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| 3/15/2014 8:00:00 AM

¿Fraude contra Uribe?

Sin duda hubo irregularidades, pero no las que el expresidente denuncia.

Todo indica que los resultados del Centro Democrático le parecieron un gran triunfo a la mayoría de los colombianos, menos a uno: Álvaro Uribe. Sacar 19 senadores en una lista cerrada es una hazaña sin antecedentes en Colombia. Más gracia aún si se tiene en cuenta que más de la mitad de los 19 eran totalmente desconocidos y que el único que hizo campaña efectiva fue él. Por eso sorprendió que el día de las elecciones cuando se esperaba el anuncio eufórico de un triunfo, salió un Uribe sobrio y sin ninguna emoción, leyendo en un iPad una declaración que despertó poco entusiasmo. 

La razón de ese desánimo es que el expresidente y su primer anillo esperaban mucho más. La última columna de Fernando Londoño mencionaba la cifra de 40. Esto podía ser un cañazo para estimular a la tropa, pero el hecho es que en el sanedrín uribista nadie esperaba menos de 25 y algunos fantaseaban con diez más. En todo caso, independientemente de cualquier desilusión individual, el resultado del Centro Democrático fue una victoria importante. Esa colectividad, que no existía antes, empató con el Partido Conservador en el segundo lugar. Como el Partido de la U quedó sorprendentemente en el primer lugar, el presidente Santos no pudo contener su entusiasmo y decidió echarle sal a la herida de Uribe felicitándolo irónicamente por un “decoroso segundo lugar”.

Por eso creó desconcierto cuando el expresidente y sus seguidores comenzaron a hablar de fraude y de falta de legitimidad del nuevo Congreso. Sin duda alguna, el Centro Democrático había enfrentado estas elecciones con muchas desventajas. Para comenzar, el Consejo Nacional Electoral les prohibió poner el nombre o la foto de Uribe en el tarjetón. Esa fue una decisión controvertida y no exenta de contenido político que les hizo mucho daño.  La campaña de publicidad para desvincular a Uribe de La U que usó imitadores para asociarlo con el Centro Democrático fue relativamente efectiva pero no del todo. Es muy probable que un porcentaje de los que votaron por La U creyeran que ese era todavía el partido de Álvaro Uribe. Sobre todo si se tiene en cuenta que el Partido de la U y algunos de sus candidatos como Roy Barreras, hicieron campañas de publicidad basadas en crear confusión entre las dos colectividades para robarle votos al Centro Democrático.

Las quejas de ese movimiento en relación con esas maniobras sin duda son válidas. Pero las que generaron más ruido fueron las de fraude electoral en el conteo de los votos. La denuncia central consiste en que después del boletín número 16 de la Registraduría se cambió la tendencia y Uribe, que iba ganando con una proyección de 21 senadores, acabó con dos menos. La explicación de esto para los uribistas es que en 7.991 mesas del país (el 8,3 por ciento del total) no les contaron sus votos.  Paralelamente, mientras esto pasaba, el Partido de la U, que estaba de segundo, pasó al primer puesto.

Aunque nadie discute los anteriores hechos, en donde están divididas las opiniones es en la interpretación de los mismos. En Colombia las elecciones nunca han sido transparentes. En la actualidad, además de por compra de votos, una curul se puede perder o ganar por corrupción en tres etapas: en el conteo en las mesas, en el escrutinio que se hace posteriormente en cada departamento y en el Consejo Electoral que es ante quien se interponen las demandas de fraude. En todas estas instancias se han definido elecciones de forma irregular en el pasado y por eso después de cada jornada electoral hay centenares de demandas.

En muchas regiones del país, particularmente en la costa, se presentan ese tipo de marrullas. Se rumora que el domingo pasado algunos senadores llegaron a gastar más de 10.000 millones de pesos por sus curules. El que compite contra esas chequeras sin plata está en una evidente situación de desventaja. Hasta hace cuatro años esos gamonales eran de Uribe pues constituyen una población flotante que pasa de un gobierno a otro mientras haya mermelada. Ahora son de Santos y al ex presidente le tocó enfrentarlos sin recursos económicos porque quienes financian las campañas también están con el poder.

Pero algo va de esos episodios regionales, que han sido lo tradicional, a la denuncia de fraude oficial que ha formulado el uribismo por cuenta de las 8.000 mesas en las cuales según ellos no se contaron sus votos. En la mayoría de esas mesas sí hubo votos por el movimiento del expresidente, pero aunque estos aparecen en las actas no fueron registrados en los boletines oficiales. Después de la denuncia la Registraduría pudo establecer que el error se cometió solamente en 2.000 mesas en las cuales efectivamente había votos uribistas que no aparecieron en los boletines, pero sí en las actas del día de las elecciones. En las otras 6.000 no había votos por el Centro Democrático. Todos los partidos tienen mesas donde no hay votos y también mesas donde sí hubo, pero aunque fueron contados no fueron transmitidos el día de las elecciones. El Partido Liberal, por ejemplo, ha encontrado 4.300 mesas sin votos suyos. El Partido de la U, 2.350 y el Partido Conservador, 1.500.

Sin embargo, si los votos constan en las actas pero no en el sistema de la Registraduría, no están perdidos. Por lo general todos los partidos confrontan esas actas con los registros oficiales y se hacen los ajustes del caso. Si los uribistas tienen 200.000 votos no incluidos en los registros, estos serán incorporados después del escrutinio. Los voceros del expresidente reconocen esto pero aseguran que si no hubieran hecho la denuncia esos votos no habrían aparecido. Eso puede ser verdad, pero lo mismo podrían decir los otros partidos que van a hacer esa confrontación de datos.

Además hay otra realidad. La mayoría de listas tienen un aumento de entre el 3 y el 5 por ciento entre la cifra publicitada inicialmente y la votación final después del escrutinio. Esto obedece a que en la noche de las elecciones solo se han contabilizado por lo general el 98 por ciento de los votos. A ese dos restante hay que sumarle algo cercano al 1 por ciento por el margen de error del sistema. Por eso, una votación de 50 mil votos puede acabar siendo de 52 mil o algo así. Como la lista del Centro Democrático tuvo cerca de 2 millones de votos, le van a aparecer sin fraude entre 50.000 y 100.000 votos.

Las 8.000 mesas del Centro Democrático por lo tanto no son las únicas pero llaman la atención por su cantidad. Es fácil entender fraudes de 300 o 400 votos en mesas individuales en diferentes departamentos, pero un fraude de 200.000 votos como el denunciado es muy difícil de concebir y ejecutar.  Como cada una de las 8.000 mesas tiene tres jurados más los testigos de los partidos es imposible coordinar una trampa con más de 24.000 personas. La inferencia entonces, es que si algo pasó tuvo que haber sido en la Registraduría.  Pero no en la sede central de Bogotá sino en las distintas dependencias de regiones y municipios donde caciques electorales tienen ascendiente sobre las autoridades locales.

Ese es un eslabón de la cadena de irregularidades que atentan contra la transparencia electoral, pero no solo contra Uribe sino contra todos los partidos. Esto produce fenómenos como que el Partido Liberal no ganó en un bastión tan tradicional como el departamento del Atlántico y que el uribismo no hubiera sacado una curul en Córdoba. Pero no se trata de una conspiración nacional sincronizada entre el presidente y el registrador sino de una sumatoria de pequeños robos de votos en diferentes instancias en distintos municipios por diferentes caciques. Lo que es un hecho es que en la costa se presentaron irregularidades que fueron en contra de los candidatos del uribismo. Pero estas no fueron cometidas por un partido contra otro, sino por unos candidatos contra otros. Y muchas veces se trató de antiguos uribistas con experiencia en triquiñuelas contra nuevos uribistas de voto de opinión y vírgenes en esas lides.

Hay centenares de candidatos que no obtuvieron el resultado que esperaban y que están protestando al respecto. La estatura política y la credibilidad que tiene el presidente Uribe le han dado un megáfono a sus protestas y las han convertido en un escándalo. Pero hasta ahora el proceso solo va en la etapa del preconteo. Todavía faltan etapas del proceso y hay que reconocer que las denuncias de Uribe pondrán la lupa del país entero sobre esos trámites haciendo prácticamente imposible cualquier fraude. Aún así, si eventualmente se demuestra que no hubo fraude, se le ha hecho un daño importante a la imagen del país.
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