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| 8/22/1994 12:00:00 AM

¿VALE LA PENA VOLVER A DIALOGAR?

Mientras Ernesto Samper les ofrecìa reanudar las negociaciones, los guerrilleros decidieron saludar al nuevo gobierno a sangre y fuego.

El SABADO 16 DE JULIO, LOS PRINCIPALES PEriódicos de la capital francesa ofrecieron a sus lectores amplios reportajes sobre la presencia en París del presidente electo de Colombia, Ernesto Samper. Aparte del consabido asunto de los narcocasetes, el prestigioso diario 'Le Monde' dedicó parte de la entrevista a indagar sobre la posición de Samper con respecto a la posibilidad de reanudar las negociaciones con la guerrilla . "Hace 10 años -dijo el presidente electo- era posible negociar con un comando unificado. Hoy en día, la guerrilla está fragmentada. Ya no existe autoridad única. Por eso espero negociar con los jefes locales de la guerrilla".

La divulgación en Francia de esta propuesta de diálogos regionales con la guerrilla, algo a lo cual se negó sistemáticamente el gobierno saliente de César Gaviria, se produjo mientras más de 400 guerrilleros masacraban a tres suboficiales y 19 soldados que custodiaban una estación de bombeo del oleoducto transandino en la vereda Lusitania del municipio de Orito, en el Putumayo. No se trató de un hecho aislado. Por el contrario, fue el principio de una ofensiva que ensangrentó al país la semana pasada y que a todas luces pareció responder a un plan concertado, a una orden única impartida por los comandantes de las FARC y el ELN al conjunto de la Coordinadora Guerrillera.

Al terminar la semana, el balance era aterrador: además de las decenas de muertos y heridos, los puentes dañados, los camiones incendiados y los puestos de Policía atacados, una carga de dinamita colocada por la guerrilla en el camino del automóvil del mayor general Carlos Julio Gil Colorado, comandante de la IV División del Ejército con base en Villavicencio, segó la vida de este alto oficial, el primer general asesinado por los subversivos en 20 años y la víctima de mayor graduación (tenía dos soles) de las Fuerzas Armadas desde el surgimiento de los grupos guerrilleros a principios de los años 60.

A medida que arreciaban los ataques, comenzaron a surgir las críticas a las Fuerzas Militares y a la Policía, que además de la embestida guerrillera, se vieron obligadas a responder a la ofensiva de medios de comunicación y comentaristas que las acusaban de ineficientes. La mayoría de los interrogantes tenía que ver con problemas a nivel de la inteligencia militar, pués lo que pocos entendían era que si la ofensiva estaba anunciada y en algunos de los municipios atacados, como el caso de La Calera a escasos 14 kilómetros de Bogotá, era un rumor sostenido desde horas antes del asalto, la última en enterarse haya sido la Fuerza Pública. Otra crítica reiterada era que una vez producidos los ataques, la respuesta de los uniformados resultó lenta. Incluso más que la de los medios de comunicación que en algunos casos llegaron primero a la zona afectada.

Aunque buena parte de los cuestionamientos resultaban válidos, pues es evidente que la Fuerza Pública lució impotente ante los ataques, no dejó de haber algo de injusticia en la forma como algunos críticos golpearon al enlutado estamento militar. Como dijo el ministro de Defensa, Rafael Pardo, "veo con preocupación que son más vehementes las críticas por las supuestas fallas de la Fuerza Pública, que la condena a las acciones de los terroristas".

POR QUE LA OFENSIVA

Para entender las razones de la andanada guerrillera, resulta útil remontarse a lo que son las tradiciones de la actividad subversiva desde hace varios años. Así como todos los diciembres buena parte de los guerrilleros da inicio a la llamada tregua navideña, todas aquellas veces en que surgen propuestas de diálogo por parte de un nuevo gobierno los alzados en armas sienten la necesidad de demostrar su poderío con la convicción de que ello mejora su postura negociadora.

Cuando Belisario Betancur anunció, al posesionarse en 1982, su audaz propuesta de negociación, las FARC desencadenaron una febril actividad guerrillera, el M-19 -una vez amnistiado y con sus líderes fuera de la cárcel- abrió el sangriento frente del Caquetá, y el ELN resucitó con el secuestro del hermano del primer mandatario. Luego, cuando Virgilio Barco llegó al poder en 1986, las FARC, que habían mantenido dos años de inestable y tramposa tregua, comenzaron a romperla en el Caquetá y el Cauca, y luego en el resto del país. Así mismo, en septiembre de 1990, cuando César Gaviria planteó flexibles condiciones de negociación con las FARC y el ELN, no alcanzó a terminar de explicarlas cuando estas agrupaciones lanzaron la primera de las cuatro grandes ofensivas que le tenìan reservadas para su mandato: todas ellas como preludio a períodos de diálogo como las dos rondas de Caracas en 1991 y la de Tlaxcala en 1992.

La ofensiva de la semana pasada se inscribe, pues, dentro de esta tradición, pero no antecede a las expectativas de un nuevo diálogo con Gaviria -que ya va de salida- sino a las que han creado el Presidente electo y su ministro de Gobierno designado, Horacio Serpa. En ese sentido, los guerrilleros no dicen toda la verdad cuando afirman en sus panfletos, repartidos la semana pasada en sus ataques, que se trata de "una despedida al gobierno de Gaviria", sino más bien de un saludo, poco amable en todo caso, a la administración Samper.

Según informes de los organismos de seguridad, es previsible que los ataques duren hasta mediados de agosto, y que luego sobrevenga un período de tregua destinado a demostrar la voluntad de diálogo de la guerrilla. Gran ironía típica de la lógica subversiva: para mostrar voluntad de paz con una tregua, ésta debe ir antecedida de una sangrienta ofensiva.

Pero esa no es la única razón para que la actual ofensiva dure apenas un par de meses. La otra es que los guerrilleros saben desde hace mucho tiempo que si bien están en capacidad de semiparalizar al país durante algunas semanas -como sucedió en la pasada-, también lo es que una ofensiva sostenida resulta demasiado riesgosa para los alzados en armas: la clave de su accionar es la de golpear sorpresivamente y luego desaparecer, pues si una columna guerrillera llega a ser ubicada y se ve obligada a combatir frente a frente con una columna del Ejército, siempre lleva las de perder.

DUDAS Y RUMORES
A pesar de todas estas consideraciones, los ataques iniciados la semana pasada - y las crìticas que han llovido- mantienen a sectores del estamento militar de capa caìda, no sòlo por los golpes en sì mismos, sino por el temor de que la demostraciòn de fuerza que intenta hacer la guerrilla convenza a muchos -empezando por el nuevo gobierno- de que lo mejor es volver a dialogar. Pero esto no es lo único que ha golpeado en estos días el ánimo de los militares. Según un alto oficial -de un grupo de tres que horas después del entierro del general Gil aceptaron hablar con SEMANA a condición de que sus nombres se mantuvieran en reserva- "el tránsito hacia el nuevo gobierno está lleno de dudas y temores". Según el mismo militar, "hay una serie de temas que no están claros para el grueso de la oficialidad y hasta para la tropa, sobre lo que les va a deparar el destino en la nueva administración".

Para otro de los oficiales consultados, el primero de esos elementos es el caso de los narcocasetes: "Muchos en el estamento militar estamos tan confundidos con este tema como parece estarlo buena parte del país, y aunque sabemos que las grabaciones han sido manipuladas, no tenemos claridad sobre el verdadero alcance de la supuesta interferencia de los dineros del cartel de Cali en la campaña presidencial".

Un segundo tema que ha despertado incógnitas entre los oficiales es el anuncio del Presidente electo sobre la posibilidad de que se establezcan diálogos regionales con la guerrilla. Para los militares, y para buena parte de los observadores civiles, este tipo de diálogo entraña riesgos inmensos. Basta imaginar lo que sería un diálogo entre las débiles autoridades regionales y la dirigencia de un departamento como el Putumayo, y 400 guerrilleros armados como los que asaltaron la estación del oleoducto el sábado 16. Más que interlocutores, las autoridades y dirigentes serían -como de hecho ya lo son en algunas zonas del país- rehenes de la guerrilla, y en esas condiciones los acuerdos que pudieran ser alcanzados serían más bien imposiciones de los alzados en armas.

"En cuanto al diálogo que se anuncia -agregó uno de los oficiales- hay otros temores". El principal de ellos es que con importantes jefes guerrilleros capturados en los últimos meses, como Francisco Galán, Francisco Caraballo, Carlos Arturo Velandia y Genaro Salinas, suceda lo mismo que con decenas de dirigentes del M-19 en 1982, quienes salieron libres por cuenta de la amnistía dictada ese año y a las pocas semanas estaban de nuevo en el monte, combatiendo. "En pocas palabras, el miedo es que los nuevos diálogos no desmovilisen a los que están en el monte, sino que amnistíen a los que están en la cárcel", agregó esta fuente.

Finalmente, entre los altos oficiales existe, desde hace un par de meses, cierta preocupación por unas declaraciones del futuro ministro de Hacienda, Guillermo Perry, hechas al semanario británico The Economist, en las cuales Perry -entonces asesor del candidato Samper- aseguró que una de las formas de conseguir mayores recursos para el sector social era cortar los gastos de defensa.

CAMBIO DE RUMBO

Curiosamente, todo lo sucedido desde que arrancó la ofensiva guerrillera puede terminar contribuyendo a que muchos de los temores de sectores de la oficialidad se disipen. Para empezar, los colombianos están comenzando a cansarse del juego de las ofensivas guerrilleras preparatorias para el diálogo. Y si la sangre sigue corriendo, difícilmente el nuevo gobierno va a poder conseguir el consenso para empezar nuevas negociaciones. Después del asesinato del general Gil Colorado, uno de los oficiales más respetados por sus colegas debido a sus firmes posturas frente a la guerrilla, no va a ser fácil convencer a la gente de que quienes le dieron muerte se conviertan, de la noche a la mañana, en legítimos interlocutores del gobierno y de la sociedad.

Y si la reanudación de las negociaciones está en veremos, qué decir de la propuesta de los diálogos regionales. Como bien lo explicó el Presidente electo al diario parisiense Le Monde, esos diálogos se justifican bajo el supuesto de que la guerrilla se ha parcelado y de que sus hombres ya no responden a un mando único. Y si algo está quedando demostrado con la actual ofensiva, es que no sólo el mando sí está centralizado, sino que los ataques responden a un plan concertado entre los diferentes grupos y frentes. Como quien dice, que la Coordinadora Guerrillera sí coordina, y que si ella misma pide diálogos regionales es sólo porque sabe, con total certeza, cuán débiles son las autoridades locales frente al poder de los frentes guerrilleros.

Del mismo modo, los altos oficiales pueden estar tranquilos en cuanto a los anuncios de reducción del gasto militar: mientras la guerrilla asalte, secuestre, mate y explote cargas de dinamita, el gasto de defensa y seguridad seguirá siendo una prioridad.

Sea como sea, la embestida guerrillera viene a engrosar la ya larga lista de preocupaciones del Presidente electo. Después de los problemas que le trajo el lío de los narcocasetes, Samper y su equipo tenían la esperanza de poder recuperar, a partir del 7 de agosto, la iniciativa y ganar puntos resucitando el proceso de paz. En ese tema había venido trabajando el ministro de Gobierno designado Horacio Serpa, desde cuando en mayo del año pasado visitó en la cárcel al dirigente del ELN Francisco Galán. Serpa ha sido siempre un defensor del diálogo y de la salida política. Y en ese punto se ha enfrentado varias veces con el futuro ministro de Defensa, Fernando Botero, partidario de una línea más dura, tal y como quedó confirmado en la entrevista que concedió a Caracol el viernes en la mañana. En esa charla, Botero confesó ser poco optimista con respecto de la opción de las negociaciones y descartó que éstas puedan darse en un ambiente como el generado por la guerrilla en estos días.

Las declaraciones hechas en París por el Presidente electo demuestran que antes de iniciarse la escalada terrorista de la guerrilla, Ernesto Samper estaba, en los temas de la negociación y el diálogo, más identificado con Serpa que con Botero. Pero es posible que ahora se haya acercado al segundo y alejado del primero.
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