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| 1/25/2014 7:00:00 AM

¿Uribe y Pastrana en una cruzada contra la mermelada?

Eso dicen los expresidentes de su cumbre de la semana pasada. La verdad es otra.

Álvaro Leyva venía trabajando desde hacía un tiempo la posibilidad de una reunión Uribe - Pastrana. Pero curiosamente fue Cayetana Valencia la que la concretó. Ella es la esposa de Juan Carlos Pastrana, hermano del expresidente y hermana de Paloma Valencia, la aguerrida uribista que está en el tercer renglón en la lista del Senado del Centro Democrático. Esa doble condición la posicionaba como bisagra entre el uribismo y el pastranismo. Cuando acompañó a su hermana a tomarse unas fotos para su afiche en la sede del movimiento se encontró con el expresidente Álvaro Uribe. Ahí le preguntó si aceptaría una reunión con su cuñado Andrés Pastrana. Uribe contestó que sí y de ahí salió la cumbre de la semana pasada.

Como sucede con frecuencia, la reunión fue menos trascendental de como ha sido interpretada. Se trató de una conversación informal sin ninguna pretensión en la cual participaron los dos expresidentes, Cayetana y Paloma Valencia y Juan Carlos Pastrana. Se habló de todo en forma desparpajada pues los dos protagonistas sabían que la foto era mucho más importante que la agenda.

Hecha la foto, sin embargo, tocaba exagerar un poco el contenido. Por esto, tanto Uribe como Pastrana inflaron lo que transcurrió. Según ellos, entre los temas que discutieron estaban la paz, la asamblea constituyente, el referendo, la eliminación de los auxilios parlamentarios (mermelada), la crisis de la industria y del campo, los tratados de libre comercio, el deterioro de la seguridad, la brecha entre el país político y el país nacional, la crisis de la drogadicción juvenil y la urgencia de convocar amplios acuerdos nacionales de mano dura contra la corrupción.

Pero ese programa de gobierno no era el mensaje. Lo único real era notificarle al país que estaban unidos contra el actual gobierno. Lo que presentaban como una cruzada contra la mermelada era en el fondo una cruzada contra Juan Manuel Santos. Llama la atención que definieron como ‘mermelada’ a los auxilios parlamentarios, cuando para el país ese término se interpreta más como puestos y contratos para el Congreso. La razón de ese pudor es que en materia de puestos y contratos ellos tienen el mismo rabo de paja que Juan Manuel Santos, pues todos los presidentes de Colombia –y de gran parte del mundo– manejan la gobernabilidad en esa forma.

Aunque siempre se ha sabido que la política es dinámica, la foto de los dos expresidentes riéndose no la esperaba nadie. El enfrentamiento entre ambos había sido tan agrio en los últimos diez años que parecía imposible una reconciliación. Uribe había llegado a la Presidencia sobre la base de que Pastrana le había entregado el país a la guerrilla y este último le había revirado denunciando que el presidente de la seguridad democrática le había entregado el país al narcotráfico y a los paramilitares. Cuando Uribe invocaba la palabra Caguán, el expresidente conservador le contestaba con la palabra Ralito.

Sería demasiado extenso citar el memorial de agravios de cada uno contra el otro, pero hay algunos que valen la pena recordar. Pastrana, antes de ser antisantista, dijo: “A mi explíquenme cómo Uribe se sentó con el narcotráfico, con el cartel de Medellín y los paramilitares y no le da a Santos la oportunidad de hacer un proceso de paz con la guerrilla”. Y tiempo después afirmo: “¿Cómo puedo estar yo cercano a un movimiento que en su lista (tiene) al primo hermano de mi secuestrador y su apoderado?… es un imposible”. Uribe ha sido más moderado en el lenguaje pero no en el contenido. Durante su gobierno dijo: “Una cosa es el coqueteo con los violentos para comprar sonrisas y producir imágenes de televisión, y otra cosa es un proceso de paz serio que surge solamente cuando ellos (los grupos armados) entiendan y acepten que el Estado está recuperando el imperio de las instituciones”. Aunque la mayoría de las veces no se refería con nombre propio, cuando se le volaba la piedra sí lo hacía. Fue así que ante un ataque de Pastrana le respondió que este le había entregado a él un país literalmente “secuestrado”.

Con esos antecedentes el abrazo de la semana pasada no era previsible. Las relaciones entre los dos habían tenido altibajos pero nunca mucha cercanía. La última vez que hablaron cara a cara, sin ninguna prevención, fue en 1989 cuando los dos coincidieron en Boston en los días de preparación académica prepresidencial en Harvard. Después, cuando Pastrana llegó al poder, le ofreció un ministerio a Uribe pero este no aceptó considerando que la oposición sería más rentable que el gabinete. Esa oposición los hizo partir cobijas hasta que Uribe, en un gesto de reconciliación, nombró a Pastrana embajador en Washington. Este estaba feliz y luciéndose en el mundo diplomático hasta cuando fue nombrado embajador en Francia Ernesto Samper. Ante esto, Pastrana renunció con el argumento de que no podía estar en el mismo gobierno con el elefante.

Uribe, en esa encrucijada, para darle a la crisis un tratamiento simétrico, le aceptó la renuncia y desnombró a Samper. Eso fue en 2006 y desde ese año no se habían cruzado palabra. De ahí en adelante solo hubo guerra, hasta mayo del año pasado, cuando el presidente Maduro llamó a Uribe “asesino” y denunció un supuesto complot de este para matarlo. Pastrana, entonces, defendió abiertamente a su contrincante y le mandó una carta pública a Santos increpándolo por no defender a un exmandatario colombiano calumniado por el chavismo. Ese gesto fue agradecido por Uribe, aunque el propósito de Pastrana en ese momento no era tenderle una mano a su contrincante sino hacer quedar mal al presidente, lo cual logró.

Después de eso siguieron las hostilidades hasta que el fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya los dejó a los dos en la misma orilla: odiando a Santos. El actual presidente, en su afán de que quedara claro que él no tenía prácticamente ninguna responsabilidad en ese zarpazo marítimo, era partidario de que se revelaran las actas de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores. Consideraba que de esta forma el país podría evaluar la responsabilidad proporcional que les correspondía a cada uno de los presidentes que había manejado ese proceso. Esta era una maniobra para mandar el mensaje de que Pastrana y Uribe, al haberlo manejado 12 años, eran mucho más culpables que él de lo sucedido. Eso era verdad, pero no fue bien recibido por los inculpados, quienes a partir de ese momento decidieron canalizar su resentimiento más hacia el presidente que entre ellos mismos.

Uribe no necesitaba el fallo de La Haya pues desde que Santos se reconcilió con Chávez y anunció el proceso de paz rompió relaciones. Sin embargo, Pastrana había sido santista un rato. El gabinete lleno de exministros suyos lo había dejado feliz. Su relación con Santos había sido de amistad social toda la vida y de armonía laboral durante su gobierno. Pero para él Santos cometió dos pecados mortales, uno de protocolo y otro de gobierno. El de protocolo, como él mismo lo ha dicho, es que después de la cercanía que tenían no lo ha invitado “ni a un tinto”. Y el de gobierno es que para Pastrana el actual presidente le entregó medio gobierno burocráticamente a Ernesto Samper, su enemigo a muerte por el proceso 8.000.

Esta es una interpretación algo exagerada pues Santos no pretende ser aliado del expresidente liberal, sino simplemente sumar el mayor número de sectores políticos en la mesa de Unidad Nacional. No obstante Pastrana, quien por principio había sacrificado la embajada en Washington para no estar con esa compañía, mucho menos le iba a jalar ahora a estar en esa mesa. A esto se suma que el expresidente conservador, a pesar de ser el jefe natural de su partido, es un pastor sin rebaño por el oportunismo electoral de sus ovejas. Por lo tanto, una cumbre fotográfica con Uribe era también un recorderis de que él tenía peso.

La voltereta de ambos fue justificada en términos de respeto mutuo a la coherencia. Pastrana había sido elegido para hacer la paz, y eso fue lo que hizo, mientras que Uribe había sido elegido para hacer la guerra y también cumplió. De acuerdo con este raciocinio, el que le habría puesto conejo al electorado fue Santos, quien había sido elegido para hacer la guerra y acabó haciendo la paz. Esa argumentación es ingeniosa y en cierta forma válida, pero la verdad es que ninguno de los dos protagonistas de la teoría de la coherencia ganó mucho con la foto. Los dos en el fondo saben que la reelección de Santos es inatajable y lo que quieren es tratar de que haya una posible oposición efectiva en el Congreso. En la medida en que la foto con Uribe logre estimular a algunos conservadores a no entregarse al gobierno y más bien sumarse a la causa del Centro Democrático, las posibilidades de una oposición importante aumentarían. Esa idea no es absurda pero puede ser interpretada como que cada uno necesita al otro, lo cual sería un síntoma de debilidad. La verticalidad de sus posiciones antagónicas en el pasado le daban prestigio a cada uno de ellos. El matrimonio por conveniencia probablemente no.
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