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| 8/3/2013 7:00:00 AM

Valencia Cossio y Uribe, de los puños al abrazo

En el libro recién lanzado, Fabio Valencia evoca el episodio en que Álvaro Uribe le lanzó un puñetazo cuando eran enemigos.

A Álvaro Uribe Vélez lo conocí en la universidad, en los años setenta. Él era un excelente estudiante y ya en aquellos años lo veíamos como un hombre de proyección nacional. Creo que él siempre soñó con llegar a ser presidente de la República (¡qué político no ha tenido ese sueño!) y se preparó para ello desde joven.

En Medellín, éramos compañeros de estudio y amigos, y salíamos juntos de parranda. Él tomaba aguardientico y nos recitaba discursos enteros del general Uribe Uribe, de Jorge Eliécer Gaitán, del presidente Carlos Lleras Restrepo y de Alberto Lleras Camargo, que se sabía de memoria. Es un gran declamador y un amante de la poesía con cierta sangre de bohemio.

Mi esposa –en ese entonces mi novia– vivía cerca del negocio de Álvaro Uribe y él me llevaba a visitarla en su carro, un Renault 4. A veces, nos invitaba a la finca de su papá y lo veíamos disfrutar con la doma de caballos.

Fueron unos años de mucha amistad y estrecha colaboración. Uribe, desde las filas liberales, también lideraba la tendencia progresista y teníamos la convicción de que debíamos apoyarnos frente a los sectores más tradicionales de nuestros partidos. 

Cuando él fue alcalde, en el año 1985, nombró a mi hermano Ramiro secretario de Educación de Medellín. Nosotros también dimos representación a su movimiento después, tanto desde la Alcaldía de Medellín, en manos de Juan Gómez Martínez, como desde la Gobernación de Antioquia. Los apoyos y la colaboración mutua se trasladaron al Congreso, donde trabajamos juntos, aunque cada uno desde sus posiciones políticas.

Pero aquello duró hasta 1994, el año de la elección a gobernador de Antioquia y la conocida disputa entre Uribe y yo. En aquellas elecciones a gobernador de Antioquia, nuestro Movimiento Político del Coraje tenía un candidato, Alfonso Núñez Lapeira. Álvaro Uribe también se presentaba al cargo, por el sector democrático del Partido Liberal. 

La contienda estaba muy reñida, se sabía que el resultado se iba a definir por muy pocos votos. Lo normal en las elecciones es que cada candidato permanezca en su cuartel electoral, con sus compañeros, a la espera de los resultados. Siempre se viven momentos de tensión y nerviosismo, pero lo que hizo el equipo de Uribe aquella noche fue más allá de toda lógica. 

Recibí una llamada en la que me dijeron que el senador Mario Uribe, primo del candidato Álvaro Uribe, estaba en la sala de cómputos de la Registraduría. Era algo completamente irregular. Y no se lo iba a permitir. 

Sin dudarlo, me presenté allí y me encontré, efectivamente, al senador Uribe.

—Estoy aquí porque me da la gana –me dijo.

Yo le increpé y le reclamé por su actitud poco profesional, tuvimos una discusión muy fuerte. Mario y yo habíamos sido compañeros de pupitre, nos conocíamos de toda la vida. Pero aquello no era legal y atentaba contra la transparencia electoral. Como digo, la discusión fue realmente fuerte.

En la sala estábamos alrededor de ocho personas. Finalmente, intervinieron los registradores. También llegaron el general Gilibert, con la Policía, y el gobernador de Antioquia, mi hermano Ramiro. Realmente, Mario Uribe no estaba haciendo nada cuando llegamos a la Registraduría, simplemente miraba las pantallas. Pero aquello vulneraba las más elementales normas democráticas y yo estaba tremendamente enojado.

Todos trataron de apaciguar los ánimos. Amenacé al senador con denunciarlo, estaba realmente indignado con su actitud. Mi hermano me convenció de que así no íbamos a conseguir nada más allá de un gran escándalo público, y llegamos al acuerdo con el senador de no denunciar los hechos, pero todo el mundo tenía que abandonar la Registraduría.

Habíamos llegado a un acuerdo y estábamos saliendo hacia el corredor de la Registraduría con el comandante de la Policía, a punto de marcharnos.

De repente, se abrió la puerta y entró Álvaro Uribe, el candidato, como un torbellino. Sin mediar palabra, me lanzó un puñetazo. Pero el general Gilibert se paró e interceptó el golpe.

Yo no reaccioné. Entre otras cosas, porque tenía el pie enyesado y no podía caminar sin bastón.
Tras el intento de agresión, los registradores, la Policía y mi hermano Ramiro le explicaron la situación a Álvaro Uribe y, de nuevo, volvimos a llegar al mismo acuerdo: no denunciábamos los hechos, pero todo el mundo tenía que abandonar el recinto.

El conteo final –por estrecho margen– le dio la victoria como gobernador de Antioquia a Álvaro Uribe.
A partir de entonces, no volví a tener contacto directo con él. Durante los siguientes años, le hicimos una oposición muy fuerte en Antioquia y en el Congreso. Hasta cuando ganó las presidenciales de 2002 y retomamos las relaciones. 

Uno de los enfrentamientos más duros en el Congreso fue por la promoción que Uribe dio a las Convivir. Eran asociaciones de ciudadanos creadas por ley en 1994, que pretendían ser aliados de la Justicia y auxiliadores de la fuerza pública. Realizaban labores de vigilancia y seguridad en sus comunidades y, para ello, se les dotó con armas de fuego.

—Eso va a terminar en autodefensas, en paramilitarismo –aseguré en el Congreso. Y, efectivamente, la historia me dio la razón. Las autodefensas ya existían entonces, pero eran ilegales. Y muchos aprovecharon el ropaje de las Convivir para terminar convirtiéndolas en paramilitarismo. 

Hubo mucha confrontación. A raíz de aquel debate en el que nos opusimos a las Convivir, el secretario de Gobierno del gobernador Álvaro Uribe Vélez, Pedro Juan Moreno Villa (Q. E. P. D.), me denunció ante la Corte, ante la Procuraduría y ante todos los organismos judiciales. Se desataron una persecución y un acoso muy fuertes contra mí. Pero todos los estamentos fallaron a mi favor.

Las diferencias entre Uribe y yo eran manifiestas, había un gran distanciamiento entre nuestros movimientos políticos. Durante aquellos siete años de enfrentamientos, nunca se alejó de nosotros el recuerdo de lo que había pasado en las elecciones de Antioquia del año 1994.

Ya superado este incidente, varios años después, siendo ya Álvaro Uribe presidente y yo su ministro del Interior y de Justicia, un periodista le preguntó por aquel hecho:

—Eso fue una pelea de hermanos– respondió Uribe.

Muy posiblemente, la historia de Colombia habría sido muy distinta si Uribe no hubiera ocupado el cargo de gobernador en Antioquia. Así lo reconoció posteriormente quien había sido su contrincante en aquellas elecciones, el doctor Alfonso Núñez Lapeira:

—Gracias a Dios y para bien de Colombia, Uribe fue gobernador de Antioquia, cargo este que lo catapultó a la Presidencia de la República– aseguró Núñez en la plenaria del Senado.
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