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| 1/4/2004 12:00:00 AM

Uribe 2004

En 2002 el Presidente entusiasmó. En 2003 desconcertó. Habrá que ver cómo será el modelo para el año que comienza.

Hay muchas incognitas sobre el año 2004. No se sabe aún cómo será la próxima reforma tributaria. Tampoco se sabe si comenzará en firme un proceso en la búsqueda de un acuerdo humanitario o si se cristalizará la ley de alternatividad para desmovilizar a los paramilitares. También es una incógnita en qué terminará el dólar después de un año con revaluación. Sin embargo, tal vez el mayor interrogante es cómo será el Alvaro Uribe modelo 2004. Si bien todos los presidentes gozan de una corta luna de miel antes de aterrizar en las realidades de la responsabilidad de gobierno, el caso de Uribe ha ido más allá de eso. En 2002 daba la impresión de no poder equivocarse. Pero en 2003 un sector importante de la clase dirigente, incluyendo el Congreso, ha llegado a pensar que no acierta una. Su reacción al cierre del año a la negativa del Consejo Electoral de modificarle el umbral del referendo en forma retroactiva es ilustrativa de este fenómeno. A pesar de que hay argumentos jurídicos de peso para revisar el umbral, la inesperada visita del Presidente al Consejo para promover la causa era un riesgo político demasiado grande. Se exponía a que fuera interpretada como una presión indebida, lo cual sucedió. Y a que la reacción fuera una reafirmación de independencia del organismo electoral, más que una decisión jurídica, lo cual también sucedió. Y si ese lobbying presidencial era imprudente, la respuesta del Presidente al fracaso del mismo fue abiertamente torpe. El fallo del Consejo Electoral puede considerarse de todo menos un acto de "politiquería", como lo denominó Alvaro Uribe. Y el caso de la revisión del umbral es un ejemplo más en una larga lista de desconcertantes salidas presidenciales que tuvieron lugar en 2003. En esta categoría están su crítica a los partidos políticos en el Congreso que tuvo lugar en Cartagena, precisamente para discutir soluciones constructivas para fortalecerlos. Igualmente su desafortunada andanada contra las ONG por cuenta de un panfleto periodístico publicado por una de ellas. Al igual que en el caso de la revisión del umbral, los argumentos del Presidente eran válidos pero se debilitaron como consecuencia de una falta de manejo de la situación. En ese caso, el discurso presidencial para refutar el contenido del panfleto acabó creando un incidente diplomático internacional con mayores repercusiones que las acusaciones contenidas en el folleto en cuestión. Ejemplos de tiros por la culata como los anteriores hay varios, pero ninguno tan grande como el del referendo. Este fue un daño autoinfligido de mucha gravedad y totalmente innecesario. El Congreso había incluido en su reforma política prácticamente todos los puntos del referendo, pero el Presidente y su entonces ministro del Interior, Fernando Londoño, rechazaron este ofrecimiento con la convicción de que la reforma debería salir por mandato del pueblo y no por la buena voluntad del Congreso. La consecuencia de este error de cálculo fue que no hubo reforma y que se derrumbó el mito de la infalibilidad de Alvaro Uribe, con enormes repercusiones para su credibilidad y gobernabilidad de ahí en adelante. Lo paradójico de todo lo anterior es que si bien si se ha afectado mucho la gobernabilidad del Presidente no ha pasado lo mismo con su prestigio. Los niveles de aceptación superan el 70 por ciento lo cual constituye una cifra altísima. Sin embargo las posibilidades de que el Congreso le apruebe iniciativas ha disminuido gradualmente como lo demostraron algunas de las frustraciones vividas por el Gobierno durante la última legislatura. En otras palabras daría la impresión de que el Gobierno ha sacrificado gobernabilidad por popularidad. Al proyectar la imagen de que Uribe es un reformador bien intencionado a quien un Congreso retrógrado y clientelista le bloquea sus proyectos, el Gobierno logra despertar una solidaridad colectiva que no lo ha abandonado hasta la fecha. El costo ha sido una falta de solidaridad a nivel parlamentario que muchos consideran innecesaria e inconveniente de prolongarse en el año 2004. Uribe ha demostrado que tiene talla de estadista en su dominio de los temas y en su capacidad de trabajo. El problema de orden público ha sido muy bien manejado, y se comienzan a ver resultados concretos, confirmados con la captura de Simón Trinidad. La situación económica, por su parte, también está mejorando. Pero por alguna razón Uribe no ha dejado ver ese mismo talante en el manejo de las situaciones políticas. Esto es sorprendente si se tiene en cuenta que el Presidente no es ningún paracaidista en política sino un hombre con mucha experiencia en estas lides. Como senador era enormemente popular y supo sacar adelante proyectos muy importantes y difíciles de tramitar. Como alcalde de Medellín y gobernador de Antioquia lidió con un Concejo y una Asamblea que podían ser más difíciles de manejar que el Congreso de la República. Los paisas son muy bien preparados, muy tercos y muy estudiosos y eso es más de lo que se puede decir de muchos congresistas en la actualidad. Uribe venía curtido de esa escuela de política antioqueña donde siempre demostró un manejo magistral. Por eso sorprende que ahora esté gobernando no con ese fino toque, sino con una visión simplista e inmediatista de posicionarse como el contrapeso de la clase política. Bien hubiera podido trabajar en llave con la misma, lo cual lo hubiera dejado con mejores perspectivas para sacar adelante su programa de gobierno en 2004. Tanto el Partido Liberal como el Conservador han querido ayudarlo pero él no se ha dejado. El propio uribismo ha tratado de hacer lo mismo con iguales resultados. Tan es así, que 14 senadores de origen liberal que habían desertado al uribismo van a anunciar en los próximos días su regreso a las toldas oficialistas de su partido. El uribismo, que en un momento dado se pensó que podría llegar a ser un nuevo partido, ya no lo fue y sus tropas se sienten acéfalas ante un jefe que parece dispuesto a no hacer política no solamente con los partidos tradicionales sino con sus propios seguidores. Cuando a Uribe le critican que no hace política, sus defensores contestan que lo que él no hace es politiquería. Sin embargo a estas horas ya nadie entiende qué es qué. De por sí echarle la culpa de todos los males del país a la 'politiquería' es un recurso más útil para ganar elecciones que para aprobar proyectos en los congresos. Todos los congresos del mundo son imperfectos pero existe un consenso de que en el tire y afloje entre el Ejecutivo y el Legislativo se llega a un justo medio que es la esencia de la democracia. Tratar de saltarse ese proceso pretendiendo encarnar la voluntad del pueblo contra la del Congreso es una actitud popular pero políticamente no rentable. Puede ser interpretada como una expresión de un cierto espíritu de autoritarismo y mesianismo que a la larga siempre genera una reacción en contra. Hacer política no es dar puestos, que es lo que Uribe cree que le piden sus críticos. Es dialogar, es convencer y es reconocerle una personería a los partidos. Colombia se está desinstitucionalizando y fuera de la Presidencia de la República prácticamente ninguna institución tiene prestigio. Esto no es bueno y la fuerza de la Presidencia debería aprovecharse para fortalecer otras instituciones, como son los partidos. El actual gobierno no ha hecho nada en este sentido y la desinstitucionalización en lugar de disminuir, ha aumentado. El propio Presidente ha contribuido a esta situación cuando pone en tela de juicio la legitimidad de decisiones institucionales cuando no coinciden con los intereses del gobierno. Esto se ha visto en casos como el de la Corte Costitucional, el Congreso y recientemente como en el del Consejo Electoral. Todas estas son reflexiones que sería bueno que el Gobierno hiciera con el comienzo del nuevo año. El prestigio es útil solamente en la medida en que pueda traducirse en resultados. Sin embargo éstos sólo se obtienen cuando los poderes públicos trabajan en forma armónica. Ese frente durante el año pasado se descuidó. No sería malo que como propósito de año nuevo, el presidente Uribe le diera prioridad a la solución de este problema.
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