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| 4/10/2000 12:00:00 AM

Uno para todos y todos...

La incursión en la poliítica de los cuatro ex presidentes liberales anuncia un difícil proceso de reunificación del partido. En medio de ese proceso se abrirá la candidatura oficial de Serpa sin mayores contratiempos.

Con el sonar de floretes de la semana pasada muchos políticos han empezado a elucubrar sobre el regreso de los más respetados ex mosqueteros del liberalismo: Turbay (Athos), Gaviria (Aramis), Samper (Portos) y López (D’ Artagnan).

El cuadro tiene menos ficción y caricatura de lo que parece. Varios hechos ocurridos en los últimos días fueron interpretados en los corrillos de la alta política como una desenvainada casi sincronizada de los más influyentes espadachines liberales: la inesperada cumbre en Santiago de Chile —con motivo de la posesión del presidente Ricardo Lagos— entre los ex presidentes César Gaviria y Ernesto Samper con el presidente Pastrana para hablar sobre el proceso de paz; la decisión de Samper de volver a Colombia; la carta de Gaviria a Cambio, en la cual sienta una posición —por primera vez desde que es Secretario General de la OEA— frente a la coyuntura política interna; la columna de Alfonso López en El Tiempo, en la que plantea que, con el viaje a Europa, el gobierno le dio a las Farc un estatus de beligerancia de facto; y la sombra de Julio César Turbay en el proceso de unidad del Partido Liberal. ¿Qué hay, entonces, detrás de la aparente desenfundada de mosquetes de los cuatro ex presidentes?

‘Todos por el partido’

Para empezar a entender hay que acudir a la consigna que suelen gritar los mosqueteros antes de empuñar sus espadas: “Todos para uno y uno para todos”, que en lenguaje político criollo significa “todos por el Partido Liberal”. Los ex presidentes están preocupados por la crisis y fragmentación de su partido y por eso están tratando de utilizar su poder de convocatoria para buscar la unidad con miras a las próximas elecciones de octubre. Todos los ex presidentes apoyan en este sentido la constituyente liberal. Pero una vez se entra en el ámbito fangoso de la realpolitik las cosas se empiezan a empantanar.

El enfrentamiento entre Gaviria y Samper es “insalvable”, según dijo a SEMANA un congresista liberal. “No hay punto de retorno. Mucha gente ha ensayado a tender puentes y ha encontrado el más absoluto rechazo. Aunque en política nada es imposible”. Este conflicto, sin embargo, ya no se da tanto en el terreno ideológico como muchos podrían imaginar. Gaviria enterró de un plumazo el debate entre neoliberales y socialdemócratas al autoproclamarse —él también— como socialdemócrata cuando era considerado, sin mayor análisis, el más ilustre exponente del neoliberalismo. Al respecto Gaviria dijo que el liberalismo debía asumir “de manera deliberada su vocación socialdemócrata” y fortalecer “la capacidad del Estado para enfrentar los problemas sociales, que son la razón de ser de nuestro partido”. Los roces entre estos dos ex presidentes se presentan entonces más en el terreno de los personalismos políticos y de la ética pública que en el de las grandes ideas.

Debido al profundo abismo entre estos dos ex presidentes el proceso de unión liberal se viene incubando por otra vía: la dupleta Gaviria-Serpa. Los partidarios de esta alianza consideran que las fuerzas que le podrían quedar a Samper ya están con Serpa. “No hay dirigente político que se proclame samperista pero no serpista. En cambio hay mucho serpistas que no son samperistas”, dijo un dirigente liberal. Para ellos, cuando se habla de unir al partido se habla de acercar a Gaviria con Serpa.



Tres en uno

Los tres protagonistas de este episodio, por razones totalmente diferentes, acaban, sin embargo, confluyendo en el mismo interés: la elección de Serpa. Unos por acción y otros por omisión.

Samper sabe que su mejor reivindicación histórica es una presidencia de Serpa. Y, por lo tanto, estaría dispuesto a ‘engavetar’ su antigavirismo estructural con tal de ayudar a elegir a Gaviria en la jafatura única del liberalismo si ese es el prerrequisito para catapultar a Serpa a la Casa de Nariño, dijo uno de los colaboradores del ex presidente Samper. Serpa, por su parte, está buscando la legitimidad de una candidatura única que cuente con el guiño de los cuatro ex presidentes.

Y en este cruce de mosquetes a Gaviria lo único que en el fondo le interesa es que no lo puedan culpar de la división liberal y la consecuente derrota de Horacio Serpa, con quien tiene una buena relación personal. Gaviria ha dicho expresamente que no le interesa la jefatura liberal y, de hecho, su reelección como Secretario General de la OEA tiene un período de cinco años y hasta ahora sólo ha cumplido el primer semestre.

A pesar de que a Gaviria no le quedará fácil lograr su cometido sin inmiscuirse directamente en la política liberal, con la cumbre de Santiago se vió que está ejerciendo una jefatura natural dentro del liberalismo allende las fronteras. Con esa reunión, que se centró en el manejo que el Gobierno le ha dado al proceso de paz, quedó en evidencia la legitimidad y peso político que todavía tienen tanto Gaviria como Samper.

A su vez, a los liberales les ha quedado claro que hoy más que nunca el Partido Liberal necesita un sumo pontífice, que sea ungido por todos sus miembros y que le ofrezca garantías a un proceso de unión salpicado de rencores y prevenciones. Esto implicará presión adicional para Gaviria. Muchos liberales buscan hoy un jefe único como lo fue el ex presidente Turbay en los últimos tres procesos de unión liberal: el regreso de Luis Carlos Galán al Partido Liberal en 1989 y las candidaturas presidenciales de Gaviria en 1990 y de Samper en 1994.

Por su parte los dos ex presidentes que mejor podrían desempeñar ese papel, López y Turbay, actúan dentro de la colectividad más como los sabios de la tribu que como los caciques. Aunque no dejan de tener gran influencia y poder de convocatoria.



Reelección sin salida

El sonoro retorno de los ex presidentes también ha servido para replantear el papel que éstos juegan en una vida política sin reelección. Hoy por hoy el rol de los ‘ex’ permanece bastante difuso. Cuando había reelección presidencial este selecto club no dejaba de gravitar en las distintas esferas de poder en busca de una segunda oportunidad y utilizaban sus noticieros de televisión —adjudicados con milimetría política— para enarbolar sus causas electorales.

Pero desde el último lustro la generación de ‘los nuevos’ (Gaviria y Samper) optó por el exilio voluntario, el uno en la Secretaría General de la OEA y el otro en Madrid, y la generación de ‘los veteranos’ (López y Turbay) se ha marginado de la mecánica partidista y ha asumido su labor de consejería espiritual con cierta distancia frente a los asuntos terrenales.

Ahora que algunos de ellos han mostrado una clara intención de participar más activamente en la vida pública, este año electoral va a ser un interesante laboratorio para ver cómo va a encajar el rol de los ex presidentes en el nuevo rompecabezas de la política colombiana.

Un rompecabezas en el cual la posibilidad de reimplantar la reelección presidencial, como quieren algunos, es cada vez más remota. No sólo porque todos los presidenciables le cerrarían el paso en el Congreso (como sucedió con un proyecto que se hundió rápidamente en la legislatura pasada) sino porque buena parte de los colombianos dice estar en desacuerdo con la reelección (ver encuesta en la página 29). Como advierte Javier Sanín, decano de ciencias políticas de la Universidad Javeriana, “desde que se suprimió la reelección la vida política es más fluida, hay más movilidad y más posibilidad de surgir”.



Sin norte ni líderes

La reaparición de los ex presidentes en una de las peores crisis políticas de la historia es también un síntoma palpable de la falta de liderazgos y del progresivo agrietamiento institucional de la vida pública colombiana.

“La presencia de los ex presidentes refleja una constancia de orfandad política, en la cual no aparecen nuevos personajes que pongan a pensar a la gente en el liberalismo y el conservatismo. Los ex presidentes, por lo tanto, marcan derroteros, afianzan procesos y hacen llamados de atención”, dijo el senador liberal Rodrigo Rivera. Esta situación pone en evidencia la dificultad de construir liderazgos nacionales en el país. Hoy por hoy, si no se posee el prefijo ‘ex’ en política es casi imposible tener una resonancia nacional. En este sentido Fuad Char, senador liberal, considera que el país se quedó sin partidos políticos y sin liderazgos de tipo corporativo: “Hay una atomización total. El señor Gaviria tiene unos amigos, el señor Samper tiene otros, pero eso no dice nada dentro del contexto político nacional”.

Aunque el protagonismo de los ex presidentes en la vida pública siempre será antipático para las nuevas generaciones de políticos, en particular, y para una parte de la sociedad, en general, parece que en Colombia los habrá para rato. No sólo por el peso cultural de nuestro legado presidencialista sino porque en el 7 de agosto del año 2002, los colombianos tendrán en el ruedo tres ex presidentes menores de 55 años.

Y aun si no pueden ser reelegidos ningún ex presidente se margina de la política ya que es el oxígeno que respiran. Como dijo un congresista a SEMANA: “Todos quieren ser vacas sagradas”.

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