Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/07/14 00:00

¿Usted era la capitana de las ‘lopólatras’?

La abogada Saturia Esguerra Portocarrero rememora con María Isabel Rueda su entrañable amistad con Alfonso López Michelsen.

Cuando empieza el deterioro físico y mental, lo único que no le puede pasar a un hombre tan grande como el presidente López es la exposición

M.I.R.: ¿Cuál fue la faceta que más conoció del ex presidente López durante su larga amistad con él?
S.E.: Indudablemente la dimensión humana del personaje. Lo conocí cuando trabajaba en Presidencia bajo el gobierno de Misael Pastrana. Era estudiante, pero me había ganado un concurso de Planeación Nacional para hacer un estatuto de contratación estatal. Hice una excelente amistad con Álvaro Leyva, que era el secretario privado, y con Guillermo Tascón Villa, que era el secretario del consejo de ministros, que se enamoró perdidamente de mí.

M.I.R.: Paréntesis. Usted nunca se casó, pero sus enamorados son célebres. Dicen por ahí que uno de ellos fue Juan Gossaín…
S.E.: (Risas). No diga eso porque me sacan los ojos. Le hice un trabajo a Juan y sí quedó como muy prendado. Pero, volviendo al tema, cuando se posesionó como Presidente, el doctor López subió a la mansarda, donde era mi oficina. Quedé muda por un temor reverencial enorme, y él me preguntó: "¿Aquí es donde trabaja el Nicolás Esguerra (mi tatarabuelo) con faldas?". Y ahí mismo me dijo: "Usted se queda conmigo". Estuve con él los cuatro años de gobierno, pero difícilmente me atrevía a dirigirle la palabra. Entre los dos, y manuscrito, hicimos el primer Código de recursos naturales renovables y protección del medio ambiente, la reforma del seguro social… Apenas dejó de ser Presidente, yo comencé a decirle 'presito', y nos volvimos inseparables en la dimensión humana. Viajamos juntos por todos los rincones del mundo. Lo acompañaba a todos los foros, a todas las reuniones, yo era de la casa.

M.I.R.: Creo que la fama de que no le gustaban sino los vallenatos era pura paja…
S.E.: Mire: su faceta más fascinante era la de la bohemia. Competíamos en boleros, en tangos, en corridos, en quién se sabía el mejor despecho, ambos teníamos muy mala voz, pero nos sabíamos todas las letras. Pero, al contrario de lo que decían sobre él, era pésimo bailarín, nunca bailó y definitivamente no le gustaba.

M.I.R.: ¿Cómo podía la niña Ceci aceptar una relación así de fuerte y de bonita? Porque usted también es íntima amiga de ella…
S.E.: Del alma y del corazón. Pero es que mi amistad con él tenía una dimensión distinta. Con la niña Ceci nos chanceábamos, decía que yo la celaba, que por qué lo quería más a él que a ella, y esa relación se volvió absolutamente exquisita. A veces hasta me decía: "¿Cómo le va a decir eso a Alfonso? ¡Pídame permiso, caramba!". No voy a negar que él fue un coqueto, que le gustaban las mujeres, y sobre todo las jóvenes, pero con mucho señorío. Él siempre involucraba en todo a doña Cecilia, o a "doña dichosa", como me enseñó a llamarla, y ella siempre estaba primero que todo el mundo. Lo comprendió divinamente.

M.I.R.: ¿Qué tanta influencia ejerció el presidente López en su vida?
S.E.: Él era el conductor de mi vida profesional, intelectual y sentimental. Me criticaba todos los pretendientes. Me decía que yo no sentía amor por ellos sino amor propio. Una vez, cuando la ex ministra Sara Ordóñez se iba a regresar de Washington, me propuso que la reemplazara. Yo le consulté al doctor López y me respondió: si quiere tener como marido a un burócrata boliviano, bien puede irse. Si no, se queda conmigo. Y a mí, que sí me hubiera gustado estudiar más porque no tengo ninguna especialización, pues terminé especializándome con él. Con todo lo que él sabía sobre derecho. Y nos volvimos compañeros de vida. Hicimos juntos el trayecto del expreso de Oriente. En París caminábamos los campos Elíseos y recitábamos a los poetas malditos. Recorrimos Roma con los ojos cerrados. Yo jamás lo desamparé. Lo ayudaba con sus escritos, con sus discursos, les ponía las comas, él nunca utilizó el computador. O me dictaba o me mandaba los manuscritos.

M.I.R.: Una vez nos encontramos usted y yo en un avión y me contó que iba a encontrarse con el Presidente y la niña Ceci en Miami, a donde los acompañaba con frecuencia para manejarles el carro.
S.E.: Muchas veces. Yo era como el ama de casa. Hacíamos mercado, cocinábamos, pero también íbamos a restaurantes maravillosos donde había gente de dimensión nacional o internacional que lo atendía con un cariño enorme. Pero en el día a día siempre fui yo. Comentábamos el acontecimiento político o el chisme del día, porque esos sí se los sabía todos. Pasábamos de la parte intelectual a la frívola felices de la vida. Yo le leía, él recitaba en francés con Cecilia, o me dictaba algún documento.

M.I.R.: Cuando el doctor López hacía sus cumbres con otras lopólatras, ¿a usted le daban celos?
S.E.: Me enfurecía cuando sentía que lo utilizaban. En 33 años lo más confianzudo que le dije fue "presito" y nunca le quité el usted. Pero había algunas amigas, y no menciono nombres, que muy confianzudamente le decían Alfonso. Él noveleaba con unas reinas que le llegaban tarde a almorzar, o lo dejaban metido, se le excusaban a última hora. Y a mí eso me parecía inconcebible. Más que celos, me parecía que no entendían conscientemente con quién estaban. Él nos decía a otras amigas y a mí que nos enceguecían la rabia y los celos con esas "recién llegadas". Pero eso sí, siempre dije que tenía un respeto profundo por quienes me habían precedido en ese ejercicio maravilloso de su amistad, como Ivonne Nicholls y Matty Canal de Rey. Con esa profunda consideración, me autonombré jefa de la 'lopolatría' y nos tratábamos con tanto cariño y con tanto gusto… La única persona que yo sentí que me tenía celos por mi relación con el presidente López fue Ernesto Samper. Y alguna vez eso nos distanció. Creyó equivocadamente que nos íbamos a disputar esa herencia política y yo le aclaré que la política, jamás, pero que el puesto que tenía en el corazón del presidente López no le iba a tocar a él. En la segunda campaña, cuando Ernesto era coordinador y yo la mano derecha y la izquierda del doctor López, tuvimos que saldar nuestras diferencias.

M.I.R.: ¿Usted sintió un amor platónico por el presidente López?
S.E.: Nos distanciaba un abismo. A un hombre de esos lo puede uno acompañar toda la vida, pero en eso consistió nuestra relación. Una vez, cuando cumplí años, me mandó un regalo con una dedicatoria que me conmovió profundamente: "A Saturia Esguerra Portocarrero, con quien me hubiera gustado coexistir". Es el homenaje más bello que me han hecho en toda la vida.

M.I.R.: Pero sí coexistieron por cuenta de esa gran amistad…
S.E.: No. Cuando él hablaba de coexistir se refería a la posibilidad de haber tenido una generación más pareja. Nos correspondió vivir épocas muy distintas de la vida.

M.I.R.: ¿Cuándo comenzó a mermar su extraordinaria vitalidad?
S.E.: Creo que de mayo para acá le pasaron casi 200 años por encima. Estaba muy deprimido. En el último cumpleaños, que le celebraron hace pocos días, hasta le pasaron la cuenta del almuerzo ¡y él era el homenajeado! Al contrario de lo que decían de él, jamás permitió que hubiera una mujer con una cuenta. A mí eso me dio mucha rabia, aunque yo no estaba, porque creo que él ya no se daba cuenta ni de qué firmaba. Ninguna de las 'Guacamayas', como nos decía a sus más antiguas amigas, habríamos permitido que eso le pasara en su último cumpleaños, que celebró con varias advenedizas.

M.I.R.: Su muerte, por toda esa relación que me ha contado que existió entre ustedes, tuvo que ser un gran totazo…
S.E.: El día en el que recibí la noticia casi me muero. Pero cuando empieza el deterioro físico y mental, lo único que no le puede pasar a un hombre tan grande es la exposición. Me parece que en ese caso, lo mejor es el cielo. Además, hay que respetar una cosa en nuestros mayores: ellos saben el momento en el que quieren desprenderse. Y él eso lo tenía muy claro. No volvió a comer, casi no se levantaba, no quería vestirse. Todos nos pusimos alerta. Tuvimos el privilegio de tenerlo tanto tiempo, que ya pensábamos que iba a ser eterno. Pero lo mejor para él era irse en su momento de esplendor. Nada peor que lo que le pasó al doctor Echandía, un hombre tan importante, en sus últimos días.

M.I.R.: ¿Cómo está la niña Ceci?
S.E.: La mañana de la muerte del doctor López tuvo una infinita lucidez. Se puso profundamente triste. Él se murió en el baño. Allá lo encontró la enfermera, a la que finalmente había aceptado contratar a regañadientes, porque decía que no quería mujeres de blanco que lo despertaran a las 5 de la mañana como unos espantos. Tocó vestirla de colores. Lo volvieron a acostar al lado de doña Cecilia, en espera de que ella despertara para contarle. Casi no lo deja sacar. Se agarró a él, lo abrazaba, muy serena, eso sí. Ni un alarido, ni una lágrima, pero en una congoja profundísima. Cuando yo llegué a verla, estaba sentada en su cama ya vestida como una princesa, y me dijo: "Saturnina (ella me reconocía por la voz), es que yo toco y toco y no hay nada…" Yo le respondí: "Ahora ya no debes tocar al lado, sino arriba". Me recitó un verso divino que decía que los muertos estaban más vivos y más presentes que los vivos. Y me dijo al final: "Fueron 65 años de felicidad. Yo le consultaba todo. Ahora, ¿a quién le voy a consultar?

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