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| 7/11/2011 12:00:00 AM

Uniformados secuestrados: familiares piden que no los olviden

Algunos desde 1998 y otros desde 1999 esperan la buena noticia: reencontrarse con sus papás, sus esposos, sus hijos. Esos hombres que son víctimas de las Farc y a los que a veces el país parece olvidar.

Para ellos fue ayer. Pero ya han pasado 12 años desde cuando las FARC se los llevaron. Los familiares de los uniformados que fueron secuestrados en julio de 1999 en Puerto Rico (Meta) no dejan de pensar ni un segundo en lo que se ha convertido en su obsesión desde hace tanto tiempo: volver a verlos.
 
Un año más se unen. Y para lo mismo: exigir al Gobierno que haga algo por ellos, los uniformados que perdieron su libertad cuando estaban prestándole servicio al país, y recordar que en Colombia aún hay gente en la selva.
 
Los familiares del intendente de la Policía Jorge Humberto Romero (secuestrado en la toma a Puerto Rico,1999), del sargento segundo de la Policía José Libardo Forero (secuestrado en la toma a Puerto Rico, 1999), del intendente de la Policía Wilson Rojas Medina (secuestrado en la toma a Puerto Rico, 1999), del sargento viceprimero de la Policía César Augusto Lasso (secuestrado en la toma guerrillera en Mitú, Vaupés, el primero de noviembre de 1998) y del sargento segundo del Ejército Luis Arturo Arcia (secuestrado en la toma de El Billar,1998) quieren enviar este año un mensaje claro: recordar que ellos siguen en cautiverio y llamar la atención. Pedir que no los dejen solos. 
 
Desde hace más de dos años ninguno recibe pruebas de supervivencia. El recuerdo de las últimas está vivo, pero no es suficiente. Pasan los días, los años y de ellos nada se ha vuelto a saber. La incertidumbre se hace cada vez mayor, así como la impotencia. “¿Para qué quieren tenerlos allá?”, se pregunta uno de los familiares que llegaron a Bogotá para encontrarse con el vicepresidente Angelino Garzón.
 
La tarea no ha sido fácil. Ya van 4.380 días de espera y de lucha. Ellos cuentan que durante los ocho años del gobierno de Álvaro Uribe hablar del tema de secuestrados con el Gobierno y las posibilidades de lograr un acuerdo que permitiera su libertad siempre fueron esquivas. Por eso, que el gobierno actual, a través del vicepresidente Garzón, haya decidido atenderlos (el viernes anterior) y escucharlos es un gran paso. La ilusión de ver en libertad de nuevo a sus familiares vuelve a aparecer.
 
“Nos escuchó. Y entre otras cosas, se comprometió a poner pancartas con las fotos de todos los que aún están en cautiverio. Además aseguró que el próximo 8 de agosto volveremos a reunirnos”, cuenta Gloria Marín, esposa del intendente de la Policía Carlos José Duarte.
 
Mientras tanto, ellos continúan esperando. Lo han hecho durante 12 años y no están dispuestos a rendirse ahora cuando a las familias de algunos han llegado nuevos miembros (el intendente de la Policía Carlos José Duarte y el intendente de la Policía Jorge Humberto Romero ya son abuelos).
 
Familia Arcia: "Nos sentimos abandonados. Ya nadie habla de ellos"


 
Antonio, uno de los hermanos del sargento segundo del Ejército Luis Arturo Arcia (toma guerrillera en El Billar, Caquetá, 3 de marzo de 1998) dice que le cuesta pensar que en Colombia haya secuestrados de diferentes categorías. “Valoran a algunos, pero a otros los dejan podrir en la selva. Es triste.” dice, mientras se pregunta por qué se ha hecho tanto por la libertad de unos, mientras que otros (su hermano por ejemplo) parecen estar en el olvido. Su hermano lleva 13 años en la selva. Tenía 26 cuando lo secuestraron.
 
Familia Duarte: "Su nieta lo espera"
 
 
El intendente de la Policía Carlos José Duarte (toma guerrillera estación de Policía de Puerto Rico, Meta, 10 julio de 1999) fue secuestrado cuando tenía 29 años. Ahora tiene 41 y su hija, a la que dejó de ver cuando era una niña, ya es una mujer. Es mamá. Muchas cosas han pasado en su ausencia. Su hijo, Carlos Andrés, ya es un adolescente que aprendió a pintar y que, según cuenta su mamá, Gloria, tiene mucho talento en el arte.

Al 'Flaco’, como le decían al intendente Carlos José Duarte, lo espera cuando regrese a la libertad una familia que ya cuenta con una nueva integrante, pero además que tiene mucho por contarle. Lo que ellos han vivido en estos años ha sido una historia de lucha, de perseverancia, de constancia, de amor por él. Porque no se resignan a no volver a verlo. “Todos lo extrañamos. Todos los días. Yo extraño mucho bailar con él. Así fue como nos enamoramos: bailando salsa”, dice Gloria, su esposa, con quien llevaba siete años cuando las FARC se les atravesaron en el camino.

Familia Forero: "Ojalá el Gobierno pudiera llegar a un acuerdo y lograr su liberación"

 
La familia del sargento segundo de la Policía José Libardo Forero (julio de 1999) dice sentirse también en cautiverio. No es para menos. Han sido muchos los años que han pasado en los que la felicidad no ha sido completa. Hace falta él. Sus hijos, Anderson Libardo (tenía 8 años en 1999) y Nolly Paola Forero (tenía 4 años en 1999); su mamá, Ana Dolores Carrero, y su esposa, Norma Trujillo, no han pasado un solo día sin pensar en el día en que se puedan reencontrar con su papá, su hijo y su esposo. Mientras tanto lo recuerdan, le mandan mensajes por radio y le piden al Gobierno que haga algo por ellos, y a los colombianos que se solidaricen.
 
“Ojalá el Gobierno pudiera llegar a un acuerdo y lograr su liberación”, pide doña Dolores. Le cuesta hablar de su hijo sin llorar. No es para menos. Extraña su presencia, sus abrazos, la forma como la sorprendía -según dice- en todos sus cumpleaños.
 
El 15 de agosto el sargento José Libardo Forero cumplirá 43 años. Ellos no pierden la esperanza. Confían en que esto acabe ya. 
 
Familia Romero: "Ya es justo que los traigan"

 
Katherine, hija del intendente de la Policía Jorge Humberto Romero, tenía 6 años cuando su papá fue secuestrado (julio de 1999). Hoy es mamá y sueña con que su papá, que se convirtió en abuelo estando en la selva, sea liberado, conozca a su nieto y pueda escuchar tantas cosas que, dice ella, tiene por contarle. 
 
“Hace más de dos años que recibimos la última prueba de supervivencia. Se veía muy mal. Encadenado. Uno siempre oía que eso les hacían en la selva, pero no creía jamás que iba a ver a mi papá así. Fue muy triste”.
 
Ella pide al Gobierno que no olvide a los secuestrados. No solo a su papá. A todos. Ella pide que se logre traerlos a la libertad, pero sin que ellos corran peligro. 

Familia Rojas: "Este silencio es terrible" 
 




Griselda Medina y Julio Rojas son los papás del subintendente de la policía secuestrado en Puerto Rico (Meta)  (10 de julio de 1999). “Tengo 73 años. Estoy ya agobiado, yo pienso que voy a morir sin volver a verlo”, dice el papá. Ella lo anima: “Yo tengo fe. La vida en cualquier momento termina, pero yo tengo fe”. Los dos esperan que ocurra el milagro por el que tanto tiempo han esperado: que a su hijo, a quien dejaron de ver cuando apenas tenía 29 años, lo liberen. Poder abrazarlo y volver a ser felices.
 
Les preocupa el silencio. No sólo porque no han vuelto a llegar pruebas de supervivencia, sino porque de los secuestrados -dicen- el Gobierno no volvió a hablar.

“Este silencio es terrible. Cómo así que por otros secuestrados han hecho de todo, hasta buscando ayuda de otros países y por nuestros hijos no”, se pregunta doña Griselda. 

Familia Lasso: “Conocí a mi papá en fotos”

Alejandro y Mónica, los hijos del sargento viceprimero de la Policía César Augusto Lasso, hace más de dos años que no saben nada de su papá, pero se animan pensando que tal vez la próxima vez que vuelvan a tener noticias de él sea por su liberación.

Mónica no había nacido cuando a su papá se lo llevó la guerrilla. Su mamá tenía un mes de embarazo cuando Lasso fue secuestrado. “Conocí a mi papá en fotos. En las que quedaron de la celebración del único cumpleaños en el que mi papá pudo estar con mi hermano”. Ella se refiere a Alejandro, quien tenía apenas 15 meses de nacido cuando a su papá se lo arrebató la guerrilla. Los dos ya son un par de adolescentes que no sólo en las fechas especiales se acuerdan de él. Ellos lo tienen presente siempre. Por eso, cada vez que pueden hablan de su papá, piden que lo liberen y le mandan mensajes. No quieren seguir creciendo sin él.
 
 


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