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| 9/13/2008 12:00:00 AM

Uribe 2014

La reelección no inmediata del Presidente después de un paréntesis de cuatro años tiene pocas posibilidades y muchos inconvenientes.

Las últimas declaraciones del presidente Álvaro Uribe sobre su posible segunda reelección han llevado a muchos a pensar que está dejando una puerta abierta no necesariamente para 2010 sino de pronto para 2014. En otras palabras, que para neutralizar las críticas a una reelección inmediata Uribe podría dejar a un sucesor de su confianza y volver cuatro años más tarde después de un merecido descanso. Esta fórmula parece contar con un considerable grado de aceptación no sólo entre los uribistas sino entre los uribistas no reeleccionistas.

La realidad es que esa interpretación es bastante ingenua. La posibilidad de un regreso de Uribe en 2014 es bastante remota. La persona que llegue a la Casa de Nariño en las próximas elecciones tendrá seguramente la intención de quedarse ocho años con un segundo período. Para esa época, cualquiera que sea el Presidente no se considerará un paréntesis entre las dos eras Uribe. Una vez elegido las cosas cambiarían y donde manda capitán no manda ex capitán. O es que alguien se imagina a Noemí Sanín, Germán Vargas o Juan Manuel Santos comunicándole al presidente Uribe que ha sido un gran honor calentarle la silla mientras él regresa. Por el contrario, cada uno de esos personajes considera que tiene un carisma y un talento comparables al de su antecesor y su obsesión sería pasar a la historia con su propia huella y no como un apéndice de Uribe.

Como esto sería inevitable, si Uribe decide lanzarse en ese momento tendría que enfrentarse a quien en alguna época fue su protegido. De esto hay muchos antecedentes históricos de los cuales uno de los más interesantes fue el de Theodore Roosevelt en Estados Unidos en 1912. Este era tan popular como es hoy Uribe en Colombia y su gobierno había transformado el país. Eligió su sucesor a dedo en la persona de su buen amigo William Taft, quien aceptó el honor de reemplazar a su jefe.

Como era de esperarse, apenas se posesionó Taft empezó a tomar decisiones por su cuenta y a no recibir de buen grado las insinuaciones del ex Presidente. Cuatro años después, cuando Roosevelt quiso hacerse reelegir para culminar su obra, se encontró con que Taft quería lo mismo y este último acabó por derrotarlo por la nominación del partido republicano. Roosevelt, confiado en la monstruosa popularidad con que había dejado la presidencia, montó un partido propio el cual fue eventualmente derrotado por los dos tradicionales. Todo esto con el agravante de que su disidencia dividió al partido republicano, que originalmente era el suyo, y permitió la llegada al poder de los demócratas en cabeza de Woodrow Wilson.

Lo anterior no es para pronosticar que Uribe en 2014 va a acabar dividiendo su coalición de gobierno de manera que termine el Polo Democrático en el poder. Pero sí sirve de ejemplo para poner de presente que la realidad en ese momento será mucho más compleja de lo que se vislumbra hoy.

Y es que la reelección no inmediata es la fórmula que más inconvenientes tiene. Por un lado no permite que haya continuidad en una obra de gobierno, pues hay una interrupción durante la cual hay prioridades distintas. Por otro lado, la posibilidad de que los ex presidentes puedan volver después de retirarse bloquea la renovación política. Las ventajas que tiene alguien que haya gobernado son inmensas frente a figuras que están surgiendo. No sólo son amplísimamente conocidos sino que cuentan con fuentes de financiación y apoyo burocrático y parlamentario basado en los favores que dispensaron durante su gobierno.

Uno de los mayores problemas que tenía Colombia hasta la Constitución de 1991 era la vigencia de la reelección no inmediata, la cual taponó la circulación política del país durante casi todo el siglo XX. Durante la república liberal el sucesor de Olaya Herrera fue Alfonso López Pumarejo. Al final del cuatrienio de éste, si no es porque a Olaya le da un infarto hubiera sido el candidato para reemplazarlo. Esa muerte prematura produjo el surgimiento de Eduardo Santos, quien a su turno fue reemplazado por López Pumarejo, quien logró ser reelegido. Ese episodio terminó mal y el Partido Liberal se cayó por una división interna cuando ejercía la Presidencia Alberto Lleras. Fue entonces elegido el conservador Mariano Ospina Pérez. Éste nunca buscó la reelección, pero la expectativa de que esta podía darse inhibió a los coroneles de su sector político a impulsar abiertamente sus candidaturas presidenciales. Todos buscaban el guiño en una situación muy parecida a la que viven hoy los uribistas.

Por el lado del Partido Liberal, Lleras Restrepo buscó infructuosamente dos veces la reelección y López Michelsen una. Y Rojas Pinilla volvió a aspirar a la Presidencia en 1970 en una controvertida elección que dio origen al nacimiento del M-19.

Aunque todos los casos mencionados anteriormente son diferentes tienen una constante: se frustró la consolidación de nuevos liderazgos por cuenta del fantasma permanente de algún ex presidente con ambiciones de volver a Palacio. El nivel de poder que da la expectativa de los regresos presidenciales permite que se perpetúen las roscas de quienes derivan beneficios de su cercanía con el líder. Y esto ha sucedido pese a que la mayoría de los intentos reeleccionistas han terminado en derrota.

Si tocara explicar en forma simplista el fracaso del establecimiento político venezolano y el ascenso de Chávez se podría decir que la reelección de Carlos Andrés Pérez acabó con el partido Acción Democrática y el de Rafael Caldera con Copei.

Hasta la Constitución del 91 Colombia padeció el síndrome de los presidentes con ganas de volver. La prohibición de la reelección acabó con ese fantasma y en los siguientes 15 años surgió una generación de nuevos líderes que podrían ser objeto de envidia en cualquier país del Tercer Mundo. Uno de ellos fue Álvaro Uribe Vélez. Si en ese período se hubiera permitido el regreso a la Casa de Nariño de los ex mandatarios habrían hoy sobre el tapete menos Vargas Lleras, menos Santos, menos Noemís y menos Sergios Fajardo.

Todo esto cambió con la reforma de la Constitución de 2005, que por aprobar la reelección inmediata de Uribe dejó abierta la puerta para que todos los ex presidentes volvieran a caer en la tentación. La reelección inmediata no es necesariamente inconveniente, pues garantiza la continuidad de una obra si el mandatario cuenta con la aprobación del electorado. La reelección no inmediata sí lo es. El referendo sería más constructivo si sirviera para limitar los períodos presidenciales a dos consecutivos y le quitara la posibilidad de volver a los que ya gobernaron.
 
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