicanos desaparecidos, 23 en total. Fox dijo: "De inmediato pensamos en ustedes. Quiero expresar el sentimiento (de pésame) del pueblo mexicano." En sólo Nueva York se estima que hay mas de dos millones de indocumentados mexicanos, según Esperanza Chacon, una coordinadora en Tepeyac, una ONG de la ciudad.

El 7 de octubre se realizaron dos misas más. La primera fue a las 10 de la mañana en la iglesia Sacramento Bendito en Jackson Heights donde vive la mejor parte de los inmigrantes colombianos. La segunda fue a las 2 de la tarde en la catedral de San Patricio, y reunió a la comunidad hispana para celebrar el Día de la Hispanidad. La iglesia se llenó de colombianos, mexicanos, dominicanos, hondureños, panameños, salvadoreños, ecuatorianos, guatemaltecos, peruanos y venezolanos. Muchos llegaron a este país huyendo de guerras, muchos son indocumentados que trabajan como cocineros, meseros y domésticos. Pero todos consideran a Estados Unidos su casa.

El reverendo monseñor Josu Iriondo leyó un comunicado del Papa: "Unidos, oremos por el pueblo de Estados Unidos de América y sus líderes para que seamos instrumentos de paz".

Pero esos no son los únicos ejemplos de solidaridad. A menos de 20 cuadras de la catedral en el centro de asistencia familiar en Pier 94, llegan los familiares de desaparecidos para hablar con representantes del Servicio de Inmigración y Naturalización (INS), del Bureau Federal de Investigación (FBI), de la Cruz Roja, y de compañías de seguro. Otros voluntarios ofrecen sus servicios como expertos en salud mental y detectives para averiguar dónde estaba la gente en ese momento. Las empresas de teléfono ofrecen líneas gratuitas allí para que los afectados puedan comunicarse con sus familias, así sea larga distancia. Igualmente, un bote lleva del Pier 94 hasta la zona de ruinas a familiares que quieran decir una oración o colocar una flor para despedirse.

"No tengo ninguna crítica. Esta gente me ha ayudado más que mi propio consulado", dijo Luz María Mendoza, una viuda mexicana, de 27 años. La oficina del alcalde Giulliani le sacó rápidamente la visa humanitaria para que ella pudiera venir desde México a hacer los trámites para recibir la ayuda correspondiente por su marido desaparecido. El trabajaba en un restaurante en frente de las torres y seguramente esa mañana, como lo hacía todos los días, fue a dejar un desayuno.

Mendoza se preocupa porque su esposo mantenía a ella, a sus tres hijos, a su madre y a su hermano. Todos viven en México. Ella ha visitado el Pier 94 veces, siempre cargando una bolsa con su partida de matrimonio y la partida de nacimiento de los hijos para así probar su relación y recibir ayuda monetaria de parte de los Estados Unidos. Aunque la familia de la víctima vivía en México, el gobierno estadounidense dará a ellos la misma cantidad de dinero que recibirían si él todavía viviera.

Desde el día después del desastre, el 12 de septiembre, un ambiente caluroso ya definía la ciudad. Centenares de personas de todas partes del continente llegaron —y siguen llegando-— al centro de convenciones Jacob Javitz para alistarse como voluntarios. Fueron tantos los que llenaron los formularios que muchos aún no han sido llamados. Ellos tenían en lista cualquier fortaleza que tuvieran: idiomas, habilidades técnicas, y conocimientos médicos o de primeros auxilios.

David Blake, de 32 años, trabajaba en una compañía de seguros que tenía la oficina en las torres y fue evacuado de su lugar de trabajo. Sin embargo, él ofreció su tiempo inmediatamente. Por una semana, con turnos hasta de nueve horas, formó parte de las cadenas humanas que se pasaban, de uno a uno, cajas de bebidas y comida donadas por restaurantes, hasta los camiones que las llevaban para los trabajadores de rescate en la zona de ruinas.

Dos días después del desastre, el 13 de septiembre, una mamá cogió de la mano a sus dos niños pequeños y cruzó la Calle Lafayette, hacia una estación de bomberos. "Gracias, señores. Les agradecemos", dijeron los niños a media lengua, mientras añadían claveles rojos a las cinco canecas de basura que ya estaban llenas de rosas y gladiolos. Los hombres de esta estación habían estado combatiendo al enemigo, al enorme incendio que no dejaba respirar y que todavía hace arder los pulmones. Algunos habían trabajado hasta 24 horas seguidas y buscaban sin cesar a sus compañeros desaparecidos.

Tres días después del desastre, el 14 de septiembre, John Hamilton, un bombero canadiense, manejó ocho horas desde Ottawa, Canadá, hasta llegar a Nueva York. "Esta ciudad es increíble. Anoche salí a tomarme una cerveza y como tenía puesta mi camiseta de bombero, la gente me compraba el trago y me daba las gracias", dijo Hamilton, de 50 años, quien se hospedó gratuitamente en el Hotel Paramount, por cuenta del mismo hotel.

Esa mismo noche, en el parque de Washington Square, a dos millas de las ruinas y en el corazón de la Universidad de Nueva York, los estudiantes sostuvieron una vigilia. Alrededor de un monumento arquitectónico similar al Arco del Triunfo en París, los neoyorquinos colocaron notas con poemas y mensajes a los muertos, flores, y velas prendidas de todos los colores. Alguien colocó un par de lentes de sol, simbólicamente haciendo sombra a las fuertes emociones que acogían el parque.

"Acabo de colocar la insignia del bombero que me regaló mi padre", dijo John Lavelle, de 19 años. Su padre es un bombero retirado en la Isla de Staten y muchos de sus amigos de niñez son bomberos. Algunos no se habían reportado a su estación, y Lavelle creía que estaban muertos. Por años, su padre luchó para que él pudiera ir a la Universidad de Nueva York y ahora que es un estudiante de tercer año, piensa abandonar los estudios para seguir los pasos de su padre, su héroe.

Lavelle contó cómo sus otros amigos evacuaron sus dormitorios para dar alojamiento a los trabajadores de emergencia y a los bomberos que viven lejos de Nueva York y vinieron a ofrecer su ayuda.

Cuatro días después del desastre, el 15 de septiembre, Michael Ryan y Thomas Havener se bajaron del bus que los trajo las 26 horas desde la Florida. Ellos vinieron para ofrecer su ayuda. Thomas, un albañil de 32 años, renunció a su trabajo para venir. Ryan, un carpintero de 31, nació en la Calle 200 en el Bronx, en el norte de la ciudad.

"Para mi, Nueva York es mi casa. Voy a hacer lo que me pongan a hacer", dijo Ryan.

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